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Fantasmas en la Biblioteca Nacional

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Fantasmas en la Biblioteca Nacional
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Historias para no dormir

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A la Biblioteca Nacional de Chile no sólo llega gente a buscar información o a leer libros.

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Contenido

Una de las construcciones más antiguas de Santiago es visitada por personas que han dejado asuntos pendientes: los fantasmas merodean en los pasillos de la Biblioteca Nacional.

Monjas que se pasean por el edificio, voces y risas que se escuchan en los distintos salones, y funcionarios que vuelven al lugar. Todo esto ocurre en la Biblioteca Nacional, pero no en los libros que hay en ésta, sino que en los mismos pasillos. Suena normal, pero ¿qué pasaría si dijeran que todo esto es producto de personas que están muertas?

Comienza la historia

Don José Miguel Carrera Infante y la Junta de Gobierno de 1813

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Obras:

  • Decretó la libertad de imprenta.
  • Creación del Instituto Nacional.
  • Creación Biblioteca Nacional.
  • Fomentó la creación de escuelas de primeras letras.

La Biblioteca Nacional nació bajo el gobierno del político y militar José Miguel Carrera, y la junta de gobierno quien también creo otras instituciones en la naciente República de Chile, como, el Instituto Nacional, que lleva su nombre. Junta de Gobierno de 1813

Este edificio tiene más de cien años. Pero para sorpresa de muchos, la Biblioteca no estuvo siempre en este lugar. A comienzos del siglo XIX, específicamente en el año 1813, Bernardo O´Higgins fundó la Biblioteca Nacional, en el terreno donde se encontraba la Universidad de San Felipe(1738), y que actualmente es el Teatro Municipal de Santiago inaugurado en 1857.

Debido al Desastre de Rancagua, tuvieron que cerrar sus puertas y reabrirlas en febrero de 1817, cuatro años después de su inauguración en 1813, cuando Chile recuperó su independencia. Después de esto, sus puertas nunca más se cerraron. Antes de ubicarse para siempre entre las calles Alameda, Mac-Iver , Miraflores y Moneda, la Biblioteca Nacional pasó por el edificio de la Intendencia y por el antiguo Congreso Nacional (en calle Bandera).

Orden de Santa Clara

La foto de 1899 muestra el Monasterio de Santa Clara emplazado en la Alameda de las Delicias junto al actual Cerro Santa Lucía. En 1913 el Estado de Chile compra el terreno, de las Monjas para edificar la Biblioteca Nacional. 24 de agosto 1913, se coloca la piedra fundamental del nuevo edificio. El monasterio fue demolido y el nuevo inmueble neoclásico de inspiración francesa quedó terminado en 1925.La Imagen nos muestra otra Iglesia desaparecida, el Convento de El Carmen Alto de San José, fundado en 1678 y derrumbado en 1931 porque entorpecía el tráfico de esos años. El lento demoler del patrimonio Chileno, dejará a las futuras generaciones sin legado alguno

Historia

En 1571 llegan las primeras religiosas de la orden de Santa Clara a Chile, fundando monasterios en La Imperial, participando activamente en la Guerra de Arauco. Fueron 13 las clarisas que llegaron a Santiago, entre ellas Francisca Ramírez, raptada en Osorno por indígenas y cautiva algunos años. Se asentaron en la casa que había sido del Gobernador Alonso de Sotomayor, hasta que el Capitán Gaspar Hernández de Lacerna les cede los terrenos al poniente del cerro (Huelen), donde estuvieron ubicadas más de trescientos años, dando origen a la Calle de las Claras, hoy Mc Iver.

Con los años su monasterio se extendió al norte, no sin problemas con el Cabildo. Su fama y fervor por parte de la sociedad, opaco incluso a las monjas Agustinas, favoritas de la colonia. Famosas eran sus mermeladas, cerámica perfumada y dulces. Su convento, de sencilla estampa colonial, tenía gruesos muros de adobe y la iglesia daba a la Cañada. Blanco, con pequeñas ventanillas, de una sola nave y sencilla torre, había sido remodelado en elegante neoclásico a fines del siglo XIX, alzándose pilastras, frontones, puertas talladas y en el interior lujosos altares, retablos, y antiguas obras de arte.

Las clarisas no estuvieron exentas de devoción y milagros. Profesó en 1762 la hermosa sor María Mercedes de la purificación de Valdés, hija del Maestre de campo Domingo Valdés y Francisca de Borja de la Carrera. De reconocida belleza, era pretendida por los grandes caballeros de Santiago, pero eligió tomar los votos para dedicar su vida a Dios. Paradójicamente pasó sus siguientes 26 años enferma, muriendo en 1795. Luego de eso se le atribuyeron apariciones y milagros, causando gran fervor, acrecentando la fama del monasterio de Santa Clara.

