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Ingrid Olderock

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  Ingrid Olderock   Bienvenido a Biografías  

Mayor de Carabineros

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Íngrid Felicitas Olderöck Benhard (c.1944-17 de marzo de 2001), conocida como «La mujer de los perros», fue una oficial de Carabineros, con grado de mayor, que en 1973 se convirtió en agente de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), responsable de violaciones a los derechos humanos durante los primeros años del Gobierno Militar.

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En una entrevista que Olderock dio en el living de su casa a Nancy Guzmán, la mujer no aceptó haber sido parte de las torturas, sino solamente haber realizado labores menores en los centros de tortura. Aceptó haber estado en Villa Grimaldi y Rinconada de Maipú y dijo no haber estado nunca en la Venda Sexy, el cuartel que se caracterizaba según los testimonios de los sobrevivientes, por la enorme cantidad de violaciones a los prisioneros y por una tasa de desaparición extraordinariamente alta, uno de cada dos detenidos.

La periodista recuerda que esa tarde dejó con horror la casa de la mujer después de hacerle la pregunta clave. Nunca más volvió investigar sobre ella hasta años después de que estuvo muerta. “- Versiones extrajudiciales sostienen que usted habría usado perros en las sesiones de tortura-dije, cuando me pareció que ya era tiempo de entrar en las preguntas que había ido a hacerle. -No. Eso es falso y ridículo. Los perros no se pueden entrenar para eso. Yo nunca torturé a nadie-me dijo sin inmutarse. La sentí, de pronto, demasiado cerca. Me pareció que me miraba con lascivia. Tuve urgencia de irme, apagué la grabadora, saludé y me fui, pensando que en otra ocasión podría presionarla más. Pero jamás volví”.

Walther Gustav Ernest Olderock Frank, padre de Ingrid, llegó desde Alemania en 1925 a Chile con un pasaporte del Deutsches Reich. Aún no cumplía los treinta años y era un hombre convencido de la supremacía alemana, y que cargaba con el resentimiento, al igual que muchos de sus compatriotas, por la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial. La madre de Ingrid Olderock llegó a Chile desde Alemania huyendo del hambre y el desempleo que siguió a la derrota germana en la guerra, al igual que su padre. “Fueron tantos los inmigrantes que llegaron huyendo del hambre y desempleo en Alemania, que en 1930 el Estado chileno les cedió terrenos agrícolas en Peñaflor, en las afuera de Santiago. Así se constituyó la colonia Peñaflor, a la que llegó a vivir la joven alemana Kreszenz Bernhard Zillner, junto a sus padres y a su hermano Juan”. El padre de Ingrid no vivió nunca en la colonia Peñaflor. Al arribar a Santiago consiguió trabajo en el diario alemán Cóndor, donde trabajó hasta el día de su muerte. El periódico funcionaba en la calle Agustinas, en el centro de la ciudad, y con el sueldo que recibía por sus labores compró una casa en Recoleta, y luego otra en Coventry, una calle de la comuna de Ñuñoa. Las circunstancias en que se conocen los padres de Ingrid Olderock son desconocidas. En 1932 Walther se casa con Kreszensz.

Al poco tiempo de matrimonio nace Hannelore Carmen, y dos años después, Karin. La menor de las tres hermanas, Ingrid Felicitas, nace en 1943. Las tres fueron criadas en un estricto sistema de crianza. No se les permitía salir a la calle, se les prohibía tener amigas chilenas, hablar en español y tener cualquier tipo de contacto con hombres. Recibían clases particulares en la casa. Ingrid Olderock le habla sobre la educación que recibió a la periodista Nancy Guzmán, en una entrevista que le realizó para su libro La mujer de los perros. “Crecimos aisladas. Mis padres eran de una disciplina alemana, no al lote como son los padres chilenos, que crían a sus niños dejándolos hacer de todo. En mi casa todo tenía que estar ordenado, o nos mataban. Ellos siempre nos enseñaron de acuerdo a como eran las cosas en Alemania”. Walther, el padre de Ingrid era un fervoroso adherente del nacionalsocialismo, a pesar de que este hubiera emergido tiempo después de que él emigrara a Chile. La familia al poco tiempo se cambió a calle Coventry en Santiago, cuando las hermanas eran aún pequeñas, y terminaron sus estudios en el colegio Suizo de Ñuñoa, donde se exigía el idioma alemán a tiempo completo.

