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Infierno

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Presentación

Cielo e infierno.jpg

Infierno (del latín inférnum o ínferus: ‘inferior, subterráneo’) es el lugar donde, después de la muerte, son torturadas eternamente las almas de los pecadores. Es equivalente al Gehena del judaísmo, al Tártaro de la mitología griega, y al Inframundo de otras religiones.

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En la teología católica, el Infierno es una de las cuatro postrimerías del hombre. No se le considera un lugar sino un estado de sufrimiento. En contraste con el Infierno, otros lugares de existencia después de la muerte pueden ser neutros (por ejemplo, el Sheol judío), o felices (por ejemplo, el Cielo cristiano).

Nombre y lugar del Infierno

El término hell es afín con “cueva” (caverna) y “hueco”. Es un sustantivo formado de las palabras anglosajonas helan o behelian, “esconder”. Este verbo tiene el mismo primitivo que el latín occulere y celare y que el griego Kaluptein. Así, por derivación, hell denota un lugar oscuro y oculto. En la antigua mitología escandinava, Hel era la repulsiva diosa del inframundo. Solo aquellos caídos en batalla pueden entrar al Valhalla; el resto cae al Hel en el inframundo, aunque no todos, sin embargo, al lugar de castigo para los criminales.

En su uso teológico infierno (infernus) es un lugar de castigo después de la muerte. Los teólogos distinguen cuatro significados del término infierno:

  • infierno, en el sentido estricto del término, o el lugar de castigo para los condenados, sean estos demonios u hombres;
  • el limbo de los infantes (limbus parvulorum), donde son confinados y padecen cierto tipo de castigo aquellos que murieron con solo el pecado original y sin pecado mortal;
  • el limbo de los Padres (limbus patrum), en donde las almas de los justos que murieron antes de Cristo esperaban su admisión al cielo; pues mientras tanto el cielo estaba cerrado para ellos como castigo por el pecado de Adán;
  • el Purgatorio, donde los justos que mueren en pecado venial, o que aún tienen una deuda de la pena temporal por el pecado, son limpiados por el sufrimiento antes de su admisión al cielo.

El presente artículo trata solamente del infierno en el sentido estricto del término. La palabra latina infernus (inferum, inferi), la griega “hades” (ades) y la hebrea sheol (SHAL) corresponden a la palabra hell. Infierno se deriva de la raíz in; por lo tanto designa al infierno como un lugar dentro y debajo de la tierra. Aides, formada a partir de la raíz rid, ver, y el privativo Œ± denota un lugar invisible, escondido y oscuro; por lo tanto es similar al término hell. La derivación de sheol es dudosa. Generalmente se supone que viene de la raíz hebrea SH`L=SHAL cuyo significado es “estar hundido en, estar vacío”; en consecuencia denota una cueva o un lugar debajo de la tierra.

En el Antiguo Testamento,[1] sheol se usa bastante en general para designar el reino de los muertos, de los buenos[2] así como de los malos ( Núm. 16,30); significa infierno en el sentido estricto del término, así como también el limbo de los Padres. Pero, como el limbo de los Padres terminó en el momento de la Ascensión de Cristo, ades ( Vulg. Infernus) en el Nuevo Testamento siempre designa el infierno de los condenados. Desde la Ascensión de Cristo, los justos ya no descienden al mundo inferior, sino que moran en el cielo[3]. Sin embargo, en el Nuevo Testamento, el término Gehena (geena) se usa con mayor frecuencia con preferencia a ades, como un nombre para el lugar de castigo de los condenados. Gehenna es el hebreo gê-hinnom[4], o la forma larga gê-ben-hinnom[5] y gê-benê-hinnom[6] "valle de los hijos de Ben Hinnom". Hinnom parece ser el nombre de una persona no conocida de otro modo. El Valle de Hinnom está al sur de Jerusalén y hoy es llamado Wadi er-rababi.

En días anteriores fue notorio por ser la escena del horrible culto a Moloc. Por este motivo, Josías lo profanó[7], Jeremías lo maldijo[8] y los judíos lo mantuvieron como abominación, quienes, en consecuencia, utilizaron el nombre de este valle para designar la morada de los condenados[9], y Cristo adoptó ese uso del término.

