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Miguel Enríquez Espinosa

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Miguel Enríquez Espinosa
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Presentación

Miguel Enriquez Espinosa.jpg

Bandera Chilena mini.png Miguel Humberto Enríquez Espinosa (☆ 27 de marzo de 1944 -† 5 de octubre de 1974) fue un médico y político chileno. Secretario General del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) desde 1967 hasta su muerte.

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Contenido

Infancia y juventud

Hijo de Edgardo Enríquez Frödden, médico, profesor de anatomía y rector de la Universidad de Concepción entre 1969 y 1972, y Ministro de Educación del presidente Salvador Allende en 1973. Edgardo Enríquez Frödden había sido durante 25 años oficial de la Armada de Chile, con el rango de Capitán de Navío y comandante/director del Hospital Naval de Talcahuano. Su madre fue Raquel Espinosa Townsed, egresada de la Escuela de Leyes de la Universidad de Concepción, y dos de sus tíos fueron Senadores de la República de Chile (Humberto Enríquez Frödden e Inés Enríquez Frödden— la primera mujer elegida senadora y la primera intendenta del país) elegidos por el Partido Radical.

Realizó sus estudios primarios en el Colegio Saint John´s de Concepción, y sus estudios secundarios en el Liceo Enrique Molina Garmendia. En este último establecimiento, tanto en su curso como en otros, fue conociendo sucesivamente a varios futuros integrantes del MIR: a Marcello Ferrada de Noli en 1956, a Bautista van Schouwen en 1959 , y a Luciano Cruz en 1961. Sergio Pérez Molina, quien estudiaba en el Liceo de Coronel, fue otro temprano colaborador político de Enríquez al que éste conoció en 1964 en la Universidad de Concepción.

1960

El triunfo de la revolución cubana produciría un gran impacto en él, sus compañeros y sus hermanos, uno de los cuales -Marco Antonio- integraría el Grupo Marxista Revolucionario (GMR), una organización de corte trotskista. Con sus congéneres participó de un grupo de estudios de las teorías marxistas, y eventualmente apoyarían movilizaciones, como las del paro nacional convocado por la CUT para el 7 de noviembre de 1960.

1961

Enríquez ingresó a la carrera de Medicina en la Universidad de Concepción en marzo de 1961. Paralelamente a sus estudios universitarios, participaba en protestas y en diversas actividades de ayuda social. Desde el núcleo "Espartaco" de la juventud socialista de Concepción y de las revistas "Revolución" y "Polémica Universitaria" en las que escribía, abogaba por un socialismo más radical.

1962

Comenzó Enríquez a militar en la Federación Juvenil Socialista (FJS) a la cual ingresó junto con Bautista van Schouwen. Se integran al núcleo "Espartaco", en el cual ya militaban desde el año anterior su hermano Marco Antonio y su amigo Marcello Ferrada de Noli, jefe del núcleo. Todos ellos, más Jorge Gutiérrez Correa, Claudio Sepúlveda y Pedro Valdés, forman paralelamente ese mismo año y bajo el liderazgo de Enríquez la fracción clandestina MSR ("Movimiento Socialista Revolucionario"). Simultáneamente su hermano Edgardo comienza a militar en la Federación Juvenil Socialista en Santiago, estableciendo más tarde junto a Andrés Pascal un núcleo similar al MSR de Concepción.

1963 Ruptura con el Partido Socialista

En marzo 1963 había comenzado a liderar ideológicamente el trabajo fraccional al interior de la Juventud Socialista en Concepción.

1964

En febrero de este año, se materializa la marginalización del Partido Socialista (ver abajo) por parte del grupo liderado por Miguel, grupo que se integra por un lapso en la VMR (Vanguardia Marxista Revolucionaria) hasta la fundación del MIR en agosto de 1965.

Enríquez tenía planificado hacer pública su renuncia al partido junto con otros militantes del Núcleo Espartaco durante el XX Congreso del Partido Socialista, para lo cual elaboraron un documento a presentar en el dicho congreso en febrero de 1964. Sin embargo, el entonces secretario general Raúl Ampuero se enteró de la maniobra, y expulsó a Enríquez y a sus compañeros firmantes del documento a fines de enero.

En su renuncia pública, Enríquez y sus compañeros iban a distribuir un documento titulado "Insurrección Socialista", entre cuyos veinte firmantes se encontraban los miembros del Núcleo Espartaco con la exepción de Martín Hernández, quién permaneció leal a las tesis oficialistas de Ampuero, y del jefe del Núcleo, Ferrada de Noli, quién se encontraba en instrucción militar en Cuba. De Santiago firmaban entre otros Dantón Chelén y Edgardo Enríquez.

Participación en la Vanguardia Revolucionaria Marxista

Luego del los sucesos en torno al XX Congreso del PS, Miguel Enríquez continúa a consolidar el Movimiento Socialista Revolucionario a partir los jóvenes expulsados del PS y otros. En mayo de 1964 participó en el Primer Congreso de la Vanguardia Revolucionaria Marxista. Ante la inmediata división de la agrupación entre la VRM liderada por Benjamín Cares ("pro-china") y la VRM "Rebelde", Enríquez optó por esta última, la cual posteriormente formaría el MIR.