En el año 1967 Carabineros de Chile abre por primera vez la inscripción de mujeres para su escuela de oficiales. Ingrid Olderock se inscribe y es aceptada por la institución. No le interesan las labores administrativas como a la mayoría de sus pares. A ella le interesa la acción. Es la Primera Mujer Paracaidista de Chile. Experta en equitación. Cinturón azul en judo. Practica tenis y montañismo. En una entrevista que le realizó la revista Flash de la época, se declara fanática del entrenamiento de perros. Para entonces ha ganado ya el segundo lugar en un concurso internacional con un pastor alemán al que llama “Beatle de la costa brava”. Es también experta en tiro. En la entrevista se define como una aventurera: “Si me dijeran: Teniente, tiene que ir a la luna, yo respondería: A su orden, mi capitán. Y voy”

Después del golpe de estado comandado por el General Augusto Pinochet contra el gobierno comunista de Salvador Allende, Manuel Contreras le pide a Ingrid Olderock que forme y se haga cargo de la brigada femenina de la DINA. Ella es quién contacta mujeres que han sido rechazadas al postular a la Escuela de Carabineros, las entrena durante meses, las dirige y las coloca en los cuarteles para que realicen labores operativas y de secretariado. Entre los requisitos que deben tener las mujeres está la buena presencia. Un grupo de ellas un tiempo después dará vida a un grupo de “damas de compañía”: amantes de militares y partidarios de la dictadura pagadas por el régimen, a través de las cuales Manuel Contreras recaba información y datos para alimentar de intrigas y posibles amenazas a Pinochet, método en el que basa gran parte de su influencia sobre el dictador.

Ingrid Olderock fue también instructora en Tejas Verdes, el cuartel de prisioneros a cargo de Manuel Contreras y laboratorio de tortura de la DINA. De esos tiempos data la primera denuncia respecto a la utilización de perros en violaciones por parte de Olderock, realizada por Nieves Ayres ante Naciones Unidas, poco después de salir al exilio en 1977. Su testimonio fue poco difundido y su contenido pasó a formar parte de la bruma de los mitos. “- Me violaron con perros. Alguien les daba instrucciones en español. Párate. Siéntate. En la piel me ponían cosas para que el perro lamiera. Los hacían que se me subieran por la espalda o por delante. Si el animal no estaba excitado, alguien lo masturbaba para que actuara. Yo sentía el pene del animal y había hombres que también se sumaban a la violación. Me insertaron botellas por la vagina, con ratas que me transmitieron toxoplasmosis. Era un estado de barbarie sin control, cada cual hacía lo que quería con nosotros”.

El poder de Ingrid Olderock parecía no tener límites por esos días. Era la protegida de Manuel Contreras, quién velaba por ella y la mantenía a salvo de sus adversarios al interior de la DINA y de algunos funcionarios de gobierno, que conocedores de sus aterradoras prácticas, presionaban para eliminarla del servicio. Ella se definía como nazi, igual que su padre. Se lo dijo a Nancy Guzmán, durante una de las entrevistas realizadas para el libro "La mujer de los perros": “Yo soy nazi desde pequeña, desde que aprendí que el mejor período que vivió Alemania fue cuando estuvieron los nazis en el poder, cuando había trabajo y tranquilidad y no había ladrones ni sinvergüenzas”.

