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Historia del Caballo chileno

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EL ARRIBO DEL CABALLO A AMERICA:

Según lo expresa la historia y diversos hipólogos destacados como Prado, 1914; Cabrera, 1945; Pérez, 1919; Araya, 1971; Porte, 1971 y Dodwall, 1982, el caballo arribó a América en 1493 en el segundo viaje de Cristóbal Colón, que desembarcó los primeros ejemplares el 8 de diciembre de 1493 en la Isla Española, hoy Las Antillas, desde donde pasa al continente en 1509, específicamente a Colombia, primer lugar de la América continental. Lamentablemente los textos no dan cuenta detallada del número ni condición de los primeros equinos que pisaron nuestro continente, sin embargo, tras revisar los textos y antecedentes disponibles, es posible colegir el tipo de caballo introducido y a los usos que venía destinado.

Para el mejor entendimiento del tipo caballar traído por Colón, situémonos en el Siglo XV. Por aquel tiempo terminaba la dominación de los moros en la península ibérica. Esta se había iniciado el 711 cuando un pueblo de origen camita, perteneciente a la etnia beréber o berebere, por la denominación de “barbar”, “bárbaros”, dada por los árabes, conocidos por el nombre genérico de “moros”, bajo la órdenes de Tariq ibn-Ziyad, desembarcó en un montículo del extremo sur español, desde ahí llamado Jabal Tariq, o Gibraltar, y derrotó en Guadalete al rey visigodo don Rodrigo.

Los bereberes que habitaban la Costa Sur del Mediterráneo conocida como la Berbería, en donde hoy se ubican Marruecos, Argelia, Túnez y parte de Libia, estaban bajo el dominio del imperio árabe. Muza ibn-Nusayr, gobernador del Norte de África en el califato Omeya, luego que su liberto Tariq hubiera penetrado en la península, avanzó hacia el interior comenzando la presencia árabe en España la que duró ocho siglos, tiempo en el cual aportaron una parte muy considerable de su cultura, como términos de su vocabulario, arquitectura, música y variadas costumbres que continúan vigentes hasta nuestros días; adoptadas por los españoles, fueron traspasadas a la cultura americana. Dentro de este aporte encontramos al Caballo Berberisco, propio de la zona norte del África, ejemplar que contribuyó en mayor grado al éxito del descubrimiento y la conquista del nuevo continente.

Los primeros caballos

Los primeros caballos que llegaron a América fueron trasbordados por el Almirante Cristóbal Colón en su segundo viaje. Antes de partir don Cristóbal, el 25 de Septiembre de 1493, los Reyes Católicos escribieron a su secretario Fernando de Zafra para que escogiese veinte lanzas jinetas (potros de primera línea) junto a cinco "dobladuras" hembras de entre la gente de la Santa Hermandad que estaba en Granada. Era costumbre entre los hombres de armas cabalgar en caballos enteros, mientras que por "dobladura" se entendía una montura de repuesto para el caso de que cediese la primera. Ahora bien, no fueron estos los únicos équidos que salieron de Andalucía en 1493; entre las 1.500 personas embarcadas, algunos llevaron sus propios animales. Andrés Bernáldez, cuya relación con el Almirante fue muy directa, cita un total de veinticuatro caballos y diez yeguas. Es decir, nueve ejemplares habrían sido aportados por algunos de los personajes más importantes que acompañaron al Descubridor.

Con todo, los briosos corceles exhibidos en el alarde de Sevilla, donde Colón los adquiere antes de iniciar su primer viaje, fueron cambiados aprovechando que el marino había zarpado sin regreso aparente por unos "pencos matalones". Así, a su regreso, Colón debió embarcar en su segundo viaje caballos diferentes a los inicialmente adquiridos, caballos que llegaron muy flacos y maltratados por el viaje. Colón no tuvo más remedio que quejarse a los monarcas del cambio que hicieron los escuderos.

El engaño sufrido por el Almirante por parte de los escuderos, que cambiaron los finos caballos comprados por Colón con el dineros de los reyes, le favoreció históricamente, pues hoy podemos comprobar que el sentido de rusticidad de estos berberiscos, llamados despectivamente como “pencos matalones”, permitió su incursión, pues de haber traído los finos caballos andaluces, inicialmente comprados, la historia pudo haber sido otra debido a lo delicado de este tipo y su adaptación al clima y ruda faena que debieron enfrentar.

El Almirante Colón, que además de ser marino, entendía que los caballos no sólo eran necesarios para la defensa de la isla, sino también para el arado de la tierra y el transporte de los materiales destinados a las nuevas construcciones. Por ello se sucedieron los envíos de ganado caballar. En el memorial dado en Arévalo a Fonseca se incluían doce yeguas. Algo después, Colón solicitó con Antonio Torres seis animales más, mientras que Juan de Aguado transportaba siete yeguas procedentes de Sevilla, Carmona e Hinojos.
Poco a poco, se fue formando la primera yeguada americana. A pesar de ello, los animales tuvieron que soportar múltiples problemas, desde las enfermedades propias del trópico hasta el robo ejecutado por el rebelde Roldán y sus secuaces.
Los informes enviados a la Corte hacia 1496-1497 demostraban que la finalidad esencial del mantenimiento de caballos estaba cumplida, pues con los veinte ejemplares que había en la isla se podía defender la colonia española de cualquier atacante. Con todo, eran necesarios más animales para labrar la tierra, transporte y demás menesteres. El mismo Almirante tuvo que fletar catorce yeguas en su tercer viaje.

Con el paso del tiempo comenzó a demostrarse que la caballada no podía progresar con el monopolio real. Como el sistema de factoría demandaba elevados costos, la Corona no tardó en dar entrada a la iniciativa privada. En la flota que mandaba Ovando en 1501 se fletaron cincuenta y nueve équidos, de los que por lo menos cuarenta y nueve fueron transportados por particulares. Los reyes sólo enviaron diez padrillos para la mejora de la yeguada real. Sin embargo, el monopolio comercial continuaba aún.

1503

En 1503 se dio licencia a los vecinos de la Española que quisiesen llevar yeguas para su uso personal. Por primera vez, los pobladores que lo deseasen tendrían la posibilidad de disponer de caballos para sus desplazamientos por la geografía isleña, realización de distintos trabajos, paseos y necesidades sociales de lujo.