Además de “hades” y “gehena” encontramos en el Nuevo Testamento muchos otros nombres para la morada de los condenados. Se le llama “infierno inferior”[10][11], "abismo" ( Lc. 8,31 y en otros lugares), "lugar de tormentos"[12], "lago de fuego" ( Apoc. 19,20 y en otros lugares), "horno de fuego"[13], "fuego inextinguible" (Mt. 3,12 y en otros lugares), "fuego eterno"[14], "tinieblas de fuera"[15], "niebla" o "tormenta de oscuridad"[16]. El estado de los condenados es llamado "destrucción"[17], "perdición"[18], "destrucción eterna"[19], "corrupción" [20], "muerte"[21] , "segunda muerte"[22]. ¿Dónde está el infierno? Algunos opinaban que el infierno está en todas partes, que los condenados están en libertad de vagar por todo el universo, pero llevan consigo su castigo. Los partidarios de esta doctrina fueron llamados ubiquistas o ubiquitarios; entre ellos, por ejemplo, Johann Brenz, un suabo, teólogo protestante del siglo XVI. Sin embargo, esa opinión ha sido rechazada universal y merecidamente; pues está más de acuerdo con su estado de castigo que los condenados estén limitados en sus movimientos y confinados a un lugar definido.

Por otra parte, si el infierno es un fuego real, no puede estar en todas partes, especialmente después de la consumación del mundo cuando la tierra y el cielo sean renovados. Se ha hecho toda clase de conjeturas en cuanto a su ubicación; se ha sugerido que el infierno está situado en alguna isla lejana en el mar o en los dos polos de la tierra; Swinden, un inglés del siglo XVIII, se imaginaba que estaba en el sol; algunos se lo asignaron a la luna, otros, a Marte; otros lo colocaban más allá de los confines del universo[23]. La Biblia parece indicar que el infierno está dentro de la tierra, pues describe el infierno como un abismo a donde descienden los malvados. Incluso leemos que la tierra se abre y los malvados se hunden dentro el infierno[24]. ¿Es ésta una mera metáfora para ilustrar el estado de separación de Dios? Aunque Dios es omnipresente, se dice que Él habita en el cielo, porque la luz y grandeza de las estrellas y el firmamento son las manifestaciones más brillantes de su infinito esplendor. Pero los condenados están totalmente alejados de Dios; por lo tanto, se dice que su lugar está lo más remoto posible de su morada, lejos del cielo y de su luz y, por lo tanto, escondido en los abismos oscuros de la tierra. Despertador cristiano

Sin embargo, no se ha presentado una razón convincente para aceptar una interpretación metafórica con preferencia al significado más natural de las palabras de las Escrituras.

De ahí que los teólogos generalmente aceptan la opinión de que el infierno está realmente dentro de la tierra. La Iglesia no ha decidido nada sobre este tema; por lo tanto podemos decir que el infierno es un lugar definido, pero dónde está, no lo sabemos. San Juan Crisóstomo nos recuerda: “No debemos preguntarnos dónde está el infierno, sino cómo vamos a escapar de él.” [25] San Agustín dice: “Es mi opinión que la naturaleza del infierno-fuego y la ubicación del infierno no son conocidos por ningún hombre a no ser que el Espíritu Santo se lo dé a conocer mediante una revelación especial”[26]. En otros textos expresa la opinión que el infierno está debajo de la tierra[27]. San Gregorio el Grande escribió: “No me atrevo a decidir esta cuestión. Algunos piensan que el infierno está en algún lugar de la tierra; otros creen que está debajo de la tierra”[28].

Existencia del Infierno según la iglesia

El Infierno existe, es decir, todos aquellos que mueren en pecado mortal personal, como enemigos de Dios e indignos de la vida eterna, serán severamente castigados por Dios después de la muerte. Sobre la naturaleza del pecado mortal, sobre el comienzo inmediato del castigo después de la muerte. En cuanto al destino de aquellos que mueren libres de pecado mortal personal, pero sí en pecado original (limbus parvulorum).

Por supuesto, todos aquellos que niegan la existencia de Dios o la inmortalidad del alma niegan la existencia del infierno. Así entre los judíos, los saduceos, entre los gnósticos, los seleucianos, y en nuestros tiempos, los materialistas, panteístas, etc., niegan la existencia del infierno. Pero aparte de éstos, si hacemos abstracción de la eternidad de las penas del infierno, la doctrina nunca ha enfrentado oposición digna de mención.

