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El día jueves, en forma exclusiva, lanzó una sensacional audición, con la entrevista grabada al “Torito”, ganándose el programa el título del “Mejor Golpe Radial” periodístico del año, comentaba la prensa de la época, felicitando al mismo tiempo a los periodistas, Augusto Olivares y Alfredo Herzka, “que hicieron realidad ese programa, al igual que a los controles, que colocaron su nota técnica y al Director Adolfo Yankelevic que hizo las veces de animador. En el excelente programa se escucharon además las voces de otros reporteros, como José Gómez López. Eduardo Rivas y Julia Folch”. Informaba la prensa a los días de haber vuelto a Chile el “torito” para ser juzgado.
 
El día jueves, en forma exclusiva, lanzó una sensacional audición, con la entrevista grabada al “Torito”, ganándose el programa el título del “Mejor Golpe Radial” periodístico del año, comentaba la prensa de la época, felicitando al mismo tiempo a los periodistas, Augusto Olivares y Alfredo Herzka, “que hicieron realidad ese programa, al igual que a los controles, que colocaron su nota técnica y al Director Adolfo Yankelevic que hizo las veces de animador. En el excelente programa se escucharon además las voces de otros reporteros, como José Gómez López. Eduardo Rivas y Julia Folch”. Informaba la prensa a los días de haber vuelto a Chile el “torito” para ser juzgado.
  
El Rancagüino
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'''El Rancagüino'''
  
27 de octubre de 1954: El miércoles, nuestro diario publicó una entrevista realizada por Fernando Lucero al “Torito”, en la cárcel de Rancagua, en presencia del abogado Raúl Miranda Valenzuela, días antes de quedar en libertad, cuyo tenor es el siguiente.
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[[27 de octubre en Chile|27 de octubre de 1954]]: El miércoles, nuestro diario publicó una entrevista realizada por Fernando Lucero al “Torito”, en la cárcel de Rancagua, en presencia del abogado Raúl Miranda Valenzuela, días antes de quedar en libertad, cuyo tenor es el siguiente.
  
 
– Yo acepto lo que diga la ley, lo que quieran las autoridades. Sé que si don Raúl Miranda me ha conseuido que me manden a la República Argentina es porque no se ha podido más. Yo me voy donde quieran, donde esté libre de rejas y de prisión, dueño de tomar a mi hija Soledad y estrecharla en mis brazos y besarla mucho, de rehacer mi vida. Soy capaz de trabajar aquí, o donde sea, pero que no me miren como un bandido ni se cometan injusticias.
 
– Yo acepto lo que diga la ley, lo que quieran las autoridades. Sé que si don Raúl Miranda me ha conseuido que me manden a la República Argentina es porque no se ha podido más. Yo me voy donde quieran, donde esté libre de rejas y de prisión, dueño de tomar a mi hija Soledad y estrecharla en mis brazos y besarla mucho, de rehacer mi vida. Soy capaz de trabajar aquí, o donde sea, pero que no me miren como un bandido ni se cometan injusticias.
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*[[El huaso Raimundo]]
 
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*[[Rogelio Hernández Manríquez]]
 
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==Lectura recomendada==
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*[https://s.wikicharlie.cl/1i2 BANDIDAJE RURAL EN CHILE CENTRAL Curicó, 1850-1900/Jaime Valenzuela Márquez]
 
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Revisión de 00:01 13 oct 2019

Abraham Toro Díaz
Bienvenido a Biografías de WikicharliE

El bandido chileno llamado "Torito

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Contenido

El humilde matrimonio del sector de La Laguna, formado por Daniel Toro y Sofía Díaz, tuvo cinco hijos: Heriberto, Efraín, Ramón, Abraham Segundo y Marina. Don Daniel era uno más de los labriegos que trabajaban de sol a sol en la cadena de fundos de la comuna. En ese ambiente se criaron los hermanos, sin aprender ni el ojo del silabario, ayudando en los quehaceres de la choza y esperando cumplir la edad para salir al mismo trabajo que estaba predestinado para toda la juventud de la época, que no era más que hundirse en la tierra para hacerla producir, de lo contrario –vaya la mentalidad- eran considerados zánganos por los patrones.

1924

El pequeño Abraham había cumplido 10 años y tenía que seguir forzosamente el destino de sus hermanos mayores. Muy en contra de su voluntad se tuvo que desligar por primera vez del regazo de su madre, a quien tanto quería, para ir a cuidar cerdos y aves en el fundo El Niche, al poniente de San Vicente y vecino a La Laguna, donde se había trasladado la familia buscando la fuente laboral que ni siquiera era de mayores expectativas económicas, porque en el campo no las había en aquel entonces.

Es entendible el dolor que debe haber sentido el pequeño, que tan bruscamente le separaran del amor maternal cuando de la vida no conocía otra cosa que gozar de sus cuidados y revolotear por los cerros que rodeaban la modesta vivienda. Tenía que convertirse en hombre, le habían dicho los de más edad, y no quedaba más que “ponerle el hombro”. En esas circunstancias, no tuvo más amigos que los porcinos y las aves domésticas que debía vigilar a diario. Tuvo su primera escapatoria de la muerte al quedar atrapado entre el lodo y la techumbre de las chancheras tras un terrible aguacero. Su habilidad para arañar la podredumbre y la fuerza se sus músculos le permitieron salir airoso. Los mayores que acudieron al final, no se explicaban cómo había podido hacerlo –es un verdadero torito- , habrían dicho. De allí en adelante todos los conocerían por “Torito”. Así lo pasó en los próximos tres años de su existencia hasta que el primer signo de rebeldía afloró en su ser, todo por culpa de un cabrito de cerro que había encontrado abandonado y con quien se había encariñado entrañablemente. Porfió para que su patrón no lo marcara como al resto de los animales, mas, al no ser escuchados sus ruegos y negándosele también su jornal, salió a buscar otra forma de ganarse la vida.

1927

A los 13 años el pequeño Abraham era todo un “hombre”. Se había aliado a dos “trateros” que se desempeñaban en abrir surcos y talar árboles para llevarlos a los aserraderos. La misma especialidad les llevó a recorrer muchos campos de la zona, continuando “Torito” muy entusiasmado con su trabajo, pero a la vez dolido de tener que apartarse tantos kilómetros de su madre Sofía, a quien visitaba cada vez que su trabajo se lo permitía. Peumo, Coltauco, Doñihue, Rancagua y Graneros conocieron de sus dotes laborales y también de sus primeros amores con tarifa, que los tres trateros buscaban por las noches después de una paga para distraerse de las pesadas faenas.

En ese ambiente mundano tan propenso a riñas debido al exceso de licor, el “Torito” fue llevado a soportar los rigores de las rencillas, que propiciaban sus aliados con más experiencia en los vicios. En más de una ocasión tuvieron que arrancar de las casas de niñas, para no caer ante la amenaza de un arma blanca asesina.

Empieza el martirio

De vuelta a los conocidos pagos de El Niche, hasta ese momento la vida era más placentera para el joven Toro Díaz, había trabajado para los “trateros”, se había unido al grupo de su hermano Ramón, “El Tuta”, y hasta uno de los patrones ocasionales le había sacado libreta para que tuviera su previsión. Sus familiares estaban dichosos porque lo veían mayor, fornido de cuerpo y radiante de frescura para empeñar las herramientas. Las puertas se le abrían esplendorosas para mirarla vida con mayor confianza, pensando en que muy pronto podría encontrar una “guaina” que le acurrucara, le tuviera el plato servido y la ropa limpia no le faltara. Estaba soñando despierto, un mundo de posibilidades se le tejían en su fantasía, preparando el destino a un cambio radical en su vida.

