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El último búnker de Hitler

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El último búnker de Hitler
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Presentación

Hitler y svastica.jpg

El periodista Osvaldo Muray, quien en 1966 cogió uno de los primeros hilos de la madeja que llevaría a desentrañar los misterios del caso de Colonia Dignidad, y que siguió desenredando en las páginas de Ercilla hasta los resultados que conocemos hoy, prepara un libro que dará que hablar. Su título es "Chile: El último búnker de Hitler".

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Contenido

El siguiente es un anticipo de su investigación, del análisis de las evidencias que ha reunido y de la posible huida del Führer desde Berlín para refugiarse en una isla del sur de nuestro país.

N° 3.295 del 5 al 18 de junio del 2006

Cualquier persona que se haya interesado en Adolf Hitler, dictador de Alemania y fundador del nazismo, sabrá que su destino final se ha equilibrado entre dos alternativas:

  • a)Se suicidó en su refugio subterráneo de Berlín, junto a Eva Braun –luego de casarse con ella–, y los cadáveres de ambos se consumieron en una pira alimentada con 200 litros de petróleo. Dicha tesis fue aceptada finalmente por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial en Europa –los Aliados, encabezados por Inglaterra, Rusia y Estados Unidos– que pronto se olvidaron del Führer.
  • b) Adolf Hitler escapó de Berlín y abordando un submarino, integrante de un convoy de naves semejantes, se dirigió al sur del planeta.

En esta parte de la teoría hay dos versiones diferentes. La primera, que se refugió en un escondite subterráneo en un remoto y casi inexplorado territorio antártico, descubierto y bautizado por los noruegos a comienzos de los años 20 como Tierra de la Reina Maud. Y que esta tesis no era una locura lo demuestran las expediciones militares norteamericanas que fueron a la Antártida en busca de un posible búnker secreto del Führer. La segunda versión asegura que Adolf Hitler buscó refugio en Argentina, muy cerca de Bariloche. Autores que han teorizado profusamente sobre esta última posibilidad aseguran que Hitler asistió a algunas cenas en su honor, o que conversó con varias mujeres que lo reconocieron como el desaparecido líder de los nazis. Cuando el fantasma del Führer se atravesó en mis afanes periodísticos, a fines de los años 90 y en forma impensada y sorprendente, se entreveró con el tema de Colonia Dignidad (que era mi propio fantasma desde 1966), pero rechacé la idea por demasiado fantástica. Sin embargo, algo había sucedido a fines de los 80 que me hizo repensar el asunto. Cierto día, un periodista del diario “Fortín Mapocho” –Sergio Gutiérrez Patri, editor nacional del periódico, en el que yo era editor del sector Justicia– se me acercó acompañado de una persona que lo fue a visitar, diciéndome: “Te presento a un apreciado amigo, don Pedro Mansilla, arquitecto del Ministerio de Obras Públicas y destacado competidor internacional de deportes submarinos, quien tiene una historia que te va a interesar”. De esta manera conocí a Pedro y escuché su sorprendente relato sobre el hallazgo de un submarino, a doscientos metros de una desértica playa en el sur chileno. Junto con su relato, Pedro me dibujó un plano con la ubicación del navío. Pero los periodistas vivíamos horas turbulentas en Chile. Se había ganado el plebiscito, que puso fin al régimen de Pinochet y el país se aprestaba a su prueba de fuego: una elección democrática para designar un presidente de la República, luego de 17 años de dictadura. Nadie tenía tiempo para submarinos misteriosos. El relato de Pedro Mansilla y el plano de ubicación del navío quedaron para mejores tiempos, archivados en la memoria.