La existencia del infierno se prueba en primer lugar en la Biblia. Siempre que Cristo y los Apóstoles hablan del infierno presuponen el conocimiento de su existencia[29].[30]

La Iglesia profesa su fe en el Credo de Atanasio: “Los que han hecho el bien irán a la vida eterna y los que han hecho el mal, al fuego eterno”[31]. La Iglesia ha definido esta verdad repetidamente, por ejemplo, en la profesión de fe hecha en el Segundo Concilio de Lyon[32] y en el Decreto de Unión en el Concilio de Florencia[33]: “Las almas de los que mueren en pecado mortal o sólo en pecado original, bajan inmediatamente al infierno, para ser visitados, sin embargo, con penas desiguales” (poenis disparibus). Si nos abstraemos de la eternidad de su castigo, la existencia del infierno puede ser demostrada incluso por la luz de la mera razón. En su santidad y justicia, así como en su sabiduría, Dios debe vengar la violación del orden moral de tal modo que se preserve, al menos en general, alguna proporción entre la gravedad del pecado y severidad del castigo. Pero es evidente a partir de la experiencia que Dios no siempre hace esto en la tierra; por lo tanto el infligirá el castigo después de la muerte. Más aún, si todos los hombres estuvieran totalmente convencidos de que el pecador no necesita temer a ningún tipo de castigo después de la muerte, el orden moral y social se vería seriamente amenazado. Sin embargo, la sabiduría divina no puede permitir eso. Nuevamente, si no hubiera justo castigo más allá del que ocurre frente a nuestros ojos aquí en la tierra, tendríamos que considerar a Dios extremadamente indiferente al bien y al mal, y de ningún modo podríamos dar cuenta de su justicia y santidad. Tampoco se puede decir: los malvados serán castigados pero no por castigo positivo; pues ya sea que la muerte sea el fin de su existencia, o por la pérdida de la rica recompensa del bien, disfrutarán de algún grado menor de felicidad. Estos son subterfugios arbitrarios y vanos, sin apoyo de ninguna razón válida; el castigo definido es la recompensa natural del mal. Además, la debida proporción entre el demérito y el castigo se haría imposible a través de una aniquilación indiscriminada de todos los impíos.

Y, finalmente, si los hombres supieran que a sus pecados no les sigue el sufrimiento, la mera amenaza de aniquilación al momento de morir, y menos aún la perspectiva de algún grado menor de beatitud, no sería suficiente para disuadirlos de pecar. Además, la razón entiende fácilmente que en la próxima vida el justo será feliz como premio a sus virtudes (ver CIELO). Pero el castigo del mal es la contraparte natural de la recompensa a la virtud. Por lo tanto, también habrá castigo por el pecado en la próxima vida. En consecuencia, encontramos entre todas las naciones la creencia que los malhechores mal serán castigados después de la muerte.

Los Condenados al Infierno. Apocalipsis

Esta convicción universal de la humanidad es una prueba adicional de la existencia del infierno. Pues es imposible que, respecto a las cuestiones fundamentales de su ser y su destino, todos los hombres deban caer en el mismo error; de otro modo, el poder de la razón humana sería esencialmente deficiente, y el orden de éste mundo estaría indebidamente envuelto en el misterio; sin embargo, esto resulta repugnante tanto para la naturaleza como para la sabiduría del Creador. Sobre la creencia de todas las naciones en la existencia del infierno,[34][35]; Knabenbauer, "Das Zeugnis des Menschengeschlechts fur die Unsterblichkeit der Seele" (1878). Los pocos hombres que a pesar de la convicción moralmente universal de la raza humana, niegan la existencia del infierno son en su mayoría ateos y epicúreos. Pero si la opinión de tales hombres sobre la cuestión fundamental de nuestro ser pudiese ser la única verdadera, la apostasía sería el camino a la luz, a la verdad y a la sabiduría.

Eternidad del Infierno

Muchos admiten la existencia del infierno, pero niegan la eternidad de sus castigos. Los condicionalistas sostienen sólo una hipotética inmortalidad del alma y afirman que luego de sufrir cierta cantidad de castigo, las almas de los malvados serán aniquiladas. Entre los gnósticos, los valentinianos mantienen la doctrina, y más tarde también Arnobio, los socinianos, muchos protestantes tanto en el pasado como en nuestros días, especialmente en los últimos tiempos[36]. Los universalistas enseñan que al final todos los condenados, al menos todas las almas humanas, alcanzarán la bienaventuranza (apokatastasis ton panton, restitutio omnium, según Orígenes). Esto uno de los principios de los origenistas y los misericordes, de quienes habla San Agustín[37].

