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Una referencia de la Capital del asesinato aparece en la película The Lost Boys (Generación perdida de 1987), rodada en Santa Cruz (California).
 
Una referencia de la Capital del asesinato aparece en la película The Lost Boys (Generación perdida de 1987), rodada en Santa Cruz (California).
 
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==Víctimas de Ed Kemper ==
== Víctimas de Ed Kemper ==
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*Maude Kemper [[27 de agosto en Chile|27 de agosto de 1964]]
 
*Maude Kemper [[27 de agosto en Chile|27 de agosto de 1964]]
 
*Ed Emil Kemper [[27 de agosto en Chile|27 de agosto de 1964]]
 
*Ed Emil Kemper [[27 de agosto en Chile|27 de agosto de 1964]]
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*Clarnell Strandberg [[21 de abril en Chile|21 de abril de 1973]]
 
*Clarnell Strandberg [[21 de abril en Chile|21 de abril de 1973]]
 
*Sally Hallett [[21 de abril en Chile|21 de abril de 1973]]
 
*Sally Hallett [[21 de abril en Chile|21 de abril de 1973]]
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== Su historia y detalles ==
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Era tan solo un adolescente cuando Edmund Emil Kemper III, el nombre real del conocido asesino en serie Ed Kemper, mató a tiros a sus abuelos. Aquella rabia y odio contenidos no eran nuevos. Tampoco la explosión en forma de violencia. Ya desde edad temprana evidenció su naturaleza sádica y despiadada.
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Una de sus primeras “víctimas” fue la gata siamesa de la familia, a la que mató y enterró en el patio trasero de la casa. Después sacó su cuerpo, le arrancó la cabeza, la clavó en un palo y la colocó en la cabecera de su cama. Su intención: dirigir sus oraciones a ese tétrico altar. Una de sus mayores fantasías: convertir a las personas en muñecos… y con los años, lo hizo realidad.
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Para Ed la muerte y el sexo estaban completamente ligados. De hecho, en una ocasión, llegó a confesarle a su hermana Susan que la única manera de poder besar a la profesora de la que estaba enamorado era matándola primero. No fue la única muerte que se imaginó. También la de su padre, electricista de profesión, que pese a sentir una profunda admiración también fantaseó con su asesinato. Hubo más comportamientos…
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Como cuando mutiló a una de las muñecas de su hermana Ally. Les cortó la cabeza y las manos. “Tenía unas tijeras, una máquina de coser. Cogí las tijeras, le arranqué la cabeza a la muñeca y me dije: ‘volverá a colocársela de nuevo. Es como si no le hubiese hecho nada’. Así que cogí las tijeras y le corté las manos y le dije: ‘toma, ahora tienes un juguete roto y yo tengo otro juguete roto’. Aquella fue mi respuesta”, recordaba el propio Ed. Tenía ocho años.
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===Juegos macabros ===
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A esta edad también escenificaba su propia ejecución ayudado por sus hermanas. “Solía entretenerse con juegos muy morbosos con sus hermanas. Jugaba con sus hermanas a la silla eléctrica, atándolas a un sillón. O al juego de la cámara de gas”, asegura el experto en asesinos en serie Stephane Bourgoin.
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Aquel comportamiento anómalo tenía un origen que él mismo reveló ya de adulto: los continuos desprecios y malos tratos a los que fue sometido por parte de su madre Clarnell. Su padre intentó defenderle, pero ya era tarde. Ed, oriundo de California, sufrió la estricta educación materna donde el sexo era visto como un pecado.
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Clarnell temía que el niño pudiese violar a sus hermanas, así que lo desterró a dormir solo en el sótano. Estas circunstancias y el desarrollo de una patología psicológica generaron en él un rencor hacia las mujeres. Principalmente hacia su madre.
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La única forma de “mejorar” fue viviendo con su padre en Los Ángeles. Pero Guy, como le apodó la matriarca, tampoco encajaba en el colegio. Todos le evitaban. Su gigantesca altura era, en parte, la responsable. Las burlas eran un continuo. Así que el padre decidió llevar al adolescente a la granja de sus abuelos en North Fork. No quería ocuparse de él, la madre tampoco… y los abuelos decidieron ayudarles con la educación de Ed.
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Sin embargo, la abuela era un calco de su madre: manipuladora y una maltratadora emocional. De ahí los asesinatos. Aquel supuesto arrebato no había hecho más que comenzar. Porque cuando el sheriff de la localidad le preguntó el por qué de aquella aberración, su respuesta fue: “Me preguntaba lo que sentiría al matar a mi abuela”.
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Tras la exploración psicológica del menor, los expertos le diagnosticaron que padecía una esquizofrenia paranoide. Así fue recluido en el Hospital del Estado, en la ciudad de Atascadero. Un recinto especializado en agresores sexuales y en criminales con problemas psicológicos del que salió con 21 años. Era 1969.
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=== Comienza la cacería ===
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Aquel gigante de dos metros, 130 kilos de peso y un coeficiente intelectual de 145 -es decir, el de un genio-, volvía a casa. A la de Clarnell. Había logrado ocultarse bajo la apariencia de un paciente modelo que, mientras ayudaba como secretario del personal psiquiátrico, alimentaba un odio visceral hacia su madre.
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Tras matar a sus abuelos a tiros, su tercer crimen llegó el 7 de mayo de 1972. Después de una monumental bronca con su progenitora, cogió el coche y condujo en busca de una nueva víctima. Era las cuatro de la tarde cuando dos estudiantes del Fresno College State, Mary Ann Pesce y Anita Luchessa, se subían al vehículo del que sería su verdugo. La idea era llevarlas a la Universidad de Stanford, pero tomó una carretera secundaria y terminó por llevarlas a un lugar solitario.
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Cuando las jóvenes se percataron que algo raro pasaba, le preguntaron: “¿Qué es lo que quiere?”. A lo que Kemper sacó su pistola y respondió: “Ya saben lo que quiero”.
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Primero encerró a Anita en el maletero, para después, vejar y matar a Mary Ann. Le cubrió la cabeza con una bolsa de plástico e intentó estrangularla con un cinturón. Pero se resistía demasiado, así que “le pasé la hoja de la navaja buscando el lugar aproximado del corazón y le atravesé la espalda. Luego ella se giró completamente para ver, o para proteger su espalda, y yo le clavé la navaja en el estómago”. Fueron varias puñaladas hasta que “le empujé la cabeza hacia atrás y le hice un corte en la garganta. Perdió el conocimiento inmediatamente”.
