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Theresa May

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Primera ministra británica

Theresa Mary May (de soltera Brasier) (Eastbourne, 1 de octubre de 1956) es una política británica, líder del Partido Conservador y Unionista y primera ministra del Reino Unido. Es la segunda mujer en ocupar el cargo de primera ministra británica tras Margaret Thatcher —también conservadora—, quien ocupó el cargo entre 1979 y 1990. La segunda mujer en alcanzar el liderazgo del Partido Conservador y la jefatura del Gobierno británicos en 37 años se crió en un hogar de clase media del sur de Inglaterra.

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Hija única, sus padres eran Zaidee Barnes y Hubert Brasier, un vicario de la Iglesia Anglicana que ejercía su ministerio en Wheatley, cerca de Oxford. Durante una temporada, para sacarse una pequeña paga, Theresa laboró los sábados en una panadería local; antes de nacer ella, sus dos abuelas habían sido empleadas de servicio doméstico. Aunque nativa de Sussex, la joven recibió toda su educación escolar en Oxfordshire, combinando las enseñanzas pública y privada. Tras una etapa lectiva en una escuela conventual para niñas regida por monjas católicas, cursó la Grammar School en Wheatley y una vez completada la secundaria entró en el St. Hugh's College de la Universidad de Oxford, donde estudió Geografía y obtuvo el título de Bachelor of Arts en 1977.

Corrían los días en que Margaret Thatcher lideraba con energía el Partido Conservador en la oposición al Gobierno laborista de James Callaghan y la joven veinteañera recién licenciada encontró su primer trabajo en el Banco de Inglaterra. Aquí, se desempeñó de oficinista hasta 1983, el año en que Thatcher, con los laureles de la victoria militar en la guerra de las Malvinas, ganó la reelección en unas votaciones parlamentarias que mejoraron con creces el triunfo obtenido en 1979. Para entonces, Theresa Brasier ya llevaba tres años casada con el ejecutivo de banca Philip May, del que de acuerdo con la práctica nacional tomó el apellido. Reportes de la prensa británica aseguran que la pareja, que no iba a tener descendencia, se conoció en 1976 en una fiesta de estudiantes conservadores de Oxford por mediación de la mismísima Benazir Bhutto, la futura primera ministra de Pakistán, entonces alumna de la universidad inglesa. Por cierto que al poco de contraer matrimonio, May perdió a sus dos padres en un corto espacio de tiempo: en 1981 el reverendo Hubert Brasier pereció en un accidente de tráfico a los 64 años y en 1982 falleció su viuda, Zaidee Mary, enferma de una esclerosis múltiple que desde hacía tiempo la tenía postrada en una silla de ruedas.

La carrera profesional de May, una más entre los muchos miles de trabajadores anónimos de la City londinense, discurrió por un cauce discreto hasta su irrupción en la política representativa de Westminster en la segunda mitad de la década de los noventa. En 1985 se colocó en la plantilla de consultores de la Association for Payment Clearing Services (APACS), hoy llamada UK Payments Administration, una compañía privada dedicada a dar soporte técnico y asesoría a los operadores de pagos del mundo financiero. En la APACS, May llegó a ocupar el puesto ejecutivo de jefa de la Unidad de Asuntos Europeos. También, entre 1986 y 1994, fue concejal de distrito en Merton, uno de los municipios del Gran Londres.

Miembro del Partido Conservador, entonces liderado desde el Gobierno por John Major, May consiguió que sus superiores la incluyeran en las listas para un escaño en la Cámara de los Comunes. Sus dos primeros intentos de conseguir el mandato parlamentario, por la circunscripción de North West Durham en las elecciones generales de 1992 y por Barking en la elección parcial celebrada allí en 1994, fracasaron, pero en las generales de mayo de 1997, precisamente las que desalojaron a los tories del poder y llevaron al 10 de Downing Street al laborista Tony Blair, resultó finalmente elegida por Maidenhead, una circunscripción nueva de Berkshire, con el 49,8% de los votos.

