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Combate de Villarrica 7 de febrero de 1602

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Combate de Villarrica 7 de febrero de 1602
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Desde 1599 al 17 de febrero de 1602

La historia que aquí narramos ocurre entre 1599 y febrero de 1602, entre los bandos españoles y araucanos, en el Fuerte Villarrica. La defensa de la ciudad estuvo dirigida por el capitán Rodrigo de Bastidas, Corregidor de Villarrica, al mando de 150 arcabuceros, 50 jinetes y 5 piezas de artillería, además de 500 indígenas amigos, mujeres españolas y niños.

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Contenido

En 1599, la sublevación mapuche dirigida por Kumiñanko, fue una de las más fieles muestras del poder de ataque de los Mapuches, pero aun así las defensas de Villarrica lograron repeler ese ataque. Durante los próximos 2 años la ciudad sufrió constantes ataques que fueron reduciendo las defensas de la ciudad a sólo un fuerte ubicado en el margen occidental de la ciudad. El dicho fuerte se formó en lo que actualmente hoy es el sector de las calles General Urrutia, José Manuel Balmaceda y San Martín.

Pasaron tres años en que el asedio del enemigo fue aumentando, lo que imposibilitó la recolección de alimentos en las afueras de la ciudad, por lo que los sobrevivientes tuvieron que recurrir a la antropofagia.

El Fuerte

El corregidor de la ciudad capitán Rodrigo de Bastidas, ordenó la construcción de un fuerte de grandes proporciones, centro de seguridad que ocupó la cuadra del solar del vecino don Luis de Oviedo. Las dimensiones aproximadas que tuvo el baluarte correspondería a una cuadra de 120 a 125 metros por lado. La construcción de esta "Cuadra Fuerte" se debió a que las fortificaciones de vigilancia y seguridad permanente, entre las que se cuenta el actual sitio histórico de Villa Rica, VR-7, no dieron abasto para cobijar a todos los habitantes debiendo el capitán y Corregidor Rodrigo de Bastidas, ante el primer asalto a la ciudad, ingresar la población hispana al recinto militar de proporciones, disponiendo como cerco humano, en el perímetro exterior del fuerte, a los indios amigos y sus familias al mando del cacique Kurimanke; los que después de ser diezmados en gran numero por la horda atacante fueron definitivamente recogidos al interior de la Cuadra Fuerte.

El fuerte, lo único que queda

Los indios habían arrasado con toda la ciudad y sus pobladores se hallaban reducidos a un pequeño fuerte, sin medios de comunicarse con las otras plazas ni de procurarse alimentos. Pelantaru se había retirado con sus tropas, pero dejó establecido un cerco invisible que impedía salir en busca de víveres o enviar mensajeros.

Pronto, la situación se hizo insostenible. Los alimentos se acabaron y el hambre comenzó a apretarles a tal extremo que deseaban se produjeran escaramuzas con los indios para matarle algún caballo que les sirviera de comida. Sin embargo, los españoles demostraron más que nunca la firmeza y el valor de castilla. Los capitanes alentaban a diario a los soldados y les instaban a no descuidar la vigilancia en ningún momento. Uno de ellos, de apellido Tejeda, se las arregló para reunir cuanto elemento metálico encontró, incluyendo las campanas, y luego fundirlo todo, forjó dos cañones que más tarde les fueron de gran utilidad.

Desesperados por encontrar un medio que les permitiera paliar la hambruna, se reunieron los capitanes Bastidas, Chavari y Beltrán. Este último, que era mulato y experto en Ardiles, les propuso emplear una treta que podría dar excelentes resultados.

Gracias a su parentesco con algunos caciques comarcanos, Beltrán tomó contacto con uno de los principales jefes rebeldes, y le manifestó su intención de desertar del fuerte y pasarse a su lado; pero, a fin de usar en su beneficio los frutos de la victoria, que con su ayuda sería innegable, era preciso tomar algunas precauciones para asegurar que el botín a recoger no se perdiera. Ante una derrota, los cristianos destruirían o enterrarían todo lo que sirviera al enemigo. Era más inteligente quitarle las cosas valiéndose de la astucia antes del asalto. Con estas razones, les convenció de que trajeran a la plaza gran cantidad de alimentos para trocar con los sitiados, quienes por la necesidad, pagarían cualquier precio por ellos.

