Motín de esclavos del buque "La Prueba" 1804

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1804-1805
El Motín de los esclavos negros del buque "Trial" en 1804 se desarrollo a manos de un negro llamado Babo y su hijo Mure. Este se alzo asesinando y apoderándose del buque, para luego arrancar al sur de Chile, donde cometieron violaciones a mujeres y niñas españolas, para luego arrojarlas al mar.
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El Océano de la Ira: La Sangre en la Cubierta de "La Prueba"
El puerto de Valparaíso, un laberinto de muelles y almacenes bajo un cielo de neblina salada, era la puerta de entrada y el lúgubre mercado de carne humana en el sur del Virreinato. Los negros senegaleses fueron traídos desde Mendoza, Argentina a Valparaíso por traficante del negocio esclavista llamado Alejandro de Aranda y embarcados en el buque "Trial", para ser llevados al Virreinato del Perú.
Los barcos negreros, cargados con el dolor y la desesperación de África, un traficante del negocio esclavista llamado Alejandro de Aranda agotadora travesía desde Buenos Aires, listos para enviar su mercancía forzada hacia el opulento y lejano Perú.
Según las declaraciones que posteriormente registró el notario José de Abos y Padilla para Juan Martínez de Rozas en Concepción, el Capitán Benito Cerreño declaró que la tripulación estaba compuesta por: “treinta y seis hombres, además de los pasajeros. Entre los esclavos se contaban veinte de entre doce y dieciséis años, uno de entre dieciocho y diecinueve años, llamado José; un mulato, llamado Francisco, nativo de la provincia de Buenos Aires, de alrededor de 35 años, y otro llamado Joaquín. El resto de la población esclava masculina tenía de entre 25 a 50 años, todos nacidos en la costa de Senegal, cuyos nombres eran: Babo, el jefe de su grupo, el segundo era su hijo, llamado Mure, el tercero Matiluqui, el cuarto Yola, el quinto Yau, el sexto Atufal, el séptimo Diámelo, el octavo Leche y el noveno Natu. No se recolectaron los nombres de los otros. Iban en la nave también veintiocho mujeres de todas las edades. Ninguno de los esclavos que viajó en la nave iba encadenado porque el dueño Aranda le había dicho que todos eran dóciles”
La documentación oficial no señala nada más acerca de las mujeres y los niños a pesar que formaban parte mayoritaria del grupo de esclavos del barco. En el comercio del Atlántico, se ha indicado que el manejo especial de las esclavas mujeres africanas pudo haberles dado oportunidad de participar activamente en motines y revueltas. Por ejemplo, no se solía encadenarlas, y se acostumbraba separarlas de los hombres dejándolas en lugares cercanos a los dormitorios de los oficiales, junto a las bodegas con armas y cerca de las llaves. Como además eran abusadas sexualmente por la tripulación, se presume que las mujeres pudieron acceder a información crucial para planear las revueltas.5
En 1804, zarpó desde Valparaíso el buque mercante "Trial", el cual transportaba a 72 esclavos africanos de Senegal, en su mayoría mujeres y niños, llegados desde la ciudad Argentina de Mendoza.
20 de diciembre de 1804: Por la mañana se dibujó con malos augurios. El bergantín, bautizado con la burla sombría de "Trial", salía del puerto chileno de Valparaíso. Su bodega era una pesadilla flotante, un hervidero de cuerpos y almas rotas. Entre el cargamento de esclavos yacía un hombre llamado Babo, cuya mirada, aunque velada, ardía con una inteligencia feroz. Simular la enfermedad fue su primera obra maestra. Con gemidos roncos y un temblor fingido, convenció a su carcelero de la necesidad de retirar los pesados grilletes de hierro.
En el instante exacto en que el acero se deslizó de su piel, el teatro terminó. Babo se abalanzó con la furia contenida de meses, una ráfaga negra que silenció al guardia en un acto de sangre seca. Con la llave del infierno en sus manos, la liberación comenzó. Media hora fue suficiente. Media hora de lucha brutal, de gritos ahogados y el crujir de huesos, hasta que el buque negrero se convirtió en un campo de batalla ganado por la desesperación. A sangre y fuego, los esclavos tomaron el mando.
🏴☠️ El Capitán y el Trato con el Diablo
La tripulación y los pasajeros que sobrevivieron fueron arrinconados. Ante ellos, con el filo de las dagas brillando bajo el sol, los nuevos amos dieron su única orden al capitán, Benito Carreño, que los llevara a su hogar, a la lejana África.