A partir de aquí, May, quien según el testimonio de personas allegadas albergaba la ambición de ser primera ministra del Reino Unido ya desde sus días estudiantiles en Oxford, se pasó 13 años adquiriendo experiencia y curtiéndose en Westminster como miembro del front bench del grupo parlamentario conservador y de los Shadow Cabinets de los cuatro líderes tenidos por el partido en este período, a saber, William Hague, Iain Duncan Smith, Michael Howard y, desde 2005, David Cameron, rápida sucesión cuyo principal desencadenante fueron los repetidos fracasos electorales (2001, 2005) cosechados frente al New Labour blairista.

Con Hague, May fue primero shadow minister de Escuelas, Discapacitados y Mujeres desde 1998, y en 1999 pasó a hacerse cargo de la cartera de Educación y Empleo, manteniendo la de Mujeres. En 2001, a la llegada al liderazgo de Duncan Smith, notorio euroescéptico, condujo las áreas de Transportes, Regiones y Gobiernos Locales. Entre julio de 2002 y noviembre de 2003, de paso, la común por Maidenhead ostentó el cargo de presidenta del partido, puesto orgánico sin atribuciones de liderazgo y con responsabilidades exclusivamente administrativas y organizativas. Con todo, desde la creación de esta posición en 1911, varios pesos pesados del conservadurismo habían sido presidentes del partido; además, ella era la primera mujer de la lista.

2002

En octubre de 2002 May cautivó a los asistentes a la Conferencia del partido en Bournemouth con un energizante discurso pensado para deshacer el derrotismo que invadía el ánimo de muchos tories. Empleando un estilo tajante que recordaba al de Margaret Thatcher, la oradora leyó la cartilla a sus correligionarios con estas palabras: "Un nuevo formato, un nuevo calendario, un nuevo plan (...) Cambiar de soluciones en vez de limitarnos a hacer política. Escuchar al pueblo británico, al que han dejado en la estacada. Reformarnos a nosotros mismos, de manera que podamos reformar Gran Bretaña (...) Los políticos somos vistos como indignos de confianza e hipócritas. Hablamos un lenguaje diferente y vivimos en un mundo diferente (...) Sabéis que algunos nos llaman el partido asqueroso".

2003

Howard mantuvo a May, hecha este año miembro del Consejo Privado de la Reina, en la primera línea de la bancada opositora en calidad de shadow secretary of State de Medio Ambiente y Transporte, de Familias y de Cultura, Medios de Comunicación y Deporte.

2005

También Cameron, a partir de diciembre de 2005, confió en sus capacidades parlamentarias; en el lustro que siguió, May fue sucesivamente, shadow leader de la Cámara de los Comunes, shadow minister de Mujeres e Igualdad, y, desde enero de 2009, shadow secretary of State de Trabajo y Pensiones.


Con Cameron, su quinto líder en 13 años, los conservadores consiguieron por fin doblegar al Partido Laborista, desde 2007 encabezado por Gordon Brown, en las elecciones generales del 6 de mayo 2010, pero no por mayoría absoluta, lo que hizo necesaria una coalición con los Liberales Demócratas de Nick Clegg. Cameron dispuso para May, reelegida por tercera vez por Maidenhead con casi el 60% de los votos, un puesto conspicuo en el Gabinete como secretaria de Estado del Interior, cartera a la que agregó la de ministra de Mujeres e Igualdad. El nombramiento del 12 de mayo fue inesperado, pues en el último Shadow Cabinet el área de Interior la había llevado Chris Grayling, el cual fue designado ahora ministro de Empleo. Tras el registro de la laborista Jacqui Smith en 2007-2009, May se trataba de la segunda mujer en mandar en la Home Office, el departamento del Gobierno responsable de la ley y el orden, la seguridad interna, la inmigración y el control de las fronteras insulares, más desde el momento en que el Reino Unido, aunque integrado en el mercado interior único como miembro de la UE que era, estaba fuera del Acuerdo de Schengen.