1504

La demanda creció tanto que en 1504 se permitió el libre comercio con posibilidades lucrativas. Como consecuencia de esta medida y del descubrimiento de minas de oro, entre esta fecha y 1507 se produjo un verdadero aluvión de caballos hacia Santo Domingo. Hidalgos como Rodrigo de Bastidas, Miguel Díaz de Aux, Martín de Gamboa y otros, comenzaron a invertir los capitales que obtenían en la minería en comprar caballares, inversiones que permitían ganancias de un doscientos por ciento. Así en pocos años estas manadas, o tenencias, se multiplicaron de manera extraordinaria para, posteriormente, reunirse en gran número en Jamaica y México, lugares desde donde la corona concedió los caballos suficientes a los conquistadores para llevar a cabo sus arriesgadas expediciones al interior del continente americano.


Por ello, para entender mejor la formación del Caballo Chileno que hoy poseemos, tendremos que retroceder a la España anterior a 1492, época en donde según lo expresa el ingeniero agrónomo y zootécnico de la Universidad Católica de Chile don Uldaricio Prado, en su libro de 844 páginas, “El Caballo Chileno 1541 a 1914, Estudio Zootécnico e Histórico Hípico ”, éste se redujo en su formación a tres tipos bien definidos, formando cada uno de ellos una raza o tipo, con características distintas y muy nítidas.


El señor Prado las distingue así:


1.- Tipo Español Castellano formado por:

    1.1- Tipo Aborigen de las regiones de Galicia, Navarra, Castilla y Aragón, ejemplar proveniente de mezclas entre caballada autóctona europea, céltica y africana.
    1.2- Tipo germánico introducido por Godos - Suecos y Eslavos, caballada nativa de Noruega, Rusia, Austria y Hungría.


2.- Tipo Español Andaluz formado por:

    2.1- Caballo aborigen (Ronda, Córdoba, Sevilla; producto mezclado de los caballos autóctonos: europeo, céltico y africano).
    2.2- Tipo morisco (traído por Númidas y Beréberes, que corresponden al tipo autóctono del caballo africano, introducido por árabes que corresponde al tipo del caballo asiático, conocido genéricamente como caballo árabe. Cabe destacar que aquí se incluye al caballo Sirio, Persa y el árabe propiamente tal.


3.- Tipo Jaca y Rocín formado por:

El tipo aborigen de Galicia, del país Vasco, Navarra y Andalucía; productos mezclados en los caballos autóctonos céltico, africano y europeo.

Queda claro en el estudio de don Uldaricio Prado (1914), que el punto de partida de cada uno de estos tipos provienen de aquellos que poseían los pueblos más antiguos de la tierra, los que se derivan del caballo autóctono, de tal manera que sus restos o fósiles los denotan como indígena o aborigen del país en que estos se han encontrado y clasificado como tales.

Estos caballos o razas fueron llegando a la península ibérica conforme los diferentes pueblos o naciones que la dominaron desde los tiempos prehistóricos hasta fines del siglo XV de nuestra era.


CHILE, EL REINO DE LOS CABALLOS

La historia nos dice que el origen del Caballo Chileno actual proviene del sector sur de Charcas, en aquel tiempo parte del Virreinato del Perú, una dilatada provincia hasta el año 1570 que colindaba al norte con El Cuzco, al sur llegaba hasta muy cerca del lago Titicaca, en lo que hoy es Bolivia, mientras que al Este limitaba con Paraguay ocupando el centro norte de Argentina (provincia de Tucumán), cerrando su perímetro al Oeste con toda la costa peruana y chilena llegando al sur hasta la actual ciudad de Copiapó. Este extenso territorio fue ocupado por los conquistadores españoles para constituir los diversos asentamientos destinados a la crianza y mantenimiento del ganado caballar introducido desde la península ibérica. Aquel caballo, fue traído directamente desde las crianzas establecidas por los españoles en Panamá y entronca con las primeras yeguas llegadas con Cristóbal Colón en su segundo viaje, cuando introduce el caballo en América.


Aquel es, en resumen, el origen de la raza caballar chilena.


EL CABALLO RUMBO A CHILE:

1509

El viaje del caballo por América lo inicia Juan Ponce de León en 1509 cuando lo lleva desde Santo Domingo a Puerto Rico. Posteriormente Juan de Esquivel lo introduce a Jamaica, mientras que Diego Velásquez lo hace en Cuba.


El viaje hasta Chile sería el siguiente:

- A México llega con Hernán Cortés en 1529

- A Guatemala lo hace en 1523

- A Argentina, al Río de la Plata llega directamente desde España el mismo año con don Pedro de

 Mendoza.

- A Chile el día 13 de diciembre de 1540 con la expedición de don Pedro de Valdivia.

- A Paraguay arriba en 1541 con don Álvaro Núñez Cabeza de Vaca

- A Ecuador lo introduce don Pedro de Alvarado.

- A Costa Rica en 1569, aunque no hay referencia de quien lo hace.

- A Nicaragua y Honduras en 1590

- Al sureste de los Estados Unidos lo lleva don Juan de Oñate en 1597.

- A Brasil no existen antecedentes ciertos, sin embargo es dable concluir que es el mismo que el argentino.

LA PRIMERA HUELLA EN CHILE:

La historia establece a través de las cédulas reales enviadas al Emperador Carlos V, que el día 13 de diciembre de 1540 llega al valle del Mapocho la expedición de don Pedro de Valdivia. Le acompañaban tres sacerdotes: el bachiller Fray Rodrigo González de Marmolejo y los presbíteros Juan Lobo y Diego Pérez. Con ellos se constituía la primera Iglesia en el Santiago del Nuevo Extremo, ciudad fundada por Valdivia el 12 de febrero de 1541.


El primer criadero de caballos El primer criadero de caballos establecido en el país perteneció al sacerdote don Rodrigo González de Marmolejo, fraile Dominico que llegó a Chile formando parte de la hueste conquistadora, obteniendo por sus servicios de proveer de caballos al ejército de Valdivia, la condición de vecino y encomendero (terrateniente), ello a pesar de la prohibición de que los sacerdotes tuviesen encomiendas. No obstante, habiendo sido el clérigo uno de los mecenas de la expedición (aportó a Valdivia 30.000 castellanos, moneda de la época), el conquistador no solo le permitió establecerse, sino que, además, le entregó encomiendas (tierras, ganado e indios) para que iniciara su crianza de caballos con las primeras cincuenta yeguas traídas en las expediciones iniciales, según lo expresa don Pedro de Valdivia en carta dirigida al Emperador Carlos V el 15 de octubre de 1550.

