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La Quintrala

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La Quintrala
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Presentación

Uno de los pocos registros gráficos de Catalina de los Ríos y Lisperguer, conocida en su época y todas las posteriores como la Quintrala. /Foto: El Mercurio
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Catalina de los Ríos y Lisperguer, más conocida como La quintrala (Santiago, 1604 -† 16 de enero de 1665), fue una terrateniente chilena de la época colonial, famosa por su belleza y la crueldad con la que trataba a sus sirvientes. Se convirtió en un ícono del abuso y la opresión coloniales. Su figura, fuertemente mitificada, pervive en la cultura popular de Chile como el epítome de la mujer perversa y abusadora. Catalina era hija del matrimonio formado por el noble español Gonzalo de los Ríos y Encío con Catalina de Lisperger y Flores.

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Contenido

Ascendencia paterna.

Gonzalo de los Ríos era un encumbrado terrateniente de la sociedad colonial santiaguina ostentando el grado de general del Real Ejército, Maestre de Campo y que ejerció el cargo de Corregidor de Santiago en los años 1611, 1614 y 1619. Era además dueño de una próspera Hacienda en Longotoma, dedicada al cultivo de la caña de azúcar y trabajaba con esclavos de raza negra. Además poseía plantaciones en el Valle de La Ligua dedicado a cultivo de frutales y viñas, y otra hacienda en Cabildo llamada El ingenio.

Ascendencia materna.

Catalina de Lisperguer y Flores y su hermanos eran terratenientes poseedores de estancias en Santiago y alrededores. Eran hijos del conquistador alemán Don Pedro Lisperguer,llegado a Chile como parte del séquito del gobernador don García Hurtado de Mendoza en 1557 y de Doña Águeda Flores,hija a su vez del conquistador Bartolomé Flores y de Elvira de Talagante,princesa Inca.

1626

Las citadas hermanas tenían además como hermano consanguíneo a Juan Rodulfo de Lisperguer y Flores, muerto en la batalla del fuerte de Boroa en 1626.

1605

Estas habían sido acusadas de envenenar al gobernador Alonso de Ribera en 1605, por despecho. María de Lisperguer, quien tenía a su vez otro cargo de asesinato, fue expulsada a Perú después del intento de envenenar al gobernador. Catalina permaneció en Chile y tuvo dos hijas de don Gonzalo: Águeda -casada con el oidor de Lima, Blas de Torres Altamirano.

Infancia y juventud

La Quintrala creció en el seno de una familia de ricos terratenientes; tanto los De los Ríos como los Lisperguer eran familias de renombre en la sociedad santiaguina del siglo XVII. Sin embargo no recibió una buena educación y fue semianalfabeta hasta su muerte. Catalina quedó al cuidado de su padre y de su abuela.

El apodo de La Quintrala es probablemente una desviación del diminutivo de su nombre de pila, Catrala o Catralita. Sin embargo, otra teoría dice que el sobrenombre proviene del hecho que azotaba a sus esclavos con ramas de quitral (Tristerix spp.), una planta parásita autóctona de flores rojas. Cabe destacar, por otra parte, que Catalina era pelirroja. Magdalena Petit sostiene en su libro La Quintrala que este nombre proviene del quintral, haciendo un símil al color de su cabello.

Catalina llegó a ser una beldad, de tez blanca, elevada estatura, cabellera pelirroja e intensos ojos verdes, de una combinación genética entre sangre amerindia, española y alemana, que le habían otorgado notables atributos físicos "que la hacían muy atractiva a los hombres'", según las crónicas del obispo Francisco González de Salcedo (1622-1634). En un ambiente muy sobrecargado por las intrigas, las ambiciones, los odios y las pasiones, se fue formando el carácter de la joven Catalina.

Se dice que una de sus tías la acercó a las prácticas paganas de la hechicería, con su abuela Águeda Flores, nieta de Tala Canta Ilabe, gobernador inca de Talagante.

1622

Una de las primeras acusaciones que se hicieron en su contra fue la de haber asesinado a su propio padre, Gonzalo de los Ríos y Encio, envenenándolo con una cena preparada por ella misma. Esto debió haber sucedido cuando su padre se encontraba enfermo en cama en 1622 y ella tenía escasos 18 años. Pese haber sido reportado el crimen a las autoridades por la hermana de su padre, nunca fue procesada, ya fuera por falta de pruebas o por las influencias con las que contaba su familia.

1626 Matrimonio

Su abuela Águeda Flores, quien desde la muerte de sus padres era su tutora, como una forma de que su nieta tomara mejores vías, buscó a un hombre con quien casarla ofreciendo una generosa dote. La novia llevó al matrimonio 45.349 pesos, suma bastante cuantiosa en aquella época.