El plan era bueno. Los indios comprendieron que podían hacerse del despojo sin pérdida de guerreros, a cambio de víveres que recuperarían más tarde cuando diesen el ataque final. Así, día siguiente, comenzaron a llegar a las murallas del castillo, portando animales y hortalizas. Los guardias de la puerta les permitieron pasar en pequeños grupos; pero, a medida que fueron entrando, les mataron y quitaron cuanto llevaban sin que los de afuera se percataron. Cuando Beltrán se aseguró de que los indios estaban totalmente confiados, salió repentinamente con una compañía y cargó contra los desarmados mapuches, que abandonaron precipitadamente las mercancías. Los que no alcanzaron a huir fueron ultimados. El engaño de Beltrán permitió abastecer por seis meses a la guarnición, atendiendo a las privaciones a que estaban acostumbrados, pero le reportó el odio intenso de los traicionados.

Fue tanta la furia que despertó en los araucanos la felonía de que habían sido objeto, que respondieron con un ataque furioso contra la fortaleza. No importándoles las balas que disparaban los arcabuces de las troneras, cruzaron el foso y lograron prenderle fuego por tres lados. Los defensores reunidos en el cuarto paño, se reorganizaron para repeler el embate, y mientras las “mujeres pedían confesor”, el capitán Chavari consiguió expulsar a los atacantes de un torreón del que se habían apoderado. En tanto los indios se concentraban en cargar el cañón y girarlo hacia el último reducto de los sitiados, Chavari se acerco con un grupo de arcabuceros y logró balearlos. Con el arma en su poder, les fue fácil rechazar la acometida y conseguir un momentáneo respiro. Los mapuches no volverían a ser engañados. Bien sabían ellos que las provisiones conseguidas tan malamente se acabarían por lo que permanecieron acosando con tenacidad implacable a la plaza. Cada vez que salían grupos a coger yerbas o raíces, eran eliminados por los cercadores.

Sólo dos españoles, Pedro Saucedo y Gabriel Martín, que tenían una habilidad especial para moverse en la oscuridad sin ser apercibidos, hicieron salidas nocturnas alejándose hasta 38 kilómetros (ocho leguas) de las murallas. Así consiguieron traer en varias oportunidades uno que otro caballo que les sirvió para sostenerse algunos días.

Españoles canivales

La situación dentro de la plaza era espantosa y, según el padre Diego rosales, “encarecía el hambre y el valor de la comida y hacía despreciar el oro y la plata; que nunca falta quien la codicie, aunque sepa que la ha de perder.

Valía una morcilla de carne de caballo diez pesos de oro; un tasajo, catorce; un celemín de cebada, cuarenta. Hombre hubo que durante el hambre se comió medio cuero de ante de Castilla y dos panes de jabón

Una mujer española que estaba embarazada dio a luz a una pequeña niña, pero debido al hambre se la comió, aunque fueron varios los españoles que probaron esta carne humana.

Los indios que mataban los hacían cecinas y carne asada. Creció tanto la necesidad y el hambre que los soldados querían echar la suerte para comerse unos a otros; mas el esforzado capitán Bastidas, con su ánimo y mucha prudencia, les disuadió de una cosa tan abominable, persuadiéndoles a lo que era menos mal, que comieran la carne de los indios que mataban, diciéndoles que con eso estarían más valientes y gallardos para pelear; porque a la gallardía de su valor, juntarían la valentía de los indios, convirtiéndola en sustancia.

Al campo enemigo o capturadas

La gente más flaca, como las mujeres y los niños, se caían de hambre y muchas veces las dejaban irse al campo araucano para no verlas morir delante de sus ojos. Cada una se iba por donde quería y hacia lo que queria, sin obediencia entre hijas y madres y mujeres y sus maridos, el hambre no guardaba respetos a la obediencia para conservar la vida. Y porque el enemigo estaba siempre de emboscada cerca del fuerte y para salir a coger yerbas.

Eran las mujeres quienes debían salir a buscar comida, lo que fuese. No se enviaban a los hombres, porque muchas veces eran capturados y asesinados por el enemigo y la verdad es que hacían gran falta para la defensa del fuerte. Todos los días se enviaba una mujer a buscar algo que comer, pero eran capturadas por los indios, esto ocurría cada vez que una salia, por lo que entre muertos y cautivos, el numero de españoles disminuía día a día.

En una de esas salidas, cayeron cautivas doña Ana de Luna, doña maría de Figueroa y fray Martín de Rosas. Arreciaba en tal forma el hambre, que decidieron salir no muy lejos, en un grupo más numeroso, hasta detrás del convento de San francisco, a recoger manzanitas verdes. Se reunieron varios capitanes y dos clérigos, a los que se agregaron muchas mujeres y niños. Chavari y Beltrán insistieron, casi hasta la majadería, en que nadie se apartase, manteniéndose juntos, pero algunos de los soldados divisaron frutillas en las cercanías y se desbandaron.