Según varios autores, el clérigo González de Marmolejo era modesto y no tenía grandes ambiciones, salvo su gran afición por los caballos, siendo el único sacerdote de los primeros años de la Conquista que, por ser integrante de la Orden de Predicadores fundada por Santo Domingo de Guzmán, conocidos como Dominicos, contaba con un grado académico, el de bachiller. Por lo mismo, se le califica de ilustrado, piadoso e incansable predicador y maestro. Cuenta la historia que le enseñó a leer a Inés de Suárez.

Cabe establecer que en aquella época se entendía por caballo al potro entero, no considerándose a las yeguas debido a que no eran montadas siendo destinadas al trabajo y a la reproducción, una labor secundaria para los hombres de armas, aunque no menos importante, razón que debe haber impulsado a Valdivia, oficial de caballería y altamente capacitado en las artes ecuestres, a entregarle al sacerdote la responsabilidad de la yeguada como parte de la encomienda, a forma de retribuirle sus favores hacia la expedición.


Uldaricio Prado descifra este segmento de la historia escribiendo que parte de esas cincuenta yeguas podrían haber venido en la primera expedición, habiéndose completado el número en la comisión desempeñada posteriormente por don Alonso de Monroy. Valdivia justifica aquello con el Emperador Carlos V escribiéndole que: “el reverendo Padre en estas partes, es en el servicio de Dios; cuidando ciertas cabezas de yeguas que metió en la tierra con grandes trabajos, multiplicándoselas Dios en cantidad, por sus buenas obras, que es la hacienda (manada) que más ha aprovechado y aprovecha, para el descubrimiento, conquista, población i perpetuación de estas partes; las ha dado o vendido a los conquistadores para ese efecto”.

Siempre refiriéndose a los caballos, Valdivia le declara al Emperador: “..i a las personas que favorecieron se llama la una Cristóbal de Escobar, que siempre se ha, en aquellas partes (Perú), empleando en el real servicio de V.M.. Este socorrió con 500 castellanos con que se hicieron setenta caballos traídos por Monroy a bordo del Santiaguillo.

Datos históricos registran la llegada al País de un número de quinientos equinos, sin tomar en cuenta los traídos por Valdivia y posteriormente por Monroy, siendo aquellas partidas las siguientes:


1547 -1548

- En octubre de 1547, García de Cáceres con Diego Maldonado trajeron desde Charcas, Perú, dieciocho potros, los que junto a sus dos cabalgaduras hacen veinte caballos, más sesenta yeguas de igual procedencia.

En 1546, llegan ocho españoles a La Serena con diez yeguas chúcaras de Charcas.

En 1548, el mismo Valdivia despacha desde El Cuzco ochenta caballos.

1551

En 1551, llega don Francisco de Villagra, en el mes de junio desde Charcas con cuatrocientos caballos entre las que trae para el Padre González de Marmolejo doscientas yeguas escogidas, sumando así en estas tres importaciones los quinientos caballos. A estos se suman doscientos correspondientes a los primeros criollos de González de Marmolejo, masa caballar que fue usada en la conquista y fundación de nuevas ciudades como Concepción, Valdivia e Imperial, número insuficiente debido a la gran merma producto de la férrea defensa que hicieron los indios de los “pacificadores españoles”.

== 1553 ==

La retribución de Valdivia al sacerdote sólo se concretó oficialmente recién el 26 de Julio de 1553, en documento otorgado en Concepción, consignando en él la asignación de una casa y hacienda en Quillota, dos estancias situadas en Santiago, las minas de oro del Marga Marga, con los caballos, sementeras y herramientas que habían en esos fundos que eran administrados por Marcos Veas. O sea que debieron transcurrir nueve años de silenciosa crianza en donde el sacerdote debió incrementar su manada antes que oficialmente fuera retribuido por Valdivia. Pero aquello no fue el único beneficio que obtuvo el padre González de Marmolejo, pues a lo anterior se sumaron tierras e indios de Picó (sector norte de Melipilla), donde tras analizar a diversos autores se puede concluir como el lugar en que mantuvo su manada atendiendo la cercanía con Santiago. Posteriormente y con el mismo fin de pagar el préstamo del sacerdote, el conquistador le asignó la encomienda y los indios de Aconcagua, del cacique Michimalongo (1546).

Con este patrimonio de tierras y unas pocas yeguas el clérigo cimenta su crianza afianzada en su refinado y certero gusto como criador y avezado zootécnico dirigiendo personalmente su crianza.

Ha nacido con González de Marmolejo el primer criadero de Chile.

A la fecha es aceptada la teoría que el primer criadero de caballos se estableció en Quillota, no obstante varios historiadores posicionan este primer criadero en las cercanías de Santiago, específicamente en el departamento de Melipilla, fundamentando aquello en su cercanía con Santiago lo que permitía proveer las necesidades del Ejército conquistador. Aquello es aceptable actualmente tomando en cuenta antecedentes que coinciden respecto de los caballos de Quilamuta, primeros en ser mencionados en la historia y afamados a lo largo de ella.

LA SELECCIÓN DESDE LOS ORÍGENES

Era tal la afición y esmero de los jinetes españoles por los caballos que el historiador don Benjamín Vicuña Mackenna asegura que ya en el año 1551, a poco menos de diez años de haber llegado a Chile los españoles, el Honorable Cabildo de Santiago ordenaba marcar las yeguas, potrillos y potrones por haber ya un número de consideración, dictando de paso numerosas providencias sancionadas por el Gobernador quien dispone al cuidado de éstas a un funcionario especial con el título de “yegüerizo”

Vicuña Mackenna dice que al principio de la colonización había tal cuidado por la raza de caballos, que el mismo Cabildo había prohibido que las montas (cruzas) se hicieran sin la inspección previa de los “Albéitares” (veterinarios ó expertos). Esta sabia determinación de los gobernantes indica un principio de selección, situación que se ha mantenido por casi cinco siglos en la formación de nuestro Caballo Chileno.

Otro de los aspectos que demuestran la selección racial es aquel, que consta en la historia, que menciona el uso de las yeguas como silla, a pesar de las costumbres caballerescas de los españoles que no permitían el uso de las yeguas como montura. No obstante la escasez de caballos, debido a los combates con los indómitos aborígenes y la urgencia por disponer de una caballería fiera para poder conquistar, los hizo montarse en reproductores de ambos sexos sorprendiéndose con las hembras que en nada diferían en la gimnástica, rienda y resistencia de los machos, lo que las hace apreciadas entre la tropa donde pronto comienzan a ganar prestigio al igual que los potros.