En septiembre de 1626, a los 22 años, Catalina contrajo matrimonio de conveniencia con el soldado español con el grado de coronel con sucesión en Maule, don Alonso Campofrío de Carvajal y Riberos de 42 años, cuya familia era descendiente de los Condes de Urgel y la Casa de Barcelona. Este inmediatamente comenzó a ascender en cargos públicos, reemplazando incluso a algunos parientes de Catalina, como a Rodolfo Lísperguer en el cargo de alcalde. El cura que los casó fue Pedro Figueroa; la leyenda dice que Catalina jamás se lo perdonó e intentó asesinarlo, aunque según otra versión ella se habría enamorado del religioso, a quien habría acosado hasta el cansancio sin resultados.

1627

Al año siguiente de su matrimonio, Catalina da a luz a su primer y único hijo, Gonzalo, quien murió cuando contaba con 8 o 10 años de edad.

1628

Aproximadamente en 1628 muere su hermana en el Perú, y Catalina se convierte en la dueña de gran parte de las tierras que pertenecían a Águeda en Chile.

Según el historiador Benjamín Vicuña Mackenna,[1] el esposo no era ajeno a las costumbres despiadadas de su mujer; fue benigno con ella y la amaba. Ella le tuvo en gran aprecio pero nunca llegó a amarlo.

1647 Terremoto

Su nombre cambió popularmente de Señor de la Agonía al de Cristo de Mayo en 1647 cuando el día 13 de mayo se produjo un violento terremoto que asoló a toda la Capitanía General de Chile, destruyendo ciudades enteras. Todo Santiago cayó al suelo exceptuando parte de la Iglesia de San Francisco y algunos muros de la Iglesia de San Agustín incluyendo la que sostenía al Señor de la Agonía.

Cristo de Mayo

Cuando el Obispo agustino Gaspar de Villarroel se dio cuenta de que el sismo provocó que la corona de espinas del Cristo se desprendiera y bajara hasta su garganta, trató de sacársela, sin embargo vino una fuerte réplica, luego trató nuevamente de sacar la corona y se produjo otro fuerte temblor, razón por la que desistió de sacar la corona, quedando hasta el día de hoy en su cuello, ante esto ordenó organizar una procesión por la ciudad y pasear la milagrosa imagen en procesión. Desde esa fecha en adelante se realiza el día 13 de mayo de cada año, una procesión llevando la reliquia por el centro de la ciudad, para conmemorar los hechos que le dieron fama.

Su dueña La Quintrala

Existe una leyenda que dice que la escultura perteneció a Catalina de los Ríos y Lisperguer, quien tenía por costumbre azotar brutalmente a sus esclavos y empleados, además de cometer otras fechorías.

Según escribió Benjamín Vicuña Mackenna en "Los Lísperguer y la Quintrala", existen dos versiones de la historia:

  • La primera, la que dice que en alguna ocasión, Catalina percibió mientras azotaba a un peón, que la imagen del Cristo de la Agonía la miraba tristemente. Contrariada por tal situación ordenó que la imagen fuera lanzada por una ventana, mandando a retirarla porque "no soportaba a hombres que le pusieran mala cara en su casa".[2] [3]La historia cuenta que los religiosos agustinos del Templo de Nuestra Señora de Gracia, vecinos a la casa de la Quintrala (actual Galería Imperio en las calles Agustinas con Estado), recogieron la imagen abandonada y la colocaron en uno de los altares laterales, donde se mantiene hasta la actualidad.

También cuenta la leyenda, que su dueña, acusada por alguno de los delitos cometidos, le prometió al Cristo que si la salvaba de la prisión le encendería todos los días de su vida dos velas de una libra. La historia señala que fue absuelta de la acusación, y Catalina cumplió cabalmente su promesa.

Sin embargo, de acuerdo a los archivos históricos y crónicas de La Provincia Agustina de Nuestra Señora de Gracia de Chile, la escultura "Señor de la Agonía" fue colocada en el Templo Nuestra Señora de Gracia, donde permanece hasta hoy.

Iglesia de San Agustín donde se encuentra el Cristo de la Agonia en Santiago de Chile

1654

Catalina quedó viuda, con lo que retomó el control total sobre las tierras y negocios que compartía con su esposo, Alonso Campofrío.

1662

En enero se inició un nuevo juicio en su contra por diversos abusos y crímenes cometidos en contra de sus esclavos. Ese mismo año muere Jerónimo de Altamirano, su sobrino, y ella misma enferma.

1665 15 de enero

A partir de entonces, su salud irá deteriorando de forma paulatina hasta su muerte. En su testamento, fechado el 15 de enero de 1665, Catalina ordenó y dejó pagadas misas tanto por su alma como la de sus seres queridos, así como por quienes habían vivido bajo su encomienda, en el Templo de San Agustín, además de instituir diversas capellanías, entre las cuales se cuenta la instaurada en favor del Cristo de Mayo —escultura que, según la leyenda, habría pertenecido a ella y de la que se habría liberado porque la miraba con reproche— y así mantener la procesión expiatoria anual los días 13 de mayo. Otra suma menor fue destinada para ayudar a familiares y amigos.