El secreto de Dignidad

A fines de 1997, a casi una década de la entrevista con Mansilla, caí en la cuenta de que Colonia Dignidad había cumplido treinta años como noticia y los escándalos en la organización germana seguían vigentes, y en aumento, como vigentes estaban este reportero y la revista Ercilla, autores de la denuncia que sacó al enclave alemán de su siesta pueblerina, en marzo de 1966. Entonces propuse publicar una serie de crónicas con un recuento histórico, haciendo notar que Dignidad, que fuera información exclusiva de Ercilla en 1966, había cumplido tres décadas en el plano noticioso y continuaban las informaciones sobre irregularidades como en sus primeros tiempos. Por aquellos días, la justicia iniciaba un nuevo proceso contra el inubicable Paul Schaefer, esta vez a petición del Gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Frente a este renacer del caso, volví a los enigmas de Colonia Dignidad mientras comenzaban a suceder cosas inesperadas. Cierto día de la primavera de 1998, conversando con un analista policial sobre el oculto poder que parecía tener Schaefer, me dijo: “Hemos llegado a la conclusión de que este sujeto posee el conocimiento de algún gran secreto, tal vez de carácter político, por lo que nadie se atreve a hacerle frente”. Y agregó sobre la marcha: “Y ese secreto debe ser de tal magnitud que ni siquiera el Gobierno alemán adopta una decisión drástica sobre la colonia, pese a que en Berlín se conoce al dedillo el régimen de esclavitud que agobia a los más de trescientos colonos”. Le pregunté cual podría ser dicho secreto y mi amigo replicó: “Es una sospecha solamente, pero demasiado fantástica para hablar de ella”. Esta breve conversación me dejó cavilando un par de meses. En esas cavilaciones descarté que se tratara del ocultamiento en Dignidad de alguno de los criminales de guerra nazis “sumergidos”, tales como Borman, Méngele, o algún otro de la cincuentena de grandes asesinos del Tercer Reich, aún con vida. A fines de los 90, los “sumergidos”seguían capeando la intensa persecución judía. Contribuyendo a descartar a los criminales de guerra prófugos, consideré que todos ellos tenían órdenes de captura cursadas por Alemania y otros países, por lo cual no gozarían de la protección del Gobierno germano. Asimismo, los jerarcas de la Colonia habían asegurado que en sus tierras no le darían refugio a ningún nazi connotado. Dignidad evitaba teñirse públicamente de nazista, porque tal etiqueta pondría en peligro su secreta misión oficial, cual era ser un enclave anticomunista para evitar que Chile se convirtiera en una segunda Cuba. Pero esta oculta “misión” de Dignidad, aceptada sin reparos por los gobiernos de Jorge Alessandri y los que le siguieron, y apoyada alegremente por numerosos políticos de derecha y centro, planteaba una nueva interrogante: ¿Por qué la Inteligencia alemana se preocupa del comunismo en Chile, que es el coto de caza privado de la CIA? Y un segundo enigma: ¿No habrá otra razón, más oculta aún, que el combate anticomunista, y que este combate sea un biombo que oculte otro secreto más trascendente para Alemania? De tanto darle vueltas al asunto, recordé de pronto a Pedro Mansilla y su submarino… ¿Submarino? Y la palabra me trajo el recuerdo de algunas conjeturas surgidas en diversos ámbitos, especialmente europeos, luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial. Esas teorías aseguraban que Hitler había escapado al sur del mundo en una flotilla de submarinos, pero nadie, hasta ahora, había mostrado alguna de tales naves como prueba de indiscutible seriedad. El próximo y obvio paso era estudiar a Hitler, a los nazis y los últimos días de la guerra en Europa; mejor dicho, la batalla de Berlín. Decididamente, el fantasma recurrente de Adolf Hitler Polz se había instalado en mis preocupaciones. En esta pesquisa, que me llevó a penetrar en las profundidades de medio siglo de historias y rumores, yo buscaba antecedentes que desvirtuaran mi idea del Führer en Chile. Durante dos años estudié libros y crónicas periodísticas que hablaban sobre el tema, esperando que en algún momento surgiera la prueba definitiva de que mis sospechas eran erradas y que Hitler jamás pisó tierra chilena.

Suicidios en el Bunker

Pero ante cada hallazgo de nuevos antecedentes aparecían algunas evidencias que afirmaban lo contrario, puesto que todos los hechos conocidos y registrados históricamente apuntan a la fuga del Führer pocos días antes que finalice abril de 1945. Esto significaría, por ende, que el matrimonio de Adolf Hitler con Eva Braun corrió a cargo de un par de infortunados dobles, de uno y otra, quienes, desgraciadamente, fueron asesinados sin testigos en la habitación privada de Hitler.

Y es un hecho confirmado que el Führer usaba a sus dobles en ciertas actividades públicas por motivos de seguridad o para confundir a sus enemigos. De este modo, los dos asesinatos en el búnker se hicieron pasar por suicidios.

