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Real Seminario de Nobles de San Carlos

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Real Seminario de Nobles de San Carlos
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Articulo WikicharliE- Destacado

Escudo del Real Seminario de Nobles de San Carlos o Colegio Carolino 1778. Autor: Don M.A.Ducci. El escudo representaba a Carlos III de España con Toisón y la orden de Carlos III. La corona Real o Timbre, que simboliza la Monarquía española. Se incorporo la variante con los leones representados de gules, quien lleva cargando una cruz, que simbolizaba a la iglesia católica como protectora y dadora de los conocimientos que se impartirían en el convictorio. El castillo representa el cuartelado real de los reinos castellano y leonés. La corona sobre el agua vuelve a representar a Carlos III, cruzando el océano para impartir conocimiento y autoridad. El escusón de la Flor de Lis incorporado representando en parte al escudo de España y la rama de los Anjou de la Casa de Borbón. 1778, se incorpora la fecha de su fundación

El Convictorio Carolino fundado con el nombre de Real Seminario de Nobles de San Carlos (Fundación 30 de marzo 1778 - Clausura 10 de agosto 1813). Fue un Colegio chileno que funcionó durante la Colonia, en la ciudad de Santiago donde hoy se encuentra el Palacio de La Moneda[1] de Chile. En él se educaban los hijos de las personalidades más importantes del reino, muchos de los cuales destacarían más tarde en la Independencia de Chile.

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La formación del Convictorio era muy rígida, permaneciendo los alumnos internos y sujetos a rígidas normas de conducta. Se enseñaba el Latín, la Teología, Filosofía, conductas sociales, pero también las primeras letras del idioma español. La existencia del Colegio fue fundamental para el desarrollo de la educación en la época, siendo una de las pocas instituciones educativas en funcionamiento. En 1813 fue integrado al naciente Instituto Nacional de Chile, el cual mantuvo al mismo Rector y la rigurosidad académica hasta nuestros días.

Su Historia

A mediados del siglo XVIII existían tan sólo dos establecimientos de enseñanza en el Reino de Chile, el Convictorio de San Francisco Javier y otro más en Concepción, ambos de los jesuitas. Sin embargo, se podría considerar también como establecimientos primarios al Colegio del Santo Ángel de la Guarda (Seminario Conciliar), que mantenían los Padres Dominicos y la Real Universidad de San Felipe, en los que se impartían cursos elementales de gramática y teología. Sin embargo, no se considera a éstas instituciones, producto de que la enseñanza del Seminario estaba circunscrita sólo para quienes querían seguir la carrera del sacerdocio y la Universidad estaba orientada a formar bachilleres y licenciados.

El Convictorio de San Francisco Javier, antecesor directo del Convictorio Carolino, contaba en la época con un escaso número de alumnos y funcionaba en un edificio ruinoso.

1767

Carlos III de Borbón (Madrid, 20 de enero de 1716 – † 4 de diciembre de 1788), fue duque de Parma (como Carlos I) entre 1731 y 1735, rey de Nápoles (como Carlos VII) y rey de Sicilia (como Carlos V) de 1734 a 1759 y de España desde 1759 hasta su muerte. Recibió sobrenombres como: el Político y el Mejor Alcalde de Madrid

Carlos III decretó la expulsión de los jesuitas de los dominios del Imperio Español, la cual también se hizo efectiva en el Reino de Chile, interrumpiéndose la enseñanza de las primeras letras, situación que preocupó de sobremanera a los hombres de gobierno, debido a que los jóvenes preocupados de recibir algún grado de enseñanza debían acudir a la Real Universidad de San Marcos, en Lima, o a la de Córdoba del Tucumán, en el Virreinato de la Plata.

1769

9 de julio de 1769: Este día el Rey decretó la creación de juntas para administrar los bienes incautados a los expulsos, componiéndose la junta en Chile por don Francisco Javier de Morales y Cartejón, Capitán General del Reyno, quién la presidió, don Juan de Balmaceda y Zenzano, Oidor de la Real Audiencia, Melchor de Santiago Concha, Fiscal de la misma, Dr. José Antonio Martínez de Aldunate, Canónigo de la Catedral y Catedrático de la Real Universidad y don Alonso de Guzmán, abogado de la Real Audiencia, Protector General de Naturales y Catedrático de Leyes en la Universidad.

