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Quintin Quintana

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Quintin Quintana
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Presentación

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Quintin Quintana, collie de Lurin, acompañó al Ejercito chileno desde su desembarco en Curayacu. Existe toda una historia sobre este personaje. Sin embargo, se le puede calificar de liberador de los collies, enganchados mediante artimañas y falsas promesas de bienestar que ocultaban una pavorosa realidad. De ahí la frase "Cuento chino".

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Contenido

Quintin Quintana fue un culí chino, avecindado en Ica, que toma el apellido de un hacendado iqueño para el que trabajo y que logro con trabajo pagar "su libertad" -o mejor dicho la inversión que se hizo en traerlo- y dedicarse al comercio (con cuatro años trabajando pagaban su pasaje y con cuatro años más su desenganche del "contrato de trabajo" que tenían) convirtiéndose en un hombre exitoso entre los chinos de la época. Quintana cuyo apellido lo toma de un hacendado iqueño para el que trabajo, obtuvo grado militar chileno y fue el organizador y el jefe del colaboracionismo chino contra el ejercito peruano, ante el abuso y la explotación de sus compatriotas, razón por la que termino sus días como gendarme en Santiago.

Para entrar en materia, creo que es público y conocido, que los chinos eran explotados en las haciendas peruanas, donde llegaban "enganchados" o contratados para trabajar tras la liberación de los negros. Que fueron traídos masivamente al Perú y que laboraban en condiciones infrahumanas que eran muy diferentes a las que les ofrecieron. El precio del contrato de un Culí en el Perú era de entre cuatrocientos y quinientos soles -que el oriental tenía que pagar para liberarse de la relación laboral y devolver lo gastado en traerlo- y al estallar la Guerra del Pacífico, la presencia de Patricio Lynch en el ejército chileno, tuvo un papel protagónico en el apoyo de los chinos a los sureños.

El general Patricio Lynch había participado en la Guerra del Opio (1839-1842) entre el Imperio Británico y el Imperio Ging de la China, hablaba algo de chino, lo entendía y en la expedición del norte comenzó a liberar chinos que por agradecimiento, se plegaron al ejercito invasor y que colaboraron con éste en tareas logísticas, de informante y hasta en combate, tras liberaciones que se hicieron también en haciendas del Sur Chico, como Cañete y Mala y hasta en las salitreras de Iquique, por citar solo algunos lugares donde había chinos que trabajaban y que vieron a los chilenos como sus redentores.

Un acontecimiento importante en esta alianza entre chinos y chilenos, que las tropas de Cáceres combatieron encarnizadamente -pues chino colaboracionista que era capturado por los montoneros no terminaba nada bien sus días- fue la "CEREMONIA DEL GALLO" que Quintin Quintana, preside en Lurín. Una cita religiosa donde se matan gallos y los chinos beben su sangre jurando lealtad y obediencia al ejercito invasor. El juramento dio lugar al Batallón Vulcano y fueron aproximadamente dos mil chinos, los que tuvieron activa participación en la Batalla de Lima.

Terminada la Guerra Quintín Quintana partió con el ejercito chileno, (sabia que este era el vencedor en sus entrañas, así le contaba a sus congeneres) y trabajo como policía en Santiago, dejando sus atuendos tradicionales y vistiendo a la manera occidental.

El historiador peruano Humberto Rodríguez P. citado por la notable historiadora Celia Wu Brading ha escrito :

"Los culíes suponían que los chilenos los liberarían de su situación de semi-esclavitud y el ejército chileno a su paso por los distintos valles -Chincha, Cañete, Asia, Mala, Chilca y finalmente Turín- fue incorporando a sus filas a los chinos que fugaban de las haciendas (…) A pesar que es bastante difícil precisar cifras para estos instantes, hay quien supone que los chilenos llegaron a reunir a cerca de dos mil chinos voluntarios de los que habían fugado de las haciendas (…) Las tropas extranjeras en su objetivo de tomar Lima acantonaron en Turín y en Pachacamac con el afán de recuperar bríos y coordinar con otras divisiones. Los chinos fugados iban con ellos.

