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Batalla de Chorrillos, Después de la Batalla

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Batalla de Chorrillos, Después de la Batalla
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III Historia de la la Batalla de Chorrillos por Eduardo Hempel

Corresponsal del Periódico El Ferrocarril de Santiago

Chorrillos III Después de la Batalla

Apenas las indecisas vislumbres de la nueva aurora rasgaban el plomizo y opaco manto de neblina que cubría el horizonte y las primeras claridades del día 14 permitían distinguir los objetos nos dirigimos a recorrer el Morro en compañía del comandante Pinto Agüero y del capitán Ferreira que estaba de guarnición en el fuerte.

Todo el piso, todas las entradas e inmediaciones de las trincheras estaban sembradas de bombas automáticas, cuyos delgados estopines sobresalían como una cerilla de la superficie del suelo, prontas a hacer estallar el pycrato de potasa a la más ligera presión. Para evitar desgracias se habían apostado centinelas en los puntos más peligrosos, a fin de que los soldados no pasaran por esos parajes y cometieran alguna imprudencia.

Como ya lo he dicho, todas las cimas y quebradas de esa inmensa mole de granito estaba tapizada de cadáveres enemigos y algunos nuestros, de rifles Peabody o Remington, de cañones y ametralladoras de distintos sistemas, de prendas de equipo, de toda clase de arreos militares y pertrechos de guerra. La confusión en los momentos de la derrota debió ser inmensa entre los peruanos y grande su pánico, pues arrojaron sus armas como si les quemaran las manos y ni siquiera pensaron en clavar sus piezas de artillería o inutilizar sus mortíferas ametralladoras.

Debieron huir despavoridos, desatentados ante tan tremendo golpe dado a su soberbia, presas de un vértigo espantoso ante el insondable abismo que por su insensatez habían ellos mismos abierto a sus pies, y como si espada flamígera cayera iracunda sobre sus cabezas para castigar su presuntuosa vanidad, sus infamias, sus envidias, sus criminales y negras maquinaciones contra Chile.

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El Morro Solar, por su configuración, sus escarpas, sus quebradas y desfiladeros, tiene mucho del célebre Morro de Arica. Cortado a pique por el lado del mar, donde presenta profundas anfractuosidades y rocas que azotan furiosas las olas, se extiende, como el de Arica, hacia el S.S.E. defendiendo la bahía de Chorrillos por ese costado.

A sus faldas nace la planicie en que antes se levantaran los suntuosos ranchos que componían la renombrada villa de Chorrillos, el edén de encantos y dulces misterios en que lánguidas y muelles hijas del Rímac pasaban los calores del estío, mecidas en blandas hamacas o recostadas en ricos y sedosos divanes, o entregando sus delicados y mórbidos cuerpos a las azuladas ondas del mar que jugueteaban con sus perfumadas cabelleras.

El cerro que como un centinela custodiaba por el S.O. tanta belleza y tanta molicie, habíase convertido en una ciudadela erizada de cañones para defender aquella joya tan preciada de los magnates limeños contra los soldados chilenos. Las lujosas moradas, asilo en que se cobijaban soñadoras y voluptuosas hadas, y se desarrollaban romanescas leyendas y tiernos idilios de amor, o las negras tragedias de los juegos de azar, se habían transformado en castillos que ocultaban dentro de sus murallas a extraviados e insensatos caudillos que no hacían sino precipitar la ruina y la destrucción de aquella Capua del Pacífico.

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En nuestra excursión alcanzamos hasta la cumbre que más se avanza al S.E., y que no es otra cosa que un elevado y sólido contrafuerte, coronado por una batería de cañones. En cierta manera viene a ser algo como el fuerte Ciudadela de Arica, pero más escarpado.

Por una de sus empinadas faldas sube un camino o cuesta formando ángulos; pero inaccesible para un asalto por estar dominado por dos cañones y dos ametralladoras prontas a vomitar el plomo y la muerte contra los audaces que por allí se aventurasen. Sin embargo, el Valparaíso se trepó impávido.

Es imposible, recorriendo esas terribles crestas y quebradas, darse cuenta de cómo nuestro ejército ha podido dominarlas y ahuyentar aterrorizados a sus defensores. La imaginación, por más esfuerzos que haga, no alcanza a vislumbrar el valor inquebrantable, la abnegación sin límites, los esfuerzos heroicos desplegados por nuestro denodado y patriótico ejército.

Y a medida que visitábamos aquellos sitios, mudos testigos de tan grandes episodios, pasada ya la fiebre del combate y vuelta la calma a los ánimos, nuestra admiración crecía, y desde el fondo de nuestro corazón dábamos gracias al Dios de las batallas que había hecho resplandecer el derecho y la justicia, y a los hombres que, sin distinción de clases ni edades, habían hecho brillar tan alto la refulgente estrella de Chile.

Y no sabíamos qué admirar más, si la serena y apacible tranquilidad de los que sobrevivían, o la santidad del sacrificio de los que habían sucumbido como buenos en la lid.