Su hermano Ramón tuvo la mala idea de hacer justicia por su propia cuenta robando una suma de dinero a unos deportistas, que a su juicio la habían cobrado indebidamente. A raíz de que los perjudicados dieron cuenta a Carabineros del Retén Pencahue, ubicado a pocos kilómetros de El Niche, “El Tuta” emprendió la fuga sin dejar rastros para no caer en manos de la policía. De tanto buscarlo sin tener éxito, los representantes de la ley fueron tras el “Torito”, que supuestamente podría tener indicios de su hermano, empero al responder negativamente y pedirles que lo dejaran trabajar tranquilo, fue llevado al Retén, donde recibió el primer castigo físico. Salió en defensa su patrón sin conseguir más que la misma dosis de brutalidad.

A partir de ese incidente la tranquilidad se le termina a Abraham Toro, una y otra vez es apartado de su lugar de trabajo para ir a parar al Retén con los mismos resultados por no confesar algo que ignoraba. De esta forma, su trabajo se torna complicado. Se le cierran las puertas, porque los patrones no quieren tener problemas, ni menos un trabajador de continuo ausente de la faena al ser requerido por la fuerza pública rural con tanta frecuencia. Con su jefe tratero deciden cambiar de rubro, esta vez vendiendo carne de cabrito a las dueñas de casa de Pencahue. La policía desconfía de la procedencia del producto y nuevamente son detenidos.

1932

Un golpe muy duro para el “Torito” fue la muerte de hermano prófugo Ramón (1912-1932) y de otro amigo que le acompañaba, luego de ser descubiertos por la policía, lo que terminó con este fatal desenlace, que la prensa contemporánea habría llamado de “confuso incidente cuyas causas se investigan”. La soledad le embarga, no puede conformarse ni explicarse que su hermano tan joven tuviera ese desgraciado fin cuando apenas empezaba a vivir y cuando la falta no era tan grave como para que se acriminaran de esa forma.

Seguramente como producto de su desconcierto y unos pícaros grados de alcohol, el “Torito” protagoniza una riña a punta de cuchilla, sacando la peor parte su rival. Ambos son detenidos y luego de un corto proceso, el juez dictamina la libertad de los dos luego que el herido se desistiera de los cargos.

Tiempo después de este fatal incidente, el “Torito” se puso a beber en una cantina de Pencahue, hasta donde llegó un carabinero de apellido Cerda, que embriagado confesó a los presentes haber dado muerte a Ramón Toro Díaz. El trago se derramó a cántaros esa noche, al día siguiente el “Torito” despertó maltrecho en el calabozo del Retén, al lado de su amigo de farra que murió a su vista al no poder soportar el trato que le habían dado. Ambos estaban acusados de ser los sospechosos de la muerte del carabinero Cerda. Era lo más lógico. Que hubiera cobrado venganza por el asesinato de su hermano Ramón, “El Tuta”. Pero por confesiones posteriores el “Torito” dijo saber la verdad sobre el real autor del crimen.

La sentencia fue cuatro años de presidio. Primero en la cárcel de San Vicente y posteriormente trasladado al recinto penitenciario de Rancagua, donde aprende el oficio de zapatero remendón. La proximidad de la Navidad siempre ha sido para los gobernantes motivo especial de otorgar perdón. Por su buena conducta el “Torito” es indultado. La libertad estaba nuevamente a su disposición, era el reencuentro con los padres y hermanos y la dicha de poder caminar por las calles de Pencahue a su regalado gusto.

Eso era lo que pensaba, pero la realidad se le presentó distinta. A las horas de estar allí los carabineros del Retén que cumplían su habitual ronda lo encararon para pedirle que se fuera lejos, a cualquier parte donde ellos no lo vieran nunca más, advirtiéndole a la población que lo ignorara para que se cumpliera el propósito. Considerando que era una injusticia el razonamiento policial, el “Torito” se niega terminantemente a cumplir la proposición, siendo detenido y golpeado.

Imposible nadar contra la corriente. Para evitar el seguimiento y el de su familia, decide dejar el territorio que tanto amaba trasladándose a Santiago que no conocía, recorre Melipilla, la zona del Cajón del Maipo y otros lugares donde le dieran un trabajo aunque fuera esporádico. De continuo se cambia de nombre para trabajar tranquilo, no faltando quien lo delate. Esto le obliga a cometer nuevas fechorías nocturnas, asociándose de vez en cuando con amigos circunstanciales que a menudo conocía en casas de remolienda, especialmente en el barrio San Alfonso, donde se había encariñado con una asilada. En esos años venía fugazmente a visitar sus seres queridos para tratar de encontrar la tranquilidad que sólo le era rota por la amenaza de la policía. Con ocasión de unas Fiestas Parias, nuevamente es detenido en Pencahue, supuestamente por lucir una hermosa tenida, que había enorgullecido a su mare, pero que los uniformados consideraron robada.

Un Crimen Involuntario

Carente de todo trabajo por el peso de su fama que empezaba a brotar, Abraham se cansa de buscar la forma de ganarse la vida honradamente. En todas partes lo tienen “fichado”. Va de pueblo en pueblo limosneando los tratos para poderse alimentar, recorriendo Peumo, Larmahue, Coltauco y otros territorios cercanos. Es una vida inmisericorde que cada noche le sorprende en tierras extrañas sin tener un abrigo al cual arrimarse. No por eso su aprecio por sus padres desaparece, en este ir y venir en busca de mejor suerte llega a Pencahue, a su Calle Mena querida para estrecharse con los suyos que también lo extrañan. A falta de pan, buenas son las tortas, debe haber pensado más de una vez. Al final se decide robar para subsistir, de pequeño a mayor los hurtos van creciendo y de acuerdo a las características del próximo golpe, debe buscar un socio de fechorías. Por esos años era muy común que los comerciantes recorrieran los campos buscando a las “caseritas” que salían al paso para comprar lo que necesitaban. La movilización era nula, los vehículos de tracción animal eran los más socorridos para trasladarse de un punto a otro. Mustafá Micali era un comerciante originario del Medio Oriente, que había atravesado el Atlántico para buscar su fortuna, siguiendo los pasos de tantos inmigrantes.

“El Torito” junto a dos socios planearon asaltarlo. Le habían visto muchas veces entonar por los caminos de El Niche con su cargamento de géneros y otras mercaderías que transportaba en una carretela. Era 17 de septiembre, la fecha invitaba a tener dinero en los bolsillos. Al atardecer lo esperaron en el Puente El Niche para consumar sus planes. Uno de los bandoleros apuntaló con su arma al caserito y lo llevó a un apartado del camino, mientras el resto ensacaba su motín. Estaban en esa tarea cuando sintieron un disparo seco, que retumbó en las paredes de los cerros. Micali había arrebatado el arma de su cancerbero y le había dado muerte. “Torito” acude al lugar enfrentándose al hechor del disparo, según la reconstitución de la escena -10 años después- el bandolero le habría pedido el arma a cambio de la libertad, negándose el extranjero a tal consejo. Frente a frente, era su vida o la del comerciante, era un duelo de titanes al más puro estilo far west, nadie dio un paso atrás y en el enfrentamiento Micali cayó mortalmente herido. La pistola del hijo de Pencahue había sido más rápida que la reacción del comerciante para accionar la Winchester. Mudo testigo de la escena fue un menor que acompañaba al propietario del coche de tiro. El simple asalto había terminado con dos personas muertas, lo menos que tenía pensado el “Torito” en todas sus correrías. A sus conocidos siempre les había manifestado eludir a toda costa ver correr la sangre en sus víctimas. Por las circunstancias descritas, estaba metido en un zapato chino y desde ese momento se declaraba tácitamente un forajido de la sociedad. Su destino había cambiado, de ahora en adelante asumía sus culpas y entraba en la clandestinidad.