En el Congreso Latinoamericano de Estudiantes de Medicina que se realizó en Concepción a fines de 1964, Enríquez trabaría contactos con miembros de los MIR de Venezuela y de Perú.

1965 Papel en la fundación del MIR

Como integrante de la VRM "Rebelde", Enríquez sería un activo convocador al "Congreso de Unidad Revolucionaria" que se realizaría entre el 14 y el 15 de agosto de 1965 en Santiago. En este congreso constituyente se fundó el Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

La participación de Miguel Enríquez en el congreso constituyente consistió en exponer una tesis político-militar de la cual eran autores, junto a Miguel Enríquez ("Viriato"), su hermano Marco Antonio ("Bravo") y Marcello Ferrada de Noli ("Atacama"). La tesis, titulada La conquista del poder por la via insurreccional fue aprobada en el congreso de fundación. Miguel Enríquez fue elegido miembro de la primera dirección nacional del MIR, como integrante del Comité Central.

En noviembre de 1965, fue proclamado por el MIR como candidato del Movimiento Universitario de Izquierda (que integraba al MIR, al Partido Socialista, al Partido Comunista y a sectores independientes de izquierda) a la presidencia de la Federación de Estudiantes de Concepción (FEC). El PC y el PS finalmente levantaron sus propias candidaturas y ganó la elección el Partido Demócrata Cristiano con 1.184 votos frente a los 810 del MUI.

A fines de ese mismo año, participó en el Segundo Congreso General del MIR, en Conchalí. En éste sería reelegido como miembro del comité central.

1966

A inicios de año, Enríquez viaja a China integrando una delegación de la Federación de Estudiantes de Concepción. Allí y durante su viaje de regreso en Perú hace contactos con organizaciones laborales y políticas.

1968

El 29 de enero de 1968 en Concepción, en una ceremonia privada y familiar contrae matrimonio con Alejandra Pizarro Romero (24).

1969

En octubre, nacería Javiera Alejandra Enríquez Pizarro. El año siguiente Enríquez se divorcia de Alejandra Pizarro. Posteriormente inicia una relación con otra militante del MIR, Carmen Castillo Echeverría, hija del célebre arquitecto Fernando Castillo Velasco. Con ella tendría un hijo, Miguel Ángel Enríquez, nacido en Oxford Inglaterra bajo el nombre de Miguel Ángel Castillo.

† 1973 su muerte

Tras el golpe de Estado del 11 de septiembre, Miguel Enríquez y otros miembros del MIR rechazan la idea del asilo político en embajadas extranjeras y condenan el exilio del país. Luego, comienzan a organizar actividades clandestinas contra la dictadura de Augusto Pinochet.

Tras el golpe, Enríquez pasa a ser uno de los más buscados por las autoridades. Su persecución termina cuando es abatido el 5 de octubre de 1974 en un enfrentamiento con agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) en la comuna de San Miguel, Santiago, desde donde lideraba al MIR y donde, en la calle Santa Fe, vivía con su compañera Carmen Castillo quien tenía 6 meses de embarazo. Ella también fue herida y pese a que sobrevivió perdió al hijo de Miguel. Fue enterrado en el Cementerio General de Santiago. Tras su muerte, el Instituto Superior de Ciencias Médicas (ISCM-H), de La Habana, Cuba, bautiza a su nuevo hospital clínico como Dr. Miguel Enríquez Espinosa, en su honor.

Los hechos

El día que murió Miguel Enríquez

Desde muy temprano, el sábado 5 de octubre de 1974 la DINA se preparó para lo que buscaba desde hacía meses: capturar o matar al líder del MIR Miguel Henríquez. Junto a su compañera Carmen Castillo, embarazada de un hijo común, se habían sumergido en la clandestinidad ocupando desde poco después del golpe militar la casa de calle Santa Fe 725 en la comuna de San Miguel.

Una ciudadana británica amiga de la madre de Carmen, Mónica Echeverría, prestó su nombre para que compraran la casa y se fue de Chile. Todo quedó en orden en una notaría. Pero la vida pendía cada día de un hilo. La represión estaba desatada, especialmente en contra del MIR. El país estaba en manos de la DINA, donde llegaban los recomendados por Pinochet y los más feroces de su estado mayor. Entre ellos Pedro Espinoza y Marcelo Moren Brito.

En Rocas de Santo Domingo, ya a fines de 1973, uno de los instructores de los jóvenes agentes escogidos era el capitán Cristián Labbé, hoy coronel retirado y candidato a la reelección como alcalde de la comuna de Providencia.