Es tan tan poco fiable la identificación de los cadáveres por parte de los testigos que se “reclutaron” para este trágico montaje, que una cocinera, al serle preguntada por las autoridades de ocupación aliadas si estaba segura de que el cadáver que vio era de la Braun, afirmó: “A ella la sacaron envuelta en una frazada para quemarla, pero le sobresalían los pies y llevaba los mismos zapatos que usara en la mañana”. Vale decir, la mujer identificó un calzado semejante al que usaba Eva Braun, pero no a la supuesta esposa del Führer.

Otra de las precauciones adoptadas para encubrir la fuga la tomó el mismo Adolf Hitler, al exigir a su hombre de confianza, su chófer personal, que tras su suicidio y el de Eva los rociaran con 200 litros de petróleo para reducir los cuerpos a cenizas, “porque no quiero ir a parar a un museo de Moscú”. Pero es también creíble que la finalidad de la incineración era evitar que los vencedores recuperaran los cuerpos y constataran que los supuestos suicidas eran perfectos sosias de ambos. Se denomina sosias a la persona que tiene mucho parecido o similitud con otra, hasta tal punto que pueden llegar a confundirse.

Esta estratagema resultó, porque los vencedores, oficialmente, aceptaron la identificación de los restos sin contar con pruebas científicas rigurosas. No obstante, a título personal, todos los líderes –tanto rusos, que hallaron los cuerpos calcinados, como los demás aliados– dijeron desconfiar de esa solución, para opinar que Hitler se había dado a la fuga. Y dichas opiniones eran para tenerlas en cuenta, porque las emitieron Stalin, Dwight D. Eisenhower, Bedell Smith, el mariscal Zhukov y el coronel-general ruso Alexander Gorbatov. Este último era el representante de Stalin en la Kommandatura de Berlín y declaró a los periodistas occidentales el 30 de julio de 1945 que “no hay la menor prueba de la muerte de Hitler y lo más probable es que haya escapado de Alemania”. A mayor abundamiento, todos quienes de una u otra forma tuvieron que ver con la invasión y ocupación de Berlín, fueron de la misma opinión.

El gran escape

A estas alturas de la pesquisa era más que obvio que Hitler se había escapado del Führerbunker. ¿Cómo lo hizo, cuando la capital del Tercer Reich estaba rodeada de soldados rusos por sus cuatro costados? Encontré varias versiones del sistema empleado para el gran escape, pero la que más se acerca al trayecto seguido entre su refugio y el puerto noruego de Kristiansund –donde le aguardaba la flotilla de submarinos– curiosamente la publicó la revista chilena Zig-Zag, el 16 de enero de 1948, señalando: “El 30 de enero de 1945, el capitán Peter Baumgart transportó a Adolf Hitler, a Eva Braun y a un grupo de leales amigos, desde Tempelhof (aeropuerto de Berlín) hasta Tondern, en Dinamarca, y desde allí a Kristiansand, en Noruega, donde les esperaba la flotilla de submarinos”.

Esta versión necesita algunos reparos y precisiones. De partida, la fecha de la fuga no corresponde en absoluto a los hechos conocidos. La fecha más aproximada es la del 19 de abril en adelante, cuando el propio Führer le dice a Karl Doenitz que a partir de ese momento él desaparece y el Gran Almirante (es su título por ser el Comandante en Jefe de la Armada alemana. N. del A.) debe asumir la conducción del Reich. “Usted es un soldado –enfatiza perentoriamente Hitler a Doenitz– y debe obedecer mis órdenes. El marino, no obstante, recién a fines de abril, toma el mando de Alemania y el cargo de Führer (máximo jefe militar).

En la información de la revista Zig-Zag de 1948 se dice que a Hitler le acompañó en su fuga, aparte de Eva Braun, un grupo de amigos. Esto es coherente con otra versión que asegura que el Führer fue llevado a Dinamarca en un avión “Arado 555”. Aquí es necesaria una explicación aclaratoria. Los últimos personajes que llegaron o salieron de Berlín –mejor dicho, del búnker de Hitler– en el mes de abril, lo debieron hacer en pequeños aviones que podían aterrizar o despegar desde una amplia avenida frente al edificio de la Cancillería del Reich (sede del Partido Nazi), conocida como el Eje Este-Oeste, por lo cual es muy posible –y eso nos permite fijar con mayor exactitud la fecha de la fuga– la presencia del Arado 555.