Los indios que se mantenían a la expectativa en los alrededores, les cayeron encima apenas les vieron dividirse. Fue tan rápido el ataque que no alcanzaron a organizar resistencia alguna. La primera víctima fue el capitán Marcos Chavari, aturdido por una pedrada y aprisionado. Juan Beltrán se defendió como un león y tumbo a varios atacantes, pero al fin cayó muerto con numerosas heridas. Al verse sin Beltrán ni Chavari, el resto del grupo se consternó, y habrían muertos todos si, en ese momento, no llega Bastidas con refuerzos y logra dispersar a los mapuches.

Muchos españoles murieron en la refriega y otros tantos cayeron prisioneros, entre ellos el explotador nocturno Pedro Saucedo que, como de costumbre, había salido a robar caballos.

El parlamento

Podemos imaginar el abatimiento que hubo en el cuartel. Esa noche durmieron con las armas en la mano. Al día siguiente los indios se presentaron a parlamentar y les intimaron rendición.

El cacique Cuminahuel, Puma Rojo, dejó a su gente a una distancia mayor de un tiro de arcabuz, e hizo adelantarse a los cautivos, fuertemente custodiados, hasta cerca de las murallas. Señalando a Chavari, les dijo que de amo había pasado a esclavo. Les recordó que Beltrán había pagado con la vida su traición y que así irían cayendo uno a uno si no se rendía. Finalmente, les ofreció que si entregaban la plaza les darían paso franco hacia Valdivia; en caso contrario, les matarían a todos.

Desde lo alto del torreón, Bastidas replicó preferían morir a rendirse, y que bien podía ir a preparar sus guerreros pues estaban listos para reiniciar el combate.

Al oír la negativa del castellano, el capitán Chavari les gritó que dejará salir a su mujer y a su suegra para que fueran a acompañarle en su cautiverio. Otro de los presos hizo el mismo pedido. Al poco rato, tres mujeres salieron del fuerte para ir a compartir con sus hombres la esclavitud de los indios que antes habían sido sus encomendados.

Después de todas estas alternativas, la gente del fuerte quedó reducida a once hombres y diez mujeres. Era tal su decisión de no rendirse, que ellas tomaron las armas y , los puestos de los soldados muertos. Así puede decirse que el bastión estaba defendiendo por veintiuna personas, cuyos nombres damos a continuación por la gesta heroica que protagonizaron más tarde. Ellos eran: Rodrigo Bastidas, Alonso Becerra, Juan Sarmiento de León, don Gabriel de Villagra, don Alonso de Córdoba, Domingo de Urasandi, Pedro Alonso, Francisco Núñez, Pablo Fernández de Córdova, don Juan de Maluenda casi niño, y el cura de Villarrica, de apellido Sedeño. Las mujeres eran: doña María Zapata, doña Lorenza de la Calzada, doña Isabel de Luna, doña Ana de la Paz, doña Inés de la Paz, doña María de Placencia, doña Juana Chavari, su hermana Ana, mujer del capitán Bastidas, doña Aldonza Beatriz Lozano.

Los indios sabían de su escasa fuerza y no queriendo ensañarse con ellos, les ofrecieron en numerosas ocasiones la libertad a cambio de la fortaleza, pero los españoles se negaron terminantemente a abandonarla.

El cacique Kolünawel

Guerrero araucano Kolünawel, durante el ataque a Villarrica el 7 de febrero de 1702

7 de febrero de 1602: Una gran junta, al mando del cacique Kolünawel, se presentó ante el castillo. El jefe, cubierto sólo por un taparrabos y llevando en la mano una gruesa pica, se adelantó hacia los españoles, acompañado de un hijo del capitán Bastidas a quien tenía prisionero. Ofreciendo generosamente su pecho desnudo a las balas de los arcabuces, les gritó que si no rendía la plaza, mataría al muchacho con sus propias manos.

Trepando a una de las almenas del castillo, el capitán Bastidas le contesto con energía: "hace tres años que nos ofrecen la vida a cambio de rendición, y hacía tres años que estoy respondiendo que no. Si hay de matar a mi hijo para que entregara la plaza, prefiero matarlo yo mismo".

Acto seguido, el capitán Bastidas desenvaino su puñal que llevaba al cinto, echó atrás el brazo para lanzarlo con fuerza a su hijo, pero le detuvo Kolünawel, que de inmediato cubrió con su cuerpo al niño, admirado del valor de su enemigo. Enseguida le gritó: Tan gran guerrero merece morir peleando, yo cuidare al muchacho criándole como un indio.

No era la primera vez, que un capitán castellano prefería sacrificar a un hijo antes de faltar a su honor rindiendo una plaza que le había sido confiada. Se repetía, en esta ocasión, lo mismo que hizo en 1290 Alonso Guzmán, llamado "el Bueno", cuando tomó Tarifa y fue sitiado en esa fortaleza por los moros, que eran ayudados por el infante don Juan con la esperanza de destronar a su hermano Sancho. Don Juan se había apoderado de un hijo de Guzmán, de corta edad, y acercándose a la muralla amenazó a don Alonso con matarle si no se rendía. Pero la lealtad de Guzmán fue más poderosa que su amor de padre, y arrojando su daga a Don Juan le desafió a cumplir su amenaza. Don Juan asesinó al niño, pero la ciudad no se rindió.