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Desde el maletero del coche, Anita escuchó los gritos de auxilio de su amiga. Sabía que correría su misma suerte, que Kemper no la dejaría machar con vida. Y así fue. Su forma de acuchillarla fue, inclusive, más violenta y sádica que con Mary Ann. Pero matar no era suficiente. Ed condujo hasta su piso e introdujo los cuerpos. Los fotografió con una cámara Polaroid y guardó las fotos de recuerdo.
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Después, decapitó sus cuerpos y violó sus cadáveres y sus cabezas. Luego los desmembró, guardando los pedazos en bolsas de plástico. Al día siguiente, condujo hasta Loma Prieta, la montaña más alta de Santa Cruz, y enterró algunos de los restos. De otros se deshizo en algún vertedero. Pero no solamente enterró sus cadáveres, sino que visitó el lugar y la tumba en varias ocasiones. Él aseguraba que amaba y necesitaba a Mary Ann.
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Y es que tras salir del psiquiátrico en Atascadero, su única obsesión fue recoger a autoestopistas. El número de mujeres haciendo autostop había aumentado, y Kemper tenía la necesidad de recogerlas en su coche.
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Aunque su presencia provocaba un rechazo inicial -recordemos su gigantesca altura y que lucía un estilo hippie de pelo corto con bigote largo-, tener un pase de la Universidad de California que daba acceso a todos los campus generaba en las chicas cierta tranquilidad. Quién iba a pensar que aquel muchacho tan amable, correcto y educado era en realidad un serial killer.
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===Un truco mortal ===
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Ed preparó cada crimen con sumo cuidado. Se conocía al dedillo todas las carreteras de la región y sabía perfectamente qué lugares eran los mejores para deshacerse de un cadáver. Sus presas siempre eran estudiantes de la zona donde, por entonces, había matriculados más de cien mil alumnos. Era fácil pasar desapercibido.
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En su vehículo, un descapotable de tres puertas, siempre llevaba varias navajas, una pistola, mantas y bolsas de basura para envolver los cuerpos de las jóvenes. Un vehículo que tenía truco. “La puerta creo que está mal cerrada. Entonces, alargaba el brazo, abría de nuevo la puerta y la volvía a cerrar”, explica Mickey Aluffi, uno de los detectives que detuvo a Kemper. “Sin embargo, el tipo de coche que conducía tenía una manilla de seguridad en el reposabrazos y cuando cerraba la puerta se bajaba un pestillo que impedía que nadie pudiese salir por la puerta. Ya no se podía manipular la manilla. ‘Y cuando eso ocurría’, me dijo, ‘ya no tenían escapatoria’”, relata.
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Durante los años 1970 y 71, se calcula que este asesino subió a su coche a más de 150 autoestopistas. Era el modo de perfeccionar su técnica, de conocer qué debía decir y qué no para no molestarlas, no infundirles miedo o acabar discutiendo con ellas. En definitiva, para no levantar sospechas.
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Poco a poco, su estudio tan meticuloso se tradujo en un conocimiento absoluto sobre las mejores horas y puntos donde era más sencillo recoger chicas sin que nadie se percatase. “Si miras tu reloj y dices: ‘¡caray, no se si tengo!’ y paras, entonces piensan, ‘es un hombre de negocios, vamos a entrar en el coche porque no hay ningún peligro”, explicaba el propio Kemper para no ser rechazado ipso facto. “Así que yo me entretenía con aquel juego para conseguir que entrasen en mi coche. Pero entonces, no quería matar a nadie. Ahí simplemente me divertía. Más tarde, cuando empecé a matar gente, lo utilizaba contra ellos”.
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Mientras Ed iba puliéndose criminalmente hablando, la relación con su madre iba empeorando. Durante el tiempo que el asesino estuvo en Atascadero, Clarnell se casó y divorció dos veces, y su regreso al hogar materno no fue visto con muy buenos ojos. Las discusiones eran continuas y verbalmente muy crueles. Años más tarde, el propio Kemper confesaría que de haber sido su madre un hombre se habría liado a puñetazos más de una vez. Pero, “era mi madre”. Ahí estaba el problema.
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Para escapar de aquella ira incontenible, Ed acudía a bares de la zona. El Jury Room era uno de sus preferidos, como veremos más adelante. Incluso intentó hacerse policía sin mucho éxito. Quería emular a su gran ídolo del cine, John Wayne. Pero una vez más, su estatura fue un impedimento clave.
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===Un trofeo en casa ===
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Gracias a su trabajo como guardavías consiguió poner tierra de por medio. Se marchó de casa de su madre y se alquiló una habitación en un suburbio de San Francisco. Fue allí donde llevó los cuerpos de sus siguientes víctimas. Nadie sospechaba de él. El gigante Ed, como le denominaban algunos amigos, mantenía oculto su salvajismo. Hasta que una vez más… la bestia que llevaba dentro despertó.
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Su siguiente víctima fue Aiko Koo de quince años cuando iba camino a clase de baile. Pese a la dura resistencia que empleó la adolescente, Kemper logró violarla en varias ocasiones y asesinarla. Tras meter el cuerpo en el maletero se lo llevó a casa de su madre.
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Durante varios días, acudió a casa de Clarnell para comprobar si se había percatado de algo distinto en él. Es decir, si aquel instinto asesino se veía reflejado en su cara o en su actitud. La madre no percibió absolutamente nada. Ed había perfeccionado el modo de llevar aquella doble vida.
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Con el cadáver de la joven en una caja, Kemper no podía evitar tocarla, palparla para “saber” –como describiría después- “qué partes estaban aún calientes”. Sentía curiosidad, la misma que le ocurre el pescador cuando se lleva un trofeo. No obstante, un punto importante para entender cómo funcionaba la mente de este individuo, es que el asesinato de Aiko Koo se produjo cuando acudía al psiquiatra forense.
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De hecho, le realizaban evaluaciones de forma regular para comprobar su estado. Y en la última, que se produjo tras entregarse a esta orgía criminal, Ed acudió como de costumbre ante los peritos y fingió tal lucidez, que los propios profesionales acordaron que el joven ya no representaba una amenaza para sí mismo ni para los demás. Sus progresos, según ellos, eran evidentes y recomendaban eliminar de su historial los antecedentes juveniles. El engaño fue absoluto, porque aquel día Ed Kemper llevaba en el maletero de su coche la cabeza decapitada de una de sus víctimas.