El público británico se familiarizó rápidamente con May, poseedora de una interminable colección de zapatos y botas, de los más variados estilos y diseños, por lo general sofisticados o extravagantes, y de una marcada personalidad, caracterizada por la firmeza y el rigor. También quedó de manifiesto que May estaba adherida a un conservadurismo tradicionalista bien distinto de la nueva derecha thatcherista y su menosprecio del edificio social en favor del individualismo y el capitalismo liberal a ultranza. Así, ella se consideraba seguidora del concepto One-Nation Tory, una tradición de pensamiento de los conservadores, remontada al ideario de Benjamin Disraeli en el siglo XIX, que aúna pragmatismo y compromiso social con el estado del bienestar construido después de la Segunda Guerra Mundial, si bien la ministra, en las actuales circunstancias económicas, hacía votos por la austeridad y no dejó de respaldar cargas tan impopulares como el llamado bedroom tax y otros tijeretazos contenidos en el proyecto de la Welfare Reform Act. Por lo demás, el enfoque de May no era muy diferente de la visión de Cameron sobre la necesidad de un "conservadurismo moderno y compasivo".

Para empezar, la ministra del Interior revocó varias disposiciones del anterior Gobierno laborista, como la introducción del primer documento nacional de identidad de los ciudadanos británicos, que habría equiparado la legislación nacional en la materia con la vigente en los restantes socios de la UE. Por otro lado, acató disciplinadamente los severos recortes presupuestarios anunciados por Cameron y el canciller del Exchequer, George Osborne, para poner coto al desmedido déficit público legado por el Gobierno Brown en la fase inmediatamente posterior a la Gran Recesión de 2009.

2011

El menor dinero disponible para su departamento obligó a May a abordar la reducción de las plantillas policiales, una fórmula de ahorro sumamente polémica que se topó con una cruda realidad en agosto de 2011, cuando el barrio londinense de Tottenham se convirtió en el epicentro de una espiral de violentísimos disturbios a raíz de la muerte de un disparo del joven Mark Duggan en el momento de ser detenido por agentes de la Policía Metropolitana como sospechoso de la comisión de un delito. Un caos de incendios, saqueos y destrucciones se adueñó de las calles de los distritos obreros del Gran Londres, cuyos vecinos convivían a diario con la precariedad económica, la delincuencia y las tensiones raciales, y las violencias se propagaron a otras ciudades de Inglaterra, principalmente Birmingham, Manchester, Nottingham y Bristol. Daños materiales al margen, el balance de seis días de agresiones físicas y vandalismo se saldó con cinco muertos y cientos de heridos hasta el 11 de agosto.

May vio cuestionada su capacidad para enfrentar esta crisis de orden público y sofocar a los revoltosos, si bien ella negó que la austeridad presupuestaria aplicada a la Home Office estuviese dañando la eficacia policial. En realidad, los recortes todavía no habían llegado a las dotaciones, pero su mera previsión, se quejó el anterior alcalde de Londres, el laborista Ken Livingstone, había bastado para "dañar la moral" de los agentes.

Con todo, fueron la lucha antiterrorista y el control de la inmigración los terrenos en los que May más dio que hablar. Al estrenar su despacho de secretaria del Interior en el 2 de Marsham Street, May anunció un examen profundo del marco legislativo sobre seguridad y contraterrorismo diseñado por los anteriores gobiernos laboristas. Entre los aspectos a revisar estaban la detención preventiva, sin cargos y por un período máximo de 28 días de cualquier sospechoso de terrorismo, el acceso a datos de comunicaciones privadas, las medidas de sanción a organizaciones que esgrimieran un discurso del odio o promovieran la violencia, y la práctica de las deportaciones.