Un nuevo dolor de cabeza tenían sobre sí Carabineros y efectivos de Investigaciones. El patrullaje fue intenso desde aquel entonces. La afinidad desde tan pequeño con los cerros del sector ahora le era extremadamente útil al “Torito” para eludir el cerco policial. No tiene que haber estado muy lejos de la casa materna, porque siempre se las arreglaba para tomar contacto con sus familiares y sus amigos. Las islas del río y los cerros fueron su ruta obligada de sus andanzas nocturnas, nada le era inaccesible, era la mejor forma de eludir la presencia humana, especialmente la vigilancia montada de los encargados de cumplir con la ley para proteger la población.

La Fuga de San Vicente

Pasaron muchas aventuras y peripecias en la vida de Abraham Toro antes de caer en las manos de sus perseguidores. Asaltos, trabajos ocasionales en labores mineras cerca de la capital y amoríos en el barrio San Alfonso o la calle Aurora de Rancagua, así también algunas noches bohemias en la quinta de recreo “Las Patas Chicas”, cercana a Pencahue, donde el bandolero era muy querido por las dueñas de casa y los parroquianos de las haciendas cercanas, que se embriagaban cada fin de semana al ritmo de los bailes con una voz –a todo pulmón- que acompañaban las guitarras y el acordeón del conjunto de turno.

Huyendo de una fechoría cometida a unos paisanos de Santiago, la policía le da caza mientras dormía en un pajal cerca de Alhué. En el Retén de la localidad nada confiesa el detenido, es trasladado a Melipilla y de allí a la vieja cárcel de San Vicente, que a la sazón estaba ubicada en Barrio Norte. Mientras los judiciales preparaban la sentencia por el crimen cometido contra Micali, el atrapado tenía el tiempo muy ocupado en tramar la fuga. No se imaginaba para nada permanecer por mucho tiempo tras los barrotes de una celda, ni menos soportar los pesados grillos que dañaban sus carnes. El “Torito” era un detenido extremadamente peligroso, de sus delitos hablaba todo Chile, su rostro con un vendaje albo en su cabeza, testimoniando los golpes recibidos al ser capturado, había recorrido todo el país a través de la gran cobertura que habían dado los diarios. Por eso pasaba todo el día maniatado y por las noches una cadena atada a una de sus piernas y al catre metálico de su lúgubre prisión.

Las carcomidas paredes de adobe le abrieron el apetito. Era cosa de zafarse de las ataduras para alanzar la calle. Pacientemente empezó a limar silenciosamente (¿quién pasó la herramienta?) un eslabón de la cadena durante la noche, cumpliendo su objetivo al filo de apuntar el alba. Romper un boquerón fue más fácil, siempre con sus grillos en los tobillos avanzó dificultosamente unas cuadras y se refugió entre los castillos de tablas y el aserrín de una barraca cercana. Durante todo el día (8 de noviembre de 1941) permaneció inmutable allí, viendo pasar decenas de carabineros y gendarmes que se movilizaban en todas direcciones tras su recaptura.

Al caer la noche abandonó el escondite, siendo su próximo paso la casa de un amigo herrero que le quitó sus molestas ataduras, curándole sus heridas y saciándole del hambre y la sed que se lo comía por dentro. La libertad nuevamente le sonreía, las puertas de nuevas aventuras estaban a su merced. De ahora en adelante “Torito” era el bandolero más buscado en todo el territorio y en todas partes aparecía e fantasma, que todos decían ver para relacionarlo con cuanto crimen o salto sucedía de sur a norte.

Palos porque bogas…

Las casa del bandolero en Pencahue se transformó en el paradero obligado de cada allanamiento, detectives y uniformados merodeaban una y otra vez por esos contornos. Lógicamente que los familiares empezaron a pagar los platos rotos. Primero fue su padre Daniel, que cayó detenido por negarse a proporcionar información, una maquinaria se armó para ponerlo fuera de la cárcel pensando en que su afamado hijo llegaría a visitarlo, siendo el cebo perfecto para atraparlo. Nada de eso ocurrió. La víctima siguiente fue su hermano Efraín (1909-1942), arrinconado por la policía y herido mortalmente por la espalda –en otro confuso incidente- por negarse a proporcionar información sobre el paradero del “Torito”.

Su hermano mayor, Heriberto, detenido y trasladado a Rancagua, queda posteriormente en libertad. Su progenitor nuevamente en libertad es detenido en Pencahue, a los días siguientes fallece en su casa de un “ataque cerebral”, según el escueto parte médico. Todos pensaban que el “Torito” llegaría al funeral, nada de eso sucedió, salvo que lo hubiera hecho disfrazado, como más de alguien aseguró. Los azotes en la casa de Caifás no terminaron allí. El sargento del Retén de Pencahue, el verdugo más implacable que tenía el bandolero, tomó detenida esta vez a la hermana menor del matrimonio. Marina (1931-1947) tenía 16 años, era atractiva y muy despierta, es doble concluir que su maltrato no fue precisamente a golpes como al resto de su familia. Lo cierto es que al ser devuelta a su casa falleció a los pocos días, en estado de shock, víctima de un estado febril que le impidió revelar su drama.

Allende Los Andes

Hastiado de tanta persecución y de una vida nómade que no le permitía conciliar ni el sueño, Abraham Toro decide dejar a su madre Sofía y a todos quienes le querían en su comuna. Un amigo arriero de Termas de Cauquenes le habría conducido por encarpadas huellas de arrieros hasta ponerlo en la frontera con Argentina. De este viaje que implicaba tanto peligro se han dado muchas versiones comprensibles de atender, se asume que una mula cargada con los víveres y ropa necesaria acompañaba a los dos amigos. Otros aseguran que su paso por los hielos de los Andes fue en forma solitaria, por la ruta inmediatamente superior a las Termas del Flaco.

Lo concreto es que el bandolero llegó a donde nadie le conocía, se hizo llamar Juan Díaz Osorio y primero se las arregló trabajando con los pamperos, lo que no le debe haber resultado nada difícil porque la sangre de campesino nunca había estado ausente en sus venas. Con el tiempo se fue arrimando a la ciudad hasta asentarse en San Rafael, donde instaló un taller para reparar calzado. Sus conocimientos adquiridos en la cárcel de Rancagua le eran muy propicios en su nueva y regenerada vida que se había propuesto firmemente abrazar, porque las condiciones estaban dadas para ello.

El aventurero se enamora perdidamente de una dama, al poco tiempo forman su hogar y con los ahorros empieza a pagar la propiedad que arrendaba. Fruto de este amor nace su primera hija, Soledad, un nombre que no titubeó en ponerle ya que retrataba fielmente su penosa existencia. Al décimo año de permanecer en San Rafael es detenido en la vía pública por un detective y un comisario chilenos, que habían seguido su huella incansablemente. Es trasladado en un vehículo a Chile, a su llegada a la unidad policial de Los Andes le espera la prensa nacional en masa, que lo escolta hasta Investigaciones de Santiago. Posteriormente a la cárcel de Rancagua, donde es juzgado. Los mineros de El Teniente colaboran estrechamente con la campaña emprendida por el diario “La Tercera” para financiar la defensa judicial y traer a su mujer y su hija a nuestro territorio.