Carreño, con el nudo de la horca metafórica apretándole la garganta, puso rumbo al oeste. Pero cada día, con la esperanza agónica de un encuentro fortuito, retrasaba la navegación, jugaba con las velas, esperando que un buque de guerra español o inglés apareciera en el horizonte para rescatarlo del infierno en que navegaba.
Mientras tanto, en la cubierta y en los camarotes, se desató una orgía de venganza y barbarie que trascendió lo humano. Las atrocidades cometidas contra las mujeres a bordo no distinguieron edad, la furia ciega de los captores violó la inocencia y ultrajó la vejez. No contentos con el horror nocturno, cada amanecer traía consigo un ritual macabro, un cuerpo blanco era arrojado por la borda, no sin antes ser apuñalado, una ofrenda cruel a los tiburones que seguían la estela de sangre.
Pero el poder, como un veneno sutil, transformó el deseo de libertad en codicia. Los negros, embriagados por el dominio del mar y el temor de ser esclavizados de nuevo en África, tomaron una nueva y terrible decisión: no volverían. Ahora, el océano infinito sería su reino, y la bandera de la libertad se trocaría por el negro y sangriento estandarte de la piratería. Saquear, matar y navegar sin rumbo fijo: esa era la nueva ley del buque.
Violación y asesinato de niñas.
Una noche, bajo una luna indiferente, la bestialidad colectiva alcanzó su clímax. El ron y el aguardiente habían nublado la razón de la mayoría de los amotinados, y el buque se convirtió en un manicomio flotante. El horror se cebó en las más vulnerables: las ocho niñas, cuyas edades oscilaban entre los dos y los doce años. Fueron arrancadas a golpes y amenazas del regazo de sus madres, llevadas a la cubierta donde las hachas y los cuchillos se agitaban al son de blasfemias ebrias. Desnudadas y vejadas hasta el alba, esas criaturas de Dios fueron tratadas como despojos. Con la llegada del sol, fueron arrojadas, medio muertas, a las heladas y oscuras aguas del Pacífico.
🏝️ El Encuentro con el Ballenero "Perseverance"
20 de febrero de 1805: Dos meses de deriva sangrienta después, "La Prueba" se acercó a la Isla Santa María, frente a las costas de Chile, en la Región del Biobío. Los víveres escaseaban, pero el miedo a ser descubiertos en tierra era mayor. En ese momento de necesidad desesperada, anclado cerca de la costa, apareció un buque ballenero que parecía inofensivo: el "Perseverance". Para los piratas, fue la materialización de un sueño, la oportunidad perfecta para reabastecerse y seguir con su matanza.
Ordenaron al Capitán Carreño y a los pocos españoles que quedaban con vida que se hicieran visibles en cubierta. La estratagema era simple: fingir normalidad para atraer a los marinos. Lo que los amotinados ignoraban era que el "Perseverance" estaba al mando del experimentado navegante norteamericano Amasa Délano, un hombre de comercio y caza de ballenas acostumbrado a las traiciones del mar.
Carreño, con la desesperación agolpada en su garganta, se las ingenió para gritar a la tripulación del ballenero, pidiendo a viva voz víveres solo para los españoles que seguían a bordo. El "Perseverance", sin sospechar la carnicería a bordo, envió dos botes cargados de provisiones.
En el instante exacto en que los botes se acercaron a la borda, el Capitán Cerreño actuó. Con un grito, sorprendió a sus captores y se lanzó a las aguas. Los marinos norteamericanos, alertados por la maniobra, lo rescataron de inmediato y lo izaron a bordo del "Perseverance", donde por fin pudo relatar el horror.
Los negros, al ver su presa y su secreto perdidos, revelaron su verdadera intención, abriendo fuego con sus cañones. Délano y su tripulación respondieron con la furia de quienes se saben emboscados. Su único cañón era manejado con una precisión letal.
Délano determinó tomar el Prueba con dos botes balleneros. Preguntó a Cerreño si los esclavos tenían armas de fuego, a lo que este respondió negativamente. Los marineros tomaron mosquetes, picas y sables ofreciéndose voluntariamente para abordar la nave. Dieciocho hombres se embarcaron en dos botes al mando del primer oficial Mr. Low. Con él iban: el segundo oficial Mr. Brown, William, el hermano del capitán Délano, Mr. George Russel, el guardiamarina Mr. Nathaniel Luther, el contramaestre William Clark, el artillero Charles Spence y trece marineros.