Al someter a escrutinio la Terrorism Act 2006 -elaborada por el Gobierno Blair tras los atentados islamistas suicidas de julio de 2005 contra el Metro de Londres, en los que fueron asesinadas 52 personas- y las normas conexas, May argüía que se trataba de comprobar si determinados aspectos controvertidos de la legislación antiterrorista conculcaban las libertades civiles de los ciudadanos y que, de ser así, dichos puntos tendrían que ser expurgados. Al final, sin embargo, prevaleció el criterio de que la amenaza que entrañaba la nebulosa de Al Qaeda seguía intacta y May dejó la Terrorism Act 2006 tal como estaba. Más aún, la ministra hizo un uso profuso de las atribuciones del Gobierno para deportar del país, impedir la entrada en el mismo o retirar la ciudadanía británica en los casos de doble nacionalidad a, por lo general, musulmanes de origen extranjero que debido a su discurso religioso extremista, típicamente imanes y clérigos simpatizantes del yihadismo, fueran considerados un peligro para la seguridad nacional. Tuvo una especial relevancia el caso del salafista jordano Abu Qatada, deportado a su país de procedencia en julio de 2013 tras pasarse más de una década entre arrestos y litigando en los tribunales británicos.

Bajo las égidas de Cameron y May, el Reino Unido no volvió a vivir una conmoción terrorista del calibre de los atentados de 2005, pero no faltaron los sobresaltos, los incidentes, algunos ciertamente graves, y los ataques frustrados, como pusieron de relieve las detenciones de yihadistas y las desarticulaciones de células bien pertrechadas para atentar con bombas. Particular inquietud causaron los ataques con arma blanca por los llamados lobos solitarios, individuos infectados de ideología yihadista y dispuestos a agredir en las calles de manera más o menos indiscriminada. Tristemente famoso, por las espeluznantes imágenes a que dio lugar, fue el atentado cometido por los nigerianos de nacimiento Michael Adebolajo y Michael Adebowale, que en mayo de 2013 asesinaron con arma blanca al soldado fuera de servicio Lee Rigby cerca de su acuertelamiento en Woolwich.

2014

En agosto de 2014, tras la irrupción de la organización Estado Islámico en el escenario bélico de Siria e Irak, el Gobierno elevó a "severo" el nivel de la alerta por terrorismo en todo el Reino Unido.

2016

El 20 de febrero de 2016 Cameron dio cuenta del resultado satisfactorio de las conversaciones celebradas hasta horas antes en la capital belga con los presidentes del Consejo Europeo, Donald Tusk, y de la Comisión, Jean-Claude Juncker, resultado que acababa de recibir el visto bueno de los 27 jefes de Estado y de Gobierno reunidos en Consejo Europeo. Las negociaciones habían desembocado en un acuerdo de concesiones en las áreas clave de gobernanza económica, competitividad, soberanía nacional frente a una "unión más estrecha" y trabajadores comunitarios, que en conjunto aseguraban el "estatus especial" solicitado para el Reino Unido, el cual recibía seguridades expresas de que nunca tendría que participar en los rescates crediticios de la Eurozona, si bien esa exoneración ya se daba por entendida por cuanto el país quedaba al margen de la Union Económica y Monetaria. Por todo ello, Cameron recomendaba el voto favorable a la permanencia en una "Unión Europea reformada" en el referéndum que convocaba para el 23 de junio.

A May le interesaba particularmente el llamado "freno de emergencia", por el que Londres podía impedir el acceso automático de los trabajadores de la UE a las prestaciones sociales y ventajas fiscales del sistema británico durante los primeros cuatro años de residencia, siete como máximo, si bien el deseo inicial de Cameron había sido que esta moratoria durase hasta 13 años. Ahora, además, el Reino Unido podía limitar la entrada de ciudadanos de países no de la UE que estuvieran casados con ciudadanos de la UE como parte de las medidas para frenar los matrimonios concertados. Por contra, Cameron no vio aceptada su demanda de prohibición completa del envío de prestaciones a los hijos de migrantes comunitarios que vivieran en sus países.