A pesar de eso, el padre no aprobaba que Ingrid hubiera entrado a la escuela de carabineros, ya que creía que las mujeres debían estar en casa, dedicadas a las labores del hogar. Quizás este hecho biográfico aumentó la admiración que Ingrid Olderock ya sentía por la enfermera alemana Irma Grese, apodada en los campos de concentración por los que pasó como “el ángel de la muerte”, “bella bestia” o “la perra de Belsen”, conocida por dejar que los perros se lanzaran encima de las prisioneras para devorarlas. La enfermera alemana se hizo parte del partido nazi en la adolescencia, en contra de la voluntad de su padre, y luego, cuando él la rechazó, por llegar a su casa con el uniforme de la Liga de la Juventud Femenina Alemana, lo hizo encarcelar. “Era además una estudiosa del tema. En las fiestas de la época, mientras los agentes bebían hasta perder el control, ella se jactaba de su completa biblioteca sobre el tema….Nos decía que admiraba a la enfermera Irma Grese”, dice un ex fiscal militar que la conoció en los años ochenta y prefiere mantener en secreto su identidad.

La guerra de Ingrid contra su propia sangre no tardaría en desatarse, a medida que su poder creciera. La vecina dice que Hannelore, que sufría algún tipo de esquizofrenia, fue expulsada de la casa por Ingrid y que estuvo internada por años en un hospital psiquiátrico. Una de las pocas veces que Hannelore aceptó haber sobre Ingrid con la periodista, le dijo: “Esa siempre me dio la espalda”.

Quizás el ejemplo más aterrador de la naturaleza de Ingrid, está en el secuestro de su propia hermana Karin, que ordenó en el año 1975, cuando ésta volvió de Alemania para realizar la partición de la herencia cuando murieron los padres. “Los agentes de la DINA se habían presentado en Coventry 349 el 11 de agosto de 1975, diciendo que eran agentes de la Interpol, y se llevaron a Karin, según consta en los archivos de la Fundación vicaría. El tío de las Olderock, Juan Bernhard, hermano de la madre de Ingrid, presentó un recurso de amparo a favor de su sobrina. Un mes más tarde, el Ministerio del Interior envió un oficio confidencial a la Corte, informando que Karin había estado recluida en el centro de detención de Cuatro Álamos y en el de Pirque, y que luego había sido expulsada del país por decreto Supremo. Con esos antecedentes, la Corte rechazó el recurso de amparo y la justicia no investigó por qué detuvieron a Karin. Pese al relato del Ministerio del Interior, no hay evidencias del paso de Karin Olderock por Cuatro Álamos. En las organizaciones de sobrevivientes de Tres Álamos y Cuatro Álamos no hay referencias de su paso por allí.”

Las sospechas apuntan a que estuvo secuestrada en Colonia Dignidad, enclave alemán ubicado en el sur de Chile, que colaboró con la dictadura y sirvió como campo de prisioneros y de experimentación de armas químicas. La propia Ingrid Olderock habló del tema, según consta en el libro La mujer de los perros. “La propia Ingrid reconoció, cuando la entrevistamos, que ella misma la había denunciado, pues pensaba que el nazismo era la ideología más adecuada para resolver los problemas de la humanidad y no podía soportar que su hermana tuviera ideas distintas. Yo la fui a esperar al aeropuerto y ella venía muy cambiada. Me intentó sacar información, porque era del Partido Socialista y tenía la misión de obtener información de la DINA. Yo me di cuenta al tiro y empecé a investigar, y claro, era así”.

Según la versión de Ingrid, su hermana Karin la amenazó con quemar la casa y a raíz de ese hecho, le contó su problema a Manuel Contreras. El Mamo le dijo que solucionaría el asunto. Poco después la hermana de Ingrid fue detenida, torturada, violada y devuelta a Alemania. “Karin Olderock no presentó denuncia alguna en Alemania, aunque rompió relaciones para siempre con su hermana Ingrid y jamás volvió a Chile. Sólo siguió en contacto con Hannelore. Falleció de cáncer en 1995, en Alemania, y le dejó su parte de su herencia a Hannnelore, pues como todas las Olderock, no se casó ni tuvo hijos. Ingrid se quedó con la casa de Coventry después de que murieran sus padres. Allí siguió viviendo sola hasta el día de su muerte”.