Tan apreciadas eran las clarisas antiguas que todos los presidentes electos iban a visitar el convento apenas habían sido elegidos. Uno de los últimos en visitar el claustro en su esplendor fue el presidente Federico Errázuriz Echaurren, con su mujer, su madre e hija; siendo agasajados con dulces, mate, refrescos, el canto de tonadas y la ejecución al piano de rapsodias húngaras de Franz Liszt. El presidente entusiasmado exclamó: “Vaya, no me suponía que hubiera en el convento tanto arte y señoras que tocaran tan bien!”… lo que demuestra el gran acervo cultural de las religiosas.

1910

Hacia 1910 la necesidad de contar con un edificio de la Biblioteca Nacional propuso serios incidentes en el Congreso, quienes apelaban por la falta de fondos y un terreno adecuado para el edificio, barajándose las riveras del Mapocho y el Parque Forestal.

Finalmente se decidió adquirir el extenso monasterio de las Claras, no sin la desaprobación ciudadana, iniciándose su demolición entre 1909 y 1912.

Las Monjas Clarisas y La Bibioteca

Pero la antigua edificación no fue construida para ese fin. Años antes estuvo en manos del convento de la Orden de Santa Clara, más conocida como las monjas Clarisas.

Gracias a estas religiosas las historias de fantasmas han tomado vida. Esto se debe a que en los cimientos del edificio estaba el cementerio de esta Orden, en el cual enterraban a las monjas y a los “angelitos”, como antiguamente la gente llamaba a los niños que morían. Pero no sólo los angelitos eran enterrados aquí.

La historia cuenta que los curas de la Iglesia de San Francisco de Asís, que está ubicada en la Alameda con la calle del mismo nombre de la Iglesia, pero en diagonal a la Biblioteca, tenían túneles subterráneos, por los cuales se pasaban hacía el convento de las Clarisas, y llegaban al cerro Santa Lucía con las monjas. Luego de estas escapadas secretas, las religiosas que resultaban embarazadas, enterraban a los recién nacidos o incluso a los fetos en este cementerio. Esto se descubrió cuando a comienzos de los años 80, se realizaban las excavaciones para la construcción del metro por la calle Mac Iver, los trabajadores encontraron osamentas humanas. Desde esos momentos las creencias se volvieron más fuertes.

Apariciones

Algunas de las apariciones de fantasmas la vivió Mauricio Castro, quien trabaja en el subterráneo de la Biblioteca, en la sección Catalogación. Él, al recordar esta historia lo hace con agrado; en realidad sus compañeros dicen que le gusta contar esto. Todo pasó en junio de 1991, alrededor de las 18:00. Mauricio estaba en un escritorio junto a una compañera terminando un trabajo, el resto, que eran unas 20 personas, se encontraban a menos de 100 metros del lugar donde estaba él.

El escritorio en el cual se encontraban estaba al lado de una pared y una ventana. Mientras Mauricio escribía sintió que la voz de una mujer joven le decía suavemente: “Mauriiicioooo…”, él miró a su compañera y le preguntó si había sido ella, la cual le respondió que no, pero que también había escuchado esa suave voz. Mauricio agrega que la voz no la escuchó a su lado, sino que sintió que venía de atrás y abajo, desde el piso. Justo donde se encuentra el cementerio.

Fueron los únicos que lo escucharon. “Mi compañera quedó pálida, a mi se me pararon los pelos. Quedamos helados”, recuerda Mauricio. Cuando fue a contarle a sus compañeros, ninguno le creyó. Agrega que luego de ese día nunca más le pasó algo así. Lo que sí reconoce es que el miedo le duró cerca de tres meses. Cuando le tocaba trabajar hasta más tarde, ponía la radio fuerte para no escuchar cosas raras. “Yo creo que quedé espirituado, porque después veía sombras que pasaban por detrás mío”, agrega Mauricio.

A Miguel Ángel Espinoza, que también trabaja en esa sección, hace alrededor de ocho años atrás le pasó algo similar. Él estaba con un compañero haciendo horas extras, y cerca de las 21:30 decidieron irse. Su compañero le preguntó si había apagado todo y él respondió que sí. Cuando iban a cerrar la puerta de la oficina sintieron que se había cerrado un cajón. Fueron a revisar, pero no había nada ni nadie. Se dirigieron a la puerta cuando volvieron a sentir el mismo ruido. Esta vez no se devolvieron, ni siquiera miraron para atrás. “Después de ese día trabajamos con todas las luces prendidas y con radio”, cuenta Miguel Ángel.