Gran despliegue policial en San Vicente ara la reconstitución de la escena en el Puente El Niche, para que el “Torito” contara su versión sobre el asesinato del malogrado comerciante Mustafá Micali Mixto. El numeroso público lo formaban dos bandos totalmente antagónicos: por una parte los extranjeros y descendientes de la colonia árabe, y por el otro los familiares y amigos del bandolero. Por cada declaración se escuchaban aplausos y pifias, según el cristal con que se mirara.

1954

El proceso duró cerca de dos años, finalmente, el sábado 6 de noviembre de 1954, el bandolero salía libre de todos los cargos que se le habían imputado. Todo el país estaba pendiente de la causa. Al día siguiente bala hasta cueca en las ramadas populares del Estadio Municipal de Rancagua, ante la expectación de un gran número de curiosos. Le acompañaban su dichosa mujer, Francisca Sánchez, y su pequeña hija Soledad, de 2 años y medio. En San Vicente celebran el suceso con una manifestación pública. El “Torito” es puesto en la frontera y regresa con su familia a San Rafael. Nace su segunda hija, Sofía, que así bautiza en recuerdo de su mare. Víctima de un derrame cerebral, el temible bandolero fallece a la edad de 58 años, rodeado del cariño entrañable de su grupo familiar que había forjado tan lejos de su querida tierra natal, en ese país hermano que le había dado la gran oportunidad de ser un hombre de bien luego de soportar un calvario durante la mitad de su existencia.

Un Pariente Cercano

Pedro Cornejo es un modesto campesino que vive en una de las tantas calles sin asfalto de Pencahue, que dedica gran parte del día a cuidar unos animalitos y a cultivar el paño de tierra que posee, tares que realiza con mucho agrado, porque siempre ha sido su afán y, además, no sería rentable ocupar trabajadores.

“Malo es que lo diga, pero una de mis hermanas se casó con un hermano del “Torito”. Ese parentesco no tiene nada que ver con mi reproche, lo que pasa es que mi cuñado se ha portado mal con mi hermanita y en más de una ocasión hemos tenido que intervenir para que no la maltrate. Ellos actualmente viven en Santiago, pero del “Torito” es muy poco lo que sé, solamente las endiabladas aventuras que siempre se han comentado y que todavía se repiten con mucha fantasía, lo que forma parte del folclor de acá. Realmente conocí muy poco a Abraham Toro, ya que nunca tuve estrechas relaciones con esa familia”, narró el pequeño propietario, tan pronto se desocupó de sus tareas para atravesar todo el predio y juntarse con nosotros.

¿Era tan malo el “Torito”, como lo pintan algunos?

Hasta donde yo sé, era una persona común y corriente que tuvo una vida muy sufrida desde que nació hasta que murió, tampoco digo que fuera un santo ni mucho menos. Sus mejores años los tuvo que pasar arrancando, y en eso sí que era diablo porque nadie lo pudo encontrar. Según me han contado, por aquí cerquita habían unos zarzales y al medio de ellos un árbol con muchas ramas donde tenía un tablero que le servía de mirador y cama. En ese lugar se escondió varias veces mi pariente. Era misterioso que algunos le conversaran y al ratito desaparecía por encanto, sin dejar rastros. A ese lugar no llegó nunca la policía, por cuanto nadie se podía imaginar que estuviera tan cerca pero a la vez tan escondido.

Vivía cerca de su casa

En San Vicente entablamos conversación con una señora que vivió desde pequeña en Pencahue y que por razones de trabajo se tuvo que trasladar a la ciudad, donde formó un hogar, ahora descansa de su merecida jubilación sobreponiéndose a una enfermedad que la dejó a maltraer hace algún tiempo. “No quiero que para nada aparezca mi nombre –nos advirtió-, ni menos que me tomen fotos, pero les voy a contar lo que sé, que no es mucho, pero ustedes verán si de algo les sirve”, fueron las primeras palabras de M. R. A.

“Algo lo conocí, como todos los que vivíamos en Pencahue en esos años. No eran muchos los habitantes y era más fácil toparse en el camino con la gente del sector, la familia del “Torito” vivía en Las Cruces. Desde la antigua cárcel de San Vicente se arrancó esposado, era soltero y en Argentina se buscó una pareja, de la cual nació María Soledad, a ella también la conocí porque después estuvo con su madre en la casa de mis padres.

En esos años hubo un robo aquí cerquita en la casa del curita de Pencahue, los asaltantes dieron muerte al matrimonio Míguez, formado por el hermano del sacerdote y su señora. A la muerte del curita, su hermano heredó la propiedad, ellos tenían un mozo de corta edad y ese fue el que mató al matrimonio. También conocí a ese sirviente e incluso en la noche del velorio estaba ayudando a servir comida a los dolientes. El muchacho estuvo preso, se arrancó de la cárcel y se fue a Argentina. Como en tantos casos parecidos, al “Torito” lo culparon de esto, pero nada tuvo que ver, porque él estaba desde hace tiempo en Argentina”, relató la señora.

¿Sabe algo de los escondites del Torito”?

La mayor parte de su largo desaparecimiento lo pasó en una cueva que había en los cerros de Tagua Tagua, la gente que vivía cerca le llevaba comida en una ollita y así se pudo alimentar. Por lo que me han contado, mucha gente lo fue a visitar a ese escondite y cuando llegaban, él tiraba su arma de fuego a tres metros de distancia para tranquilidad de los presentes. Él andaba siempre con un arma ceñida en su cintura para defenderse de cualquier atacante.

¿No le daba temor a la gente que anduviera suelto?

Mire, al comienzo hasta yo le tenía miedo, pero cuando nos dimos cuente que no era tan malo como lo pintaban, en Pencahue y el pueblo le tomaron cariño. Para mí que no era una persona tan perversa, seguramente la vida lo trató mal y la sociedad terminó por hundirlo. Era querido de la gente y el cariño aumentó cuando se supo que eran mentira todos los crímenes que se le atribuían.

La señora relató que la mamá del “Torito” era conocida de su familia y que cuando él estaba en el país trasandino ella había ido a darle las gracias y a pedirle que hablara con las autoridades para que nunca más lo buscara la justicia, porque no era malo. “Todos le conocimos como una persona sencilla, tranquila y de una figura inconfundible por su estatura. Dicen que una vez llegó disfrazado de mujer a la morgue que había en el pueblo, para ver a su hermano muerto que cayó en una batida frente a los carabineros, si mal no recuerdo”, fueron las declaraciones de M. R. A.

Teniente Sanhueza: “Era el menos malo de los hermanos”

Alrededor de seis años estuvo destinado en la Sexta Comisaría de San Vicente el Teniente de Carabineros, Robinson Sanhueza Guevara, que había egresado hace poco tiempo de la escuela institucional, de tal manera que en la comuna hizo sus primeras armas, y ¡vaya qué suerte!, la mayor parte del tiempo se la pasó buscando al famoso “Torito” por cuanto cerro, riachuelo, zarzales y lugares inaccesibles estuvieran a su paso. La consigna era encontrarlo. Naturalmente que sus intentos y trasnochadas fueron en vano, ya que el bandolero en esos mismos años estaba radicado en San Rafael, provincia de Mendoza, Argentina. ¡Quién lo iba a saber, para no gastar tanta energía! El Teniente Sanhueza, “Pitín” le llamaban sus amigos y familiares sanvicentanos, se ganó el aprecio de la comunidad, porque durante ese período estuvo muy cerca de ella. Fue jugador del primer equipo de General Velásquez, aportando su granito de arena para que el club fuera campeón en 1954; también ocupó el cargo de presidente de esa institución y en una oportunidad ganó un campeonato ecuestre en San Fernando. De algo le valió cabalgar tanto tras el bandolero.