Lo aprendido en Tejas Verdes, Ingrid Olderock lo aplicó a cabalidad en su recorrido por los centros de tortura de toda la capital. Y en su tránsito comenzó erigirse como una de las agentes más siniestras y despiadadas dentro de la siniestra institución. Una de las sobrevivientes de la Venda Sexy recuerda. “Entonces escuché la voz ronca de una persona que claramente daba las órdenes. Pensé que era un hombre, pero luego, cuando comenzó a cargarse sobre mí, me di cuenta de que era una mujer. Yo me imaginaba que me iban a violar, como en Villa Grimaldi, o cualquier otra cosa. Pero nunca imaginé lo que venía. No me di cuenta de que había un perro hasta que lo tuve encima”.

Los testimonios sobre las aberraciones a las que eran sometidas las prisioneras por Ingrid Olderock, y los militares del centro de tortura, se repiten. “Nos contó llorando que tenían un perro para violar a las mujeres y que lo llamaban Volodia, por Volodia Teitelboim, el escritor y dirigente del Partido Comunista. Era algo difícil de incorporar, porque no está en tu imaginario. La compañera que estaba más cerca de ella la abrazó y se produjo un silencio. Yo pienso que todas estaban como yo, pensando: “Esto me puede pasar a mí también”.

Todos los testimonios hablan del goce que experimentaban los torturadores con las aberrantes acciones que Olderock hacía realizar al animal. “Por la voz ronca de quien daba órdenes, pensé que eran un hombre, pero después supe que era la Olderock. Se escuchaban risas y chistes de muchos hombres. Por la algarabía que había alrededor, pensé que el subterráneo era un lugar amplio, pero ahora que he podido visitar esa casa me di cuenta de que era un cuarto pequeño, de unos tres metros por tres. Para esos hombres, esa inhumanidad era una fiesta, los excitaba, lo gozaban”.

Cuando en 1978 Augusto Pinochet se ve obligado a disolver la DINA, por las presiones del gobierno de Estados Unidos, luego del asesinato de Orlando Letelier en Washington, no sólo se acaban los tiempos de gloria para Manuel Contreras, sino también para sus protegidos. Pinochet crea un nuevo organismo represivo la CNI (Central Nacional de Informaciones), y pone a la cabeza de la organización al archienemigo de Contreras, Oldanier Mena. En este contexto, Ingrid Olderock es reasignada a cumplir funciones en los servicios de inteligencia de Carabineros (SICAR). Dentro de la institución se siente subvalorada e ignorada por el mando.

En 1981 dos desconocidos le disparan a quemarropa a la salida de su casa. Uno de los balazos lo recibe en el pecho, y el otro en la cabeza. Ingrid Olderock no muere. Mientras se recupera en el Hospital de Carabineros se realizan operativos que terminan con varios miristas detenidos. Sin embargo al despertar, Ingrid Olderock sostiene que el ataque ha sido planificado por los propios servicios de inteligencia, que desean castigarla por un supuesto intento de deserción. Apunta como responsable del ataque a uno de los jefes de inteligencia de Carabineros, Julio Benimelli. Hay testimonios que apoyan la idea que el atentado provino desde el MIR. “En La mujer de los perros, Nancy Guzmán incluye el relato de dos ex militantes del MIR que confiesan haber sido los autores del ataque, aunque al menos uno de ellos sospecha que el MIR estaba infiltrado por las agencias del régimen. Según esos testimonios, Ingrid Olderock llevaba, en el momento en que le dispararon, una carpeta con documentos que demostrarían que estaba negociando su salida del país con una organización socialista alemana, a cambio de entregar información sobre la DINA”. Aunque por otra parte también hay quiénes desestiman de plano esta versión. “Muchos desconfían de esto ya que no existe ningún registro sobre el supuesto intento de deserción de Olderock, y porque tampoco entregó información relevante a los tribunales de justicia, a pesar de que tuvo ocasión de hacerlo con el retorno a la democracia”.