El batallón ‘Vulcano’ soldados chinos integrados a el Ejercito de Chile

La oficialidad chilena organizó a los orientales en el batallón ‘Vulcano’. Espontáneamente surgió un dirigente chino que adoptó el nombre de Quintín de la Quintana –curiosamente el dueño de la hacienda Huamaní de Ica llevaba similar nombre-, este dirigente reunió a los chinos fugados y en la hacienda San Pedro de Turín los hizo jurar lealtad (…) Cuando se dieron las batallas sucesivas de San y Miraflores; los voluntarios orientales jugaron importante papel haciendo de guías, actuando de zapadores, como enfermeros, empuñando las armas abandonadas, destruyendo las tapias, etc. y pusieron en todo ello el cariño y la lealtad del voluntario (…) Por ello, los soldados peruanos guardaron profundo odio a los chinos (…) Durante el mismo verano de 1881, poco después de las batallas de San Juan y Miraflores, en el valle de Cañete se produjeron desórdenes ocasionados por pobladores pobres de este valle que tuvieron apoyo de montoneros peruanos dirigidos por el peruanito Noriega.

Los cholos peruanos mataron a más del 1000 chinos

El detonante fue un hecho circunstancial que generó una pelea entre un chino y varios negros. A partir de ese instante la persecución a chinos fue masiva y descontrolada. La turba, compuesta por negros y cholos, persiguió a los chinos y llegó a matar a mil de ellos e incendió los cañaverales de las haciendas una por una".

Quintín Quintana en la Batalla de Chorrillos

Quintín Quintana, el líder de los chinos enrolados en el Ejército chileno, recibe la orden el mismo 14 ante la cantidad de muertos que proceda a enterrarlos, para lo que debe abrir fosas donde depositar los cadáveres, pero si son muchos los peruanos (como así fue) procediera a quemarlos.

El Comandante Bascuñan había movilizado el ganado del Bagaje hacia Lurín, en busca de víveres, municiones y material de sanidad, a excepción de 150 mulas aparejadas, necesarias para el servicio interno de las Divisiones y Ambulancias. Bascuñan había tenido la previsión de armar a sus arrieros con rifles de los heridos, lo que evitó muchas desgracias.

Algunos carretones de Ambulancias habían quedado atascados en los arenales del camino y ya las vendas escaseaban. Unos soldados peruanos derrotados habían encontrado a los expresados carretones con sus arrieros chilenos. Habían matado a uno y amarrado a los demás chilenos, para saquear tranquilamente los vehículos. Tres soldados chilenos, rezagados por enfermedad, habían llegado al lugar del suceso. Los soldados peruanos eran 8, pero los 3 chilenos los hacen comer tierra, primero a puro combate de corvo y después a tiros, 3 peruanos muerden el polvo, los restantes huyen desaforados. Se salvó la carga de los carretones, compuesta en gran cantidad de vendas, hilas y ropa. Por la medianoche La 1º Ambulancia trabaja hasta esta hora de la noche, hora en que habiendo atendido los 1.200 heridos, salen grupos de ambulantes a recorrer el campo de batalla hasta el amanecer. Se trabaja fuertemente todo este día[1].

En Santiago de Chile

Concluida la guerra, Quintín Quintana continuo prestando servicios a Chile, esta ves en la policía de Santiago, específicamente en su Sección de Pesquisas, donde llego a ser un personaje siempre vestido de levita, guantes, bastón y elegante sombrero de pelo

14 de enero de 1881

Es así que el 14 de enero de 1881, se redacta una comunicación oficial dirigida al cuartel general chileno, en donde se detalla lo siguiente:

"El 11 encontrábase el ejército en Lurín, el general en jefe practicaba personalmente otro reconocimiento sobre Chorrillos, decidido, al parecer a emprender por ese punto el ataque… intercurrían así los sucesos en el orden militar, un hecho curioso y también digno de la historia, sucedía entre los chinos. Estos veían aproximarse la hora de una batalla decisiva, que para ellos debía ser de gran trascendencia, porque del resultado pendía su propia libertad. Los chinos, raza esclava y sujeta a la ley de los antiguos parias en el Perú, veían en el triunfo de Chile su redención, la recuperación de sus perdidos derechos para trabajar como hombres libres, amparados por las leyes comunes… mediante la práctica de corrupción que en él reina (Perú) sobre todas las cosas, los chinos no tienen otros jueces que sus amos, estos poseen degradantes cárceles hechas ex profeso con todo lujo de inhumanidad y de barbarie, para encerrar en ella a su antojo a los desdichados asiáticos, cargándolos de cadenas e infringiéndoles toda clase de martirios, los que acaban al fin por ocasionarles una muerte, cuya agonía suele durar años…