1772

14 de julio de 1772. Se aprueban fundar un Colegio con el nombre de Real Seminario de Nobles de San Carlos, en honor de Carlos III, Rey de España e Indias. El clausurado Convictorio de San Francisco Javier sirvió de base para el nuevo plantel.

7 de agosto de 1772: Fueron aprobados los estatutos del Convictorio, en los que se establecía que su nombre sería Convictorio Carolino, estando bajo el patronazgo de San Carlos. En la puerta se debía instalar las armas reales y los alumnos podrían llevar sobre la beca el distintivo de la corona real.

Pese a las buenas intenciones, por diversos motivos no se pudo poner en funcionamiento el Convictorio inmediatamente. En un principio se pensó en instalarlo en el Colegio de San Pablo, antigua residencia de los jesuitas, pero no fue posible producto del estado ruinoso de la construcción. Con la llegada del abogado José Perfecto de Salas, hombre prolijo y trabajador, se pensó en utilizar el solar del Colegio Máximo de San Miguel, ubicado a espaldas de la Catedral de Santiago , donde hoy está el Congreso Nacional.

1777

Se ocupó el local por parte del Convictorio. Paralelamente se inició el proceso de llenado de cargos, siendo elegido en noviembre del mismo año, el presbítero don Gabriel de Egaña.

1778

14 de enero: Este día quedó concluido el proceso de oposiciones para proveer a los maestros de las diversas cátedras, siendo elegidos Mariano Zambrano, en teología; Agustín Seco y Santa-Cruz, en leyes; Mariano Pérez de Saravia, en filosofía, José Antonio de Villegas, en gramática y latín y como ministro del establecimiento, José Cornelio Rojas, todos ellos de rancia y respetada trayectoria en aquella época.

30 de marzo de 1778: Se expendió el decreto que ordenaba su apertura, la que se materializó el 10 de abril del mismo año en una solemne ceremonia, a la que asistieron las principales autoridades del Reyno de Chile, encabezadas por el Capitán General y Gobernador, don Agustín de Jáuregui. Se presentaron a los maestros y el escudo que simbolizaba al colegio.

El Colegio comenzó a funcionar con problemas económicos, los que se acrecentaron a causa de un nuevo ministro de Su Majestad, José Gálvez, quién redujo el presupuesto destinado al Convictorio y buscó incluso fusionarlo con el Seminario Conciliar, lo que produjo la protesta de los rectores de ambas instituciones ante su majestad, sobre todo porque ambos colegios eran muy diferentes, uno enfocado en la formación religiosa y el otro a las primeras letras y la formación general para todas las profesiones de aquel tiempo.

1779

10 de enero de 1779: Se matricula en el Colegio Carolino, Miguel José de Lastarria (abuelo de José Victorino Lastarria), en calidad de alumno pensionista, concediéndosele más tarde la Beca de la Merced. Al poco tiempo de entrar, se le encomendó servir en como pasante de Teología y filosofía nombrado interinamente el 1 de febrero de 1779, ya que había estudiado estos ramos en el Seminario de Santo Toribio de Lima, principalmente porque dicto estos ramos en esta casa de estudios. Renuncio a la clase el 26 de mayo de 1782.

1786

El rector Miguel Palacios, al verse obligado a cerrar el Convictorio si se bajaban los ingresos protestó en 1786 ante el Capitán General, don Ambrosio de Benavides, el cuál ante la disyuntiva de aceptar los recortes del Ministro Gálvez o desagradar a Su Majestad, cuyo deseo ferviente era que el Convictorio siguiera funcionando, decidió citar a una junta de aplicaciones, la cuál resolvió mantener los ingresos del Convictorio. De esta manera, el Convictorio siguió funcionando.

1804

El Colegio sufre nuevamente problemas económicos, razón por la cual se deben bajar los sueldos a los profesores pasantes.

1811

20 de febrero; Este día don Manuel de Salas, Director de la Academia de San Luis, propuso al gobierno la reunión en un sólo plantel de todas las instituciones educacionales de la época, las cuales eran el Seminario Conciliar, el Colegio de Naturales de Chillán, la Academia de San Luis, la Real Universidad de San Felipe y el propio Convictorio. El rector don Pedro Tomás de la Torre se sumó a los esfuerzos de don Manuel de Salas, junto al Rector de la Universidad.

1813

La idea cobró eco en la sociedad de la época, siendo discutida por el Congreso y materializándose finalmente en 1813, con la fundación del Instituto Nacional . El último Rector del Convictorio, el presbítero José Francisco de Echaurren asumió la rectoría del naciente Instituto.