La mañana del 5 de octubre no se presentaba distinta a las anteriores en la casa de Santa Fe. Pero desde antes de la una de la tarde comenzó un movimiento poco común y al sector llegaron tres vehículos. En uno de ellos llevaban a Cecilia Jarpa, enlace de Miguel Enríquez, torturada y amarrada. En los autos iban, entre otros, Moren Brito, el teniente Miguel Krassnoff, y el agente civil Osvaldo Romo. Con el tiempo, los tres quedarían registrados entre los agentes más crueles, a pesar de que los dos primeros hoy se hacen pasar por “analistas” de la DINA.

Junto a Miguel Henríquez y Carmen Castillo, en la casa estaban los dirigentes del MIR Humberto Sotomayor y José Bordaz.

No demoró mucho en iniciarse el combate, porque desde dentro de la casa el MIR resistió con armas el ataque. Pasados unos veinte minutos, esquirlas de una granada hirieron a Carmen Castillo en varias partes del cuerpo y alcanzó también al líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria. La DINA se dio cuenta de que las fuerzas que llevaba no le bastaban para abatir a los ocupantes y pidió refuerzos. Cerca de las dos de la tarde aparecieron más vehículos con agentes y personal de Ejército.

Por el aire volaron algunos helicópteros. El intercambio de disparos continuaba. La refriega duró casi dos horas. Cerca de las tres de la tarde, Miguel Enríquez salió de la casa para intentar subir a un muro de la casa contigua de calle San Francisco 5959. Ese fue el momento de su muerte, alcanzado por una decena de disparos.

Carmen Castillo recuerda que algunos vecinos dicen que escucharon que éste gritó “¡paren el fuego, aquí hay una mujer herida embarazada!”. Pero en verdad, ese día Miguel Enríquez resistió sólo.

Carmen quedó herida tirada en el suelo dentro de la casa. Al entrar, Moren Brito la pateó. Ella no se explica por qué la dejaron tirada y no se la llevaron. Había perdido mucha sangre.

La DINA y los refuerzos se retiraron. Romo se llevó un recuerdo que luego comenzó a mostrar a los prisioneros en los recintos clandestinos: el reloj de Miguel Enríquez. El “guatón” Romo fue uno de los que más robó a las víctimas que iban cayendo.

Un vecino del sector, Manuel Díaz, buscó una ambulancia y llevó a Carmen Castillo al Hospital Barros Luco. Desde allí la DINA la llevó al Hospital Militar, hasta donde llegó el mismo Manuel Contreras.

Carmen salió después a Gran Bretaña donde nació su hijo, Miguel Ángel, que murió a poco de nacer por secuelas de lo acontecido a su madre ese día de octubre.

La casa de Santa Fe

Entre los sueños que hoy tienen Carmen Castillo y los que siguen siendo miristas de distintas maneras, está recuperar la casa de calle Santa Fe. Esta fue ocupada un tiempo por la DINA, pero después la recuperó Clotilde Toro, que la había vendido a través de la ciudadana británica. Hoy vive en ella un hijo suyo, Francisco Benítez. La casa está avaluada en poco más de 8 millones de pesos, pero por ella quieren 40 millones.

Pero para Carmen Castillo la historia de lo que realmente pasó en Santa Fe ese día de octubre de 1974 “todavía no está contada, nadie la ha investigado, y sólo conocemos la historia oficial de la dictadura”. Sus recuerdos se pierden una vez que cayó herida.

Sotomayor y “el coño Molina”, nombre político de Bordaz, encargado de las tareas militares del MIR que meses después murió en un enfrentamiento con fuerzas militares, huyeron a poco comenzar el combate. Una parte de esta historia se ha ido rearmando por los recuerdos de los vecinos que todavía viven en el lugar.[1]

Descendencia

  • Con su esposa Alejandra Pizarro tuvo a Javiera Alejandra Enríquez Pizarro, nacida en 1969.
  • Con Manuela Gumucio tuvo a Marco Enríquez-Ominami Gumucio, nacido el 12 de junio de 1973.
  • Con Carmen Castillo Echeverría tuvo a Miguel Ángel Enríquez (nacido bajo el nombre de Miguel Ángel Castillo), nacido en 1974.

La verdad sobre Miguel Enríquez, el mirista homenajeado por el Rector de la Universidad de Chile, un delincuente y asesino a la cabeza del MIR

  • Articulo extraído de Radio Santiago: [2]

Como universidad pública que valora la diversidad y promueve el respeto, no podemos permitirnos relativizar ni avalar a quienes menospreciaron el valor de la vida humana en pos de lograr sus fines políticos. Así como nuestra universidad ha condenado irrestrictamente la violación de derechos humanos, no debemos dudar en condenar a quienes consideran la democracia como un estorbo y la lucha armada como vía legítima.

¿Quien era realmente Miguel Enriquez?

Para tener un acercamiento real nada mejor que conocer el testimonio de Raúl Olmedo, un ciudadano chileno que fue víctima del terrorismo que dominaba Chile, allá por los años 70:

Terminó por irritarme el asuntito ese de “mi padre asesinado por los militares”, tan recurrentemente utilizado por el ex candidato Enríquez Ominami en los pasados meses.