† Su muerte 1665 el 16 de enero

Murió el 16 de enero de 1665 a la edad de 61 años, temida y mitificada en vida, sola y despreciada por todos, en su propiedad santiaguina contigua al templo de San Agustín. Su funeral fue fastuoso y fue sepultada, como era tradición en la familia Lisperguer, en el Templo San Agustín, sin que se sepa exactamente donde está su tumba.[4]

Según las crónicas de Benjamín Vicuña Mackenna, muchos de los bienes fueron rematados y la propiedad quedó abandonada durante años, debido al miedo que tenía la gente superticiosa de tener relación alguna con la Quintrala.

Pasó a la historia como una de las mujeres más crueles y poderosas de su época. Cabe consignar que, tres años antes de su muerte, Catalina dejó establecido por un testamento que a la fecha de su fallecimiento se le vistiera con el hábito de San Agustín, y ser enterrada en el templo de esa orden.

Sus deseos fueron cumplidos y los funerales se realizaron con ostentosa pompa que incluyó mil cirios para la iglesia. Adicionalmente, se le dijeron 20 mil misas, y ya inhumada, se oficiaron mil misas más, y otras 500 por las almas de sus víctimas. Se dice que la Quintrala era hermosa, alta de ojos verdes y pelo rojo, como el “Quitral", hija del español Gonzálo de los Ríos y Encío y de la mestiza Catalina Lisperguer Flores.[5]

Legado

El carácter de la Quintrala ha dejado marcas permanentes en la memoria y la tradición chilena. Numerosas obras de literatura y teatro, amén de una película y dos telenovelas han sido creadas sobre su persona. Las obras listadas a continuación son sólo algunas de las muchas que han sido creadas en torno al personaje de La Quintrala.

Tapa libro "Los Lisperguer y La Quintrala" de Benjamín Vicuña Mackenna La Quintrala. [6]

Duendes junto a "La Quiltrala" en la leyenda colonial

Los duendes no sólo se le aparecen al populacho. Se decía también de la familia de doña Catalina de los Ríos y Lisperguer, que habrían tenido pacto con un malvado duende que vivía en su casa y que salía a aterrar otras residencias de Santiago, en el siglo XVII.

El halo de misterio y temor que rodeaba a esta mujer y a su familia no podía quedar exento de hospedar, también, a estos espantos enanos. Pese a la protección y casi complicidad que llegó a tener la iglesia con las fechorías de la controvertida familia, en una carta del Obispo de Santiago, don Francisco de Salcedo, dirigida al Consejo de Indias desde Santiago, con fecha 10 de abril de 1634, leemos lo siguiente sobre la abuela de "La Quintrala":

"Tuvieron a las hijas de doña Agueda de Flores en esta república por encantadoras, como se experimentó por un duende que en su casa alborotó toda esta tierra con quien decían tenían pacto".

Estas historias, que podrían pasar por burdas, sin embargo son mencionados por autores de reputación, como don Benjamín Vicuña Mackenna en "Los Lisperguer y la Quintrala" (1877) y don Miguel Luis Amunátegui en "El Terremoto del 13 de mayo de 1647" (1882), atribuyéndolas tanto al temor supersticioso de la chusma como al odio generalizado de la sociedad colonial contra los Lisperguer.

Como la casa de "La Quintrala" en Santiago permaneció por largo tiempo abandonada y oscura, siguió cultivando la imaginación popular sobre sus extraños moradores de otro mundo. El descubrimiento de su famoso "sótano" y las historias de misterio y fenómenos paranormales que todavía se reportan allí le darán empleo por largo, largo tiempo más, a los duendes que alguna vez la habitaron.

José Zapiola escribe sobre los duendes de La Quintrala

El siguiente caso es el reporte de uno de estos "duendes" denunciados por la credulidad popular en pleno período de la Patria Vieja, descrito por don José Zapiola en su obra "Recuerdos de Treinta Años. 1810-1840". Aparece en las páginas 79 y 80 de la edición de editorial Zig Zag. Es tan claro y completo que resultaría de todos modos un plagio el intento de reproducir toda esta interesante información bajo el disfraz de las palabras propias. Dice:

José Zapiola Cortés (Santiago, 1802-ibídem, 1885) fue un compositor y político chileno, destacado por su aporte a la cultura de la ciudad de Santiago

"El duende era otro personaje de distinta especie, que, según algunos escritores contemporáneos, especialmente Görres, no es tan inverosímil como se cree generalmente. El último de que nosotros oímos hablar se manifestó entre los años de 1811 y 1812.