En 1956 es ascendido a capitán y comisario, a fines de ese año preside la inauguración del mausoleo institucional que se construyó en el cementerio de Pueblo de Indios, ceremonia realizada con la presencia del Orfeón de Carabineros. Como dato anecdótico, la recepción a las autoridades y visitas se realizó en la desaparecida Quinta Los Naranjos, ubicada en El Niche, sector predilecto del “Torito” para sus andanzas nocturnas.

Los años han pasado rápido. Desde hace muchas décadas “Pitín” Sanhueza reside en Santiago, donde goza de su jubilación y, empeñoso como siempre, entona el presupuesto familiar con un “pitutito” que le sirve de distracción para acortar el día. Fue grato tomar contacto con él y explicarle los motivos que nos animaban.

“Pasé muchos años buscando al “Torito”. Llegué a San Vicente cuando ya habían ocurrido los crímenes del carabinero y el comerciante Micali, lógicamente que el bandolero estaba en Argentina, pero eso no lo sabíamos. En Pencahue lo encubrieron mucho, porque mucha gente era amiga de su familia, otros callaron por temor y por conveniencia para estar bien con él. Por los antecedentes que manejaba, el “Torito” mató al carabinero en venganza por la muerte de su hermano, y después al señor Micali en defensa propia en circunstancias que el turco sacó una carabina Winchester que no saía usar y el “Torito” se la arrebató, en ese momento estaba en juego su vida o la del comerciante. Por lo que tengo entendido, en San Rafael el bandolero tuvo una riña y cayó detenido, por sus huellas se aclaró que era Abraham Toro Díaz y no por la identidad que se hacía pasar. Bueno, se le trajo a Chile, después recobró la libertad y volvió a San Rafael, donde murió”, resumió en pocas palabras el oficial en retiro.

– ¿El “Torito” era tan malo como se decía?

– Mire, su familia era numerosa y todos eran delincuentes, pero yo diría que Abraham era el menos malo del grupo. Yo conocí a sus padres, a su hermana Marina, me acuerdo muy bien de Heriberto. Los únicos cargos graves que se le pueden hacer al “Torito” fue el asesinato del carabinero en el Puente El Niche. Esa vez le hicieron una despedida al funcionario en el Retén de Pencahue y en ese puente se quedó dormido, el bandolero supo de esto y un amigo le prestó una escopeta con la que cometió el crimen, el caballo se devolvió al Retén y fue así como al muerto lo encontraron al día siguiente.

Sanhueza agregó que al “Torito” lo apoyaban muchas personas, incluso gente pudiente –cuyos nombres se reservó de revelar- que quería estar bien con él. Dijo que después se había convertido en un personaje y al recobrar la libertad al finalizar el proceso, los amigos sanvicentanos lo habían paseado por el pueblo, lo habían llevado al Restaurant Requegua. “En ese paseo fue cuando lo conocí, nunca lo había visto antes luego de buscarlo tantos años. La verdad es que yo estaba cansado de tantos falsos sobre su pista, en muchas oportunidades me fueron a sacar de la cama para decirme que el “Torito” estaba en tal parte y no pasaba nada porque nos quedábamos con el puro rastreo. Parece que todos querían hacerse famosos de dar el golpe noticioso”, dijo el ex oficial de Carabineros.

Zapatero de confianza

En ese período de clandestinidad absoluta de Abraham Toro, en San Vicente se celebró un matrimonio de una respetada dama avecindada en el sector oriente de la ciudad con un ciudadano argentino que había estado realizando trabajos profesionales en la zona. Tan pronto terminó su contrato laboral, la pareja emprendió rumbo hasta San Rafael, ciudad natal del novio, para establecer su hogar allí en forma definitiva.

Obviamente que para esta nueva dueña de casa, de iniciales S. C. G., la figura del “Torito” estaba latente, ya que como buena sanvicentana sabía al revés y al derecho todas las historias que del bandolero comentaba la gente. Mientras paseaba una tarde por su barrio, grande fue su sorpresa al reconocer al “Torito” trabajando afanosamente en su tallercito de reparación de calzado, a pocas cuadras de su hogar en una de las calles de la ciudad trasandina. Lo observó con disimulo y atentamente por un espacio de tiempo, para quedar totalmente cierta que era él quien estaba frente a sus ojos.

Años después, en uno de su viajes a su ciudad natal, S. C. G. contó a sus familiares y amigos más cercanos todo lo que había visto, llamándole la atención el cambio experimentado por el bandolero, su seriedad para dedicarse por completo a su nueva profesión y valorar esa libertad tan ansiada que le permitía dedicar gran parte del día a cumplir con su oficio para mantener a su “patroncita” y a la pequeña hija de ambos. Como nadie conoce su pasado –comentó una vez- la gente lo respeta y le tiene aprecio, por cuanto es, además, muy responsable en sus compromisos; incluso más, algunos vecinos le encomendaban el cuidado de sus casas cuando debían ausentarse”, acotó atónita.

Para conocer mayores detalles de su experiencia y conocer qué aires soplan para la viuda y su hija Soledad, quisimos conversar telefónicamente con S. C. G., pero lamentablemente el intento resultó fallido, porque a mediados de julio viajó a Estados Unidos para visitar una de sus hijas y no volverá a San Rafael hasta fines de agosto. Una lástima, sus testimonios habrían sido intresantes a fin de enriquecer la historia.

Estuve frente a él

Hasta que hubo Cárcel en San Vicente de Tagua Tagua, el transeúnte siempre estuvo al alcance de ver un triste y vergonzoso espectáculo, el cual era el paseo de los detenidos que sacaban del recinto penitenciario para ir a declarar a las oficinas del derruido Juzgado del Crimen, que en rigor mediaba una distancia de tres cuadras entre ambos inmuebles.

Grandes y chicos fueron testigos de esta humillación que sufrían los procesados, de verse esposados a plena luz del día camuflados únicamente con una poncha que disimulaba levemente las atadura, protección que algunos usaban hasta en pleno verano. Los únicos privilegiados eran ciertas personas acomodadas, que podían pagar un taxi para no enfrentar las miradas condenatorias de los curiosos. El resto de los mortales, bajaba la cabeza y apuraba el tranco sin ni siquiera disfrutar de esa “libertad” fugaz de unos cuantos minutos para variar de paisaje y olvidarse de las cuatro paredes de la cárcel.

En esas circunstancias el que escribe este reportaje conoció al “Torito”, de quien había escuchado cientos de veces comentar de sus padres en el hogar, fama que se había extendido hasta el patio de la escuela. “Recuerdo, como si fuera hoy (tenía casi 10 años de edad) que venía de la básica con dos de mis compañeros de curso cuando de pronto la gente a agolparse frente al Juzgado, ¡van a sacar al “Torito”!, decían los vecinos. No lo pensamos dos veces, corrimos hasta la puerta y esperamos pacientemente, para poder conocer a ese terrible hombre del que hablaba la mayoría. A los pocos minutos apareció por la puerta, celosamente escoltado por vigilantes y carabineros.