Como su superior, May opinaba que el conseguido en Bruselas era un buen acuerdo, así que secundó a Cameron en la consigna de pedir el voto para el Remain. Junto con ella se alinearon Osborne, el secretario del Tesoro, y Hammond, el titular de la Foreign Office, pero se reafirmaron en sus posiciones pro Leave todos los ministros cuya discrepancia ya era de sobra conocida. Seis miembros del Gabinete, entre ellos el lord canciller y secretario de Estado de Justicia, Gove, el líder de la Cámara de los Comunes, Grayling, y el secretario de Estado de Trabajo y Pensiones, Duncan Smith, anunciaron al alimón que harían campaña por el Brexit. A ellos se sumó, en lo que fue un rudo golpe para Cameron, el alcalde londinense, Johnson. La ministra de Estado para la Energía, Andrea Leadsom, y el ex secretario de Defensa, Liam Fox, opinaban como los anteriores. En cuanto al grupo parlamentario, 150 de los 330 comunes tories apostaban por romper amarras con la UE. En otras palabras, el Partido Conservador se mostraba dividido en dos bloques y estaba por ver si el ambiente de "guerra civil" interna no terminaría dando lugar a una fractura en toda regla. Y ganando a todos en estridencia anti UE, se desgañitaban Farage y sus huestes del UKIP.

El 23 de junio por la noche los colegios electorales cerraron sus puertas con una sensación de incertidumbre total sobre cuál sería el resultado. En el ambiente aún flotaba la conmoción por el asesinato el día 16 de la común laborista Jo Cox, firme defensora del Remain. En la madrugada del 24 de junio, tras unas horas de escrutinio, quedó claro que el Leave había ganado. Al final, con una participación del 72,2%, la salida del Reino Unido de la UE se impuso con el 51,89% de los votos. Los electores decantados por la permanencia fueron 1.269.000 menos.

El terremoto estaba servido y sus ondas de choque, políticas y económicas, se propagaron a toda velocidad en el Reino Unido, Europa, Asia y Estados Unidos, cuyas bolsas abrieron con fuertes pérdidas. Para empezar, el 24 por la mañana, Cameron compareció a las puertas del 10 de Downing Street para anunciar que, a la luz del resultado del "gigantesco ejercicio democrático", el cual iba a ser "respetado", él renunciaba a ser "el capitán que dirija a nuestro país a su próximo destino" y dejaba paso al nuevo primer ministro que surgiera de la Conferencia del Partido Conservador prevista para el próximo octubre. A su sucesor en el liderazgo tory correspondería la responsabilidad de activar el artículo 50 del Tratado de la Unión Europea que establecía el procedimiento de salida y que requería, primero, la notificación por el país de su intención de marcharse al Consejo Europeo, tras lo cual la Unión concluiría en el plazo de dos años un acuerdo de retirada del que no había precedentes. Anteriormente, Cameron había asegurado que, si el referéndum no salía como quería, él no tendría problema en poner personalmente en marcha el reloj de la cuenta atrás para el Brexit.

May, que ya era el titular de la Home Office que más tiempo llevaba en el puesto en los últimos 65 años, no tuvo reacciones de pesar por la victoria del Leave y se concentró en su envite para conquistar la sucesión de Cameron, competición que Boris Johnson, más ahora en que el Brexit había ganado, tenía -o solo lo parecía- medio metida en el bolsillo. El procedimiento de elección interna constaba de dos partes: primero, a primeros de julio, el grupo parlamentario en los Comunes, 330 diputados, votaría una serie de eliminatorias de los aspirantes hasta reducirlos a dos; luego, en septiembre, los afiliados harían la elección final. El nuevo líder del partido sería anunciado el 9 de septiembre y en octubre siguiente la Conferencia orgánica escenificaría el relevo gubernamental de Cameron. Sin embargo, este calendario parecía insosteniblemente largo y el frenesí de los acontecimientos se encargó, en efecto, de acortarlo drásticamente.