Puedo entender, y hasta celebrar, que un ciudadano lleve flores a la tumba de su padre, cualesquiera que hayan sido las causas de su muerte, o sus culpas. Y puedo, también, considerar la posibilidad remota de que el señor Enríquez Ominami haya sido en su infancia mal informado sobre los antecedentes y las circunstancias de la muerte de su progenitor. Lo que implica haber optado por mantenerse luego en un limbo durante los últimos 35 años.

Pero los chilenos en su globalidad no pueden ser tan imbéciles – ni aún los que ni siquiera habían nacido en 1974 – como para tragarse tamaña estupidez.

“Asesinado por los militares”, así, a sangre fría y sin razón alguna, como quien dice, no guarda relación con los hechos reales. No es esa, ni cercanamente, la historia de sangre que me tocó de cerca. Y la majadería del joven socialista que intenta abrirse paso en la política local mediante la manipulación de la memoria colectiva, me lleva a recordarla para Uds.

Asentemos, en primer lugar, que la inmensa, abrumadora mayoría de los miristas, socialistas y terroristas de todo tipo que se jactan hoy de haber combatido “contra la dictadura” – y piden, de paso, pensiones y reconocimiento por ello – simplemente jamás lo hicieron. En primer lugar, porque iniciaron su actuación criminal hacia 1968, unos cinco años antes del golpe de 1973 que puso a las FF.AA. en control del país. No había dictadura militar que combatir entonces (1968-73), y su actuación se limitó al bandolerismo simple, en procura de fondos y titulares de prensa. Hubo, eso si, énfasis en daño, lesiones y muerte de trabajadores inocentes o simples ciudadanos. Desprecio absoluto por la vida de quienes, o no compartían sus designios de violencia, o casualmente se interponían durante la ejecución de sus asaltos. En segundo lugar, porque sus acciones armadas durante el gobierno militar de 1973-89 se aplicaron de preferencia contra civiles desarmados – usualmente empleados de la banca y otras empresas con dinero efectivo que sustraer – y consistieron casi siempre en violentos, a menudo sangrientos asaltos en procura de bienes, dinero y primeras planas.

Este Enriquez, un hombre que asesino a todas sus victimas por la espalda

En cuanto a los uniformados abatidos por el terrorismo después de septiembre de 1973, estos fueron, en alto porcentaje, carabineros salientes de servicio, asesinados de un tiro en la espalda mientras esperaban locomoción colectiva en el paradero más cercano a su cuartel. O custodios de monumentos (como el de la “llama eterna” en el Cerro Santa Lucía), liquidados también por la espalda y sin opción de defensa alguna. Unos pocos fueron asesinatos selectivos de autoridades, mediante golpes de manos sorpresivos, de los cuales los casos del coronel Roger Vergara y el general Carol Urzúa son los más representativos. Se cometieron esos atentados, como se recordará, actuando sobre seguro, a mansalva, sin arriesgar ni remotamente un enfrentamiento armado. Acribillar a la víctima y desaparecer era el método. Eficiente, por cierto.

Solo enfrentaron a fuerzas militares – tales terroristas asesinos – en los pocos, contados casos extremos en que fueron rastreados y cercados. Y aún así, para el sólo efecto de escabullirse y desaparecer, cuando pudieron hacerlo.

Asesinato cobarde y terrorismo, entonces, si los hubo y a destajo. “Expropiación” de dineros de la banca y empresas con caja disponible, también. Con víctimas civiles inocentes y en medida abundante. “Daño colateral”, creo que le llaman.

Nunca existió un combate heroico

Pero “combate heroico” a la dictadura en el sentido que hoy se da al término, para nada. Aclarado lo anterior, se entenderá que la ciudadanía – y en particular los empleados bancarios – manifestaran un marcado rechazo a la actuación de esos desalmados, y que – partidarios o no de la intervención militar del 73 – vieran con beneplácito todas las medidas encaminadas a suprimirlos.

Así como entre los movilizados del ´78 en la emergencia bélica que provocó Argentina existió, para efectos de apechugar con la guerra y sus consecuencias, absoluta transversalidad entre detractores y partidarios del gobierno militar – lo que viví personalmente – también entre los empleados bancarios de esos años, representantes de una enorme masa ciudadana de distinto pensamiento político, el rechazo al terrorismo brutal y la muerte de trabajadores inocentes fue ampliamente mayoritario. Casi universal.

Como se ha comentado – de fuentes socialistas, lo que hace algo dudosa la veracidad del suceso – el presidente Salvador Allende le habría mandado, desde la Moneda cercada el día “once”, un particular recado al líder mirista – y padre del citado ex candidato Enríquez Ominami – el señor Miguel Enríquez Espinoza. “Díganle a Miguel que ahora le toca a él” dicen que dijo el Presidente de la Unidad Popular, o algo así. Menudo encargo.