Esa colonia, en número de 658 individuos, se había reunido en Pagoda de San Pedro de Lurín, en el día arriba indicado, en una especie de capilla de regular extensión, que se veía alumbrada, a pesar de no ser de noche, por cuatro faroles chinos de varios colores, y adornada por un altar solo, en que figuraban tres estatuas o retratos de madera, a manera de los que suelen verse en los altares de nuestras propias iglesias. La estatua o santo del medio representaba a Kuong-kong, especie de Marte de la religión de los colonos, y figuraba a un hombre de grande estatura, luenga y espesa barba y rostro color rojo, con una enorme espada en la mano derecha, espada que, según la creencia de los fieles, eran manejada por su Kuongkong, no obstante pesar más de 1,000 libras. El santo de la derecha representaba a un joven imberbe y de rostro blanco, a quien creían hijo de Kuongkong, y le llamaban Yong-long, y el de la izquierda, especie de ayudante de su referido dios de la guerra, era negro y de grandes ojos blancos, tenía también espada y se llamaba Affay. Ante esta rara trinidad, un chino ofició algo que parecía misa, y en seguida procedió a degollar un gallo, símbolo de la guerra, cuya sangre depositó en una redoma. Por esa sangre belicosa juraron los chinos ser su deseo y sus votos que las armas de Chile salieran victoriosas, y así se lo pidieron a Kuongkong con todo respeto, bebiendo en seguida la sangre mezclada con agua. Todos los 658 colonos alcanzaron parte del mistificado líquido. Terminada la ceremonia, el chino Quintín Quintana, jefe elegido por la colonia misma, pronunció un largo discurso, en que habló de la esclavitud reinante en el Perú y de la próxima libertad e imperio de las leyes comunes."

Apoyo de los chinos a el Ejercito de Chile

Quintín Quintana, agente de policía chileno y el marino inglés Williams Acland que, por decisión de sus jefes, acompañó al ejército invasor (como lo hicieron el oficial norteamericano D.W. Mullan, el teniente francés De León y el teniente italiano L. Ghigliatti). Conocemos el relato De León, citado más de una vez en el presente capítulo. No hemos logrado ubicar las memorias de Mullan y de Ghigliatti. El testimonio de Acland es un documento rarísimo. A él le debemos una versión objetiva sobre el aporte de los peones chinos de Cañete a los chilenos.

Cuenta Acland que el martes 10 de enero, alrededor de dos mil chinos que habían huido de las haciendas hicieron una impresionante ceremonia en la iglesia de Lurín. Con sacrificio de un ave, bebida de su sangre y juramentos de lealtad a Chile y en pro de la destrucción del Perú. Agrega que las tareas por ellos cumplidas fueron las de cavar trincheras, abrir senderos a ayudar las ambulancias. "No creo (agrega) que fueron muy útiles en el transcurso de las batallas porque casi al dispararse el primer tiro, desaparecieron para permanecer ausentes hasta que cesó la lucha, cuando se les empleó para enterrar a los muertos y transportar a los heridos".

La ayuda de los chinos a los chilenos ha sido grandemente exagerada por algunos. Se ha llegado a afirmar que enseñaron por donde debió efectuarse el avance a Chorrillos, probablemente los jefes y oficiales al mando de las tres divisiones atacantes y de las fuerzas de reserva que las acompañaban, conocían mejor esas rutas que los chinos mismos; La suerte de 25.000 a 26.000 hombres no podían haber sido confiada a improvisados o empíricos colaboradores.

Hay varios testimonios chilenos contemporáneos que amplían las informaciones de Ancland. En su obra La Expedición a Lima (Santiago, 1967) Raúl Silva Castro reprodujo un artículo de Daniel Riquelme sobre el juramento de los chinos en Lurín, el 10 de enero de 1881, después de inmolar un gallo sobre un altar y de beber su sangre. Coincide con lo narrado con más detalles por Antonio Urquieta en Recuerdos de la Vida de Campaña en la guerra del Pacífico (Santiago 1909) donde aparecen únicamente 400 chinos también relató las mismas escenas Heriberto Ferrer en su historia popular de la guerra del Pacífico (Iquique, 1923) quien eleva la cifra mencionada a 1.200 y agrega Ferrer: "El generalísimo chino Quintín Quintana fue muy conocido en Santiago después de la guerra sirviendo en la sección de investigación de la policía y visitaba con frecuencia las imprentas. Era muy estimado por su carácter comunicativo, así como simpático por sus modales correctos y su elegancia en el vestir, pues no se despegaba de la levita cruzada, su bastón, guantes, y tarro de unto, colero o sombrero de pelo". Quintín Quintana acabó, pues siendo un agente de investigaciones en la policía de Santiago