Extracto de las Actas del Cabildo de Santiago, "SESIÓN DE 19 DE ENERO DE 1813"

  • 7. Leyóse la representación del Rector del Convictorio de San Carlos dirigida al Excelentísimo Gobierno, en la que propone dotar con los quinientos pesos que ofrece el Cabildo en su oficio de diez y siete de junio próximo pasado un catedrático de latinidad que la enseñase a los capistas en aula separada de los colegiales, y debiendo informar sobre este particular en virtud del decreto de la Excelentísima Junta de nueve del presente, se acordó verificarlo, exponiendo que la cesión de los quinientos pesos que ofreció el Cabildo era con el objeto de aumentar los fondos del Colegio de San Carlos y de ninguna manera para multiplicar el número de catedráticos en una misma clase; que la intención del Cabildo fue conseguir que el mismo catedrático que enseñase latinidad a los colegiales sirviese a los capistas, para que ahorrándose los quinientos pesos que pagaba el Cabildo fuera del colegio, quedase esta cantidad libre para destinarse al fomento de este establecimiento, a fin de que jamás careciese de fondos para su conservación. Con este motivo se recordó en el Cabildo la injusticia con que los catedráticos de la Universidad cobran sus rentas, sin desempeñar los cargos de sus cátedras, pues es constante que ninguno de ellos enseña, ni en sus casas, ni en el colegio, ni en la Universidad; y debiendo el Cabildo procurar el remedio de este abuso, tanto por su representación pública, como por pagarse del ramo de propios cinco mil pesos para dotación de las cátedras de la Universidad, acordó pasar oficio a la Excelentísima Junta pidiéndole se obligue a estos catedráticos a hacer sus respectivas cátedras en el Convictorio de San Carlos, ya que no lo verifican en la Universidad, según su instituto.

Proyecto Educativo

El Convictorio Carolino fue un Colegio Católico, bajo el patronazgo del Rey Carlos III. Asimismo, el Santo Patrón del Colegio fue San Carlos. Los alumnos del plantel gozaban del privilegio de llevar la figura de una corona sobre la beca, asimismo, el Rey costeaba la educación de 4 alumnos del establecimiento. El costo de la educación de los demás alumnos era de $80 anuales. Sólo serían admitidos quienes "sean hijos de legítimo matrimonio, conocida virtud y que no sean notados de infamia".

El Colegio incorporaba en sus estatutos severos castigos, tales como azotes, cepo, entre otros. Se esperaba del alumno una conducta ejemplar, tanto dentro como fuera del Convictorio, que no participara en juegos o pendencias y que fuera correcto y educado en el hablar.

Las clases consistían en conferencias de 45 minutos (lecciones y repeticiones) y las mercolinas y sabatinas, cada semana, las cuales eran evaluaciones que les realizaban maestros de otras cátedras. El día Jueves era dado libre, terminando los estudios a las nueve de la mañana.

Ex alumnos destacados

El origen de la educación superior

Durante el período colonial, prácticamente todo el quehacer intelectual y educativo permaneció circunscrito al ámbito de la Iglesia, que tenía reservada la asignación de títulos y grados académicos. Las primeras universidades chilenas, de modo natural, surgieron al amparo de las órdenes religiosas. En el convento dominico de Santiago comenzó a funcionar la Universidad de Santo Tomás en 1622, en base a las cátedras de Teología y Arte, que ya se impartían en el establecimiento. La institución entregaba grados de bachiller, licenciado, maestro y doctor, que calificaba a estudiantes criollos y peninsulares para acceder a cargos civiles y eclesiásticos.

Un año después, la Compañía de Jesús recibió la facultad de impartir estudios superiores en Chile y fundó el Convictorio San Francisco Javier, que más que rivalizar con la institución dominica se concentró en la formación de sacerdotes y misioneros para la evangelización de los indígenas, para lo cual dispuso de clérigos jesuitas llegados del Paraguay.

No obstante la gravitación cultural alcanzada, las universidades de matriz religiosa no lograban satisfacer las aspiraciones de los chilenos en orden a disponer de una academia superior que trascendiera los estudios religiosos y preparara a profesionales capaces de atender otras demandas de la sociedad a partir de disciplinas profanas, tales como matemáticas, filosofía, medicina y derecho. Así, en 1647 el monarca Felipe V dispuso la fundación en Santiago de la Real Universidad de San Felipe y revocó a las instituciones conventuales la facultad de entregar títulos y grados. Esta medida condujo a la clausura de la Universidad de Santo Tomás, mientras que el Convictorio Carolino permaneció en actividad hasta 1767, fecha en que, como consecuencia de la expulsión de los jesuitas de los dominios del rey de España, sus bienes fueron traspasados a la universidad real.