Los sucesos dieron lugar a la llegada, como Gobernador del Reino de Chile, del joven oficial de Caballería don García Hurtado de Mendoza, hijo del Virrey de Perú; jinete altamente capacitado en el arte ecuestre, ya fuese a la española o a la morisca, quien trajo para su sola montura personal cuarenta y dos potros muy lujosos, de los cuales venían algunos especialmente seleccionados para la guerra, otros para los juegos ecuestres y también para las paradas o fiestas de ostentación, sementales escogidos que mezclaron sus genes a la ya seleccionada población caballar existente en el país.

Pero la continua guerra con los araucanos, mal llamados indios por los españoles tras creer que Colón había llegado a “las Indias”, mermó considerablemente la masa caballar de los españoles que vieron desaparecer sus cabalgaduras en el fragor de la batalla y en sangrientos robos a manos de los “indios”. Se calcula que en 1580 aparece otro factor que marca y equipara en alguna medida las fuerzas: la adopción del caballo como arma de guerra por parte de los guerreros araucanos. Estos, sabedores de la supremacía que ofrecía la caballería, se apoderaron de los caballos que los españoles perdían en las batallas. Pronto se familiarizaron tanto con él que se convirtieron en jinetes mucho más diestros y valientes que ellos mismos, propinándoles a los conquistadores duros reveses en combate, merced a este nuevo aliado que dominaban magistralmente.

1556

El historiador, don Diego Barros Arana, al referirse al gran apego de los conquistadores por el caballo y su selección relata que una de las fiestas más solemnes instituida en dicha época fue “El paseo del estandarte real”, festividad ordenada por el Cabildo tras recibir Santiago el título de “noble y leal ciudad” el 23 de julio de 1556. Se confeccionó el gallardete en seda natural con la figura del Santo patrono de la ciudad, el Apóstol Santiago montado en su caballo, acordando que en cada aniversario “se regocijen los habitantes”. Esta cabalgata se repetía cada año y pasó a ser la fiesta más popular y más concurrida de la colonia.

El establecimiento de esta fiesta sucede en el mandato de don García Hurtado de Mendoza quien dispone que, para cuantificar y asignar la “hacienda” – ganado - a los terratenientes, se reúnan los vacunos una vez al año en la Plaza de Armas de la ciudad. En aquella época, los campos no estaban cercados por lo que el ganado se encontraba disperso en los cerros pre cordilleranos. Esta faena la fijó para el 24 y 25 de julio, fiesta del Apostol y se repitió por más de dos siglos.

Aquel episodio, da pie a los historiadores para establecer que el rodeo se realiza desde aquella fecha. Aquel rodeo era una faena del campo y no el deporte que conocemos actualmente, el cual es una derivación de esa tarea ganadera la que debería esperan un par de siglos mientras se constituía el mestizaje dándole paso al natural, o criollo, personaje con el que comienza a nacer el jinete más trascendente de nuestra historia: El Huaso con el que van distinguiéndose en nuestro caballo las características de resistencia, rusticidad, agilidad y sobriedad que perduran en nuestro caballo actual.

EL CABALLO CHILENO EN LA COLONIA:

Desde 1608 hasta principios del siglo XVII el primitivo reino de Chile estuvo dividido en dos partes. La primera fue llamada por don Alonso de García y Ramos en su informe al rey como una zona de paz que comprendía unas 200 leguas desde el río Bio Bio hasta el norte, “en donde por la bondad de Dios no hai un indio en guerra i todos gozan de gran paz i quietud”, por lo que en aquella zona lentamente se cimentaba el progreso y la civilización traída por los primeros conquistadores.

La otra zona, que se extendía al sur del Bio Bio, no era de paz; los informes que enviaba a Su Majestad don Alonso de Sólorzano i Velasco así lo expresaban: “El numerosos jentío de esta indómita canalla, tan crecida como osada i libre, pues no solo se sujetaron al señorío del Inca, pero no quisieron admitir jamás rei de su propia nación ni de la ajena, su ánimo impaciente i guerrero no puede ajustarse… los caciques usan de picas, alabardas i lanzones, hachas, martillos, arcos y flechas, i la caballería pelea con lanzas y adarga (escudo) uso, al español de quien lo habían aprendido i habido los caballos que hoy tienen… pluguiere a Dios no se tuviese tanta experiencia de ello”

== 1585 ==

Efectivamente ya en 1585, fecha de esta nota, el soldado da cuenta de la incorporación del caballo en el guerrero araucano que fue de ahí en adelante un problema sin solución para los conquistadores que vieron postergados sus afanes de conquista merced a la férrea defensa de los jinetes naturales, esto es los “indios” araucanos.

Invitando la pluma del historiador don Claudio Gay, quien se fascinó con el guerrero araucano montado, podemos leer en su libro de Historia de Chile: “La caballería araucana pareció en aspecto formidable: bien armada de lanzas de extraordinario alcance, conducida con regularidad, i mostrando los jinetes desembarazo, soltura i no poca gallardía”

La conclusión se la dejamos a don Uldaricio Prado: “La población caballar del país encontró en este nuevo medio de producción, un valioso concurso de constante estímulo, que mantenía sus cualidades de animales útiles. Los continuos combates i los ejercicios de la guerra hicieron del indio chileno por otra parte, el mejor soldado de caballería, cuyos méritos bien lo reconocían las mismas autoridades españolas que reparaban en el guerrero montado, su fiereza y rusticidad a la par de los caballos, anotando: “llevan matalotaje - provisiones - para quince días, con una taleguilla de harina colgada al lado, de seis o siete libras i un calabacillo – mate - en que deshacen en agua, dos veces al día, un poco i la beben i es bastante mantenimiento para conservar su robustez; andan cabalgados con mucha ligereza, porque con fuste i una poquilla de crea por basto, que pesará cuatro libras, i los estribos de palo él i su lanza serán de tres a cuatro arrobas”

1730

El padre jesuita Miguel de Olivares, ya en la época colonial (1730), menciona el gran apego que los naturales, o criollos, sentían por el caballo. Al respecto señala: “es cierto que la noble calidad de los caballos de este reino disculpa la demasiada afición que les tienen los naturales (él también lo era pues había nacido en Chillán a fines del siglo XVII). Son admirables en la celeridad de la carrera, en el brío de acometer los riesgos, en el garbo del movimiento, en la actitud de coger i deponer el coraje, en la docilidad de la obediencia i en la hermosura de la forma”. Y refiriéndose a la crianza del caballo manifiesta: “Eligen los dueños de haciendas las yeguas de mejores razas, de mayor corpulencia y mayor talle, con un caballo padre de cualidades sobresalientes y experimentadas”.