Haya sido por esa causa, o por mera vocación criminal, el señor Enríquez y sus tenebrosos muchachos – amnistiados de su pasado sangriento no hacía mucho por el Presidente marxista, atendido su carácter de “jóvenes idealistas” (así como asociando el concepto a “deportistas”) – pasaron al clandestinaje e iniciaron una serie de acciones delictivas, diz que con miras a procurarse los imprescindibles fondos que requerían para su actividad de terror y muerte.

Solo eran lumpen, escudados en un partido político

Encontramos hoy en Internet el relato romántico de tales desmanes, en que se oculta cuidadosamente el trasfondo criminal que golpeaba a la ciudadanía. Se acuña allí el concepto de “lucha heroica” a que nos hemos referido. Pero no se habla una palabra de los cientos de trabajadores inocentes que fueron violentados, amedrentados, heridos y hasta asesinados en el proceso, llevando luto y dolor a sus familias. Como lo habían sido durante el período 1970-73 por la izquierda violentista y su aliado natural, el lumpen, sueltos ambos en las calles y en los campos de Chile.

Y resulta que a los trabajadores de la banca, y de otras empresas que custodiaban fondos en sus oficinas, mal podía importarles la justificación ideológica de una lucha que amenazaba directamente sus vidas y su integridad, dejando desprotegidas a sus familias. Y sin posibilidad alguna de autodefensa.

Allá los miristas con sus ideales. Que se enfrentaran a los militares parecía hasta lógico, en su vesánica filosofía de violencia. Pero que, a la pasada, no trepidaran en herir y asesinar a trabajadores sin arte ni parte en el asunto – que a veces compartían las doctrinas de la Unidad Popular – era cosa muy distinta.

Para entender cabalmente la situación de violencia mirista que se vivió en esos años – o meramente recordarla para quienes fueron sus actores – parece conveniente relatar en detalle los sucesos culminados el 5 de octubre de 1974 con la muerte de Miguel Enríquez.

Hablo de los acontecimientos reales, la verdadera historia. No de la historieta posterior que pretende lavar la imagen sangrienta de los matones del MIR.

1974

Luego de un prolongado fin de semana “con puente” que favoreció unas Fiestas Patrias celebradas bajo toque de queda, la semana laboral bancaria se inició sin novedades el día lunes 24 de septiembre de 1974.

Una considerable cantidad de dinero recogido por el comercio durante esas fiestas empezó a fluir hacia las distintas sucursales de los bancos en todo el país. En 24 horas, las bóvedas de estos empezaron a rebosar de billetes, a la espera de ser recogidos por los camiones que los trasladarían a sus oficinas centrales, o los distribuirían en aquellas sucursales que los necesitaran. Si uno va a pensar como asaltante, ciertamente ese era un buen momento para un golpe de mano, con la casi certeza de obtener un botín redituable.

Un día de mediados de esa semana, en la pequeña sucursal “Huelén” del Banco de Chile – hoy, desaparecida – ubicada en el subterráneo de la galería y cine de igual nombre, en Santiago Centro, ocho empleados se ocupaban, poco antes de las 9 horas, de preparar los elementos para lo que se esperaba sería otra larga y pesada jornada.

El actor principal a la indicada hora era, desde luego, el cajero-tesorero de la Sucursal. Su día se iniciaba con la labor de proveer de fondos a los otros cajeros para el inicio de las labores, y luego, además de actuar el mismo como cajero recibidor y pagador de sumas mayores durante el horario de atención, debería controlar todo el movimiento en efectivo del día laboral y cuadrar en global las partidas contables relacionadas. En su poder estaban, como está establecido, las llaves de la bóveda de la oficina.

La diminuta sucursal Huelén no contaba entonces con un guardia de seguridad. En realidad, no había tales guardias en ninguna sucursal del Banco de Chile en 1974. Ni en toda la banca, porque la legislación vigente no los exigía. Sólo en la Oficina Central prestaban tal tipo de servicios tres detectives jubilados – vistiendo tenida civil – y un cuarto cumplía igual función en Valparaíso. Era toda la protección de seguridad con que contaba el Banco de Chile en el contexto nacional. Tampoco había en la sucursal Huelén ese día arma de fuego alguna. Un revólver de 6 tiros de .38” de calibre y cañón corto – según la autorización de Superbancos – debió registrarse en su inventario. Pero, como en la mayoría de las sucursales pequeñas, no había tal arma. Ni menos alguien que fuera perito en su manejo y capaz de utilizarla en una emergencia. La dotación de ocho empleados, entonces, apenas suficientes para la operación de una pequeña oficina de servicios, no orientada especialmente a los grandes negocios, activaba a esa hora los preparativos de un día laboral a minutos de iniciarse.

De súbito, cuatro individuos portando armas de puño, y a rostro descubierto, irrumpieron en las oficinas intimidando al personal y gritando órdenes que pusieron a todo el mundo manos arriba. Y casi enseguida, tumbados en el piso. Los asaltantes exigieron de inmediato, entre órdenes vociferadas y puntapiés a los empleados tendidos en el suelo, la entrega de las llaves de la bóveda.