“Chile y China: Inmigración y relaciones bilaterales”

  • Articulo del Centro Barros Arana/Dibam

El general Arturo Villarroel Garenzon, apodado “el general dinamita”, dirigió la “Legión asiática” para desenterrar las minas y los torpedos, por lo que fue llamada “Legión Vulcano“.

Según informó en la época el diario El Heraldo:

los chinos han recibido de la Intendencia Jeneral del Ejército un traje completo de brin, desde kepí a zapatos…su alegría sólo es comparable con la de los niños cargando dulces“.

El diplomático taiwanés recopiló esta historia llevado por la curiosidad. En 1992 estaba de viaje por el norte. En un pequeño pueblo un lugareño le dijo a Diego Lin Chou que hacía tiempo que no veía “chinitos”, porque en la década de los ’40 había muchos. Era un pueblo en medio del desierto y la probabilidad que un paisano hubiera estado allí en medio de la nada y en las antípodas de su país a Lin Chou le pareció improbable, y por lo tanto una posibilidad atractiva para investigar. Descubrió el tráfico de culíes, las penosas condiciones en que llegaban a América -principalmente a Perú y Cuba- y los trabajos desde las plantaciones de azúcar del norte de Perú hasta las guaneras de Iquique.

Un proceso que tuvo su momento más llamativamente dramático en la Guerra del Pacífico, cuando los chinos liberados por Lynch en Perú se sumaron al ejército chileno.

Eran culíes, trabajadores que vivían en condiciones miserables, mano de obra barata que mediante un resquicio contractual se salvaba de ser calificada como esclavitud. Enganchados en China después de firmar un contrato, eran hacinados en veleros en un viaje de cuatro meses. Los que llegaban vivos lo hacían para trabajar en Perú en condiciones torturantes. Eso encontró Patricio Lynch.

En la medida que Patricio Lynch los liberaba muchos quisieron marchar con el Ejército. Hubo dudas pero finalmente fueron aceptados. Algunos soldados chilenos incluso dejaron el quepí y se protegieron del sol con los enormes sombreros de los inesperados aliados.

Los cronistas registraron como en Lurín y frente a un templo al Kuan Yo, dios de la guerra, un millar de cantoneses juraron ponerse a las órdenes de general en jefe chileno en la voz de Quintín Quintana, un chino de Ica que pese a ser libre y haber logrado prosperidad asumió el liderazgo de sus paisanos recién liberados: “si ordena trabajar, trabajar; si matar, matar; si incendiar, incendiar, si morir, mueren”. Así lo hicieron.

La presencia de chinos en Chile se cuela desde mucho antes de la guerra. Sus registros son como citas casuales, vistazos de hombres que aparecían repentinamente sin que nadie explicara cómo llegaron allí y con los que, al parecer, no había posibilidad (ni interés) de comunicarse.

Hacia 1850 Benjamín Vicuña Mackenna recuerda haber visto a diez chinos trabajando en Quillota y a otros cincuenta en una mina del norte, según detalla el libro de Diego Lin Chou.

En ese rastro improbable se perdió incluso más de alguna historia familiar. Como la que descubrió Kranko Zapatta un periodista que se enteró de que su padre, que decía ser oriundo de la sierra peruana, era hijo de un culí que adoptó el nombre de una familia que lo refugió.

Algo parecido debe suceder con un número importante de los descendientes de la inmigración temprana a la que alude Vicuña Mackenna, que terminó fundiéndose con la población local de las tierras al sur del norte salitrero.

Lo definitivo es que después de la Guerra del Pacífico los orientales siguieron concentrándose en el norte grande. “Esta tendencia se mantuvo en tres décadas del siglo XX por el auge de la industria calichera, los chinos llegados a Chile [lo hacían] por invitación de sus parientes o amigos”.