El sacerdote nos reitera que en el siglo XVII y XVIII se seguía haciendo la selección de reproductores al igual que hoy, en el siglo XXI, o sea, casi 500 años de selección le confieren en propiedad a nuestro Caballo Chileno el título de Raza.

Resulta especialmente interesante el apunte del padre Olivares acerca del caballo chileno; al igual que ahora, los amansaban a los tres años acostumbrándolos a los trabajos más duros de la hacienda, al campeo de la manada, en donde manifiesta que debían dominar a “toros y novillos de indómita ferocidad valiéndose del arrojo y la gimnástica de sus caballos y de su maestría del instrumento que aquí llaman vulgarmente lazo, que es correa gruesa y retorcida de cuero de toro, que atada al lado derecho de la cincha de la montura (pegual) sirve en su otro extremo para enlazar i sujetar los animales más indómitos ”.

Valga este apunte como referencia técnica, el sacerdote habla de correa de cuero retorcida, graficando así al lazo típicamente chileno que es torcido, nunca trenzado, que es propiamente argentino puesto en boga por contemporáneos innovadores que despreocupadamente alteran otra tradición.

En cuanto a la preparación y posterior destino de los caballos, el historiador Olivares señala que los jinetes de la época ejecutan una serie de ejercicios en sus faenas destinados a apreciar sus cabalgaduras en su aptitud, garbo, resistencia y agilidad. Es así que en una especie de ritual ejecutan giros veloces, detenciones, retrocesos, al tiempo que precipitan a toda carrera el caballo para arrimarlo a una vara y volver rápida, pero controladamente su caballo en movimientos imperceptibles para ojo poco afinado, pareciendo ambos uno solo.

Ahí está, señores, el mismo trabajo de la boca y la rienda que ha hecho de nuestro caballo el más polivalente y rústico del hemisferio sur de América.

Pero ya en aquel tiempo el caballo chileno tenía amplia mercado, a pesar del gran número que existía; basta con remitirse al autor mencionado que apunta que un buen caballo se vendía entre cuatrocientos y mil pesos, que es mucho precio, -dice- reparando que “eran buscados aquellos brutos para conducirlos a Europa como regalo a los príncipes haciéndole caminar centenares de leguas y muchas más por mar”

Gran dato nos aporta, pues podemos decir que nuestro caballo se exporta desde el siglo XVIII.

Fines del siglo XVIII

El también historiador y sacerdote jesuita, padre Felipe Gómez de Vidaurre, aporta antecedentes acerca de las cualidades y esmerada crianza que se hacía de los caballares a fines del siglo XVIII, escribiendo que la gran afición de algunos criadores de caballos que comenzaron a dedicarse a la producción de caballos corredores por medio de la selección de potros y de yeguas, en tiempos que estas comenzaron a ser montadas. Gómez de Vidaurre señala: “Los caballos en Chile son en verdad generalmente bien hechos, bellos, fuertes, espirituosos (vivos) e infatigables, en suma tienen toda la fuerza i cualidades que se requieren en su especie para el aprecio de sus individuos”.

“Los chilenos ponen gran atención en conservar en toda su pureza estas castas y no permiten jamás que una se mezcle con otra, a fin que no venga a degenerar o perder sus apreciables cualidades. Todas estas castas tienen un bello cuello, con hermosísima y abundante crin, cabeza pequeña i bien formada, la cola bien poblada, el pecho bien hecho, las piernas secas y fuertes i las uñas tan duras que resisten a la piedra viva sobre la que se les hace caminar continuamente”.

Pero también ensalza el carácter del caballo: “Los caballos de los señores i aún los de mediana condición no se les verá sacudir la cola (rabicheo), porque usan castigarlos, lo que se tiene como una especie de civilidad”.

Ya por esos años el incremento del cultivo de trigo hacía necesario, en las haciendas, el mantenimiento de grandes manadas de yeguas trilladoras, hembras que eran escogidas por su calidad como madres destinándolas a la reproducción. Cada hacendado se esmeraba por tener las mejores y más ligeras, a las que alimentaba con abundantes y nutritivas raciones. Si alguna de ellas fallaba o demostraba poca aptitud, se le sacrificaba destinándola al cebo y aprovechar el cuero, otro antecedente de la rigurosa selección de las madres.


Finalizando el siglo XVIII y durante la primera mitad del siguiente, algunas manadas de yeguas tuvieron reconocida fama. Así fueron elogiadas y muy “mentadas” – afamadas - las de Longotoma y Catemu en Quillota, donde había gran cantidad de siembras de grano; las de Apoquindo, Peldehue, las del Principal y San Juan; las de Lo Aguila y especialmente las de Quilamuta y de Aculeo. En la provincia de Concepción sobresalieron las de Longaví, Caliboro, Cantenta, Guillinco. Se estimaba que un ciento de yeguas podían cosechar en cinco días un millar de fanegas, si el tiempo estuviera seco.


El gusto por el caballo y su selección, sirvió directamente al hecho más importante de nuestra historia, como lo fue la Independencia. Los jinetes chilenos eran elogiados entre los españoles, apreciación que se acrecentó durante las batallas que permitieron liberar al país de la dominación de la corona hispana. La excelente caballería chilena, unida al coraje de soldados y huasos, superó a las fuerzas godas. Unos tres mil jinetes apoyaron la instalación de la primera Junta de Gobierno en 1810. Solo un año después don Juan Martínez de Rozas formó una caballería de quince mil hombres, dejando todas las ciudades y villorrios representadas en este ejército, llamando a reconocer cuartel a ricos y pobres montados en sus mejores caballos para asistir a ejercicios doctrinales.