Antes de construirse en la antigua Alameda la Cancha de Gallos y los edificios más al poniente, que principian con la casa y jardín que fueron del señor don Diego Benavente, había un gran espacio en aquella situación, donde hacían ejercicio las tropas. Allí vimos por primera vez al general Blanco, recién llegado a Chile e incorporado a nuestro ejército, año de 1814, con el grado de sargento mayor de artillería. Se ocupaba esa vez en hacer ejercicio de fuego con un mortero, cuyas bombas caían a cierta distancia de ese mismo lugar. Allí también concurría la gente con un objeto muy diferente. Se daban misiones. En ese lugar las dio el célebre padre Silva, después del terremoto de 1822.

La calle de las Monjitas concluye por el oriente en la que atraviesa el cerro de Santa Lucía en dirección al río, que ahora se llama de Tres Montes. Al principiar la cuadra que sigue al oriente, y pasando la casa de la esquina, se encuentra enseguida la número 34.

En esta casa apareció el último duende, que tanto alboroto causó en Santiago en la época que hemos dicho. Vivía en ella el “guarda mayor” de las tiendas, don Francisco González, español desterrado en 1818 a Mendoza, donde murió.

Hizo tal ruido aquel duende, que por espacio a lo menos de veinte días, desde que empezaba a oscurecer, principiaban a reunirse los curiosos en tanto número, que apenas podía contenerlo el inmenso espacio que ahora ocupan los edificios antes mencionados.

La operación esencial de los duendes era arrojar piedras, no tanto a las personas, cuanto a las puertas, ventanas y muebles de las casas que se proponían atacar, buscando siempre el modo de hacer ruido. La casa mencionada, de resultas de esto, se cerraba desde antes de anochecer; lo que daba al asunto cierto grado de certidumbre. Las pedradas en el interior de la casa eran incesantes. El duende se proveía de piedras sacándolas principalmente del tercer patio de la misma casa. A las inmediaciones había un bodegonero, ño Chena, que de cuando en cuando se acercaba a la puerta de calle con un cigarro encendido, diciendo a los que allí estaban: “Voy a poner el cigarro en el agujero de la llave: si hay duende, debe soplar”. Efectivamente, cada vez que hacía esta prueba, se veía chispear el cigarro y nadie dudaba de lo concluyente del silogismo de ño Chena.

Los dueños de casa, a quienes este hecho llegaba desfigurado, no le daban ningún crédito y creían que era travesura del bodegonero. Estaban en vísperas de desalojar la casa, a pesar de no encontrar quién quisiera arrendarla, cuando sucedió que un ama de leche, dirigiéndose una noche al segundo patio, vio que otra criada, de quien ya sospechaba, que iba delante de ella y que se creía sola, tiró una pedrada al farol que alumbraba el pasadizo. Esto lo descubrió todo, y el duende no era nadie más que una criada, ayudada de otra, como subalterna.

El duende, a quien vimos ya viejo una sola vez hace muchos años, murió poco ha en casa del señor don Santiago Portales, convertido en una excelente criada, apreciada por este caballero, como lo merecía por sus buenos servicios.

Si el señor Portales no lee este libro, es seguro que seguirá ignorando que la criada a quien tanto protegió es el duende que hace sesenta años hizo tanto ruido".

Fuentes y Enlaces de Interés

  1. Vicuña Mackenna, Benjamín. Los Lisperguer y La Quintrala (Doña Catalina de los Ríos). Episodio histórico-social con numerosos documentos inéditos. 2ª edición aumentada y corregida. Ediciones de la Imprenta de El Mercurio, Valparaíso - Chile, 1877
  2. La Página de los Cuentos (7 de noviembre de 2006). «Sobre el Cristo de Mayo, I Parte». Consultado el 20-06-2008
  3. youtube/Serie de TV Chilena:La Quintrala ordena sacar al cristo de Mayo
  4. Poder y hechicería. Notas sobre la figura de Catalina de los Ríos y Lisperguer, Jaime Riera Rehren/PDF/Cons.19jul 2015
  5. emol/Recuerdan los 345 años de la muerte de la Quintrala/Cons.30 oct. 2014
  6. Benjamín Vicuña Mackenna, Los Lisperguer y la Quintrala, Ed. Francisco de Aguirre, Santiago, 1972 (Primera edición, 1877)
  • Testamento de Doña Catalina de Los Ríos y Lisperguer
  • Archivo Histórico de la Provincia Agustina Nuestra Señora de Gracia de Chile. Los archivos se encuentran en el Convento de Nuestra Señora de Gracia, Santiago de Chile. Santiago de Chile. 1595-2009.
  • Universidad de Chile (2003). «Fuentes documentales y bibliográficas para el estudio de la historia de Chile».

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