° ¡Llegamos a 31.557.232 millones de visitas gracias a ustedes!

Fabián Guarderas Jijón

De WikicharliE
Saltar a: navegación, buscar
  Fabián Guarderas Jijón   Bienvenido a Biografías  

Presentación

Fabián Guarderas Jijón (Ecuador Quito, 1960). Doctor en Medicina y Cirugía. Posgrado y especialización en Psiquiatría cognitiva conductal. Ha hecho posgrados en Miami, Bogotá, Buenos Aires, Universidad Hebrea, Tel Aviv. Ha publicado 16 obras (periodismo médico, psiquiatría y sexualidad, un libro de psicología, texto de la Universidad Central). Autor del libro ‘El hijo del general’, de mi autoría, una novela ecuatoriana, editada por editorial Planeta en 2007. Amigo del supuestamente hijo de Augusto Pinochet.

WikicharliE Patrimonio de Chile

Fabián Guarderas Jijón es un reconocido médico quiteño. Ha trabajado en los hospitales más importantes de Quito (Metropolitano, Eugenio Espejo...). Es docente universitario. Confiesa que desde hace más de 40 años es amigo del posible hijo que el mayor Augusto Pinochet habría concebido con una pianista quiteña, cuando el militar chileno fue profesor de la Academia de Guerra de Ecuador, entre 1956 y 1959. Aquí ofrecemos el testimonio de esa vivencia que ha marcado su vida.

Fabián Guarderas J. Nació en Quito, 1960. Doctor en Medicina y Cirugía. Posgrado y especialización en Psiquiatría cognitiva conductal. Ha hecho posgrados en Miami, Bogotá, Buenos Aires, Universidad Hebrea, Tel Aviv. Ha publicado 16 obras (periodismo médico, psiquiatría y sexualidad, un libro de psicología, texto de la Universidad Central). ‘El hijo del general’ (2008). “Yo conocí a Juan en el Colegio Militar Brasil, donde fuimos compañeros. Al principio no sabía quién era. Pero luego, la amistad se estrechó con él y otros dos amigos. En la adolescencia Juan era un chico normal, tranquilo. Su vida dio un giro intenso, difícil, cuando se enteró, por una casualidad, quién era su padre.

Por los designios del azar: caminaba por la Plaza del Teatro y vio a un grupo de estudiantes, tal vez de la Universidad Central, manifestando en contra del general Pinochet. Las grandes fotos del general (de riguroso traje militar, bigote fino y lentes oscuros) que exhibían los jóvenes impactaron a Juan, porque en su casa de La Calama había tres fotos del general. Juan se quedó sin aliento al oír que los jóvenes gritaban: ¡abajo el dictador chileno! Se dirigió a la casa. Vio la foto y pensó que era el mismo. Le preguntó a su madre, Piedad, y ella, primero sorprendida y luego sollozando, confesó: Sí, Augusto Pinochet es tu padre. Ella había luchado mucho tiempo para que Juan no se enterara por otras personas. Luego, en el colegio, nos pidieron a los amigos que lo cuidáramos. Y lo hicimos.

Un día, el coronel Jorge Salvador Chiriboga, rector del colegio, nos llamó a los cuatro amigos y nos explicó sin irse por las ramas y mirándonos fijamente a los ojos la verdadera identidad de Juan. Tenía la autorización de la madre de Juan. El Rector pidió que tomáramos precauciones para protegerlo. El general Augusto Pinochet ya era dictador tras el derrocamiento del presidente Salvador Allende. El coronel Salvador, ferviente seguidor de Pinochet, también habló con nuestros padres. Nosotros, todavía chicos, no entendíamos mucho la situación política, tampoco la palabra dictador.

Era 1975. Hay un detalle que no olvido: un día, Juan fue con un guardaespaldas y lo hacía cada vez más seguido. A Juan le llevaban y traían en auto. El hombre de terno negro pasaba las horas merodeando por el colegio de la 12 de Octubre, en el norte de Quito. “Juan es idéntico al general Pinochet, es exacto”.