La gente retrocedió como si estuviera en presencia del diablo. Ahora entiendo, nadie quería comprometerse que había estado allí para mirarlo de cerca, porque el detenido lo podría haber tomado como una burla, y ¿quién iba a dudar que el bandolero tarde o temprano recobraría la libertad para vengarse contra esos acusadores que lo señalaban con el dedo?

Para simplificar, quedamos solos frente al mismísimo Abraham Toro Díaz. Vestía un abrigo oscuro y una llamativa charlina blanca, manos esposadas a vista de todos. Por momentos se me ocurrió que, por su estatura y contextura, era el campeón de todos los pesos que aparecía para enfrentar a la prensa. Nos miró muy fijo con una cara de padre ejemplar como si hubiera querido transmitirnos un mensaje. Tal vez en ese minuto evocó a su pequeña hija que había dejado desamparada en San Rafael. No sé, los rostros sin prejuicios de nosotros más de algo tienen que haberle traído a su memoria.

Todo fue muy repentino, como un abrir y cerrar los ojos. Lo contamos después en la escuela y nadie nos creyó, nuestros padres también dudaron y si lo creyeron lo guardaron para sí con un dejo de preocupación por la “osadía” sin límite tan propia de la niñez. Un recuerdo imborrable que, ¡vaya las cosas de la vida!, vine a refrescar en voz alta a 43 años del suceso.

Abogado Raúl Miranda Valenzuela, el Defensor del Torito

No fue nada fácil poder conversar con el abogado rancagüino Raúl Miranda. Sus múltiples actividades y un pequeño accidente sufrido en la última semana de julio pasado, alejaron toda posibilidad de sostener un diálogo. Era importantísimo hacerlo, porque aparte de ser coautor de un libro sobre la vida de Abraham Toro Díaz, asumió la defensa del bandolero en el juicio ventilado en Rancagua. Sin embargo, redactamos un cuestionario y sus respuestas, escritas, se pueden resumir así:

– ¿Cómo nació la idea de escribir la novela “La Huella del Bandolero”?

– Por el año 1953 yo estaba trabajando en la defensa del “Torito” cuando llegó a mi oficina el escritor Manuel Guerrero Rodríguez y me manifestó su interés en escribir la vida de este legendario bandolero. Empezamos a trabajar de inmediato hasta terminarla cuando Abraham Toro salió en libertad en el último trimestre de 1954. No recuerdo el número de ejemplares, pero la edición se agotó rápidamente.

– ¿Le fue muy difícil la defensa asumida?

– El “Torito” fue traído preso desde San Rafael a principios de 1952 y en Santiago públicamente asumió su defensa el diario “La Tercera”, y como el proceso se radicó en la Fiscalía Militar de Rancagua, se hizo necesario contar con un abogado de esta ciudad. Los dueños del matutino me pidieron que me hiciera cargo de la defensa y yo acepté sin ninguna condición, o sea, ni siquiera se habló de honorarios.

La defensa, profesionalmente hablando, fue muy difícil, porque se trataba de más de 30 procesos repartidos en San Vicente de Tagua Tagua, Peumo y Talagante. Pero muchos de estos procesos se iniciaron después que el “Torito” se había ido a la zona de Mendoza y san Rafael, donde trabajó como obrero agrícola en la Estancia “El Sosneado”. Con los documentos respectivos se desvirtuó la mayoría de los cargos. El Fiscal pidió una condena de 33 años, pero la sentencia de primera instancia lo absolvió de todos los cargos y lo condenó sólo por el homicidio del comerciante de San Vicente, Mustafá Micali Mixto. Estimé que la pena podía ser rebajada y apelé ante la Corte Marcial de Santiago.

Alegué durante tres días en el alegato más largo de mi vida profesional y la sentencia aprobó el fallo de primera instancia, en cuanto absolvía al reo, y rebajó la condena a cinco años de presidio. Con el tiempo que estuvo preso se cumplía el requisito para conceder el indulto, lo que se obtuvo mediante la gestión del diputado Baltazar Castro Palma y el deseo ferviente de la inmensa mayoría de la opinión pública. El Presidente don Carlos Ibáñez del Campo dictó el correspondiente decreto de indulto en noviembre de 1954.

– ¿Es efectivo que al quedar en libertad, el “Torito” fue objeto de una manifestación pública en el Bar Requegua de San Vicente?

– Efectivamente, un grupo de amigos del “Torito” de esa ciudad le ofreció una manifestación en un almuerzo muy concurrido, y yo, en nombre del festejado, agradecí el homenaje. Hubo mucha alegría.

– ¿Qué pasó después con la vida del “Torito”?

– Le acompañaron de regreso a su hogar de San Rafael su mujer Francisca Sánchez y su hijita Soledad. Yo mantuve correspondencia con él durante muchos años, pero esto terminó en el año 1972. Unos meses después supe que había fallecido por un derrame cerebral, lo que no me extrañó, porque en dos exámenes médicos que se le hicieron en el proceso, hay constancia que era hipertenso. Como nació el 20 de noviembre de 1914, al fallecer tenía 58 años de edad.

Cuando regresó a su casa siguió trabajando en su taller de zapatero y tuvo otra hijita a quien la bautizó como Sofía en homenaje a su propia madre. El “Torito” está sepultado en San Rafael. De su familia argentina no he tenido noticias.

– ¿Cuál es su juicio final del “Torito”?

– En Abraham Toro Díaz conocí a un chileno de mala suerte. Nació en una familia campesina pobre. Su hermano mayor Ramón, en compañía de su amigo Segundo Cerda, se dedicó a robar y luego se convirtieron en salteadores. Ramón era un joven “cantor y refranero” y convivía con una mujer que se llamaba “Sara, La Pioca” y pasaban en fiestas. Abraham tenía poco más de 10 años y lo admiraba. Le llevaba comida para los cerros donde se ocultaba. Ramón fue muerto en un encuentro con la policía y el adolescente Abraham se vio envuelto en lo mismo de su hermano. Si se hubiera formado en una familia normal y se hubiera educado, habría sido muy triunfador en cualquier terreno.

En una ocasión, conversando con él en la cárcel, le pregunté por qué no había herido o muerto a víctimas de los numerosos salteos que realizó. Me contestó: “Mire don Raúl, si yo en cada salteo mato a alguien y después me agarran, me sale “afusilamiento” y si no mato a nadie, me condenan por el puro “robito”. Y este mismo procedimiento se lo ordenaba a sus dos acompañantes cuando iban a ejecutar un salteo. Y en uno de ellos, a un vecino de Coltauco llamado Carlos Moya Avilés, un acompañante se acercó a la víctima y le pegó un balazo en el tórax, y al derribarlo le apuntó para rematarlo, y Abraham, con el cañón de su carabina le desvió el balazo al tiempo que le gritó “No hagas h…, hombre”.

La propia víctima me contó esto a la salida de una rueda de reconocimiento de la cárcel. Yo le pregunté: ¿Y jodió al hombre? Cómo se le ocurre don Raúl, si a él le debo la vida. Este caso debe ser inédito y para el libro de Guinnes. Abraham tenía una profunda fe religiosa en la Virgen de Monserrat y siempre me confió que a su protección le debía haber resguardado su vida. Portaba una imagen de esta Virgen y me contó que cada vez que iba a un “trabajo”, rezaba su oración por tres veces. Esta fe la han tenido siempre los hombres que han vivido como bandoleros. Para conocimiento de los lectores de “El Rancagüino”, la reproduzco:

Oh Jesús, Hijo de Dios
Vivo Dios te salve
Reina de Misericordia
Tiempo de la Consagración
Paraíso de los mártires
Espejo de la consolación;
No permitas que mi cuerpo sea preso
Ni mi carne sea herida
Ni mi sangre derramada
Ni mi alma sea perdida.
¡Ayúdame, Virgencita,
En todo paso que doy!