Al igual que sus similares de México y Lima, la Universidad de San Felipe contaba con las facultades de Teología, Filosofía, Derecho, Medicina y Matemáticas. En este establecimiento se graduaron más de mil estudiantes, algunos de ellos provenientes de Cuyo, Córdoba, Buenos Aires y Salta. Esta estructura funcionó regularmente hasta 1813, año a partir del cual y como consecuencia de la independencia política de Chile, la universidad inició un proceso de cambios y fusiones que derivaron, en 1843, en la fundación de la Universidad de Chile, una institución más ajustada a los ideales culturales y educativos de la sociedad republicana[2].

Rectores

  • Gabriel de Egaña (1777-1784)
  • Juan Nicolás Varas (1784-1786
  • Miguel Palacios (1786-1798)
  • Pedro Tomás de la Torre (1798-1812)
  • Prebitero José Francisco Echaurren (1812-1813)

Manuel Rodríguez en el Colegio Carolino

Manuel Rodríguez

El Colegio Carolino grave y adusto plantel, se animaba con las mercolinas y sabatinas. Esos días el paso general constituían una fiesta y un torneo de atracción y emulaciones.

El Rector, con su peluca empolvada y los profesores con gabanes oscuros y birretes, asistían a tan trascendental acto y ponían toda su atención en vigilar a los futuros curas o burócratas de Chile. Los que no cursaban teología, cuando faltaban recibían azotes; y los teólogos eran metidos en un cepo sucio que se erguía cerca de una húmeda y pestilente acequia. En los “capotes” mucho sufrían los pateros y los acusetes, cuya bajeza siempre miró con saña el altivo carácter de Manuel Rodríguez.

El Colegio Carolino no era un sitio donde un espíritu tan ancho respirase con gusto. Era como la cárcel de un ave destinada a vastos vuelos.

Cuando llegaba un nuevo colegial debía confesarse, comulgar para que luego se le bendijese la opa y beca. La primera era una especie de sotana sin mangas y con mucho ruedo, al extremo de que se podía embozar en ella. Sobre ésta se colocaba la beca, o sea una tira roja como de cinco pulgada de ancho, cuya mitad caía por el pecho y que, descansando en los hombros, colgaba por ambas extremidades, y por detrás casi hasta los talones. Al lado izquierdo, por delante, tenía bordada con hilo de plata la corona real.

En el Colegio Carolino, el precoz ingenio de Manuelito tuvo mucho paño que cortar en punto de críticas al sistema imperante. Los ricos chapetones, los privilegiados, eran tratados con una consideración especial. Rodríguez no gozó jamás de la atención extremada que tenían algunos jovenzuelos de las familias que disfrutaban de título comprado, de solar calificado, y de prestancia producida por las onzas peluconas. Todas las noches el aula se llenaba de graves oraciones y en la del sábado, este aparato de formulismo religioso se hacía más pesado aún. Las letanías se cantaban con solemnidad claustral y niños coreaban rutinariamente tales obligaciones impuestas por un criterio monástico.

Los exámenes de conciencia eran otro de los ritos existentes. Por la noche, en la soledad de los cuartos o en la comunidad de un salón, los alumnos del Convictorio, ayunos de graves pecados, revisaban sus almas como severos monjes, hambrientos de perfección espiritual. Cuánto mejor se hallaba Rodríguez en esas calles deleitosas, en el Puente de Cal y Canto, o junto a la diligencia que arribaba de Valparaíso, seguida por escuálido cortejo de quiltros en los baratillos pintarrajeados del Portal de Sierra Bella o en los tenderetes y barberías, mentideros de la capital, la calle y el campo, la libertad abierta de los mercados y plazas, el chismorreo vital de las sirvientas y el olor picante de los rotos, estimulaban su cerebro mientras rezaba mecánicamente sus oraciones.

El Colegio Carolino estaba donde se halla ahora el Congreso Nacional. Lo regentaba don Miguel de Palacios y en él enseñaba gramática latina, prima de filosofía, de cánones de leyes, de Instituto, de medicina y de artes.