Juan comenzó una frenética búsqueda. En la casa halló cartas de amor escritas por el general a la madre. Yo he visto las cartas, pero no pude leerlas, por respeto. Encontró regalos, como una bella cimitarra árabe, una caja musical, una navaja suiza. Con el tiempo Juan, ya maduro, rechazó la actitud política del padre. Su madre siempre le pidió que no contara el secreto, pues, según ella, le costaría la vida. Yo conocí al general Pinochet cuando entró al Ecuador de manera clandestina, al menos un par de veces. Parece que el amor que el general sentía por Piedad era muy intenso y hacía todos los esfuerzos por verla. Creo que en Guayaquil se encontraron con Piedad y pienso que varias veces ella viajó a Chile, también de manera clandestina, para encontrarse con el general. “El amor entre Pinochet y Piedad fue intenso, siempre se comunicaron”.

Juan conoció muy poco a su padre. Hay una foto que he visto. En el antiguo monumento en la Mitad del Mundo están los tres: Piedad, Pinochet y Juan. Es una imagen sepia, imposible olvidarla. Juan siempre ha sido un gran lector. Por eso se mantenía al tanto de lo que pasaba. Sé que libraba una lucha tremenda entre los afectos del hijo y las acciones duras del padre.

El general no le dio el apellido, pero afectivamente estuvo muy ligado a Piedad. Fue uno de esos amores que marcan la vida. Leí en la prensa que doña Lucía Hiriart, esposa del general, ha dicho que la existencia del hijo quiteño es una habladuría. Pero Juan está dispuesto a practicarse un ADN para revelar su identidad. ¿Se trata de un fantasma? No. Es un ser sensible, inteligente y muy preparado. Quien le ve se asombra con la pinta. Tiene la estampa del padre: alto, corpulento, peinado hacia atrás. Vi una foto del mayor Pinochet y en televisión conocí a los medio hermanos de Juan. Yo creo que él es el que más se parece al padre. En la portada de mi libro está una foto de Juan, solo, a los 14 años, en un paseo al volcán Pichincha.

Juan me ha dicho que quiere tomar acciones legales contra dos periodistas chilenos, Claudia Farfán y Fernando Vega, autores del libro ‘La familia. Historia privada de los Pinochet’, en el cual al parecer se toman atribuciones y nombran a la madre. En ese libro, los periodistas la llaman “Piedad Noé”, lo cual es falso, no era ese su apellido (ella murió hace cuatro años). Si ahora doy este testimonio es por pedido de Juan. Le ha causado mucho dolor que hablaran así de su madre. La amó mucho. Además, los chilenos ni siquiera nombran dos libros que dieron la primicia, de una manera novelada claro, sobre la existencia de Juan: ‘El hijo del general’, de mi autoría, y una novela de un autor ecuatoriano, editada por Planeta en 2007.

Juan, ahora bordeando los 50 años, acepta las versiones de los dos libros, porque en ellos hubo respeto a la memoria de Piedad. A fin de cuentas hubo un amor intenso. Juan, por miedo, no ha revelado su identidad. Teme por su vida. Sufrió dos intentos de secuestro en Quito, pero logró huir. Pero ahora está animado a hablar y enseñar las pruebas. Será su mejor defensa. Piedad, una bella pianista Yo recuerdo a Piedad joven y bella. Alta, de pelo castaño, ojos almendrados, era concertista de piano. Amaba a Bach y a otros clásicos. Cuando yo iba a la casa de La Calama, en La Mariscal, la veía tocando su piano de cola, sumida en la música, talvez evocando su amor. Era muy culta. Nos brindaba jugos y sándwiches. Piedad nunca se casó y se dedicó a cuidar a Juan. Cabalgando por los bosques de Cotocollao A finales de los cincuenta, Quito era una ciudad recoleta. En el actual Cotocollao había bosques. Había haciendas. Por ese paisaje que hoy es solo recuerdo, Piedad y Augusto montaban a caballo. Sé que hay fotos de esos tiempos. El primer encuentro del mayor y Piedad fue en el viejo Círculo Militar. Ella tocaba el piano. La esposa del mayor Pinochet era fuerte y cuidaba mucho al marido, asistían a pocas reuniones. El mayor fue solo a una recepción en el Círculo Militar y fui ahí cuando se encantó con la belleza de Piedad y su dominio del piano. Conversaron. El chófer del mayor llevó a Piedad a casa. El amor fue clandestino hasta que algún militar le comentó a Lucía, quien los sorprendió en el bosque cercano al cuartel Vencedores, en la avenida De la Prensa. Lucía Hiriart tomó la decisión de volver a Chile con los hijos.