El citado cajero-tesorero – de nombre Renato Robinson del Canto – se encontraba al interior de su caja preparando los vaucher de traspasos internos de fondos y su libro de caja. Todavía no iniciaba la entrega de valores a los otros cajeros. Reaccionó instintivamente a los sucesos cerrando – como si de algo sirviera – la puerta de su caja y arrojando con disimulo las citadas llaves al piso, a un rincón oscuro del pequeño recinto y fuera de la vista.

Un hombre muy especial, Renato Robinson. Alto y robusto, en sus medianos treinta, padre de familia, deportista y especialmente apreciado por sus pares en razón de su carácter grato y afable. De disciplinada y larga militancia sindical, contaba no sólo con la confianza de la empresa en sus labores de cajero-tesorero, sino también con el respeto bien ganado de la organización sindical de los trabajadores del Banco de Chile. Practicaba ese empleado bancario un deporte peculiar: la halterofilia. Por ello, una fuerte contextura de hombros, brazos y piernas poderosos, desarrollada en esa práctica, unida a su aventajada estatura, originaba en su círculo inmediato bromas y comentarios jocosos acerca de una fuerza hercúlea.

Los asaltantes identificaron rápidamente al custodio de las llaves de la bóveda – en la que se guardaba en esos momentos una reserva considerable – y requirieron bruscamente a Robinson salir de su caja y abrir el recinto abovedado. Como este se mantuviera en su lugar, hosco y en silencio, uno de los bandidos trepó al mesón de atención de público, y desde allí alcanzó la parte superior descubierta de la caja pagadora N° 1. Procedió entonces a golpear repetidamente al cajero-tesorero en la cabeza con el caño y empuñadura del revólver que portaba, produciéndole distintos cortes en el cuero cabelludo que empezaron a sangrar de inmediato. Lo amenazó seguidamente con disparar contra él su arma, si no salía de su refugio en tres segundos. Sin opciones, casi ciego por la sangre y el dolor, el amenazado abrió la puerta y abandonó la caja. Hilos de sangre corrían por su rostro y la parte superior de su camisa ya mostraba extensas manchas rojas.

Fue al punto empujado contra un muro, inmovilizado mientras se registraba sus ropas, y luego emplazado claramente, entre feroces insultos intimidatorios, a entregar las llaves de inmediato o morir ahí mismo.

El líder del grupo asaltante, un hombre en sus 30, alto y delgado, de tez blanca, cabello castaño claro y bigote – según la descripción posterior – procedió en ese momento directamente con esa intimidación, mediante nuevos gritos e improperios. Manifiestamente irritado por el silencio del interrogado, propinó acto seguido – con viril valentía – varios golpes de puño en el rostro de su víctima, en tanto le sujetaba de la pechera de su camisa. Grave error.

Un impulso atávico, o quizás la desesperada reacción del torturado que intuye su próximo fin, gatilló una orden en el cerebro de Renato Robinson, y este, empujando a su atacante para darse espacio, lanzó un derechazo – con toda su alma y el poder de unos hombros acostumbrados a mover 100 kilos de pesas de hierro – que impactó en pleno rostro de su acosador. Este salió proyectado con violencia hacia atrás y se estrelló contra un escritorio a 4 o 5 metros de distancia, semiaturdido. Dos de sus cómplices acudieron de inmediato en su ayuda para ponerlo de pié. Medio farfulló entonces una orden que todos en el recinto percibieron distintamente: “Bájalo”. El tercer acompañante, nivelando su arma – un revólver – disparó a corta distancia – quizás dos, o dos y medio metros – seis tiros calibre .38 contra el cajero inerme quien, también semi aturdido por la golpiza anterior, se mantenía de pie junto a la pared.

Los testigos presentes que declararon más tarde ante la policía – vale decir, el resto del personal de la sucursal Huelén – no atinaban a explicarse como fue que, a esa corta distancia, el terrorista errara su primer tiro. Pero enseguida los otros cinco gruesos proyectiles impactaron al cajero en su vientre, en una zona que abarcó desde el ombligo al pubis. Pero el hombre, increíblemente, no cayó. Quizás si porque en ese momento se apoyaba en la pared contra la que había sido acosado.

Los asaltantes – siempre vociferando insultos – tomaron entonces a su maltratado jefe y llevándole casi en vilo, sangrando de la boca, abandonaron el recinto. Su botín consistió en un artefacto metálico de seguridad, portátil, del tamaño de una caja de zapatos, conteniendo una magra suma en efectivo.

El jefe administrativo de la sucursal procedió en ese instante, mientras el resto de sus compañeros se apresuraban a socorrer al baleado, a cumplir las pobres instrucciones vigentes a esa fecha para tales eventuales contingencias: llamar de inmediato a una ambulancia, así como dar aviso a las autoridades del Banco y a la policía. Poco más habría podido hacer en esos momentos, en verdad.