A la llegada del “Torito” a la ciudad de Los Andes, un reportero de la revista “Intimidades y Sucesos Policiales” logró entrevistarlo. Este fue el diálogo entablado frente a sus cancerberos que lo traían desde Argentina.

– ¿Qué piensa?

– Nada, Señor.

– ¿Piensa defenderse?

– Por supuesto, pero sabré responder como hombre, porque siempre lo he sido.

– ¿Cuántos años hace que salió de Chile?

– Ocho años, señor. Me fui solo, andando a pie. Atravesé la cordillera por un paso de contrabando, sin un cinco en los bolsillos y con ganas de arrancar cuanto antes de aquí.

– ¿Por qué quería arrancar?

– Bueno… porque la policía me buscaba. Usted sabe, por eso del carabinero… Total, yo no tuve nada que ver con ese lío.

– ¿Cómo así?, ¿y por qué lo condenaron?

– Yo vi al que mató al carabinero y entonces me condenaron por encubridor. Es todo lo que sé de eso.

– ¿Y cómo se arrancó de la cárcel?

– Abrí un hoyo. Yo me arranqué solo, nadie me ayudó.

– ¿Pero esa vez no le ayudaron? Antes tuvo siempre ayuda del pueblo. Porque le ayudaba el pueblo, ¿no lo sabía usted?

– No, señor. Pero sé que la gente me quería, a cada momento me ofrecían ayuda. No quería que me pillara la policía.

– ¿A dónde se fue?

– A San Rafael de Mendoza. Tenía hambre y encontré trabajo. Todos me ofrecieron sus casa y así pude reiniciar mi vida.

– ¿Alguno de los que le ayudaban le indicó que se fuera a la Argentina?

– No, señor. Me fui por mi cuenta y porque sabía que en Argentina iría a encontrar tranquilidad y trabajo.

– ¿A dónde fue a dar?

– Al otro lado de la cordillera. Me ocupé de agricultor en una finca, y cuando supe de un trabajo en una mina, más arriba, me las eché para allá. Allí laboré durante tres años, hasta que conseguí juntar plata. Unos tres mil pesos, más o menos; con ellos en el bolso me largué pa’l pueblo, donde me pude radicar.

– ¿Nadie le preguntaba de dónde era?

– Ya había agarrado el acento mendocino y cuando me preguntaban el nombre les decía que me llamaba Juan de Díaz Osorio, que era maestro zapatero y que había nacido en el departamento General Perón. Todos me decían el “maestro Juan” y con ese nombre gané fama en el lugar. Instalé mi taller remendón en calle Comandante Torres, al número 60, un negocito chico que fue luego p’arriba.

– ¿Aprendió allí zapatería?

– No, supe esa profesión cuando estuve en la cárcel. Entre rejas aprendí a estaquillar y a remendar. Me irvió harto esa pega, porque la plata apareció luego por ese lado.

– ¿Cómo te iba?

– Y… bien… Un día con otro, unos cien pesos.

– ¿Vivía solo?

– Vivía con mi mujer.

– ¿Casado?

– No. Vivíamos así. Pero yo la quería mucho. Cuando me dio una hija, la quise más.

– ¡Ah! ¿Tiene una hijita?

– Sí, señor. Tiene 2 años y es bonita.

– ¿Cómo se llama?

– Soledad.

– ¿Su mujer, nada sabe de esto?

– No, señor. Me atajaron en la calle. Pero le pedí al comisario que mandase mi bicicleta a la casa, para que mi mujer se diese cuenta de todo. Pero la verdad es que ella no puede darse cuenta…

– ¿Por qué, Abraham?

– Porque ella no tiene idea que yo soy esto. Cree ella que soy su Juan y que nunca he tenido nada que ver con la policía. Cuando me detuvieron por cargar armas, en Argentina, ella se asustó. Yo, en cambio, no mucho… Y usted sabe, me buscaban tanto.

– ¿Y qué piensa hacer con ella?

– Pedirle que venda todo y que se venga para acá; que me vea donde llegué a quedar.

– ¿No pensó fugarse cuando lo detuvieron ahora?

– No, señor. Ya le dije que soy hombre y sabré soportar lo malo y lo bueno.

– ¿Qué más le preocupa?

– Me extraña, señor… mi mujer, mi niña. Es todo lo que tengo en el mundo y lo que más quiero. Pobrecita la chica, no sabe lo que le pasa a su papá.

– ¿Qué sabe de su familia?

– No sé nada de mi hogar. Unos dicen que mi madre ha muerto, mientras que otros aseguran que vive y sufre por mí. Mi padre parece que pasó a otra vida y según me han contado, a mi hermano mayor lo mataron hace poco.

– ¿No se escribía con los de su casa?

– No, señor.

– ¿No sabe escribir?

– Sí. Sé leer y escribir, pero tenía miedo que me pillaran por medio de una carta.

– ¿Extrañaba su hogar?

– Sí, señor. A veces lloraba recordando mi pueblo y mi casita en San Vicente.

– ¿Nunca pensó en volver a Chile?

– Ganas tenía, pero usted me comprende, para qué iba a volver a sufrir. Total, aquí siempre lo pasé mal. Me persiguieron y me hicieron la vida imposible. Debo decirles que me han cargado cuanto malo se ha hecho por aquí. Soy inocente, totalmente inocente.

– ¿Qué hará ahora?

– Esperar como hombre a que me juzguen.

– ¿Y cree que le irá bien?

– No quiero pensar en eso, señor. Soy un roto de mala suerte.


La Prensa comenta e Informa sobre el Torito (Parte 15 y Final)

A fines de mayo de 1949, en Las Balsas de Llallauquén, se cometió un horroroso crimen, cayendo fulminados por las balas el comerciante y agricultor Tomás Soto Aravena y también su cabalgadura. Al malogrado jinete le sustrajeron $60.000.- y de inmediato la prensa capitalina le atribuyó al “Torito” este crimen, sacándolo como conclusión por encontrarse prófugo de la justicia en aquel entonces.

Las indagaciones no establecieron la verdad, pero los lugareños quedaron convencidos que el homicidio era una venganza familiar, ya que el occiso gozaba de libertad bajo fianza desde hacía un año, luego que asesinara a balazos a Dositeo Cabello, un hermano de su señora esposa.

Crimen en Peumo

18 de agosto de 1944: La prensa informaba que el día anterior el “torito” y dos de su banda habían asaltado la casa del administrador del fundo El Seminario, y armados con carabinas recortadas asesinaron al dueño de casa, Pedro Vidal Rivas, y maniataron a su esposa Elisa, llevándose la fabulosa suma de $63.000.- en efectivo, prendas de vestir y de cama y dos caballos ensillados, los que usó únicamente para huir, ya que después los dejó abandonados en los cerros de Cocalán.

La policía chilena, agregaban las informaciones, ha destacado a sus mejores sabuesos que han partido en busca del criminal, con la perentoria orden de “no regresar sin él”. La dirección general del Cuerpo de Carabineros destinó al capitán jefe de la ronda civil de Santiago, Enrique Gutiérrez Pino, para que acompañado de varios subordinados capture a el “Torito”, vivo o muerto.

Se comentaba más delante de la información que en el anterior salteo que había cometido en San Vicente, cuando mató a dos veteranos, iba muy bien informado, llegó a la casa y se fue directamente donde estaba el dinero; sabía que don Vicente Míguez había recibido una herencia y aprovechó el dato fijo.