Pinochet se quedó acá. Debía concluir su misión como profesor de Geografía Militar en la Academia de Guerra de Ecuador. La historia de Chile pudo haber dado un vuelco si él se quedaba en Quito. Sé que intentó quedarse. Estaba enamorado de Piedad. Pero ella le dijo que debía retornar a su país y continuar la carrera. Pudo haber dejado las armas y quizá sufrió una crisis interna hasta que decidió volver. La comunicación nunca se rompió, mediante cartas o teléfono. Cuando Piedad murió, el general pidió a los amigos de aquí (muchos de ellos militares) que llevarán flores al cementerio. El mayor, en ese tiempo, se emocionó cuando supo que Piedad esperaba un hijo. Nunca se despreocupó por los dos. Conozco que Pinochet invirtió en dos empresas ecuatorianas para que las acciones ayudasen a Piedad y a Juan.

A raíz de la muerte del general una de las empresas dejó de entregar fondos a Juan y esto le ha causado molestias. En este tiempo recuerda al general sin rencor ni cariño. Es un recuerdo frío. Siente malestar por la publicación del libro de Chile. Por eso insiste en que quiere hablar. Juan es casado. Tiene dos hijos. Yo les preparo a los chicos, desde el punto de vista psicoterapéutico, para que ellos asuman la revelación de quién fue su abuelo. La esposa sabe todo. Juan guarda medallas del general en un cuadro bien enmarcado. Es muy activo, tiene una gran biblioteca, le encanta la historia y la literatura. Estudió Derecho. Recuerdo ‘Los Miserables’, de Víctor Hugo, con una firma: Augusto Pinochet Ugarte, que está en la biblioteca. Yo lo saqué . Vi la firma”.[1]


Esa hermosa quiteña

El romance entre Pinochet y Piedad ocurrió antes del golpe militar, en 1956, cuando el entonces Mayor fue enviado a Ecuador para organizar la Academia de Guerra de ese país. A pesar de contar con un salario que no superaba los US$600, ser parte de la misión diplomática hizo posible que Pinochet y su esposa, Lucía Hiriart, se codearan con la crema y nata de la sociedad ecuatoriana.

“Fue en uno de tantos eventos en el que el oficial chileno y Piedad se enamoraron perdidamente”, cuenta Farfán. La versión es corroborada por la prensa argentina, que también sigue el tema con gran apasionamiento. Al parecer el flechazo ocurrió en el salón principal de un lujoso hotel de Quito. El militar chileno llegó del brazo de su elegante y joven esposa. Bailaron como era costumbre los valses y pasodobles generalmente interpretados por veteranos músicos. Pero ese día una melodía de Bach, en las manos de Piedad, hicieron que el Mayor perdiera la cabeza.

Piedad Noé era una hermosa pianista de la sociedad quiteña, que por pedido de la cúpula militar ecuatoriana accedió a ofrecer un concierto aquella noche. Gracias a los favores de un amigo, Pinochet consiguió el teléfono de la esbelta mujer de ojos y cabello claro. La llamó al día siguiente y el flechazo fue mutuo. Desde entonces la pareja fue inseparable. El militar chileno comenzó a buscar excusas para alejarse de las reuniones sociales y encontrarse con ella en los lugares más apartados de Quito. Visitaba su casa a hurtadillas y pasaba largas horas a su lado.