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Los crímenes se siguieron sucediendo y con él los errores. Tal era la sed de sangre que Ed comenzó a frecuentar el campus de la Universidad de California muy próximo a su casa. Y con ello, acababa de quebrantar una regla básica de todo asesino en serie: matar en lugares donde le podrían reconocer. Pero estaba decidido a llevarlo a cabo.
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Con una Rutgers automática del 22 con un cañón de 15 centímetros, Kemper continuó con sus cacerías. Santa Cruz comenzó a llenarse de muchachas desaparecidas y posteriormente asesinadas y mutiladas. Su excusa seguía funcionando: sacó el arma y dijo que quería suicidarse. De este modo lograba que la estudiante se compadeciese de él y así terminar con su macabro plan.
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Además, cada crimen normalmente coincidía con una fuerte discusión con su madre. Tras marcharse de un portazo, la bestia iniciaba el rastreo de su próxima presa. Pero faltaba aún su última ‘obra maestra’: matar a su madre. “Le corté la garganta con un cuchillo, y después la decapité”, contó durante su conversación con el criminólogo y uno de los mayores expertos en asesinos en serie, Robert Ressler. “Violé su cabeza cortada. Cuando terminé puse la cabeza en un estante y le grité durante una hora. Le lanzaba dardos”, espetó sin inmutarse.
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=== El origen del mal ===
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El homicidio de Clarnell fue el fin de los asesinatos de estudiantes. Aunque no el último. Tras matar a la matriarca, Ed sabía que su doble vida acababa de resquebrajarse. ¿Cómo iba a contar que su madre ya no estaba? ¿Decir que se había fugado? Imposible. Jamás abandonaría a su familia. ¿Confesar que la había matado? Pero, ¿y si hacía desaparecer a otra amiga? Ahí la historia tendría más peso de cara a futuras investigaciones.
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Miró la agenda de Clarnell y eligió a Sally Hallett, amiga y compañera de trabajo de su madre. No hizo falta que ni siquiera levantase el teléfono porque la mujer apareció a las 17:30 horas para preguntar por ella.
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Ed le mintió diciendo que no se encontraba en casa, pero que podría pasarse a cenar con ellos, que iban a celebrar su nuevo puesto de trabajo. Sally regresó dos horas después. Pero para entonces, Kemper había llenado de trampas cada estancia de la casa. Cerró y selló puertas y ventanas, desplegó su arsenal de armas por distintas habitaciones, así las tendría más a mano, y se guardó unas esposas en el bolsillo del pantalón. Cuando Sally arribó ya cerca de las ocho de la tarde, Ed se disculpó por su madre que llegaba tarde. La acompañó al sofá, mientras ella decía en voz alta… “Sentémonos. Estoy muerta”.
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Aquella frase, fue la señal que Kemper estaba esperando. Así que cuando la mujer se acomodó, él se situó frente a ella y empezó a golpearla. En el pecho, en el estómago. Cuando se cayó al suelo, la cogió por el cuello y la levantó. Tal era la fuerza que empleó que le rompió la tráquea. Murió asfixiada.
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Después la estiró en el suelo, le envolvió la cabeza con bolsas de papel y volvió a apretarle el cuello. Esta vez con una cuerda y un pañuelo. Quería estar seguro que había muerto. Tras acostarla en su propia cama, Ed se marchó de copas al bar de los policías. Su pasmosa tranquilidad y esa manera en la que miraba de modo distraído, no hicieron sospechar a ninguno de los agentes que se encontraban en el local.
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Al regresar a casa, cortó la cabeza a Sally para luego, echarse a dormir. Fue en ese momento cuando se dio cuenta que estaba perdido. No había matado a dos desconocidas en una carretera, sino a su madre y una amiga. Y dentro de su propio domicilio. Ya no había escapatoria.
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Decidió dejar una nota confesando los crímenes y una vez lejos, ya en Pueblo (Colorado), con el cadáver de Sally aún en el maletero, llamar a la comisaría para confesar todos los asesinatos. No le creyeron. Y no fue hasta una segunda llamada, cuando la policía comenzó a moverse.
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Era el 23 de abril y acababan de dar con el peligroso Co Ed Killer. Tras su detención, Kemper decidió explicarlo todo, sin abogados. Contó todos y cada uno de los crímenes, quiénes eran, cómo las mortificó y asesinó y dónde se había desecho de sus cadáveres, o lo que quedaba de ellos. Lo hizo sin vacilar, frío, coherente, y completamente lúcido. Su memoria era extraordinaria. Y así lo demostró durante el juicio. Una vista que revolvió las tripas de los presentes.
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===Ressler y su perfil criminal ===
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Porque todos aquellos asesinatos, los de la muchachas, no eran sino una preparación para matar a su propia madre. Era a ella a quien culpaba de la ausencia de su padre, y sobre todo, de tantos años de maltrato y vejaciones. Pero con el asesinato de su madre, no obtuvo satisfacción alguna. Más bien fue una catarsis, un punto y aparte que le llevó a entregarse.
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El 8 de noviembre de 1973, el Estado de California finalmente le condenó a cadena perpetua y recomendó que jamás obtuviese la libertad condicional. Harold Cartwright, el investigador de la defensa de Kemper, dejó claro por qué este asesino no puede salir de prisión: “Porque no se puede en absoluto correr el riesgo de que lo que se produjo una vez pueda volver a suceder. Así que no, no, yo no quiero volver a ver a Kemper en la sociedad pese a haber participado en su defensa”.
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Hasta él mismo sabe el peligro que supone para el resto: “Si fuera la sociedad, no confiaría en mí”. Un testimonio que fue grabado por el criminólogo Robert Ressler en la década de los años setenta y que gracias a la serie Mindhunter vuelve a estar de actualidad.
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Durante aquellos encuentros entre el agente de policía y el asesino, éste describió a la perfección cada asesinato, pero sobre todo, su verdadera motivación. Su madre. Así que cuando acabó con su vida “tenía que parar”. Era una especie de “proceso catártico”. Muerta ella, ya no había razón por la que seguir matando.
 