Hubo seguidores individuales a esta opinión en todos los siglos; por ej. Escoto Eriúgena; en particular, muchos protestantes racionalistas de los últimos siglos defendieron esta creencia, por ej. en Inglaterra, Farrar, “Eternal Hope” (cinco sermones predicados en la Abadía de Westminster, Londres y Nueva York, 1878). Entre los católicos, Hirscher y Schell recientemente han expresado la opinión de que aquellos que no mueren en estado de gracia aún pueden convertirse después de la muerte si no son demasiado malvados e impenitentes.

La Sagrada Biblia es muy explícita en la enseñanza de la eternidad de las penas del infierno. Los tormentos de los condenados durarán por los siglos de los siglos[38]. Ellos son eternos igual que son eternas las [[felicidad | alegrías. del cielo ( Mt. 25,46). Cristo dijo de Judas: "¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!”[39]. Pero esto no habría sido cierto si Judas habría de ser algún día liberado del infierno y admitido a la felicidad eterna. Una vez más, Dios dice de los condenados: “su gusano no morirá, su fuego no se apagará”[40]. El fuego del infierno es llamado repetidamente eterno e inextinguible. La ira de Dios permanece sobre los condenados[41]; son vasos de la cólera divina[42]; no poseerán el Reino de Dios[43], etc. Las objeciones aducidas a partir de la Escritura contra esta doctrina son tan insignificantes que no vale la pena discutirlas en detalle.

La enseñanza de los Padres no es menos clara y decisiva[44]. Nosotros simplemente recordamos el testimonio de los mártires que a menudo declararon que estaban contentos con sufrir dolor de breve duración con tal de escapar de los eternos tormentos; e.g. “Martyrium Polycarpi”, c. II[45]. Es verdad que Orígenes cayó en el error en este punto y precisamente por este error fue condenado por la Iglesia[46]. En vano se hicieron intentos para socavar la autoridad de estos cánones[47]. Además incluso en Orígenes encontramos las enseñanzas ortodoxas sobre la eternidad de las penas del infierno; pues en sus obras el fiel cristiano fue una y otra vez victorioso sobre el filósofo que duda. Gregorio de Nisa parece haber favorecido los errores de Orígenes; muchos, sin embargo, creen que se puede demostrar que sus declaraciones están en armonía con la doctrina católica. Pero las sospechas que se le han adjudicado a ciertos pasajes de Gregorio de Nazianzo y a Jerónimo decididamente no tienen justificación[48]. La Iglesia profesa su fe en la eternidad de las penas del infierno en términos claros en el Credo de Atanasio[49], en decisiones doctrinales auténticas[50], y en incontables pasajes de su liturgia; ella nunca ora por los condenados. Por lo tanto, más allá de la posibilidad de duda, la Iglesia expresamente enseña la eternidad de las penas del infierno como una verdad de fe que nadie puede negar o cuestionar sin caer en herejía manifiesta.

Pero ¿cuál es la actitud de la pura razón hacia esta doctrina? Así como Dios debe designar algún término fijo para el momento del juicio, luego del cual el justo entrará en segura posesión de una felicidad que nunca jamás perderá en toda la eternidad, así también es apropiado que luego de la expiración de ese término, al malvado le será cortada toda esperanza de conversión y felicidad. Pues la malicia de los hombres no puede forzar a Dios a prolongar el tiempo de prueba destinado y a concederles una y otra vez, sin fin, el poder de decidir su suerte por la eternidad. Cualquier obligación de actuar de esta manera, sería indigna de Dios, porque lo haría dependiente del capricho de la malicia humana, le quitaría a sus amenazas gran parte de su eficacia y le ofrecería a la presunción humana el alcance más amplio y el más fuerte incentivo. Dios realmente ha designado el fin de esta vida presente, o el momento de la muerte, como el término de la prueba del hombre.

Pues en ese momento se produce en nuestra vida un cambio esencial y trascendental; del estado de unión con el cuerpo, el alma pasa a una vida aparte. Ningún otro instante claramente definido de nuestra vida es de igual importancia. Por lo tanto, debemos concluir que la muerte es el final de nuestra prueba; pues es convenido que nuestro juicio debería terminar en un momento de nuestra existencia tan prominente y significativo de tal modo que sea fácilmente percibido por todo hombre. En consecuencia, es la creencia de toda la gente que la retribución eterna es dispensada inmediatamente después de la muerte. Esta convicción de la humanidad es una prueba adicional de nuestra tesis. Finalmente, no se proveería suficientemente la preservación del orden moral y social si los hombres supieran que el momento del juicio continuará después de la muerte.