Un Comentario Influyente

En el diario “La Nación”, Joaquín Edwards Bello escribió un artículo antes de que el “Torito” fuera juzgado en Rancagua con el que, tal vez, ningún jurista pudiera hacer una mejor defensa, consideró la prensa de la época.

“El caso del criminal llamado “Torito” no es corriente, síntesis: Nació de familia rústica, de campesinos, en San Vicente de Tagua Tagua. El hermano mayor, envuelto en asuntos delictuosos, se batió con la policía y fue muerto por un carabinero. Abraham Toro Díaz, el “Torito” es el menor de tres hermanos y tres hermanas. En nuestro pueblo florece todavía un fuerte espíritu de familia. El menor reverenciaba al hermano mayor. No creyó que hubiera sido culpable. Un día saltó del rancho y dijo a su madre:

– Yo lo vengaré.

Salió del campo En la España de sus antepasados andaluces o extremeños, dirían: “tuvo una desgracia y se fue al monte”. Pasó el tiempo. En 1943 encontró al carabinero que mató al hermano mayor. Apuntó y mató al carabinero.

El delito es horrendo, pero hay en su trayectoria una emoción popular cargada de reminiscencias novelescas. Desde que cometió el crimen el “Torito” se “desgració”. Empleo expresiones silvestres. Es un fuera de al ley, un outlaw. Ya no puede aspirar a encontrar medios de vida honorable… En 1943 lo apresaron, le identificaron trabajosamente, y se fugó. Pasaron nueve años. Gracias a un conjunto de pesquisas metódicas y de azarosas coincidencias, la policía chilena le encontró y le apresó en un pueblo argentino de la provincia de Mendoza. El chileno, que en su propia tierra sufrió humillaciones juveniles irritantes, el de nervios desquiciados, el bandido que vivió a salto de mata, e había convertido en la otra banda en comerciante honesto y buen compañero de su mujer. El “torito” se había regenerado de sí mismo, sin otra ayuda externa que las condiciones sociales, o entourage.

Si hubieran ajusticiado al “Torito” el año 1943, después que mató al carabinero, nada diríamos. El carabinero es el pilar de la seguridad, el faro de la civilidad. Ahora las cosas cambiaron. En Inglaterra usan una expresión que se ha incrustado profundamente en la vida nacional y es base de la ética cristiana. Esta expresión es: Give them a chance (darle una oportunidad de salvación). Se emplea para las personas que están en desgracia, y asimismo para nuestras relaciones con los animales. Hay en Inglaterra sociedades contra la vivisección. Leí hace pocos días que se levantaron fuertes protestas en Inglaterra a propósito del uso de monos en los experimentos atómicos. Un cazador inglés no podía disparar contra un pato que estuviera posado en una laguna. Está obligado, por la ética del deporte, y por la ley, a esperar que el pato vuele, para que así tenga una chance, o posibilidad de escapatoria. Simbólico si se quiere, pero a la vez caballeroso y bien intencionado.

En estos tiempos de negocios turbios, en que forajidos blanduchos, con camas en Los Leones, violan todas las leyes del comercio, del honor y de la convivencia y este salto atrás del bandido plebeyo, gallardo y bruto, pero con un fondo de fraternidad a lo Joaquín Murieta, ha debido conmovernos.

Me pregunto: ¿Por qué este individuo vivió en estado de irritación aquí en Chile, y no en Argentina?

¿Por qué se regeneró de sí mismo en Argentina? ¿Se hubiera regenerado en una cárcel nacional? Si era útil ahora a la sociedad, ¿qué ganamos con sepultarlo para siempre en el deshonor y la canalla? “La razón social y jurídica por la que el autor de homicidios, incendios, robos o violencias de cualquiera clase, debe ser sometido a segregación, es siempre por defensa de la sociedad”, dicen los penalistas. ¿Era el “Torito” un peligro social en sus condiciones actuales?

Justicia rápida está muy bien. Pero esto otro resulta fiambre. Es como si nos trajeran a Matta Pérez, a Perelló y a Phan Van Lock, pillados por chiripa; y además, éste es otro. Ya no es el mismo”.

J. E. B.

“Reportajes” de Cooperativa se anotó un gran éxito

Reportajes de Radio Cooperativa ha justificado plenamente el prestigio que tiene ganado entre el público auditor.

El día jueves, en forma exclusiva, lanzó una sensacional audición, con la entrevista grabada al “Torito”, ganándose el programa el título del “Mejor Golpe Radial” periodístico del año, comentaba la prensa de la época, felicitando al mismo tiempo a los periodistas, Augusto Olivares y Alfredo Herzka, “que hicieron realidad ese programa, al igual que a los controles, que colocaron su nota técnica y al Director Adolfo Yankelevic que hizo las veces de animador. En el excelente programa se escucharon además las voces de otros reporteros, como José Gómez López. Eduardo Rivas y Julia Folch”. Informaba la prensa a los días de haber vuelto a Chile el “torito” para ser juzgado.

El Rancagüino

27 de octubre de 1954: El miércoles, nuestro diario publicó una entrevista realizada por Fernando Lucero al “Torito”, en la cárcel de Rancagua, en presencia del abogado Raúl Miranda Valenzuela, días antes de quedar en libertad, cuyo tenor es el siguiente.

– Yo acepto lo que diga la ley, lo que quieran las autoridades. Sé que si don Raúl Miranda me ha conseuido que me manden a la República Argentina es porque no se ha podido más. Yo me voy donde quieran, donde esté libre de rejas y de prisión, dueño de tomar a mi hija Soledad y estrecharla en mis brazos y besarla mucho, de rehacer mi vida. Soy capaz de trabajar aquí, o donde sea, pero que no me miren como un bandido ni se cometan injusticias.

– Eso sí, que haría una petición: que me dejaran en Chile, soy un huaso humilde de Pencahue, me crié allá en San Vicente de Tagua Tagua, amo por lo tanto a mi patria, quiero ver a mi madre y mi familia, quiero ser un chileno que, con mi trabajo ayude hacer grande esta patria. Quiero demostrarle a don Raúl Miranda y a todo el mundo que los esfuerzos que gastado este hombre en mí no han sido en falso y quiero que mi abogado tenga la satisfacción de verme hecho un hombre derecho y leal que él arrancó de la rejas para reincorporarlo a la vida ciudadana.

– Tengo que agradecer a “La Tercera de La Hora” y a “El Rancagüino” lo que han hecho por mí. Estos diarios han sacado la famosa leyenda del bandolero el “Torito” de la mente de los chilenos para presentarle un hombre como cualquier otro, pero que desde joven ha sufrido persecuciones, injusticias y vejámenes de toda especie. Estos dos órganos de prensa han dicho quién es el ciudadano Abraham Toro Díaz, que se fue a la Argentina, o a matar, ni a robar, sino a trabajar al lado de una mujer y alentado por el llanto y los “agúes” de Soledad, mi hija.

– Si salgo pronto de esta cárcel, iré donde me lo manden las autoridades, posiblemente a San Rafael, abriré mi taller de calzado y trabajaré como el maestro Juan Díaz Osorio que era allá, pero ahora sin sobresaltos, sin entrevistas de prensa, sin lamparazos de las leicas, como un hombre cualquiera. Es ha sido toda la vida mi aspiración. La libertad otra vez, gracia a usted, don Raúl. Ahora a educar a Soledad para que sea una chica bien plantada. Ojalá que me dejen en Chile”.

Fuentes y Enlaces de Interés

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