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*Leyton, Elliott, Hunting Humans: The Rise Of The Modern Multiple Murderer. McClelland & Stewart (2005). ISBN 0-7710-5025-9. (Full chapter on Kemper)
 
*Leyton, Elliott, Hunting Humans: The Rise Of The Modern Multiple Murderer. McClelland & Stewart (2005). ISBN 0-7710-5025-9. (Full chapter on Kemper)
 
*Ressler, Robert K., Whoever Fights Monsters: My Twenty Years Tracking Serial Killers for The FBI. (approx. 20 pages on Kemper).
 
*Ressler, Robert K., Whoever Fights Monsters: My Twenty Years Tracking Serial Killers for The FBI. (approx. 20 pages on Kemper).
 
 
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Última revisión de 02:15 3 dic 2019

Edmund Kemper
Bienvenido a Asesinos en Serie de WikicharliE

Presentación

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Edmund Kemper.jpg

Edmund Emil Kemper III (18 de diciembre 1948; Burbank, California), más conocido cómo Edmund Kemper, es un asesino en serie al que también se le conoce cómo El asesino de las colegialas (Co-ed killer, en inglés) y que estuvo activo en la década de los 70.

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Contenido

El hijo de Edmund Emil Kemper Jr. y Clarnell Stage poseía un cociente intelectual de 136 y desarrolló un comportamiento sociopatológico desde muy joven: torturaba y asesinaba a animales, representaba rituales sexuales con las muñecas de sus hermanas y llegó a decir que, para besar a una maestra por la que se sentía atraído previamente tendría que matarla.

Si ya de por sí Kemper era extraño, su madre - de la cual se sospecha que era borderline - le obligaba a dormir en el sótano por miedo de que su hijo abusara de sus hermanas, algo que molestó a Edmund.

El 27 de agosto de 1964, a los 15 años, Edmund tiroteó a su abuela - con la que vivía en un rancho de unas 7 hectáreas - mientras ésta estaba terminando su último libro para niños. Pero, la cosa no acabó ahí, puesto que cuando llegó su abuelo también le mató. Acto seguido llamó a su madre y la instó a que avisara a la policía, pues había matado a sus abuelos. Las declaraciones que dio a los agentes fueron las siguientes: él "sólo quería ver qué se sentía al asesinar a su abuela" y mató a su abuelo porqué sabía que se enfadaría por haber matado previamente a la abuela.

El quinceañero fue internado en el Hospital Estatal de Atascadero y, además de hacerse amigo de su psicólogo, se convirtió en su asistente. Gracias a su inteligencia, se ganó tal confianza del doctor que se le permitió el acceso a las pruebas aplicadas a otros internos. Gracias al aprendizaje que obtuvo de estas pruebas impresionó a su médico y consiguió el alta - algo muy discutido por otros médicos - demostrando después que había sellado para siempre su historial juvenil. Una vez libre, se fue a vivir con su madre a Santa Cruz (California).