Renato – y nunca he podido explicarme la razón de ello – fue trasladado por sus afligidos compañeros al baño del personal de la sucursal. Quizás porque había disponibilidad de agua allí, aunque tampoco ellos se explicaban más tarde la razón de ese traslado. Como fuere, el herido insistió en hacerlo por su propio pié, pero ya en el lugar, sus piernas aflojaron y cayó al piso. A poco, perdió la conciencia. Los cinco proyectiles de .38 de pulgada habían atravesado su cuerpo por debajo de la línea del diafragma, perforando numerosas asas intestinales y la vejiga, pero sin tocar – según se comprobó en el quirófano – vasos importantes que pudieran haber causado una hemorragia fulminante. Tampoco la columna vertebral. En esos momentos, el contenido de sus intestinos y vejiga se vertía inconteniblemente en las serosas de su cavidad abdominal, infectando los tejidos. Y los vasos cercenados por las balas empezaban un sangrado continuo.

Yo detentaba entonces el cargo de elección popular de Secretario Nacional de la Federación de Sindicatos del Banco de Chile, formada por 14 organizaciones de base a lo largo del país. Una serie de episodios anteriores – aunque sin el cruento resultado del que recuerdo en estas líneas – había establecido un compromiso de la empresa para darme inmediato aviso de tales emergencias. Me correspondía actuar en tales casos, además de mi representación sindical, por mi cargo laboral en la recién creada Sección Bienestar.

Un llamado de la gerencia me alertó, pues, de lo ocurrido, unos 20 minutos después de que Renato Robinson fuera baleado. Me trasladé sin demora al lugar, a pié – a la carrera en verdad – desde mi escritorio, ubicado apenas a cuadra y media de la Sucursal Huelén, y llegué allí en los momentos en que una ambulancia de la Posta Central (bendita sea) se alejaba a toda sirena con el herido en su interior. Luego de recabar un breve informe de los alterados empleados que habían presenciado los hechos, y con la policía ya en el lugar, paré en la esquina un taxi que me condujo en breves minutos al edificio de la Posta, en la calle San Francisco con Diagonal Paraguay.

Tuve suerte. Uno de los equipos de cirugía mayor de emergencia de ese centro ya intervenía al herido en el quirófano, y en él participaban varios médicos conocidos. Mi hermano, entre ellos. Recibí, en consecuencia, información inmediata y contingente de todo el proceso en marcha, los pasos a seguir y el limitado pronóstico que se podía establecer a esas alturas.

La cirugía, primera de muchas en el futuro, se prolongó por varias horas. Había que ubicar cada perforación en los intestinos – y eran docenas de ellas – y suturarlas, además de clampear y luego también suturar todas las arterias sangrantes y venas cercenadas. Además de practicar la inevitable colostomía que dejaría al herido, si sobrevivía, defecando durante meses por un ano artificial. Y estaban, también los graves daños a la vejiga.

Quienes recuerden el caso del Papa Juan Pablo II, agredido en la Plaza San Pedro – en 1981 – con dos balas de 9 mm., que atravesaron sus intestinos, podrán imaginar el efecto de cinco proyectiles de mayor calibre impactando en la cavidad abdominal de un ser humano.

Fue una fortuna que tales proyectiles no alcanzaran el torso del cajero, por encima del diafragma. Habrían producido con mucha probabilidad daños en las vísceras allí ubicadas (hígado, pulmones, bazo, páncreas, estómago y corazón) y destrozado los vasos que las irrigan, desde luego. Y probablemente, como en el caso posterior de Jaime Guzmán E., en 1991, el estallido de alguna de éstas por efecto de la velocidad del proyectil, multiplicada por su masa, al producirse el impacto. Nada de eso había ocurrido, sin embargo, por mediación del ángel de la guarda de Renato Robinson. Eso pensaba en esas horas negras su esposa, una mujer de gran temple, y seguramente aún lo cree así.

Pero las lesiones eran de tal consideración, que se temió repetidamente por la vida de nuestro compañero en los meses siguientes, y tardaría después varios años en alcanzar una recuperación apenas suficiente para reasumir sus labores.

En esas iniciales horas tensas y angustiantes, mientras me ocupaba -comisionado especialmente por la Administración del Banco de Chile para ello – de atender y asesorar a la angustiada familia de la víctima, una rabia inmensa iba creciendo en mi alma. El mismo furor impotente que hacía rechinar los dientes de miles de trabajadores de la banca – no solo de aquellos del Banco de Chile – que seguían las noticias con ansiedad.

Veíamos el resultado de un acto demencial, inútil, que ponía a un padre de familia al borde de la muerte, o quizás la invalidez, para satisfacer el afán de aventuras de unos cuantos bomberos locos llamados a “salvar la Patria”. Pero salvarla disparando sobre trabajadores inocentes, desarmados y previamente intimidados. Así es más fácil, desde luego, y vaya que combatientes tan valerosos los muchachos del MIR.