El 28 de junio George Osborne, muy tocado por el reconocimiento de que el Tesoro no iba a poder eliminar el déficit y conseguir el superávit presupuestario al final de la legislatura en 2020, y por las críticas a sus advertencias, a la postre ignoradas, de grandes desastres económicos en caso de ganar el Brexit, amén de que nunca había sido un político popular al ejecutar los recortes de austeridad y debido también a su imagen "elitista" de ex alumno de Eton y Oxford, anunció que no era candidato al liderazgo. A la vez, Stephen Crabb, desde marzo, cuando suplió a Duncan Smith, secretario de Estado de Trabajo y Pensiones y uno de los remainers más nítidos con que contaba el campo tory, abrió la secuencia de nominaciones. Ese mismo día, Cameron celebró en Bruselas su último y lúgubre Consejo Europeo, donde pidió un proceso de salida "lo más constructivo posible". Y, mientras tanto, el Partido Laborista se sumergía en una aniquiladora "guerra civil" por la rebelión abierta de la gran mayoría de sus comunes contra la continuidad como líder de Jeremy Corbyn, acusado de haber hecho una campaña en favor del Leave absolutamente floja.

El 30 de junio fue el día clave: a la vez, destaparon sus candidaturas May, los euroescépticos Liam Fox y Andrea Leadsom y, para pasmo general, Michael Gove, el orquestador de la plataforma Vote Leave y aliado del presumible favorito, Johnson. La inesperada irrupción en la contienda del secretario de Justicia, descrita por los comentaristas como una auténtica "puñalada en la espalda" al anterior alcalde de Londres, tuvo el efecto dramático de anular las pretensiones de Johnson, el cual, en un discurso en Londres, concluía que, "tras consultar a mis colegas y en vista de las circunstancias en el Parlamento", él no podía ser la persona encargada de aplicar la "agenda" dictada por el Brexit. De golpe, May, quien ya se había convertido en la esperanza de los tories, incluidos algunos euroescépticos, que no podían concebir ver al impredecible y lenguaraz Johnson instalado en el 10 de Downing Street, adquirió la condición de favorita.

En su alocución de la presentación de su candidatura, May quiso ser muy clara: "Brexit significa Brexit. La campaña se libró, la votación ya se celebró, la participación fue alta y el público dio su veredicto. No habrá intentos de permanecer en la UE, no se intentará regresar por la puerta de atrás y no habrá un segundo referéndum", zanjó. Ella era la adecuada para encabezar el Partido Conservador y ser la primera ministra del Reino Unido por tres razones; primero, porque ofrecía "un liderazgo fuerte y probado", capaz de pilotar el país "en este período de incertidumbre política y económica", y de negociar "en los mejores términos posibles" su salida de la UE; segundo, porque el nuevo liderazgo debía "unificar nuestro partido y nuestro país", todo un "deber patriótico" en tanto el Partido Laborista estuviera "haciéndose pedazos" con su contienda interna y el "nacionalismo divisivo" cabalgase en Escocia y Gales; y tercero, porque los británicos precisaban de alguien con una "visión nueva, audaz y positiva para el futuro del país, una visión de un país que funcione no solo para unos pocos privilegiados, sino para cada uno de nosotros".