[editar] Campaña asesina

Kemper - de 2,05 m y más de 136 kg - trabajó en diversos sitios hasta llegar al Departamento Californiano de Transporte, en aquella época conocido cómo el Departamento de Obras Públicas en la División de Carreteras en el Distrito.

Entre mayo de 1972 y febrero de 1973, Kemper mató a diversas estudiantes que encontraba en la autopista, a las cuales llevaba a zonas rurales aisladas para matarlas - acuchillándolas, con arma de fuego o asfixia - y después trasladarlas a su apartamento donde practicaba necrofilia para posteriormente desmembrar los cuerpos. Usualmente, arrojaba los cuerpos desmembrados a barrancos o los sepultaba en campos, pero en cierta ocasión enterró la cabeza de una víctima - de 15 años - en el jardín de su madre en una especie de broma enfermiza: él "siempre quiso que las personas la admiraran". Asesinó a 6 colegialas, incluyendo dos estudiantes de la Universidad de California - donde trabajaba su madre - y una del Cabrillo College. Curiosamente, después de discutir con su madre era cuando cometía los asesinatos.

En abril de 1973, Kemper golpeó repetida y violentamente a su madre hasta matarla con un martillo de zapatero mientras ésta dormía. La decapitó, la violó sin cabeza - la cual usó como diana - y arrojó sus cuerdas vocales al triturador de la cocina. En su declaración, Kemper dijo que "eso parecía apropiado, tanto como ella me maldijo, gritó y chilló por muchos años". Finalmente comió parte de sus órganos y durmió 4 noches con el cuerpo en estado de putrefacción. Pero la cosa no quedó ahí, invitó a casa a una de las mejores amigas de su madre - ajena a lo que había ocurrido - y la estranguló.

Se dirigió con el coche hacia el Este, sin escuchar en la radio ninguna noticia sobre sus asesinatos. Desilusionado, frenó y llamó a la policía para confesar que él era El asesino de las colegialas. Les confesó qué había hecho y donde podían encontrarle, además de reconocer su necrofilia y canibalismo.

Durante su juicio alegó locura, aunque fue hallado culpable de 8 cargos por asesinato. Pidió la pena capital, pero al estar suspendida en Estados Unidos en aquel momento, recibió la cadena perpetua. Actualmente es uno de los presos de la Prisión Estatal de Vacaville. Edmund Kemper, Herbert Mullin y John Linley Frazier

Kemper, Mullin y Linley.jpg

Contemporáneo a Kemper, Mullin también asesinó a diversas personas, por lo que la ciudad fue bautizada como la Capital mundial del asesinato. Ambos asesinos llegaron a estar encerrados en celdas contiguas y Kemper estaba enfadado con Mullin porque decía que éste le "robaba los sitios en los cuales descargaba sus cadáveres".

Además, tres años después de esta ola de asesinatos, John Linley Frazier continuó con ellos. De una manera similar al conocido asesino Charles Manson, Frazier mató a los cinco miembros de la familia del cirujano ocular Víctor Otha.

Una referencia de la Capital del asesinato aparece en la película The Lost Boys (Generación perdida de 1987), rodada en Santa Cruz (California).

[editar] Víctimas de Ed Kemper

[editar] Su historia y detalles

Era tan solo un adolescente cuando Edmund Emil Kemper III, el nombre real del conocido asesino en serie Ed Kemper, mató a tiros a sus abuelos. Aquella rabia y odio contenidos no eran nuevos. Tampoco la explosión en forma de violencia. Ya desde edad temprana evidenció su naturaleza sádica y despiadada.

Una de sus primeras “víctimas” fue la gata siamesa de la familia, a la que mató y enterró en el patio trasero de la casa. Después sacó su cuerpo, le arrancó la cabeza, la clavó en un palo y la colocó en la cabecera de su cama. Su intención: dirigir sus oraciones a ese tétrico altar. Una de sus mayores fantasías: convertir a las personas en muñecos… y con los años, lo hizo realidad.

Para Ed la muerte y el sexo estaban completamente ligados. De hecho, en una ocasión, llegó a confesarle a su hermana Susan que la única manera de poder besar a la profesora de la que estaba enamorado era matándola primero. No fue la única muerte que se imaginó. También la de su padre, electricista de profesión, que pese a sentir una profunda admiración también fantaseó con su asesinato. Hubo más comportamientos…

Como cuando mutiló a una de las muñecas de su hermana Ally. Les cortó la cabeza y las manos. “Tenía unas tijeras, una máquina de coser. Cogí las tijeras, le arranqué la cabeza a la muñeca y me dije: ‘volverá a colocársela de nuevo. Es como si no le hubiese hecho nada’. Así que cogí las tijeras y le corté las manos y le dije: ‘toma, ahora tienes un juguete roto y yo tengo otro juguete roto’. Aquella fue mi respuesta”, recordaba el propio Ed. Tenía ocho años.

[editar] Juegos macabros

A esta edad también escenificaba su propia ejecución ayudado por sus hermanas. “Solía entretenerse con juegos muy morbosos con sus hermanas. Jugaba con sus hermanas a la silla eléctrica, atándolas a un sillón. O al juego de la cámara de gas”, asegura el experto en asesinos en serie Stephane Bourgoin.