Rodríguez estudió desde 1795, latín, lengua fundamental para la carrera del foro; filosofía, que comprendía lógica, metafísica, ética y física, sagrada teología, según diferentes y aún opuestas doctrinas; y Cánones y Leyes. Todo esto se perfeccionaba más tarde en la Universidad. El ambiente del Colegio, no obstante su aristocratismo, estaba sacudido por desórdenes que tenia que reprimir duramente el doctor Palacios. No era éste un hombre extremista; pero los colorados, que así llamaban a los alumnos del colegio de San Carlos o Colorado, tenían, movidos por uno de los Carrera y Rodríguez, frecuentes levantamientos que se manifestaban con cencerradas nocturnas y capotes, a los pateros.

Esta época era ya favorable al propagamiento sordo, cuanto eficaz de ideas contrarias al predominio de los godos y a la autonomía mental con respecto a las letras hispánicas. Algunos prohombres de la capital leían y ocultaban obras de filósofos franceses. En contadas tertulias y en selectos intelectuales se discutían principios nuevos y se criticaba acremente a los insolentes chapetones.

Compañeros de Rodríguez los había de importancia política y social futura. Estaban, entre ellos, José Manuel Barros, Mariano Vigil, José Joaquín Zamudio, José Joaquín Vicuña, Ignacio Izquierdo, Antonio Flores, Juan Agustín Alcalde, Conde de Quinta Alegre, Gregorio Echáurren, Juan José Carrera, Borja Irarrázaval, Francisco Antonio Sota, Carlos Rodríguez, Francisco Antonio Pinto, José Amenábar, José Miguel Carrera y José Calvo Rodríguez.

José Miguel Carrera en el Colegio Carolino

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Carrera impone su elegante figura entre otros jovenzuelos. Sus maneras destacaban una interesante altivez. Tenía el ojo rápido y penetrante, el cerebro activo y el puño enérgico. El lujo y la ostentación de José Miguel Carrera contrastaban con la sobria vestimenta de Manuel Rodríguez. Ambos se equiparaban en la audacia y el valor, en el espíritu levantisco, genio inquieto.

Carrera acabó por fugarse del Colegio Carolino. La disciplina férrea de éste tuvo que chocar con su carácter independiente y altivo. Negóse a aceptar una vez el castigo merecido que se le dio a una indisciplina suya. Por esta razón se le recluye, y no basta el prestigio de su situación social y económica para aminorar la severidad gastada. Por la noche, no sin ponerse de acuerdo con Rodríguez y otros íntimos, el futuro general se lanza por los tejados, mientras a su vera la Catedral daba la campanada de las diez y una bruma de hondo y espeso coloniaje amortajaba el ambiente santiaguino.

Carrera no volvió más al Colegio Carolino. Su fortuna podía permitirle ese y otros lujos. Rodríguez se quedó en las aulas de donde salió en 1799, por cuyo mes de junio lo vemos inscribiéndose en la Universidad de San Felipe en la cátedra de Filosofía de don José Ramón Aróstegui.

En 1802, por el mes de marzo, lo volvemos a encontrar matriculándose en la cátedra de Leyes.[3]

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San Carlos Borromeo
  • El Santo Patrón del Colegio fue San Carlos Borromeo, Patrón de: Catequistas, Seminaristas
  • Los alumnos del plantel gozaban del privilegio de llevar la figura de una corona sobre la beca, asimismo, el Rey costeaba la educación de 4 alumnos del establecimiento. El costo de la educación de los demás alumnos era de $80 anuales. Sólo serían admitidos quienes "sean hijos de legítimo matrimonio, conocida virtud y que no sean notados de infamia".
  • Las clases consistían en conferencias de 45 minutos (lecciones y repeticiones) y las mercolinas y sabatinas, cada semana, las cuales eran evaluaciones que les realizaban maestros de otras cátedras. El día jueves era dado libre, terminando los estudios a las nueve de la mañana.
  • Mercolinas: conferencias de carácter público. Sabatinas: Conferencias efectuadas por los profesores de cátedra mayor.[4]
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Fuentes y Enlaces de Interés

  1. Memoriachilena/Historia General de Chile de Diego Barros Arana Tomo II, pag.26 de 1886
  2. Memoria Chilena
  3. Vida de Manuel Rodriguez La Juventud, el Colegio y la Universidad. Ricardo Lachtam
  4. Constituciones del Convictorio Carolino, citado de Historia del Convictorio Carolino, de José Manuel Frontaura, (1889

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