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Etan Patz

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Niño desaparecido en 1979

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Etan Kalil Patz (9 de octubre de 1972 - declarado muerto en 2001 por un juzgado de Manhattan) fue un niño estadounidense que desapareció el 25 de mayo de 1979 en Nueva York.

Este caso generó un gran impacto en la sociedad norteamericana, tanto que supuso la creación del Día Nacional de los Niños Desaparecidos (National Missing Children's Day) por parte del presidente Ronald Reagan en 1983. El mismo se conmemora cada 25 de mayo. Ante la ausencia de pistas fiables que dieran con su paradero, Etan fue uno de los primeros niños desaparecidos cuya foto apareció en los envases de leche.

En mayo de 2012, treinta y tres años después, Pedro Hernández, un hombre que regentaba una tienda especializada en productos mexicanos próxima a la parada de autobús utilizada por el niño, se declaró autor del secuestro y posterior asesinato de Etan Patz.

38 años después, se resolvió el secuestro

Era la mañana del viernes 25 de mayo de 1979 y, por primera vez, Stanley y Julie Patz le habían permitido a su hijo Etan, de 6 años, caminar en soledad dos cuadras hasta la parada del autobús escolar que debía recogerlo. Llevaba una gorra de Eastern Airlines, pantalones azules y un dólar para comprar un refresco. Dudaron, pero no temían demasiado: estaba a pocos metros de su loft en el SoHo de Manhattan, una de las zonas más concurridas de la ciudad.

Sin embargo, el pequeño nunca arribó a su escuela, ni a la parada.

A las pocas horas, se realizó la denuncia por la desaparición de Etan Patz, y Nueva York comenzó a conmoverse con la historia. A tal punto que muchos olvidaron la gravedad del hecho y comenzaron a debatir respecto a la responsabilidad de los padres por dejar al niño caminar solo por la ciudad. Esa mañana empezó un misterio que duraría 38 años.

Las imágenes de Etan se multiplicaban por cada rincón de la ciudad. Negocios, locales, tiendas. En todas las vidrieras de Nueva York podían verse fotografías del pequeño de seis años. Su mirada inocente, su corte de pelo y su rostro en general daba la impresión de un ángel.

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Diarios, cadenas de televisión, radios y revistas dedicaban horas y páginas a su cobertura. Nadie lo encontraba. El misterio era total. Y el debate sobre el papel de los padres y la libertad que daban a sus hijos a tan temprana edad también crecía. Doble martirio para Stanley y Julie.

A pocos metros del loft familiar de Prince Street, Pedro Hernández vio a Etan caminando muy decidido. Al ver que se dirigía hacia donde estaba, le preguntó: "¿Quieres un refresco?". Hernández, que atendía un despacho de bebidas, lo convenció y lo hizo pasar al sótano de su local. El niño bajó los primeros escalones en busca de su premio y fue allí que el asesino comenzó a asfixiarlo, hasta que sus piernas dejaron de sacudirse. Luego, colocó el cuerpo sin vida en una bolsa plástica y ésta en una caja. Sin perturbarse, la colocó con el resto de la basura que debía recogerse esa misma noche. Según confesó, creía que aún estaba con vida

Ese fue parte del relato que la Corte Suprema de Nueva York escuchó durante los pasados cuatro meses, hasta la sentencia. Fue suficiente para que hoy fuese declarado "culpable" por el secuestro y asesinato de Etan. Los abogados del criminal intentaron dar en tierra con la acusación de los fiscales Joan Illuzzi y Joel J. Seidemann. Argumentaron que su defendido no tenía una inteligencia normal y que fue inducido a confesar su autoría.

Pero los defensores del pueblo consiguieron testigos a los que Hernández había relatado durante los 38 años que había matado a un niño en Nueva York, antes de mudarse a un pequeño pueblo a las afueras de Filadelfia. Fue así que la historia llegó a oídos de su cuñado, quien lo denunció a las autoridades en 2012. Otros relataron cómo el crimen "mortificó" durante todos esos años al asesino ante la comunidad religiosa a la que asistía.

Durante el jucio, Julie relató cómo quería que su hijo mayor fuera más independiente y cómo había sido la negociación con él para que fuera solo en busca del transporte escolar. Fue así como le permitió caminar las dos cuadras que separaban su casa en el SoHo del destino final programado. La misma casa en la que viven aún los padres. La misma casa donde a diario creen oír llamar a la puerta a algún vecino con buenas noticias o al mismísimo Etan.

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