Muchos creen que la razón no puede dar ninguna prueba concluyente para la eternidad de las penas del infierno, sino que simplemente puede demostrar que esta doctrina no entraña ninguna contradicción. Puesto que la Iglesia no ha tomado ninguna decisión sobre este punto, cada cual es completamente libre de asumir esta opinión. Como es evidente, el autor de este artículo no la sostiene. Admitimos que Dios podría haber extendido el momento del juicio más allá de la muerte; sin embargo, de haberlo hecho, habría permitido al hombre conocer sobre ello y habría hecho las correspondientes provisiones para el mantenimiento del orden moral en esta vida. Podríamos admitir además que no es intrínsecamente imposible para Dios aniquilar al pecador luego de cierta cantidad definida de castigo, pero esto estaría menos conforme con la naturaleza del alma inmortal del hombre; y, en segundo término, no conocemos ningún dato que nos dé derecho a suponer que Dios actuaría de tal manera.

Características de las Penas del Infierno

  • Las penas del infierno difieren en grado de acuerdo al demérito. Esto es cierto no solo en relación con el dolor de sentido, sino también al dolor de pérdida. Un mayor odio a Dios, una conciencia más vívida del abandono total de bondad Divina, una mayor inquietud por satisfacer el deseo natural de beatitud con cosas externas a Dios, un sentido más agudo de vergüenza y confusión ante el desatino de haber buscado felicidad en el gozo terrenal – todo esto implica como su correlación una más completa y dolorosa separación de Dios.
  • Las penas del infierno son esencialmente inmutables; no hay intermedios temporales o alivios pasajeros. Algunos Padres y teólogos, en particular el poeta Prudencio, expresó la opinión que en algunos determinados días Dios otorga a los condenados cierto respiro y que además de esto, las plegarias de los creyentes les obtienen para ellos otros intervalos de descansos ocasionales. La Iglesia nunca ha condenado esta opinión en términos expresos. Pero ahora los teólogos están justa y unánimemente rechazándola. Santo Tomás la condena severamente[51]. [Cf. Merkle, “Die Sabbatruhe in der Hölle” in “Romische Quartalschrift” (1895), 489 sqq.; ver también Prudencio.]
  • Sin embargo, no están excluidos, los cambios accidentales en las penas del infierno. Así puede ser que los reprobados sean a veces más y a veces menos atormentados por sus alrededores. Especialmente luego del último juicio habrá un aumento accidental en el castigo; porque nunca jamás se les permitirá a los demonios abandonar los confines del infierno sino que serán finalmente prisioneros por toda la eternidad y las almas de los hombres reprobados serán atormentadas en unión con sus cuerpos deformes.
  • El infierno es el estado de la más grande y completa desgracia, como es evidente luego de todo lo que se ha dicho. Los condenados no tienen ninguna especie de gozo, y les hubiera sido mejor para ellos, no haber nacido[52]. No hace mucho tiempo, Mivart[53] defendió la opinión que las penas podrían decrecer con el tiempo y que al final su sino sería tan extremadamente triste; que finalmente alcanzarían cierta felicidad y preferirían la existencia a la aniquilación; y aunque continuarían aún sufriendo el castigo simbólicamente descrito como un fuego por la Biblia, aún así no podrían odiar a Dios más y el más desafortunado entre ellos sería más feliz que muchos empobrecidos en esta vida. Es bastante obvio que todo esto es opuesto a las Escrituras y a las enseñanzas de la Iglesia. Los artículos citados condenados por la Congregación del Indice del Santo Oficio el 14 y 19 de julio de 1893[54].

Fuentes y Enlaces de Interés

  • Cabodevilla, José María (1990). El Cielo en Palabras Terrenas (2ª edición). Ediciones Paulinas. pp. 192-194. ISBN 84-285-1325-2.
  • Chevalier, Jean; Gheerbrant, Alain (1986). Diccionario de los Símbolos. Barcelona (España): Editorial Herder. pp. 591-593. ISBN 978-84-254-2642-1.
  1. Set. hades; Vulg. infernus
  2. Gén. 37,35
  3. 2 Cor. 5,1
  4. Neh. 11,30
  5. Josué 15,8
  6. 2 Rey. 23,10
  7. 2 Rey. 23,10
  8. Jer. 7,31-33
  9. Targ. Jon., Gén. 3,24; Henoch, c. XXVI
  10. Vulg. tartarus Tártaro
  11. 2 Ped. 2,4
  12. Lc. 16,28
  13. Mt. 13,42.50
  14. Mt. 18,8; 25,41; Jud. 7
  15. Mat. 8,12; 22,13; 25,30
  16. 2 Ped. 2,17; Jud. 13
  17. apoleia, Fil. 3,19 y en otros lugares
  18. olethros, 1 Tim. 6,9
  19. olethros aionios, 2 Tes. 1,9
  20. phthora, Gál. 6,8
  21. (Rom. 6,21
  22. Apoc. 2,11 y en otros lugares
  23. Stephan Wiest, “Instit. theol.”, VI (1789), 869
  24. Núm. 16,31 ss.; Sal. 55(54),16; Isaías 5,14; Eze. 26,20; Fil. 2,10, etc.
  25. En Rom., hom. XXXI, n. 5, en P.G., LX, 674
  26. De Civ. Dei, XX, XVI, en P.L., XLI, 682
  27. Retract., II, XXIV, n. 2 en P.L., XXXII, 640
  28. Dial., IV, XLII, en P.L., LXXVII, 400; cf. Patuzzi, “De sede inferni”, 1763; Gretser, “De subterraneis animarum receptaculis”, 1595
  29. Mt. 5,29; 8,12; 10,28; 13,42; 25,41.46; 2 Tes. 1,8; Apoc. 21,8, etc.
  30. En el "Die christliche Eschatologie in den Stadien ihrer Offenbarung im Alten und Neuen Testament", de Atzberger, Friburgo, 1890, se puede encontrar un desarrollo muy completo del argumento bíblico, sobre todo en lo que se refiere al Antiguo Testamento. También los Padres, desde los primeros tiempos, son unánimes en la enseñanza de que los malvados serán castigados después de la muerte. Y en prueba de su doctrina apelan tanto a la Escritura como a la razón (cf. Ignacio, "Ad Eph.", V,16; "Martyrium s. Polycarpi", II, n. 3; XI, n. 2; Justino, "Apol.", II, n. 8, en P.G., VI, 458; Atenágoras, "De resurr. mort.", c. XIX, en P.G., VI, 1011; Ireneo, "Adv. haer.", V, XXVII, n. 2, en P.G., VII, 1196; Tertuliano, "Adv. Marc.", I, c. XXVI, en P.L., IV, 277). Para citas a partir de las enseñanzas patrísticas vea Atzberger, "Gesch. der christl. Eschatologie innerhalb der vornicanischen Zeit" (Friburgo, 1896); Petavio, "De Angelis", III, IV ss.
  31. Denzinger, “Enchiridion”, 10ma ed., 1908, n.40
  32. Denx, n. 464
  33. Denz, N. 693
  34. vea cf. Luken, "Die Traditionen des Menschengeschlechts"
  35. 2da ed., Munster, 1869
  36. E. White, “Life in Christ”, Nueva York, 1877
  37. De Civ. Dei, XXI, XVIII, n. 1, en P.L., XLI, 732
  38. Apoc., 14,11; 19,3; 20,10
  39. Mt. 26,24
  40. Isaías 66,24; Mc. 9,43.45.47
  41. Juan 3,36
  42. Rom. 9,22
  43. 1 Cor. 6,10; Gál. 5,21
  44. cf. Petavio, “De Angelis”, III, VIII
  45. cf. Atzberger, “Geschichte”, II, 612 ss.
  46. Canones adv. Origenem ex Justiniani libro adv. Orígenes, can. IX; Hardouin, III, 279 E; Denz., n. 211
  47. cf. Dickamp, “Die origenistischen Streitigkeiten”, Münster, 1899, 137
  48. cf. Pesch, “Theologische Zeitfragen”, 2da series, 190 ss.
  49. Denz., nn. 40
  50. Denz, nn. 211, 410, 429, 807, 835, 915
  51. In IV Sent., dist. xlv, Q. xxix, cl.1
  52. Mat., xxvi, 24
  53. El Siglo Diecinueve, Dic, 1892., Febr. y Abr., 1893
  54. cf. “Civiltà Cattolia”, I, 1893, 672

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