Si en 1875 había 122 en diez años la cifra llegaba a los 1.164. Llegaban como trabajadores, ya no como culíes y sus nombres eran registrados según lograban darse a entender. Luzmira Yáñez es profesora jubilada vive en Antofagasta. Su padre llegó a Arica en 1919. Natural de Cantón se radicó en Chile luego de servir en un barco inglés.

Todo indica que su nombre era Hung Yang, pero el encargado de registrarlo encontró más apropiado el nombre Roberto y el apellido Yáñez creando la rama cantonesa de los Yáñez, tal como existe una de los López (derivada de Lo Pi) y los González (Wong Sa Lee).

Así comenzó a reconstruir una historia de inmigración que tiene mucho de fantasma y que tuvo su momento más épico en los episodios de la guerra del pacífico, aunque continuaría con un carácter diferente hasta hoy.[2]

El chino Aján

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"El chino Aján, como le llamaban, fue parte importante de las acciones de la Guerra del Pacífico. Se destaco en las acciones prestadas al Lautaro en la expedición a Moquegua, llegando a ser, uno de los mejores soldados del regimiento. Estuvo en todas las campañas y cada batalla la peleo valerosamente matando "peluanos monos asquelosos", como les gritaba en batalla. Esto le hizo ganarse el respeto de los oficiales y soldados chilenos y la admiración de sus pares.

Ajan se destacaba por su caballerosidad y su gran físico. Nunca faltaba, ni se embriagaba, tenia disciplina y a pesar de su contextura delgada tenia mucha fuerza, por lo que el comandante del regimiento lo comisionaba para que saliera a buscar a los soldados chilenos que seguían de juerga. Era una especie de Policía Militar (PM) de la época. Cada vez que se pasaba lista en el regimiento, habían muchos soldados que simplemente no llegaban, por lo que el comandante, siempre lo designaba, con la misión de encontrar y devolver al cuartel a aquellos que seguían de juerga o se encontraban ebrios. Muchos soldados chilenos se le enfrentaban, pero este chino era muy fuerte. Los tomaba de un brazo y no los soltaba hasta dejarlos en el cuartel y la mayoría de la veces de bruces a tierra. Al final de su vida, la diabetes lo tenía casi ciego, pero aún así nunca falto a ninguno de los actos públicos, en que Chile daba las gracias a los veteranos de la Guerra del Pacífico.

Pizarra

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  • Un hecho a considerar es que los días 15 y 16 de enero de 1881, ya habiendo sido derrotados en Miraflores, se desató una revuelta en Lima en donde los chinos residentes en esta fueron ajusticiados, colgados, linchados, etc y sus negocios y casas incendiadas, pues se creía que ellos también habían colaborado con los chilenos como los chinos comandados por Quintin Quintana.
  • Quintana apoyo al ejército chileno, les ofreció hospitalidad y colaboración, arengando a sus compatriotas a apoyar la causa chilena. Se calcula que unos 2000 chinos participaron en las labores del ejército chileno, como aguateros, cargadores, guías, sanitarios e incluso como soldados matando cholos, lo que les hacia "felices" según crónicas de la época.
  • El capitán Elías Casas en su diario describe lo siguiente: "Domingo 9 de enero.- Los mil y tantos chinos que siguen al ejército chileno y que tienen su campamento por separado, han tenido una reunión para hacer un juramento solemne, ante un altar que hicieron, colocando la bandera chilena y la china, de color amarillo, de forma triangular con un dragón. En esta reunión se acordó, que siendo Chile el protector de ellos por el buen trato que recibían, al contrario del trato peruano, pues eran rigurosamente castigados a palo y la comida muy escasa, ayudar a los chilenos en todo. Para solemnizar el juramento, acordaron ponerse de acuerdo con los 10,000 chinos de Lima, mandando un parlamentario con cartas escritas en idioma chino, para que todos ellos protejan a los chilenos y hagan el mayor mal posible a los peruanos, y procedieron a degollar un gallo en una cuba de agua, tomando el jefe una copita de esta mezcla y apuntando su nombre en un libro de registro; en este orden, todos bebieron para sellar su juramento, quedando constancia de cada uno de ellos de haberlo hecho. "

Fuentes y Enlaces de Interés

  1. Un veterano de tres guerras, recuerdos de José Miguel Varela
  2. Articulo del Centro Barros Arana/Dibam

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