Aquel comportamiento anómalo tenía un origen que él mismo reveló ya de adulto: los continuos desprecios y malos tratos a los que fue sometido por parte de su madre Clarnell. Su padre intentó defenderle, pero ya era tarde. Ed, oriundo de California, sufrió la estricta educación materna donde el sexo era visto como un pecado.

Clarnell temía que el niño pudiese violar a sus hermanas, así que lo desterró a dormir solo en el sótano. Estas circunstancias y el desarrollo de una patología psicológica generaron en él un rencor hacia las mujeres. Principalmente hacia su madre.

La única forma de “mejorar” fue viviendo con su padre en Los Ángeles. Pero Guy, como le apodó la matriarca, tampoco encajaba en el colegio. Todos le evitaban. Su gigantesca altura era, en parte, la responsable. Las burlas eran un continuo. Así que el padre decidió llevar al adolescente a la granja de sus abuelos en North Fork. No quería ocuparse de él, la madre tampoco… y los abuelos decidieron ayudarles con la educación de Ed.

Sin embargo, la abuela era un calco de su madre: manipuladora y una maltratadora emocional. De ahí los asesinatos. Aquel supuesto arrebato no había hecho más que comenzar. Porque cuando el sheriff de la localidad le preguntó el por qué de aquella aberración, su respuesta fue: “Me preguntaba lo que sentiría al matar a mi abuela”.

Tras la exploración psicológica del menor, los expertos le diagnosticaron que padecía una esquizofrenia paranoide. Así fue recluido en el Hospital del Estado, en la ciudad de Atascadero. Un recinto especializado en agresores sexuales y en criminales con problemas psicológicos del que salió con 21 años. Era 1969.

[editar] Comienza la cacería

Aquel gigante de dos metros, 130 kilos de peso y un coeficiente intelectual de 145 -es decir, el de un genio-, volvía a casa. A la de Clarnell. Había logrado ocultarse bajo la apariencia de un paciente modelo que, mientras ayudaba como secretario del personal psiquiátrico, alimentaba un odio visceral hacia su madre.

Tras matar a sus abuelos a tiros, su tercer crimen llegó el 7 de mayo de 1972. Después de una monumental bronca con su progenitora, cogió el coche y condujo en busca de una nueva víctima. Era las cuatro de la tarde cuando dos estudiantes del Fresno College State, Mary Ann Pesce y Anita Luchessa, se subían al vehículo del que sería su verdugo. La idea era llevarlas a la Universidad de Stanford, pero tomó una carretera secundaria y terminó por llevarlas a un lugar solitario.

Cuando las jóvenes se percataron que algo raro pasaba, le preguntaron: “¿Qué es lo que quiere?”. A lo que Kemper sacó su pistola y respondió: “Ya saben lo que quiero”.

Primero encerró a Anita en el maletero, para después, vejar y matar a Mary Ann. Le cubrió la cabeza con una bolsa de plástico e intentó estrangularla con un cinturón. Pero se resistía demasiado, así que “le pasé la hoja de la navaja buscando el lugar aproximado del corazón y le atravesé la espalda. Luego ella se giró completamente para ver, o para proteger su espalda, y yo le clavé la navaja en el estómago”. Fueron varias puñaladas hasta que “le empujé la cabeza hacia atrás y le hice un corte en la garganta. Perdió el conocimiento inmediatamente”.

Desde el maletero del coche, Anita escuchó los gritos de auxilio de su amiga. Sabía que correría su misma suerte, que Kemper no la dejaría machar con vida. Y así fue. Su forma de acuchillarla fue, inclusive, más violenta y sádica que con Mary Ann. Pero matar no era suficiente. Ed condujo hasta su piso e introdujo los cuerpos. Los fotografió con una cámara Polaroid y guardó las fotos de recuerdo.

Después, decapitó sus cuerpos y violó sus cadáveres y sus cabezas. Luego los desmembró, guardando los pedazos en bolsas de plástico. Al día siguiente, condujo hasta Loma Prieta, la montaña más alta de Santa Cruz, y enterró algunos de los restos. De otros se deshizo en algún vertedero. Pero no solamente enterró sus cadáveres, sino que visitó el lugar y la tumba en varias ocasiones. Él aseguraba que amaba y necesitaba a Mary Ann.

Y es que tras salir del psiquiátrico en Atascadero, su única obsesión fue recoger a autoestopistas. El número de mujeres haciendo autostop había aumentado, y Kemper tenía la necesidad de recogerlas en su coche.

Aunque su presencia provocaba un rechazo inicial -recordemos su gigantesca altura y que lucía un estilo hippie de pelo corto con bigote largo-, tener un pase de la Universidad de California que daba acceso a todos los campus generaba en las chicas cierta tranquilidad. Quién iba a pensar que aquel muchacho tan amable, correcto y educado era en realidad un serial killer.

[editar] Un truco mortal

Ed preparó cada crimen con sumo cuidado. Se conocía al dedillo todas las carreteras de la región y sabía perfectamente qué lugares eran los mejores para deshacerse de un cadáver. Sus presas siempre eran estudiantes de la zona donde, por entonces, había matriculados más de cien mil alumnos. Era fácil pasar desapercibido.