Sala de visitación de imprenta

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Curiosamente al frente de esa sección, en la SEACO han aparecido personas, mejor dicho sus espíritus. Esto le ocurrió a Mauricio Vásquez cuando entró a la sala de visitación de imprenta después de las 19:00 a hojear unos libros que se encontraban en el escritorio de la secretaria. En la silla de ella estaba sentada una persona con un delantal blanco, por lo menos eso parecía cuando Mauricio la vio al entrar. Pocos segundos después se dio cuenta que no era la secretaria sino que un fantasma que ya no estaba. Su compañero Luis Pueye recuerda que Mauricio llegó corriendo, desesperado, pálido. Al preguntarle que le había pasado, Mauricio le relató su encuentro. Luis fue a la oficina para ver si había alguien. No había nadie, pero le llamó la atención un detalle. “La secretaria siempre deja su delantal colgado detrás de la silla, pero ahora estaba estirado encima del escritorio. Con eso le creí altiro a mi compañero”, cuenta Luis. También agrega que en esa sección se caen los libros solos, se escuchan silbidos y a más de una persona se les han aparecido las “supuestas” monjitas. Hay que tener en cuenta que desde hace varios años los encargados de recibir a la gente que va a realizar trabajos de noche les advierten las cosas que suceden. Algunos creen, algunos no, pero la advertencia está hecha.

En invierno del 2004, Justo Alarcón, que trabaja en la sección Archivos del Escritor, del segundo piso de la Biblioteca, escribió un artículo sobre este tema en la revista “Patrimonio cultural”, nº 32, pagina 30 y 31. Este artículo lo realizó después de varias conversaciones que tenían lugar luego de las reuniones con otros funcionarios. A él nunca le ha pasado nada así, pero aprovechó esto para contarlo como anécdotas de la Biblioteca Nacional.

En las escaleras de calle Moneda

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Algunas de las historias que le contaron es la de un ex funcionario que trabajó toda la vida en la Biblioteca. Luego de jubilar siguió frecuentando estos pasillos, específicamente la Sección Referencia para terminar una investigación que nunca se supo de qué era. Lo característico de este hombre era que llegaba muy temprano a este lugar, antes de que la Biblioteca abriera sus puertas, por lo que esperaba pacientemente en las escaleras de la entrada por Moneda. Hace unos años murió, pero hay auxiliares que juran haberlo visto en varias ocasiones en las escaleras esperando a que abran las puertas.

El Salón Azul

Todas estas historias son lo bastante escalofriantes como para asustar a cualquiera, pero sin duda la peor de todas es la que vivió Eulogio Sandoval, hace alrededor de 15 años atrás. Él se encontraba con un compañero, Carlos Zamorano quien no creía en estos hechos, haciendo horas extras cerca de las 00:00. Iban pasando por el Salón Azul, que se llama así en homenaje a Rubén Darío y a su libro “Azul”, cuando comenzaron a sentir que el salón completo empezó a moverse con la intensidad de un temblor, a esto se le sumó el polvo que salía del piso y de las paredes. Se dieron vuelta para ver qué pasaba, y Eulogio recuerda que la sensación que sintió era como que venían hacia él caballos desbocados, que relinchaban y corrían. Miró a su compañero y comenzaron a correr. Al llegar al subterráneo, le preguntó a su amigo: “¿Ahora me crees que aquí penan?”, a lo que su amigo no dudó en responder que sí. Eulogio recuerda que nunca había sentido algo así y menos tanto susto. Volvieron al salón para ver si había rastro de polvo o algo que pudiera justificar lo que habían sentido, pero no había nada. Todo estaba en su lugar.

Además de esa experiencia, recuerda una en especial que le ocurrió al ex administrador de la Biblioteca Nacional, que vivía en el cuarto piso del mismo edificio. El administrador, como de costumbre cerca de las 1:00 hacía una ronda general en todo el edificio. Esa noche no era la excepción, por lo que comenzó a caminar por los pasillos del segundo piso sólo con su linterna como compañía, cuando inesperadamente sintió que una mano lo tomaba del hombro. No una mano cualquiera, sino una helada, muy helada. Quedó paralizado, no recuerda cuanto tiempo y luego de un rato logró moverse nuevamente. “Después de eso nunca más volvió a hacer la ronda solo, quedó espiritualizado, como muchos”.

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