En los círculos militares comenzó a rumorarse que Pinochet tenía un amor clandestino. Según revela una investigación del periodista ecuatoriano Byron Rodríguez, sus alumnos lo veían suspirando por la ventana. El profesor no volvió a ser el mismo estricto y exigente de los primeros meses. ¿Qué pasaba por su cabeza? En el libro La guerra de la funeraria se desliza la posibilidad de que el affaire entre la pianista y el militar hubiera dado frutos.

Cuenta la prensa de Ecuador que la historia del hijo no reconocido de Pinochet se convirtió en toda una leyenda en el país. Algunos aseguran que el supuesto heredero se llamaría Juan y habría sido concebido entre 1956 y 1959 en Quito, la tierra en donde también se flecharon Manuela Sáenz y el libertador Simón Bolívar y que ha sido escenario de clandestinos amoríos entre mujeres y militares extranjeros.

La investigación de Rodríguez señala que después de tener el hijo, que se parece mucho a Pinochet, la pianista se dedicó a cuidarlo y nunca se le volvió a ver. Algunos compañeros del supuesto vástago, que estudió en la Academia Militar Brasil, en Quito, aseguran que era un joven muy disciplinado y estudioso.

“Este romance por poco hace naufragar el matrimonio del militar, situación que pudo haber cambiado la historia de Chile”, señala por su parte Vega.

Regreso a Chile

Embarazada de su cuarto hijo y conociendo la infidelidad de su esposo, Lucía Hiriart decidió regresar a Chile. El militar, confundido, se debatía entre las obligaciones del fuero militar —que no admitía este tipo de situaciones— y lo que podría ser un verdadero dictado de su corazón. Militares ecuatorianos que lo conocieron revelaron el sufrimiento que padeció Pinochet al terminar la misión, en 1959.

Pero pudo más el deber que el corazón. Augusto y Lucía se habían casado el 30 de enero de 1943 a pesar de la negativa de los padres de ambos. Dicen que desde entonces Pinochet tenía deseos de ascender y puso los ojos en Lucía Hiriart Rodríguez, hija de Osvaldo Hiriart Corvalán, abogado, senador, político radical y ministro del Interior. En aquella época, los militares no tenían acceso a las altas esferas sociales, pero luego del matrimonio al ambicioso militar se le abrieron todas las puertas de la alta sociedad chilena.

No podía tirar tanto trabajo por la borda, más aún con los planes que tenía. Finalmente, ayudado por amigos y familiares, el militar chileno decidió reconquistar a su esposa. Fruto de esta reconciliación, nace Jacqueline, la menor del clan, que según los autores del libro, fue siempre la predilecta del general.

Sin embargo, aún sabiendo que su matrimonio pendía de un hilo, la relación entre Pinochet y Piedad, “esa hermosa quiteña”, no terminó del todo. Frecuentes cartas iban y venían. Todas atesoradas por el ya entonces presidente de facto, en su repisa, intocable, de ébano. Incluso, en medio del más absoluto sigilo, Piedad hizo un furtivo viaje a Chile en 1983, cuando el poder del dictador era casi absoluto en el país. Siete años después la amante moriría.

La historia de amor, que duró cerca de 40 años, fue mantenida como secreto de Estado y ahora, tres años después del fallecimiento del dictador, sale a la luz pública. Vega concluye: “Fue uno de los grandes amores de su vida y uno de los temas más difíciles de investigar porque la infidelidad de Pinochet siempre fue el secreto mejor guardado del clan”.

La testigo del romance

Claudia Farfán, una de las autoras del libro, asegura que sólo una persona es testigo del tórrido romance entre Augusto Pinochet y Piedad Noé. Según Farfán, una mujer en París tiene en su poder las misivas y fotografías que probarían el enamoramiento del dictador. La periodista también asegura que las mujeres siempre ejercieron una fuerte influencia sobre el general. Dice el libro que la mamá de Pinochet y su esposa fueron las que le aconsejaron en los momentos más difíciles de su dictadura.[2]

Referencias y Enlaces de Interés

  1. El Comercio/13jun 2009La amante del General
  2. La amante del General

Visita otros de nuestros artículos

TODAS LAS PAGINAS.png
Haz click en el ícono