El 5 de julio tuvo lugar la primera votación parlamentaria y la misma se saldó con la colocación de May en cabeza con 165 votos, casi exactamente la mitad de los depositados y un centenar más que los sacados por Leadsom, segunda en el marcador con 66 adhesiones. Gove quedó tercero, Crabb cuarto y Fox quinto. Crabb podía seguir adelante, pero prefirió apearse y pidió el voto para May. Fox quedó eliminado y, también, respaldó a la secretaria del Interior. Así las cosas, en la carrera seguían May, Leadsom y Gove. La segunda votación fue dos días después y otra vez se apuntó la victoria provisional May, esta vez con el 60,5% de los votos. Leadsom repitió segunda posición, pero a mayor distancia: 199 votos fueron para su adversaria, frente a los 84 idos a ella. Gove se quedó fuera y, como Crabb y Fox, pasó a apoyar a su colega del Gabinete. El 9 de julio The Times divulgó que Leadsom le había dicho a uno de sus reporteros que ella estaba más capacitada para liderar el Reino Unido porque, a diferencia de May, sí tenía hijos. El comentario, a primera vista intrascendente, fue destacado por los medios en el sentido de que perjudicaba las opciones de Leadsom.

El 11 de julio, culminando la secuencia de giros inesperados desatada por el referéndum del 23 de junio, Leadsom anunció que arrojaba la toalla. Desde este momento, se entendió que May ya era la líder del partido, así que la elección final de septiembre quedó cancelada. Al punto, Cameron comunicó que en dos días haría efectiva su renuncia a la jefatura del Gobierno y May expresó su convicción de que las negociaciones para el Brexit que iba a emprender con Bruselas serían todo un "éxito". El 12 de julio el aún primer ministro celebró su última reunión del Gabinete. En la jornada siguiente, Cameron presentó la renuncia a la reina Isabel II en el Palacio de Buckingham y recomendó a la soberana que invitara a May a formar el nuevo Gobierno. La jefa del Estado aceptó la resignación de Cameron y trasladó la preceptiva encomienda a su sucesora in péctore.

Por la tarde del mismo 13 de julio, May, ya primera ministra, desveló la composición de parte de su Gabinete: Johnson era el nuevo secretario de Exteriores, Fallon seguía en Defensa, Hammond pasaba al Exchequer, Amber Rudd, hasta ahora secretaria de Energía y Cambio Climático, se hacía cargo de Interior, Fox retornaba al Ejecutivo como secretario de Estado de Comercio Internacional y David Davis tomaba el nuevo puesto de secretario de Estado para la Salida de la Unión Europea. De los seis, el primero y los dos últimos eran euroescépticos, en tanto que los otros tres venían de posicionarse en el bando del Remain. En la jornada posterior, May, que además de encabezar el Gabinete ostentaba los puestos de primera lord del Tesoro y ministra del Servicio Civil, completó la lista de secretarios de Estado y ministros. Elizabeth Truss sustituyó al "traidor" Michael Gove, quien se quedó fuera del Ejecutivo pese a haber anunciado su voto para May, como secretaria de Estado de Justicia y lord Canciller, y David Lidington hizo lo propio con Chris Grayling en el liderazgo de la Cámara de los Comunes, si bien Grayling sí siguió en el Gobierno en calidad de secretario de Transportes. También Leadsom continuó, como secretaria de Estado de Medio Ambiente, Alimentación y Asuntos Rurales. No así Crabb.

En su primer discurso institucional a la entrada de su nueva residencia en Downing Street, la segunda mujer en llevar las riendas del Gobierno británico tras su conmilitona Margaret Thatcher en el período 1979-1990 rindió tributo al "legado" de Cameron, invocó la preservación de los "preciosos vínculos" entre las cuatro naciones que componen el Reino Unido, mencionó la necesidad de luchar contra las "abrasadoras injusticias" sociales por brechas de renta, educación, raza o sexo, y reiteró sus palabras del 30 de junio sobre que, llegado el momento de abandonar la UE, el pueblo británico había de "forjar un nuevo papel, audaz y positivo, para nosotros mismos en el mundo", a fin de hacer de Gran Bretaña "un país que funcione no solo para unos pocos privilegiados, sino para todos nosotros".

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