1813, y 1814

Don José Miguel Carrera, en 1813, y don Bernardo O’Higgins, en 1814, aumentaron la caballería revolucionaria a dieciocho mil efectivos. Aquella caballería provenía de cuerpos montados de Melipilla, Los Andes, San Felipe, San Fernando, Rancagua, Talca, Curicó y Quillota. La historia da cuenta que este ejército cabalgó desde Marzo de 1813, fecha en que se inició la campaña, hasta octubre de 1814, o sea 19 meses de continuos afanes guerreros haciéndolo primero en sus propios caballos y luego remontados en caballos comprados por el gobierno. El historiador Nicanor Molinare manifiesta con admiración hacia la campaña libertadora que: “estos jinetes dieron de beber agua a sus caballos en las márjenes del Bio Bio, en el Maule i hasta en el mismo Mapocho, por octubre de 1814” Molinare manifiesta con asombro que el caballo que salvó a José Miguel Carrera en El Roble provenía de los famosos caballos cuevanos, atendiendo la cercanía de la familia del prócer con don Pedro de Cuevas, afamado criador de caballos.

1810 y 1817

La historia nos permite visualizar que los 340 años de guerra entre araucanos y españoles, legaron a los soldados de la Independencia un caballo y un jinete extraordinarios. En tanto los jinetes de 1810 y de 1817 proclamaban la libertad sobre su montura, nuestro Caballo Chileno se consolidaba como identidad nacional hasta ahora.


Crónicas de jinetes y caballos chilenos de excepción se suceden por todos los historiadores, aunque como lo que nos preocupa es la crianza del caballo, nos vamos a remitir a los antecedentes sobre esta materia.


Para valorizar en los años que han existido verdaderas poblaciones caballares en los fundos y haciendas, consignaremos antecedentes que nos podrían señalar lo que serían los futuros criaderos, los cuales darían pie a la fundación de lo que entendemos como tal actualmente. Fueron centros productores de caballos de selección las siguientes haciendas:

1768 y 1776

Propiedades de los jesuitas vendidas entre 1768 y 1776

- La gran hacienda de La Compañía en Rancagua vendida a don Mateo de Toro en 1771

- Calera de Tango a don Francisco Ruiz Tagle

- Colchagua a don Miguel Baquedano

- Ocoa a don Diego Echeverría

- San Pedro a don Manuel Carvajal

- El Principal al señor Huidobro, Marqués de Casa Real, en 1774

- Limache a don José Sánchez Dueñas en 1776

- Cato, en Chillán, a don Lorenzo Arrau


PERIODO DE 1845 a 1893: FLORECE EL RODEO

Tras los primeros años de la naciente República junto con organizarse los diversos servicios del país, la agricultura recobró su preponderancia con la explotación de la industria vegetal y animal, alcanzando en 1845 un período de gran prosperidad. Allí el caballo retomó su importancia como principal motor en el desarrollo de la nación generándose en gran cantidad y calidad gracias a la selección de reproductores machos y hembras.

Benjamín Vicuña Mackenna repara en las peripecias del rodeo y en la rusticidad de los vaqueros y de los capataces, hombres corpulentos montados en sus nobles caballos. Relata la faena del rodeo, que es la operación de arrear bajando de los cerros los piños de animales salvajes para conducirlos a los cercos o corrales de las haciendas. Don Benjamín se asombra de “una laceadura” ensalzando la carrera del caballo con su jinete, cerro abajo a gran velocidad, para ponerse a tiro de lazo como adivinando los movimientos del toro que huye, hasta sentir que su amo ha lanzado el lazo deteniéndose sincronizadamente y abriendo sus patas para soportar el tirón del vacuno en carrera, para terminar arrastrándolo al lugar donde su jinete desee llevarlo.


El cronista don Simón R. Rodríguez manifiesta que la práctica del rodeo data en Chile probablemente desde que los ganados se multiplicaron a poco de haber sucedido la conquista en una faena que se llevó a cabo por ordenanza del cabildo el día de San Marcos, en la Plaza de Armas de la ciudad, la misma que hoy tenemos, ya por el año 1555 a 1560. Muy luego estos rodeos se efectuaron en cada hacienda en los corrales de cada propietario.


Esta apreciación de Simón Rodríguez la refrenda también Claudio Gay, en su historia de Chile describiendo esa faena del rodeo. El historiador señala a los grandes hacendados como principales impulsores del rodeo atendiendo las necesidades de su hacienda para reunir, señalar y marcar cada uno de ellos más de doce mil cabezas, masa ganadera que destinaban al trabajo (bueyes) consumo, reproducción y en beneficio de inquilinos y empleados sirvientes de la propiedad que también poseían algunos animales que aparecían en la rodeada. Aquello solo era posible por la gran afición de los vaqueros que esperaban el encierro de los toros más grandes y gordos como una fiesta, los que tras marcarlos, eran soltados a todo campo siendo seguidos por los vaqueros para desjarretarlos con gran destreza hasta apegarlos a una vara larga que terminaba en una especie de medialuna donde lo volteaban para que los carniceros enterraran en su nuca un punzón.

Sería este juego, destreza o faena, el inicio de lo que hoy es el trabajo del apiñadero y la atajada.

El sabio Gay, que estuvo en Chile en la primera mitad del siglo XIX se refiere así de los vaqueros: “su profesión es dura i fatigosa, sobre todo, cuando están encargados de reunir esa gran cantidad de ganado esparcido en las montañas para darle una distribución, someterlos a la marca de la hacienda i finalmente, echarlos en engorda, para entregarlos enseguida al cuchillo del carnicero”.

Continúa respecto del caballo: “mas penurias debía de soportar la montura de esos hombres incansables por desempeñar sus tareas, en las que se unía el gusto i una afición desmedida por lucir a sus patrones, compañeros de trabajo i a los vecinos i demás relaciones que acudían a estas fiestas campesinas, la destreza i bondad de sus caballos, procurando ejecutar las mayores proezas de la equitación chilena, debiendo notarse que le generalidad de estos hombres , efectuaban tales maniobras en el mismo caballo que habían ensillado para dar comienzo a las operaciones del rodeo”.


LAS PRIMERAS REGLAS:

Ya reunido el ganado y una vez separado por clase, tipo y condición, los huasos ejecutaban en un gran corral con gran afición tres fases principales de la faena:

La aparta (hoy llamado loteo) del ganado encerrado en un corral enorme llamado “enfriadera”, de un piño de 150 a 200 animales, para pasarlos a otro corral anexo llamado “corral de aparta” ó “enfriadera chica”.

Dividían en dos partes la superficie de este corral por una corrida de jinetes, colocados en hilera compacta, designada “manga”, quedando en una de esas partes el ganado bastante apretado.

Separación del individuo (toro) por el capataz y algunos vaqueros, según la clase designada, sacándolo fuera del recinto formado por la manga, entregándolo a dos jinetes de ésta que se lanzaban tras de él, colocándose uno a su flanco y otro a la retaguardia en arreo sostenido a punta de gritos desaforados y una picana. El jinete del flanco apenas alcanzado el vacuno, ponía los pechos de su caballo contra éste dejando su cabeza sobre el lomo del vacuno para comenzar a estrecharle el paso llevándolo así a carrera tendida unas dos cuadras sobre un recorrido que llamaban “cancha de carreras” que en su extremo desembocaba en dos corrales de clasificación llamados “chiqueros” donde quedaba el animal apartado según su clase.

Este modo de “correr vacas” (así llamaban a cualquier ganado vacuno, hembras o machos, sin distingo pues los apartaban recién ahí, dejando este ritual como una especie de nombre alternativo, más bien antiguo, del rodeo), duró más o menos hasta 1860. Posteriormente los jinetes, deseosos de lucir las fuerzas y destrezas de sus caballos, le agregaron a la carrera la dificultad de detener completamente al vacuno antes de llegar a las puertas del corral, lo que fue visto como una hazaña. Ha nacido la atajada, y junto con ello los jinetes y sus caballos comenzaron a tomar fama y gran renombre entre sus pares.


Pero aún faltaba, así que al poco tiempo la cancha recta le dio paso a una ovalada, casi circular, que denominaron como Medialuna y con ello aparecieron nuevas reglas en el modo de correr.


Esta vez la innovación fue que el jinete del arreo no podía llevar la picana, mientras que el jinete a la mano, que galopaba casi paralelo al novillo, debía ir pegado al toro hasta acercarse a la atajada donde despegaba un poco su caballo para tomar impulso, atravesarlo un poco y estrellarlo contra las ramas que formaban la atajada. Hoy diríamos que era “correr al machetazo” (aún sobreviven algunos en ese estilo en la zona sur). Este jinete a la mano apuntaba su recio estrellón un poco delante de las paletas del animal y la mayoría de las veces en la cabeza, tratando de detenerlo y evitar la vergüenza. Aquella circunstancia ocasionaba muchos accidentes que maltrataban en exceso el ganado y también al caballo que en ocasiones era herido por los cachos del animal.


La nueva forma de correr duró poco tiempo pues hubo opiniones de hombres de campo, lo suficientemente observadores, que pudieron apreciar el poco mérito de esta acción que no permitía observar las cualidades del buen caballo “corredor de vacas”.


Buscando mejorar las condiciones se cambió la manera de hacer la atajada evitando las crueldades hacia el ganado y los sufrimientos del caballo. Además era necesario que el trabajo se compartiera en los dos jinetes que intervenían adoptando la modalidad de hacer dos carreras obligatorias. Para ello se señalaron dos sectores en la medialuna siendo condición absoluta para el jinete “a la mano”, esto es el que debería hacer la atajada, de llevar su caballo totalmente apegado al novillo, considerándose como falta grave y digna de ser censurada con pifias y rechiflas, al jinete que despegase su caballo para ganar la delantera. De esa manera la ejecución correcta debía ser únicamente la resultante del esfuerzo del caballo, junto con el tacto y destreza del jinete.


EL DESPEGUE DEL SIGLO XVIII

Tras la guerra con Perú y Bolivia, en donde el caballo chileno fue el principal factor en la victoria, se produjo un desequilibrio en la masa caballar disponible en el país. Un informe de la Sociedad Nacional de Agricultura fechado en 1885, da cuenta de la necesidad de aumentar la crianza de caballos chilenos pues no alcanza a llenar la demanda destinada al transporte y demás servicios de la población, siendo aún insuficiente para la producción agrícola, especialmente en lo que respecta al trigo y demás cereales.


“El consumo en el país –señala Prado- debía haber alcanzado en 1885 una importancia tan grande, cuando en ese mismo informe se deja constancia de la existencia de caballares en Chile, que solamente en las provincias de Santiago y Coquimbo, excedían de cuarenta mil, mientras que en las restantes provincias llegaban a veinte mil”. Pero es el mismo historiador quien aclara que debido a la alta demanda en el campo y el transporte y posteriormente en la guerra, se hizo necesario importar desde Cuyo varias partidas de caballos, advirtiendo que este centro de producción de caballares en la República Argentina, fue casi totalmente formado con reproductores caballares chilenos.


Estas fueron las adquisiciones trasandinas en dicha época:


  AÑO                CABALLOS
  1863                      1.248
  1864                      1.290
  1865                      1.706
  1866                      1.248
  1867                         889



Posteriormente la segunda importación debió hacerse a consecuencias de la guerra del Pacífico con Perú y Bolivia:


  AÑO                 CABALLOS
  1879                         723
  1880                         816
  1881                      1.317
  1882                      1.479
  1883                      1.932


LOS VUELCOS DE LA CRIANZA

Los vaivenes del progreso y las modas de latifundistas influyentes, principalmente educados en Europa, hacen que el Caballo Chileno sea despreciado como caballo de silla llevándolo por un período de 68 años (1845 a 1913) a casi un total abandono, como lo postula la Memoria de Título del Ingeniero Agrónomo de la Universidad de Chile señor René Pinochet Ch. quien además sostiene, en concordancia con lo expresado por don Alberto Araya Gómez y la mayoría de los cronistas dedicados al tema, que debió soportar en gran medida la influencia de sangres extrañas; esto debido principalmente a la importación de caballos para silla y de tiro ligero y pesado, que fueron usados para mezclar la población caballar existente en busca de obtener motores más adecuados a las ya escasas labores asignadas al caballo, debido a la mecanización de la agricultura.


Dicha circunstancia llevó a separar la crianza en dos tipos muy definidos distinguiéndose los criaderos más tradicionalistas, apegados férreamente a sus crianzas clásicas, por poseer caballos de menor alzada (bajo 1,47 m), más chicos, musculosos, cabeza liviana, cuello corto, cruz baja, mucha crinera, pecho amplio, espalda inclinada, lomo recto, que posteriormente se constituirían en la verdadera base del Caballo Criollo Chileno. En contrario sucedió a quienes llamaremos “modernistas”, que por medio de cruzas con caballos importados de establecieron caballos de mayor alzada (sobre 1,47 m), que al no haber registros fueron señalados igualmente como criollos, aunque los verdaderos criadores tomaron sus resguardos manteniendo sus líneas lo más puras posible. Este hecho queda comprobado hasta la actualidad en los registros genealógicos donde los padrillos provenientes de aquellos troncos originarios mantienen una ascendencia y descendencia muy estrechamente ligada a las sangres y tipos mencionados previo a la moda que introduce en pequeña escala el mestizaje.


Esta decadencia en la crianza y uso del caballo chileno aunque se acentúa más entre 1880 y 1890, manteniéndolo en escasas faenas agrícolas. Por ello fue que un grupo de criadores se reúnen para fundar el 15 de diciembre de 1890 los “Registro de reproductores de Pura Sangre”, grupo que encabeza don Raimundo Valdés. Así, en la Exposición del Centenario, 1910, se presentan entre otras razas, varios caballos chilenos que contribuyen a reverdecer el interés por criar.


Buscando evitar la desaparición del caballo típica y puramente chileno, La Sociedad Nacional de Agricultura frena los embates precipitados de los modernistas, carentes de estudio y de lógica, creando en 1910 la Sección "Criadores de Caballares Chilenos" con el objeto de alentar a los pocos estudiosos y salvar las manadas, que por fortuna, aún se habían conservado puras. Fueron hombres clarividentes y decisivos en esta etapa los señores Diego Vial Guzmán, Francisco Antonio Encina, Tobías Labbé, Alberto Correa V., José Letelier y don Miguel Letelier Espínola.


1912

Fue de tal impacto la medida liderada por la institución, que en la exposición de 1912 fue a consecuencia de aquello más concurrida, dándole paso a que la Sociedad Nacional de Agricultura (S.N.A.) creara la “Selección de Registros de Caballos Chilenos” con un índice al que concurren alrededor de 300 caballos.


1914

Con aquello, acaecido por 1914, podemos decir certeramente que se da paso al desarrollo pleno del Caballo Chileno, posibilitando un gran avance en el plano nacional junto con establecer el estándar inicial de la raza sobre la figura del potro Azahar, empresa que lideran personalmente dos de los criadores más insignes de la historia, como lo fueron don Miguel Letelier Espínola y su amigo huaso e historiador, don Francisco Antonio Encina, propietarios de los criaderos Aculeo y El Durazno, respectivamente, quienes dirigen al escultor don Federico Casas Basterrica, primo de don Miguel Letelier, en la confección de la escultura del Estándar del caballo Chileno, siempre supervisados por el jinete y arreglador del criadero Aculeo, don Custodio Bustamante.


Esta escultura estuvo vigente hasta el año 2001, siendo reemplazada por el actual Estándar de la Raza, confeccionado tras dos años de trabajo por el artista don Carlos Segura Lamperti, quien fue dirigido en su obra personalmente por el criador, agrónomo y profesor emérito de la Universidad de Chile, don Eduardo Porte Fernández, que presidió una comisión que se ciñó certeramente a las proporciones del Caballo Chileno, comisión en la que participaron jinetes y criadores de la talla de Jorge Laserre Lafontaine, Samuel Parot Gómez, Hernán Cruz Castillo, Ramón Cardemil Moraga, Arturo Correa Sota, Benjamín García Huidobro Matte, José Manuel Aguirre Bustamante, entre otros, siendo esta escultura la actualmente representativa de la raza.

1930

Siguiendo con la línea cronológica de esta historia, cabe mencionar que en la década del año mil novecientos treinta, el Directorio de la Sociedad Nacional de Agricultura, que integran entre otros los más señeros criadores, acuerdan nombrar un jurado triple con la obligación de actuar un largo período en busca de uniformar el tipo y mantener el caballo apegado a su estándar. Esta responsabilidad les fue entregada a tres criadores de reconocidos conocimientos, siendo estos los señores Manuel Castillo, José Tagle Ruiz y Adolfo Luco Blanco, este último a mi juicio un súper dotado capaz de reparar en el más mínimo detalle de un caballo y gran amigo y compañero de otro grande, como lo es don Alberto Araya Gómez. El nombramiento de secretario del jurado recayó en don Gonzalo Pérez Llona, quien posteriormente fuera Presidente de la Asociación de Criadores de Caballares Chilenos, hoy Federación.

La mirada experta y certera de estos hombres, su agudo espíritu de observación y su conocimiento, como jinetes los llevó a la dificilísima y sutil de tarea de consolidar la raza por medio de variadas acciones donde las exposiciones y visitas a los diferentes criaderos permitieron reagrupar a los criadores del país unificándolos en el año 1946 en torno a la Asociación de Criadores de Caballares, institución madre de la crianza y el rodeo merced a que en ella se reunieron tradicionalmente los más destacados criadores.

Aquello generó que en pocos años un criador de la talla de don Alberto Araya Gómez, reconocido zootecnista, escritor y hombre de gran acierto en la crianza, fuera solicitado como jurado de exposiciones en Argentina. Allí desarrolla gran amistad con cabañistas de Argentina, Brasil y Uruguay y pronto nace una institución internacional que los reúne, la Federación Internacional de Criadores de Caballos Criollos, bajo las siglas FICCC, organismo al que Chile concurre como fundador por exclusiva gestión y visión de un criador de excepción, como lo es don Alberto Araya Gómez propietario del Criadero La Invernada, quien aparte de su refinado gusto y certeras juras, establece un estándar en común vigente hasta el día de hoy en FICCC, iniciando así una época de grandes logros a nivel internacional con el apoyo de otros criadores de gran visión y por una Asociación de Criadores de Caballares Chilenos que se inserta con ideas claras y muy entusiastas a favor de la raza.

LA ERA DEL CABALLO CHILENO:

Decíamos que aunque la historia da cuenta del auge que tuvo nuestro caballo desde los tiempos de la colonia, como expresamos precedentemente, desde fines del siglo XVIII y posteriormente de su selección como silla de viaje, trabajo y labor en el transcurso del siglo XIX y principios del siglo XX, a la luz de los antecedentes disponibles, queda establecido que la purificación de un tipo definido se inicia con la apertura de los registros genealógicos, medida que permite reglamentar y establecer definitivamente la crianza. Este eslabón se construye en el año 1946 con el nacimiento de la Asociación de Criadores de Caballares, institución fundada por un grupo de criadores visionarios que en forma clara y precisa reglamentan la crianza proponiéndose como objetivo principal difundirla y mantenerla pura en el tiempo, además de controlar el rodeo en esos años, expresión deportiva tradicional de gran arraigo en el país.