Después del atentado Ingrid Olderock se retiró de Carabineros, pero, al parecer, no dejó de prestar servicios especiales para la CNI. El ex fiscal militar dice al respecto. “-Me consta que en el año 86, cuando la CNI estaba tras los militantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, se recurría a ella para ciertos servicios-dice el ex fiscal del Ejército, que en aquel momento, conducía investigaciones sobre militantes de izquierda como el FPMR, una organización armada, opuesta a la dictadura-.

A veces los agentes detenían a una mujer y con los métodos tradicionales no podían sacarle información. Entonces la iban a buscar. Ella llegaba con sus perros a una casa secreta en Ñuñoa, perteneciente a la Dipolcar, la Dirección de Inteligencia Policial de Carabineros. Eran pastores alemanes. Uno se llamaba Kayzer. Incluso les cortaba las garras a los animales para que no marcaran a las víctimas. Ella interrogaba a las prisioneras y emitía un informe que, una vez leído, se quemaba”. Según el fiscal, Olderock era utilizada para llevar a cabo estos trabajos, pero al mismo tiempo, era despreciada por los agentes, debido a su falta de aseo y por su locura; por prodigarse placer con sus perros. Pero sobre todo, por su lesbianismo.

“-Era una mujer muy hermética y desconfiada. Andaba siempre armada y decía que estaba convencida de que la iban a matar. Si se despedía de ti en la calle, se quedaba parada, observando tus movimientos. Era box populi que era lesbiana y que practicaba la zoofilia con sus perros. A veces entraba en cuadros depresivos severos y había que ir a buscarla. Un par de veces intentó suicidarse y fue internada en el hospital de Carabineros con nombre falso”.

Durante la década de los noventa Manuel Contreras, estando encarcelado en Punta Peuco, continuó supervisando a Ingrid Olderock. Desde allí, Contreras controlaba una red de ex agentes- “la dinita”- que iban a ver a Olderock después de cada ocasión en que era citada por un tribunal. La mujer lo visitaba también por voluntad propia al penal de Punta Peuco, al menos cada dos semanas, y le llevaba pastelitos que ella misma horneaba. Después volvía a su vida habitual en su casa de Coventry. A la soledad y a sus perros. A esperar a él, o los asesinos, que pronto vendrían a buscarla. Para repeler ese ataque guardaba una Browning 9 milímetros en el horno y llevaba siempre una pistola en la cartera. Ingrid Olderock nunca confesó sus crímenes, ni siquiera ante la justicia. Hay muy pocos testimonios de sus víctimas (casi inexistentes en el caso de los abusos masculinos), probablemente porque los recuerdos fueron archivados por las víctimas “en la zona donde se entierran los miedos y las vergüenzas inconfesables”. Eso llevó al hecho de que

la utilización de animales por parte de los agentes de la DINA para violar detenidos, se creyera durante décadas un mito. “El Estado chileno creó la Comisión Nacional contra la Tortura en 2004, pero tan sólo en el año 2014 algunas ex prisioneras decidieron contar a los medios de comunicación la forma en que aquella mujer, que ya llevaba muchos años muerta, las había denigrado más allá de cualquier límite”. Ingrid Olderock muere un 17 de marzo de 2001, de una hemorragia digestiva aguda, sin haber sido condenada por delito alguno. Ante la ausencia de familiares, una asistente de carabineros coordinó los servicios funerarios en el mausoleo de la institución.

2001 Su muerte †

17 de marzo de 2001: Ingrid Olderock fallece a la edad de 57 años, producto de una hemorragia digestiva aguda[1].​.​ Sus violaciones a derechos humanos quedaron así impunes.​ En vida, aducía locura a causa del proyectil alojado en su cabeza tras el atentado

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