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De regreso de nuestra excursión, y cuando el sol enviaba sus ardientes rayos sobre aquel campo de desolación y de muerte, los soldados preparaban su desayuno o se entretenían en la caza de prisioneros, sin hacer el menor daño a aquellos desgraciados. Por el contrario, compartían con ellos su escaso alimento.

Como siempre, valientes e implacables durante el furor del combate, generosos y compasivos con los caídos y vencidos.

Ya tenían reunidos más de 150 soldados peruanos que habían sacado de las sinuosidades rocosas de la playa, sin llevar siquiera una bayoneta para traerlos. Tal vez habrían creído indigno de ellos tomar sus rifles para esa tarea.

Entre los prisioneros recogidos se encontraban algunos oficiales como el capitán Luis Herrera y teniente Fabricio Elles de la Guardia Peruana, y Manuel Céspedes del Batallón Tarma número 7.

Todos ellos fueron enviados a juntarse con sus compañeros que estaban provisionalmente alojados en el espacioso edificio de la Escuela de Cabos.

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Y aquí debo consignar un incidente que no quiero calificar.

En la tarde del 13, un oficial y unos cuantos soldados del Regimiento Santiago conducían a los prisioneros tomados en el fuerte de Chorrillos, a cuya cabeza mandaban entre otros jefes y oficiales el coronel Carlos Piérola, el comandante Juan Fajardo, el mayor Antonio Bernales y los oficiales Eduardo Grellaud, Alberto Panizo, Ballena y tantos otros.

Al pasar frente a los coroneles Lynch y Urrutia, comandantes Dublé y Bascuñan y algunos oficiales chilenos que se habían sentado cerca del cuerpo de guardia que mandaba el subteniente Eduardo Wenzive, los soldados peruanos, espontáneamente, sin que ninguno de los nuestros le hiciera la menor insinuación, prorrumpieron en vivas a Chile.

De este hecho, que para alguien pudiera parecer inverosímil, fuimos testigos con los jefes antes nombrados.

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Poco después que el coronel Amunátegui envió los prisioneros tomados en la mañana, recibió orden de ponerse en marcha con su brigada para acamparse en el camino de Chorrillos a Lima, orden que puso en ejecución tan pronto como la tropa se hubo desayunado.

Descendimos el ancho camino que serpentea a la falda del Morro por el lado de la población, y que, con la cuesta artillada de que hemos hecho mención, son los únicos puntos por donde puede subirse a la cumbre.

Por este camino habían subido los peruanos las pesadas piezas de artillería que defendían sus posiciones, no alcanzando a hacer lo mismo con un inmenso cañón de a 500, que había quedado en una plazoleta cerca del muelle y la cureña a la subida del cerro. El acarreo de aquellas máquinas hasta colocarlas en su puesto, debió costarles esfuerzos sobrehumanos.

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La Brigada Amunátegui, atravesando una parte de la población, siguió su marcha por el camino del ferrocarril de Chorrillos a Lima que corre paralelo con la vía carretera y fue a acamparse con la otra brigada de la división en unos potreros de la izquierda a pocas cuadras de Barranco. Los demás cuerpos del ejército chileno habían levantado sus campamentos a derecha e izquierda del citado camino, encontrándose más avanzada la División Lagos y a nuestra derecha la División Sotomayor.

Parte de la artillería estaba en la estación, parte con las divisiones respectivas y algunas secciones en los fuertes, como la batería Ferreira en el Morro.

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Detengámonos por algunos momentos en la población de Chorrillos. El incendio continuaba en su obra de devastación, propagándose de casa en casa, de calle en calle.

No hace muchos años, Chorrillos no era sino una miserable aldea de pescadores, contando apenas con unas pocas y miserables cabañas diseminadas en las faldas de los cerros. Allí acudían en la estación de verano algunas familias de Lima, atraídas por las limpias y tranquilas aguas de la ensenada.

Poco a poco el pobre lugarejo fue haciéndose de moda y comenzaron a construirse algunas casas. En esa época vino aquella lluvia de oro, producida por guano de las Chinchas y los empréstitos de millones de millones. Como por encanto, levatáronse hermosos edificios adornados con estatuas, verjas y jardines y de todos los estilos arquitectónicos, a los que se dio el nombre de ranchos, arranque de fatuidad, nacido de aquel torrente de oro que a todos cegaba.

En pocos años Chorrillos fue el punto obligado de reunión de las familias opulentas del Perú. Todos tenían o querían poseer un rancho más lujoso que el vecino; y la miserable aldea de pescadores se convirtió en un lugar de placeres, donde dominaban como señores absolutos la moda, el fausto, la ostentación.

Dos magníficos bulevares corrían paralelos de la estación al mar, bordeados de árboles y ostentando en ambas aceras edificios más o menos recargados de adornos, más o menos pretenciosos; pero sin la elegancia, sin la esbeltez de las preciosas quintas de Viña del Mar.

Fuera de esas dos avenidas, las demás calles de Chorrillos son angostas y tortuosas, y, como todas las de las ciudades del Perú que hemos visitado, polvorosas y desaseadas, luciendo en cada esquina, en lugar de la escuela o el taller, la pulpería o la fonda ahumada y sucia de los chinos.