Un detalle, informado por los testigos a ambas policías y al Ejército, entibiaba sin embargo mi corazón. Renato, con su violento derechazo, había provocado lesiones visibles en el rostro del jefe de los asesinos. Varios empleados de la sucursal asaltada concordaban en ello. Llevado casi a hombros por sus cómplices, su boca lucía rota, seguramente con un labio partido, y sangraba en consonancia. La policía, pues – y también el aparataje militar anti terrorismo, según sabría luego – buscaba en cada rincón de Santiago a un sospechoso con descripción clara y una herida notoria en su boca por golpe de puño. Ya era algo.

Recibí en esos días, en ausencia del Presidente de la Federación de Sindicatos del Banco de Chile, la solidaridad y el apoyo expresado por escrito de todas las organizaciones sindicales bancarias del país, agrupada en la llamada Federación Bancaria. El propio Directorio de esa Federación se hizo presente en la Posta Central, y luego en la Clínica SantaMaría, así como en mis oficinas sindicales, proponiendo movilizaciones de los trabajadores y actos públicos de repudio al atentado criminal. Ilusiones, desde luego. Regían las limitaciones del toque de queda vigente, y sólo recibimos la negativa expresa de la autoridad militar.

Trascurrieron a continuación días de tensa espera, en que la vida de mi cuasi-ejecutado compañero pendía de un hilo, y la indignación de los trabajadores de la banca crecía y se iba haciendo cada vez más densa y más oscura.

Y entonces, el sábado 5 de octubre, al cumplirse diez u once días de los sangrientos sucesos, la buena noticia nos llegó a través de la prensa y la TV, inicialmente. Y el siguiente lunes, mediante confirmación directa de la Intendencia de Santiago: el autor del cobarde crimen, acorralado en una casa de calle Santa Fe de la Comuna de San Miguel, al sur de Santiago, había presentado resistencia, pereciendo luego en la refriega. Se trataba del líder mirista Miguel Enríquez. Sus cómplices huían y estaban siendo cercados.

El asesino cobarde y ventajoso muerto a tiros, formidable!!!

Vaya explosión de júbilo entre los trabajadores del Banco de Chile y toda la banca nacional. Saltábamos y nos abrazábamos como locos en nuestros puestos de trabajo. El asesino cobarde y ventajoso muerto a tiros. Formidable.

El suceso se presenta por el MIR en Internet, hoy, como un motivo de dolor y pesadumbre para el pueblo chileno, pero la verdad es muy distinta. Al menos los trabajadores bancarios y nuestras familias, mas el mundo civil inmediato que nos rodeaba, estábamos, simplemente, ebrios de alegría.

Debimos postergar, sin embargo, toda celebración formal de tan grata nueva durante más de una semana. Hasta que finalmente, el día sábado 20 de octubre de 1974, unos 350 dirigentes sindicales y delegados del personal de todos los bancos comerciales de Santiago y localidades cercanas, más algunos invitados de la Administración, nos reunimos para ese efecto en el Estadio del Banco de Chile (Vitacura). La convocatoria era clara, y procedimos allí a cenar y libar – de “toque a toque” como exigía la coyuntura – animada y extensamente en celebración del exterminio de uno de los “perros asesinos de empleados bancarios desarmados”. Recuerdo muy bien el concepto porque lo repetimos muchas veces a lo largo de esa noche.

Lo entendíamos entonces, y lo entiendo así hasta hoy, como el exterminio sanitario de una plaga peligrosa, letal para la gente decente y de trabajo. E inerme.

Como broche de oro, pudimos comentar allí – por infidencia especial hecha desde el gobierno a nuestra gerencia, bajo reserva – que efectivamente los restos del fallecido en calle Santa Fe presentaban la evidencia de un serio golpe en su boca, en proceso de cicatrización.

Se fue de este mundo con un magistral “combo en el hocico” !!!!!!!!!!!!!!!!

Así pues, dedujimos, el extremista abatido – nada menos que el mentado Enríquez Espinoza – se había marchado de este mundo con la huella de un magistral “combo en el hocico” propinado por uno de los nuestros al momento de ser torturado. Detalle genial para los que allí celebrábamos, consistente y muy adecuado a nuestro creciente odio hacia los asesinos terroristas.

El nombre de Miguel Krassnoff Martchenko no nos era conocido entonces, ni salió para nada a la luz en esas fechas. La carta que, en mi condición de Presidente subrogante de nuestra Federación de Sindicatos envié al Intendente de Santiago, agradeciendo el feliz resultado del procedimiento militar-policial que eliminó al líder agresor de nuestro compañero de labores, no mencionaba a ese oficial de Ejército.

Me enteré de su existencia y participación en el procedimiento y choque de calle Santa Fe muchos años mas tarde, y hoy le expreso aquí – como hubiera querido hacerlo entonces – mi reconocimiento por su valor y decidida actuación el día 5 de octubre de 1974. Salvó – no tengo duda de ello – vidas de empleados bancarios, o quizás de otras empresas, que habrían sido muertos en sus puestos de trabajo por la mano demente y criminal del MIR.

  1. Memoria viva
  2. radiosantiago.cl/La verdad sobre Miguel Enríquez, el mirista homenajeado por el Rector de la Universidad de Chile

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