El combate fue breve e intenso. Los disparos del ballenero y el posterior combate cuerpo a cuerpo fueron tan certeros que el pánico cundió entre los amotinados. Muchos cayeron bajo el fuego, y el resto, apenas ocho sobrevivientes, se rindieron ante la fuerza inesperada de los oficiales y marinos del "Perseverance".
⚖️ El Juicio y la Furia del Pueblo
En marzo de 1805: Días después, el buque atracó en Talcahuano, llevando a los pocos marinos españoles, la tripulación rescatada y, como prueba de la masacre, a los ocho africanos capturados. Fueron trasladados a la ciudad de Concepción para ser juzgados.
El fiscal del caso, el respetado Juan Martínez de Rozas, asesor letrado y delegado de la Intendencia de Concepción, asumió el proceso. Los hechos eran innegables, la barbarie atestiguada. Rozas no dudó: los ocho africanos que habían sobrevivido a la lucha fueron condenados a la pena capital. La sentencia fue ratificada por la Real Audiencia de Santiago.

La ejecución se llevó a cabo en la Plaza Mayor de Concepción. Una multitud se agolpó para presenciar la justicia del Rey. El ambiente no era de solemnidad, sino de furia vengativa. A cada caída de los cuerpos en la horca, la multitud estallaba en un grito visceral: "¡Muerte a los monos! ¡Viva!". La piedad les fue negada hasta el final; ningún cura o fraile se acercó para ofrecerles la absolución o la señal de la cruz.
Según las declaraciones que posteriormente registró el notario José de Abos y Padilla para Juan Martínez de Rozas en Concepción, el Capitán Benito Cerreño declaró que la tripulación estaba compuesta por: “treinta y seis hombres, además de los pasajeros. Entre los esclavos se contaban veinte de entre doce y dieciséis años, uno de entre dieciocho y diecinueve años, llamado José; un mulato, llamado Francisco, nativo de la provincia de Buenos Aires, de alrededor de 35 años, y otro llamado Joaquín. El resto de la población esclava masculina tenía de entre 25 a 50 años, todos nacidos en la costa de Senegal, cuyos nombres eran: Babo, el jefe de su grupo, el segundo era su hijo, llamado Mure, el tercero Matiluqui, el cuarto Yola, el quinto Yau, el sexto Atufal, el séptimo Diámelo, el octavo Leche y el noveno Natu. No se recolectaron los nombres de los otros. Iban en la nave también veintiocho mujeres de todas las edades. Ninguno de los esclavos que viajó en la nave iba encadenado porque el dueño Aranda le había dicho que todos eran dóciles”[1]
Los cuerpos
Los cuerpos, despojos de una historia de horror, encontraron un final igualmente sombrío. El cementerio de Concepción, consagrado por la Iglesia, se negó a aceptar los restos de individuos hallados culpables de asesinatos y delitos de lesa humanidad.
Los cadáveres de los ajusticiados no fueron quemados, pero si atados con pesadas piedras al cuello y arrojados a la antigua laguna que existía en el cuadrante de las calles Cruz, Prieto, Caupolicán y Colo-Colo. Con el tiempo, aquel paraje acuático, un depósito de muerte y deshonra, fue bautizado por el pueblo como la lúgubre "Laguna de los Negros". Un recordatorio silencioso de la sangre derramada y de la venganza que el mar y la tierra habían exigido.
La Laguna de los Negros en Concepción
La Laguna de los Negros fue una laguna chilena (actualmente se encuentra rellenada) que existió hasta mediados del siglo XIX en la ciudad de Concepción, tristemente famosa pues era el lugar en donde se arrojaban cadáveres de personas ajusticiadas en el Concepción previo al terremoto de 1751, cuando esta ciudad todavía se ubicaba donde actualmente está la comuna de Penco.
Fuentes y Enlaces de Interés
- ↑ Narrative of voyages and travels in the northern and southern hemispheres. Amasa Délano (1817). Págs. 335-339
- https://cimarronediciones.wordpress.com/2015/05/25/el-motin-de-esclavos-del-prueba-y-la-laguna-de-los-negros-de-concepcion/
- https://resumen.cl/2015/05/el-motin-de-esclavos-del-prueba-y-la-laguna-de-los-negros-de-concepcion/#sdfootnote4sym