La plaza, aunque pequeña, es bonita y tiene hermosos jardines.

A orillas del mar se levanta un extenso malecón, construido, si no nos equivocamos, durante la administración Balta, adornado con un quiosco, estatuas de mármol y una elegante balaustrada. Desde el quiosco, se baja a los baños por una rampa muy pendiente de madera cubierta por un techo del mismo material.

El conjunto de Chorrillos no es ni con mucho tan pintoresco como el del Versalles chileno. Allá domina un lujo pesado, sin gusto, sin elegancia.

Entramos a una de las más renombradas casas, el rancho del General Pezet, que en su parte exterior es casi igual a las dos o tres casas quintas construidas hace poco en la calle de la Catedral, como una cuadra al poniente de la acequia de Negrete.

En el interior se había acumulado cuanto puede hacer las delicias de un sibarita; pero en medio de ese esplendor se notaba algo que faltaba y ese algo eran los refinamientos del arte y del buen gusto.

De todas esas riquezas, de todas esas estatuas, de todo ese lujo oriental, hoy no quedan sino escombros y recuerdos. Todo ha sido devorado por las llamas, con excepción de tres o cuatro edificios, uno de ellos la escuela o Cuartel de Cabos que en la tarde del 13 servía de lugar de detención para los prisioneros peruanos y de hospital de sangre para los heridos.

Es un edificio de vastas dimensiones y construido con todo costo. Ocupa una área de terreno de más de una cuadra por cada costado, y consta de dos pisos dominados por azoteas, como la mayor parte de las casas de Lima.

Anchas escaleras de mármol conducen del primero al segundo piso, y uno y otro están circundados de galerías y corredores.

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La tarde del 13 y todo el día 14 fueron empleados en transportar los heridos y tomar las medidas convenientes a fin de estar listos para un nuevo ataque, pues se sabía que 5.000 y tantos hombres que había en Monterrico se habían replegado en Miraflores, donde Piérola había reunido la reserva y los restos de su ejército.

A pesar del rudo e irreparable golpe que había experimentado, el Dictador hacía concebir todavía a esas gentes ilusas e insensatas, no las posibilidades de una resistencia ni las probabilidades de un quimérico triunfo, sino una victoria completa y decisiva.

Y para mejor engañar a los suyos, hacía circular boletines, por medio de sus plumarios, anunciando el grande entusiasmo y la fe en el triunfo que dominaba a sus vencidas tropas.

Y mientras tan burdos embustes se hacía propalar, todo el campo de Chorrillos estaba sembrado de rifles y con los cadáveres de más de 4.000 peruanos; cerca de 2.000 prisioneros habían caído en nuestro poder; 49 cañones de diversos sistemas y calibre, 13 ametralladoras, banderas, armas, pertrechos, vestuario y cinco estandartes le habían sido arrebatados en sus mismos atrincheramientos y formidables fortificaciones.

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Y como decían que los solos batallones Guardia Peruana, Cajamarca y Ayacucho habían peleado contra todo el ejército chileno, veamos la verdad de las cosas.

Nuestro ejército fuerte de 23.129 hombres, -digamos 24.000- no había entrado todo en combate, sino una parte de él; mientras el ejército peruano, constante de 26 a 27.000 hombres, según nuestros informes y los obtenidos de los mismos jefes prisioneros, entró todo en pelea.

Y estos 26.000 hombres combatían detrás de trincheras, ocultos en los fosos, desde alturas inexpugnables para otros que no fueran soldados chilenos, con una gruesa artillería que dominaba toda la llanura y las subidas; mientras que nuestro ejército no llevaba más baluarte que sus pechos y su denuedo.

Agréguese todavía cuán inmensa es la diferencia que hay entre el que espera el ataque detrás de sus fortificaciones, defendido por espesas trincheras dominando las cimas, descansado, con todos los pertrechos a la mano y recibiendo refuerzos, y el que ataca a pecho descubierto, fatigado por una penosa marcha, sin dormir y trepando por pendientes escarpadas, y se verá que ese número de 26.000 se aumenta en la mitad por lo menos.

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Los estandartes tomados, he dicho que eran cinco, y lo fueron:

Uno por el Buín. Id. id. el Esmeralda. Uno por el 2º de línea. Id. id. el Santiago. Id. id. el mayor Stuven.

El tomado por el Esmeralda, que tuvimos ocasión de verlo, es una bandera peruana de riquísima seda. En el centro ostenta un escudo de oro bordado en relieve y adornado con piedras preciosas y este nombre bordado también en letras de oro: "Batallón Manco Cápac número 81". En el anverso un sol también de oro, y en derredor "Columna Voluntarios - Cazadores de Salaverry", y debajo del sol: "Obsequiado por la señora viuda del bizarro General don Felipe Santiago Salaverry".

El que tomó el Mayor Stuven en compañía de su hermano, pertenecía al Batallón número 1 de los Zuavos de Lima, y no es menos rico que el anterior.

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