En su vehículo, un descapotable de tres puertas, siempre llevaba varias navajas, una pistola, mantas y bolsas de basura para envolver los cuerpos de las jóvenes. Un vehículo que tenía truco. “La puerta creo que está mal cerrada. Entonces, alargaba el brazo, abría de nuevo la puerta y la volvía a cerrar”, explica Mickey Aluffi, uno de los detectives que detuvo a Kemper. “Sin embargo, el tipo de coche que conducía tenía una manilla de seguridad en el reposabrazos y cuando cerraba la puerta se bajaba un pestillo que impedía que nadie pudiese salir por la puerta. Ya no se podía manipular la manilla. ‘Y cuando eso ocurría’, me dijo, ‘ya no tenían escapatoria’”, relata.

Durante los años 1970 y 71, se calcula que este asesino subió a su coche a más de 150 autoestopistas. Era el modo de perfeccionar su técnica, de conocer qué debía decir y qué no para no molestarlas, no infundirles miedo o acabar discutiendo con ellas. En definitiva, para no levantar sospechas.

Poco a poco, su estudio tan meticuloso se tradujo en un conocimiento absoluto sobre las mejores horas y puntos donde era más sencillo recoger chicas sin que nadie se percatase. “Si miras tu reloj y dices: ‘¡caray, no se si tengo!’ y paras, entonces piensan, ‘es un hombre de negocios, vamos a entrar en el coche porque no hay ningún peligro”, explicaba el propio Kemper para no ser rechazado ipso facto. “Así que yo me entretenía con aquel juego para conseguir que entrasen en mi coche. Pero entonces, no quería matar a nadie. Ahí simplemente me divertía. Más tarde, cuando empecé a matar gente, lo utilizaba contra ellos”.

Mientras Ed iba puliéndose criminalmente hablando, la relación con su madre iba empeorando. Durante el tiempo que el asesino estuvo en Atascadero, Clarnell se casó y divorció dos veces, y su regreso al hogar materno no fue visto con muy buenos ojos. Las discusiones eran continuas y verbalmente muy crueles. Años más tarde, el propio Kemper confesaría que de haber sido su madre un hombre se habría liado a puñetazos más de una vez. Pero, “era mi madre”. Ahí estaba el problema.

Para escapar de aquella ira incontenible, Ed acudía a bares de la zona. El Jury Room era uno de sus preferidos, como veremos más adelante. Incluso intentó hacerse policía sin mucho éxito. Quería emular a su gran ídolo del cine, John Wayne. Pero una vez más, su estatura fue un impedimento clave.

[editar] Un trofeo en casa

Gracias a su trabajo como guardavías consiguió poner tierra de por medio. Se marchó de casa de su madre y se alquiló una habitación en un suburbio de San Francisco. Fue allí donde llevó los cuerpos de sus siguientes víctimas. Nadie sospechaba de él. El gigante Ed, como le denominaban algunos amigos, mantenía oculto su salvajismo. Hasta que una vez más… la bestia que llevaba dentro despertó.

Su siguiente víctima fue Aiko Koo de quince años cuando iba camino a clase de baile. Pese a la dura resistencia que empleó la adolescente, Kemper logró violarla en varias ocasiones y asesinarla. Tras meter el cuerpo en el maletero se lo llevó a casa de su madre.

Durante varios días, acudió a casa de Clarnell para comprobar si se había percatado de algo distinto en él. Es decir, si aquel instinto asesino se veía reflejado en su cara o en su actitud. La madre no percibió absolutamente nada. Ed había perfeccionado el modo de llevar aquella doble vida.

Con el cadáver de la joven en una caja, Kemper no podía evitar tocarla, palparla para “saber” –como describiría después- “qué partes estaban aún calientes”. Sentía curiosidad, la misma que le ocurre el pescador cuando se lleva un trofeo. No obstante, un punto importante para entender cómo funcionaba la mente de este individuo, es que el asesinato de Aiko Koo se produjo cuando acudía al psiquiatra forense.

De hecho, le realizaban evaluaciones de forma regular para comprobar su estado. Y en la última, que se produjo tras entregarse a esta orgía criminal, Ed acudió como de costumbre ante los peritos y fingió tal lucidez, que los propios profesionales acordaron que el joven ya no representaba una amenaza para sí mismo ni para los demás. Sus progresos, según ellos, eran evidentes y recomendaban eliminar de su historial los antecedentes juveniles. El engaño fue absoluto, porque aquel día Ed Kemper llevaba en el maletero de su coche la cabeza decapitada de una de sus víctimas.

Los crímenes se siguieron sucediendo y con él los errores. Tal era la sed de sangre que Ed comenzó a frecuentar el campus de la Universidad de California muy próximo a su casa. Y con ello, acababa de quebrantar una regla básica de todo asesino en serie: matar en lugares donde le podrían reconocer. Pero estaba decidido a llevarlo a cabo.

Con una Rutgers automática del 22 con un cañón de 15 centímetros, Kemper continuó con sus cacerías. Santa Cruz comenzó a llenarse de muchachas desaparecidas y posteriormente asesinadas y mutiladas. Su excusa seguía funcionando: sacó el arma y dijo que quería suicidarse. De este modo lograba que la estudiante se compadeciese de él y así terminar con su macabro plan.

Además, cada crimen normalmente coincidía con una fuerte discusión con su madre. Tras marcharse de un portazo, la bestia iniciaba el rastreo de su próxima presa. Pero faltaba aún su última ‘obra maestra’: matar a su madre. “Le corté la garganta con un cuchillo, y después la decapité”, contó durante su conversación con el criminólogo y uno de los mayores expertos en asesinos en serie, Robert Ressler. “Violé su cabeza cortada. Cuando terminé puse la cabeza en un estante y le grité durante una hora. Le lanzaba dardos”, espetó sin inmutarse.

