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La Guerra de las Piedras en Santiago

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A fines de 1813, por medio de un bando, el gobierno intentó poner fin a los “frecuentes combates y peleas de piedras” que se hacían “visibles, notorios, y perjudiciales”. Se producían con cualquier pretexto: rivalidades de barrio o a veces en disputa de una moneda después del bautismo, que los muchachos exigían a los padrinos, acometiendo “a pedradas” a los asistentes y sus carruajes. “no hay un solo individuo que no se resienta de estos excesos, y clamen porque cesen tales abusos”.

El gobierno consideró que todo esto se producía por efecto de la edad y por la educación, de la que eran responsables tanto los maestros como los padres. por medio del citado bando quedó encargado a los prefectos e inspectores extremar el celo en esos desórdenes[1]

Al parecer, el clima de guerra que se produjo a consecuencia de las luchas por la in- dependencia fue un terreno fértil para que los niños reprodujeran el ambiente de beligerancia generalizado. expresión de esto fueron las “guerras de piedras”.

Domingo Faustino Sarmiento, nacido en 1811, describió en Recuerdos de Provincia las que él conoció en su natal San Juan, antes de cumplir 11 años. Junto a un grupo de amigos (barrilito y piojito, ambos mulatos; Velita, el Guacho riberos, capotito y chuña, el único mayor, con alguna limitación mental) participó con piedras y palos en estas violentas batallas callejeras. Tras varias exitosas campañas, su bando logró deshacer al “ejército” rival y paseó a los “prisioneros” por las calles de la ciudad. pronto los derrotados se reorganizaron y se transformaron en quinientos “diablejos con veinte banderas, i picas i sables de palo”. Domingo y su grupo de amigos debieron hacer esfuerzos para resistir la revancha.[2]

José Zapiola dejó testimonio directo de estas Guerras de Piedras para el caso de Santiago, ya que como vecino del centro de la ciudad, participó activamente en “todas esas campañas” hasta 1818, conservando desde niño la cicatriz de una herida recibida por entonces. En estas batallas callejeras los niños eran los protagonistas: “en su mayor parte apenas tenían 12 años de edad”[3].

Había varios lugares donde se concentraban los enfrentamientos. en pleno centro, un lugar preferido era la calle San Antonio, entre Monjitas y Santo Domingo, donde había poco tránsito y escasas ventanas: “aquellos combates infundían tal temor a los transeúntes de ambas calles, de Santo Domingo y Monjitas, que para pasar a la cuadra siguiente tenían que esperar el momento en que hubiera menos piedras en el aire, y aún en ese caso, lo hacían a todo correr, sin que esta precaución los librara siempre de una pedrada”[4].

Pero el gran campo de batalla se ubicó en las riberas del río Mapocho, entre Chimberos y Santiaguinos. La línea divisoria era el propio río, en parte más angosta, el que era cruzado en uno y otro sentido. allí “acudían combatientes de todos los barrios, prefiriendo el espacio comprendido desde donde ahora está el Puente de La Purísima hasta dos o tres cuadras más abajo del de Calicanto, es decir, una extensión de kilómetro y medio de oriente a poniente”.[5]

[6]

  1. Colección de historiadores y documentos relativos a la Independencia de Chile, Tomo XXIV (El Semanario Republicano y otros impresos publicados en 1813), Imprenta Universitaria, Santiago, 1913, Págs. 375-377
  2. Véase el capítulo “Mi educación”, en Domingo Faustino Sarmiento, Recuerdos de provincia, impr. de Julio belin y cía., Santiago, 1850, con sucesivas reediciones
  3. Zapiola, Recuerdos de treinta años , pp. 142-143.
  4. Zapiola, Recuerdos de treinta años , pp. 142-143
  5. Zapiola, Recuerdos de treinta años, p. 141.
  6. as guerras se producían con regularidad, generalmente los días festivos en la tar- de. en el caso de las batallas de piedras en las riberas del Mapocho, muchos acudían a observar el combate desde una cierta distancia. era usual que los santiaguinos salieran vencedores, por su mayor número. cuando traspasaban el río, el grupo vencedor iniciaba la persecución. los santiaguinos no corrían gran peligro, porque sus ediicios no se pres- taban para saqueo y había muchos curiosos que lo podían impedir. algo distinto ocurría cuando los santiaguinos cruzaban el río: