Historia del Puro en Islas Canarias

Historia del Puro en Islas Canarias
Durante siglos, su situación geográfica convirtió a las Islas Canarias en parada obligada para los barcos que partían hacia las Indias Occidentales.
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Esta situación otorgó a los isleños de Canarias una predisposición a viajar que, más adelante, se convertiría en un caso singular de éxodo masivo a Cuba, con el consiguiente y definitivo cambio en el mundo del puro. Los viajes de los barcos veleros, obligaban a todas las embarcaciones a parar en las Islas Canarias en cuyo punto más occidental muere la Corriente del Golfo. Como si el mismo Neptuno señalara al hombre la ruta de un placer prohibido en su reino, así esta conexión, desembocó en lazos comerciales entre el Nuevo Mundo y las Islas Canarias, lazos en los que el tabaco vino a ocupar un lugar privilegiado.
Cuando los visitantes van a una fábrica de puros artesanales en las Islas Canarias, reciben la sensación de que aquí aún reposa el legado de toda una tradición: la sensación de ser testigos presenciales de uno de los viejos placeres que el hombre todavía puede disfrutar en uno de los escasos paraísos que en el mundo quedan.
Cuando el tabaco empezó a ser una mercancía codiciada en toda Europa, el Estado Español hizo cuanto pudo por mantener su cultivo y tratamiento bajo un control estricto. A comienzos del siglo XIX, Cuba era el productor de tabaco más importante del mundo. La población cubana se componía de un número cada vez mayor de africanos, lo que suponía un temor cada vez más acusado sobre la continuidad de la producción tabaquera, para evitarlo, las autoridades decidieron que la mano de obra africana se especializara en los otros cultivos de la isla antillana, la caña de azúcar y la producción de ron. En su condición de tierra prometida, la Cuba de la época se vio inundada de canarios; más de 120.000 personas cambiaron su isla canaria por la isla de Cuba.
Tan grande fue el número de canarios emigrados, que aún en la actualidad, a sus descendientes cubanos se les conoce por “isleños“. A cambio de esta repoblación, se les concedió licencia para cultivar y producir tabaco. Así fue como los canarios aprendieron a tratar y perfeccionar el tabaco con la dedicación y el mimo artesanal de un trabajo bien elaborado. Esta tarea, no obstante, no les era del todo desconocida, pues existen informes de que ya en 1723 se producía tabaco en las Islas Canarias. Así pues, la emigración canaria a Cuba trajo como consecuencia un mayor conocimiento de este arte que, aunque ya conocían, trajeron nuevamente a las islas.
Tras la independencia de Cuba, las familias canarias regresaron en masa a las islas, trayendo consigo toda su experiencia y la mayor o menor fortuna que habían obtenido. Por ello, no sorprende que continuaran haciendo aquello que tan bien sabían hacer. En La Palma y Tenerife se habilitaron áreas de cultivo con las necesarias condiciones de humedad. Tanto arraigó esta tradición, que cuando la navegación a vela decayó a favor del vapor y las Islas Canarias ya no eran parte de la ruta, se abrieron líneas especiales para continuar este singular comercio.
Las pequeñas fábricas canarias, denominadas chinchales, alcanzaron tal nivel de calidad que han colocado al puro artesanal canario entre los más apreciados por los mejores conocedores del mundo. A lo largo de los años, se ha mantenido una tradición que, día a día, renueva la experiencia que ha distinguido, y sigue distinguiendo, a las fábricas canarias y que les da a sus puros ese nivel de calidad característico. Sencillez, dedicación y habilidad son los elementos constitutivos de este viejo saber que toma forma y se consolida en cada etapa del proceso de la elaboración manual de puros canarios, y que se ha transmitido de generación en generación. Pero no son sólo técnica y habilidad lo que conforma este proceso: son todos y cada uno de los detalles de este ritual, el afecto que en este arte se deposita y los lazos que se establecen con las raíces del mismo. Esta tradición ha llegado hasta nuestros días con escasas interrupciones. Disfrutar un puro canario es descubrir este mundo, la combinación del orgullo y el saber de un pueblo.
Tabaco palmeros
El verde tierno de los semilleros inunda en los meses de noviembre y diciembre las tierras palmeras. “el mejor tabaco del mundo está en Pinar del Río, Cuba y en La Palma; así se ha dicho, se dice y se dirá”.
El ciclo productivo comienza con la confesión del semillero y termina con la fermentación de los pilones de hojas, llegando después a las manos de los artesanos. Pero antes se tuvo buen cuidado de guardar un puñado de semilla para el año próximo, escogido con esmero de las mejores plantas.
La artesanía del tabaco se introdujo en La Palma a mediados del siglo XIX, con el retorno de los emigrantes que habían ido a Cuba en busca de fortuna. Viene de lejos su fama y su reconocimiento.
Las semillas actuales llegaron de Cuba en los años cuarenta del siglo pasado; llamadas popularmente pelo de oro, su presencia significó en la posguerra que muchas familias pudieran subsistir cultivando un puñadito de tabaco, en un trabajo en el que colaboraban todos sus integrantes. Las mujeres, por las noches, hacían guardia en los semilleros de postura – plantas pequeñas de tabaco – con jachos, o antorchas encendidas, para evitar que fueran atacados por las roscas, gusanos que aparecen tras la puesta de sol.
Con la isla caribeña comparte La Palma, además de una relación entrañable, las voces de la elaboración de los puros que, con el transcurso de los años, han pasado al habla popular con un significado diferente al original. La forma y el tamaño de los puros también tienen su denominación particular. Los panetelas, largos y delgados; los coronas, grandes; los viuditas – voz más elegante que la originaria, breva – , pequeños y con rabito; los nuncios, grandes y de considerable grosor.
No sólo el varón – aunque predomina – trabaja en el minucioso arte de entremezclar las mejores hojas, también la mujer palmera conoce ese secreto heredado de generaciones, consiguiendo además – no se sabe por qué – que sus femeninas manos, curtidas por el fermento del tabaco, realicen en una jornada laboral, una producción mayor de puros.
Una tabaquería o un chinchal – como se denomina en Cuba un pequeño negocio – esta presidida en La Palma por una mesa con faldón de saco, donde se van poniendo los recortes. Sobre ella, una tabla de madera dura, por lo general de palo blanco; la máquina, una simple cortadora mecánica, la cuchilla y el huevero, recipiente que contiene el pegamento elaborado artesanalmente. Son útiles sencillos manejados, junto con la prensa, por manos ágiles y sabias.
Los puros palmeros son sinónimo de calidad, de trabajo bien hecho. Algunos, aprovechando su fama, pretenden denominar como palmeros a otros realizados fuera de la isla. Para evitar el fraude se han arbitrado medidas, llevando los verdaderos puros de La Palma un sello oficial de garantía.
Uno de los valores más codiciados de este tabaco es su aroma, que se consigue con las buenas cosechas en las zonas de La Caldera – procedente de la Hacienda del Cura del parque nacional de La Caldera de Taburiente – La Rosa (Villa de Mazo), Breña Alta, Breña Baja, El Paso y Santa Cruz de La Palma. También su quemado parejo circular, su ceniza blanca.
Elaborado el puro, comienza la ceremonia ritual de buen fumador: los expertos se enjuagan la boca para saborearlo mejor, lo aprietan cerca del oído para oír si cruje mucho o poco dependiendo de la humedad, lo encienden con fósforo de palo y, sobre todo, se relaciona con él relajado y tranquilo, dejándose envolver por su aroma y entablando un fructífero diálogo con el humo[1].
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