[editar] El origen del mal

El homicidio de Clarnell fue el fin de los asesinatos de estudiantes. Aunque no el último. Tras matar a la matriarca, Ed sabía que su doble vida acababa de resquebrajarse. ¿Cómo iba a contar que su madre ya no estaba? ¿Decir que se había fugado? Imposible. Jamás abandonaría a su familia. ¿Confesar que la había matado? Pero, ¿y si hacía desaparecer a otra amiga? Ahí la historia tendría más peso de cara a futuras investigaciones.

Miró la agenda de Clarnell y eligió a Sally Hallett, amiga y compañera de trabajo de su madre. No hizo falta que ni siquiera levantase el teléfono porque la mujer apareció a las 17:30 horas para preguntar por ella.

Ed le mintió diciendo que no se encontraba en casa, pero que podría pasarse a cenar con ellos, que iban a celebrar su nuevo puesto de trabajo. Sally regresó dos horas después. Pero para entonces, Kemper había llenado de trampas cada estancia de la casa. Cerró y selló puertas y ventanas, desplegó su arsenal de armas por distintas habitaciones, así las tendría más a mano, y se guardó unas esposas en el bolsillo del pantalón. Cuando Sally arribó ya cerca de las ocho de la tarde, Ed se disculpó por su madre que llegaba tarde. La acompañó al sofá, mientras ella decía en voz alta… “Sentémonos. Estoy muerta”.

Aquella frase, fue la señal que Kemper estaba esperando. Así que cuando la mujer se acomodó, él se situó frente a ella y empezó a golpearla. En el pecho, en el estómago. Cuando se cayó al suelo, la cogió por el cuello y la levantó. Tal era la fuerza que empleó que le rompió la tráquea. Murió asfixiada.

Después la estiró en el suelo, le envolvió la cabeza con bolsas de papel y volvió a apretarle el cuello. Esta vez con una cuerda y un pañuelo. Quería estar seguro que había muerto. Tras acostarla en su propia cama, Ed se marchó de copas al bar de los policías. Su pasmosa tranquilidad y esa manera en la que miraba de modo distraído, no hicieron sospechar a ninguno de los agentes que se encontraban en el local.

Al regresar a casa, cortó la cabeza a Sally para luego, echarse a dormir. Fue en ese momento cuando se dio cuenta que estaba perdido. No había matado a dos desconocidas en una carretera, sino a su madre y una amiga. Y dentro de su propio domicilio. Ya no había escapatoria.

Decidió dejar una nota confesando los crímenes y una vez lejos, ya en Pueblo (Colorado), con el cadáver de Sally aún en el maletero, llamar a la comisaría para confesar todos los asesinatos. No le creyeron. Y no fue hasta una segunda llamada, cuando la policía comenzó a moverse.

Era el 23 de abril y acababan de dar con el peligroso Co Ed Killer. Tras su detención, Kemper decidió explicarlo todo, sin abogados. Contó todos y cada uno de los crímenes, quiénes eran, cómo las mortificó y asesinó y dónde se había desecho de sus cadáveres, o lo que quedaba de ellos. Lo hizo sin vacilar, frío, coherente, y completamente lúcido. Su memoria era extraordinaria. Y así lo demostró durante el juicio. Una vista que revolvió las tripas de los presentes.

[editar] Ressler y su perfil criminal

Porque todos aquellos asesinatos, los de la muchachas, no eran sino una preparación para matar a su propia madre. Era a ella a quien culpaba de la ausencia de su padre, y sobre todo, de tantos años de maltrato y vejaciones. Pero con el asesinato de su madre, no obtuvo satisfacción alguna. Más bien fue una catarsis, un punto y aparte que le llevó a entregarse.

El 8 de noviembre de 1973, el Estado de California finalmente le condenó a cadena perpetua y recomendó que jamás obtuviese la libertad condicional. Harold Cartwright, el investigador de la defensa de Kemper, dejó claro por qué este asesino no puede salir de prisión: “Porque no se puede en absoluto correr el riesgo de que lo que se produjo una vez pueda volver a suceder. Así que no, no, yo no quiero volver a ver a Kemper en la sociedad pese a haber participado en su defensa”.

Hasta él mismo sabe el peligro que supone para el resto: “Si fuera la sociedad, no confiaría en mí”. Un testimonio que fue grabado por el criminólogo Robert Ressler en la década de los años setenta y que gracias a la serie Mindhunter vuelve a estar de actualidad.

Durante aquellos encuentros entre el agente de policía y el asesino, éste describió a la perfección cada asesinato, pero sobre todo, su verdadera motivación. Su madre. Así que cuando acabó con su vida “tenía que parar”. Era una especie de “proceso catártico”. Muerta ella, ya no había razón por la que seguir matando.

Fuentes y Enlaces de Interés

  • Damio, Ward, Urge to Kill. Pinnacle Books:New York, NY (1974). ISBN 0-523-00380-3. (Discusses Kemper plus two contemporary Santa Cruz killers: John Linley Frazier and Herbert W. Mullin)
  • Leyton, Elliott, Hunting Humans: The Rise Of The Modern Multiple Murderer. McClelland & Stewart (2005). ISBN 0-7710-5025-9. (Full chapter on Kemper)
  • Ressler, Robert K., Whoever Fights Monsters: My Twenty Years Tracking Serial Killers for The FBI. (approx. 20 pages on Kemper).

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