Toma del Fuerte Villarrica

Cuminahuel hizo adelantarse a los cautivos españoles y a un mestizo para que prendieran fuego al fuerte. Al hacerlo, el mestizo perdió la vida, pero la lumbre comenzó a propagarse con rapidez. La pequeña guarnición se multiplicó para repeler el ataque. Mientras los hombres disparaban las mujeres les alcanzaban la pólvora y las balas, y entre todos se combinaban para apagar el incendio. Pero pronto se acabó el agua y la hoguera se apoderó de la construcción.

Cruzando las llamas los araucanos entraron al recinto y mataron a cuatro. El resto fue liquidado durante la pelea o momentos después. A causa de sus muchas heridas. El niño Juan Maluenda consiguió huir entre la confusión y mucho tiempo después logró llegar a Santiago. Sólo se salvaron, en calidad de prisioneros, el capitán Rodrigo Bastidas y Juan Sarmiento de León, que fueron llevados a los tolderíos indios junto con sus esposas.

La muerte del capitán Rodrigo Bastidas

Pero Bastidas había sido un soldado excepcional y constituía para los mapuches un trofeo de gran importancia. No podía correr la suerte de los demás. Reunidos en consejo, los principales cacique deliberaron sobre su destino. Muchos abandonaron la idea, por admiración, de perdonarle la vida, pero otros, los más rebeldes, se opusieron. El jefe Cuminahuel le llevó a la junta con una soga atada al cuello y completamente desnudo, pues los araucanos sabían que la mayor ofensa para un castellano era privarle de sus vestiduras. Al verle, su mujer corrió a cubrirle y abrasarle, pero otro de los caciques se lo impidió.

Cuminahuel, acallando los rugidos de la asamblea comenzó a ponderar la magnitud de la victoria que significaba la caída de Villarrica, que tan larga pelea les había dado. Ensalzó el hecho de tener prisionero al jefe español que la había defendido con tanto ahínco, y señaló que la mejor manera de marcar para siempre aquel día en la historia de su pueblo, era untar sus flechas y sus lanzas en la sangre de tan valiente guerrero.

Al instante una maza abatió para siempre la vida del heroico capitán, y aún caliente, le extrajeron el corazón y se lo comieron, también mojaron sus armas en su sangre como era su costumbre. Luego, cortándole la cabeza, la ensartaron en una larga pica que clavaron en medio de la junta, mientras cantaban victoriosos a su alrededor.

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  • La inteligencia y prudencia en el proceder del Corregidor significó evitar el total descalabro de los moradores de Villarrica puesto que, pocos días después, los mapuche que ya habían sido traicionados por el Lonko KuriMañke en unión con los españoles, se reorganizaron y cargaron sobre el pueblo y fuerte destruyendo todo a su paso, salvo el fuerte, y forzando de tal manera al enemigo que los mapuche leales a los españoles comenzaron a abandonarlos, pasándose a pelear junto a sus hermanos. Hoy se señala como el lugar del Fuerte de Villarrica una amplia manzana convertida en cancha de fútbol y ubicada en el vértice que forman el río Toltén y el Lago Villarrica.
  • Se calcula que el primer ataque mapuche a Villa Rica fue de 7.000 hombres, luego se menciona a Pelantaro y Kolüñanko sitiando Villarriica con 10.000 hombres, ¿cuántos de ellos habrán sido foráneos?. Incluso es difícil determinar su número en base a sus familias, puesto que si bien los mapuche más pobres tenían una sola esposa, existía un número no menor que tenía dos, tres, cuatro y hasta pasar los dos dígitos, mientras por otro lado el Yanakona KuriMañke tenía 600 hombres. A diferencia de los españoles, Historia Mapuche cree que en este caso es difícil hacer un cálculo serio. La manera más usada para determinar la población es en base a la documentación existente sobre las encomiendas.
  • Después de una larga defensa, el 7 de febrero de 1602 Villa Rica cae, quedando vivos hasta antes del ataque final, un total de 21 personas, según el Ejército de Chile.
  • Los mapuches lacustres cristianos, o lafkenches “occidentalizados”, que eran aliados de los hispanos y combatían junto a las tropas del Rey, “indios amigos” de los cuales en la antigua Villa Rica fue icono el Cacique Kurimanke, quien con su familia e “indios leales”, pereció trágicamente defendiendo la ciudad junto a los soldados españoles del capitán Rodrigo de Bastidas.

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