Este avión era capaz de transportar a varios pasajeros, lo que es imposible para un pequeño monomotor que a lo sumo transporta a dos o tres personas. El Arado era un monstruo del aire, pero llegó demasiado tarde, como muchas otras armas secretas de Hitler. Se trataba del primer avión a reacción del mundo, dotado de seis motores y capaz de ir desde Alemania a Nueva York, dejar caer cuatro toneladas de bombas y regresar a su base, sin reabastecerse de combustible. Pero hizo su aparición cuando ya Alemania había perdido la guerra y el único aparato que salió de la fábrica Arado sólo sirvió para rescatar a Adolf Hitler desde su refugio y llevarlo a Dinamarca.

Ahora, si el avion Arado despegó desde Tempelhof significaría que la fuga se inició, a lo menos, una semana antes que terminara el mes de abril, ya que en esos días los rusos se apoderaron del aeropuerto, único que permitiría operar al gigantesco bombardero intercontinental.

Un Paraíso para Hitler

Las maniobras del almirante Karl Doenitz durante abril despejan cualquier duda que se pudiera tener sobre su rol en la fuga del Führer. Dos años antes, en 1943, cuando Doenitz era el comandante de la flota submarina de los nazis –en esa época el arma más poderosa de Alemania– declaró a un grupo de periodistas alemanes: “Mis submarinos descubrieron un paraíso en la tierra, una admirable fortaleza para el Führer, en algún lugar del mundo. Allí podrá (Hitler) trabajar con plena tranquilidad, preparando sus nuevos planes”.

No aclaró el almirante dónde estaba ese paraíso, pero no debe haber sido la Antártida. También era ilógico pensar en Argentina, que se llenó de criminales de guerra al término del conflicto, y donde los comandos judíos buscaban afanosamente a los prófugos del Tercer Reich. Para Hitler, esconderse en Bariloche, como se ha teorizado, era refugiarse en la boca del lobo.

Volviendo a Doenitz, poco antes de la debacle final, Hitler saca de su cargo al comandante en Jefe de la Armada, el Gran Almirante Raeder y nombra a Doenitz en su reemplazo. Obviamente, una medida muy estratégica del Führer. El nuevo jefe naval cambia la sede de la Comandancia en Jefe del arma, que estaba en Pilau, a orillas del Báltico, y la lleva a Flensburg, donde funciona la Escuela Naval de la Marina.

¿Cuál es la razón de este cambio?

Pilau está en el camino por donde llegan a Berlín las tropas rusas; Flensburg se ubica al norte de Alemania, también a orillas del Mar Báltico, pero fronterizo con Dinamarca que permanece en poder del Ejército alemán. Un poco más al norte de Dinamarca, tras cruzar un estrecho, está Noruega –también en poder de los nazis–, y en la esquina misma del territorio noruego, el puerto de Kristiansand, donde se reúne la flotilla del gran escape.

Esto significa que un vuelo desde Berlín a Flensburg, se realiza sobre territorio controlado por Alemania, aunque los rusos ya dominen la capital del Reich.

Instalado en la Escuela Naval, Doenitz ordena que una promoción completa de submarinistas se ponga bajo sus directas órdenes y como las conversaciones sobre rendición ya están muy avanzadas con el enemigo, manda radiar un orden de rendición a todos los submarinos que navegan por el mundo.

Todo este panorama tiene una sola explicación: los submarinistas van a integrar la flotilla del gran escape (¿ para qué otra cosa necesita submarinistas, si la guerra está terminando?). En cuanto a la orden de rendición a los submarinos es muy evidente su intención. Cuando el enemigo se entera de tal orden cesa de perseguirlos, porque centenares de dichas naves comienzan a aflorar a la superficie del mar con bandera blanca. De este modo, la flotilla del gran escape navega casi tranquilamente rumbo a Chile.

De Cabo Verde a la Isla Friendship en el sur de Chile

La flotilla, compuesta a lo menos por seis submarinos, sale de Noruega al Mar del Norte y bordea el sur de Islandia. Ya en el Atlántico, la travesía se cumple sin inconvenientes. Pero cuando la flotilla –que navega sumergida– pasa entre Africa y Brasil, frente a las islas del Cabo Verde, se rompe la tranquilidad de la navegación.

Es la madrugada del 4 de julio de 1945, un destructor brasileño choca inesperadamente contra un submarino que, al parecer por la escasa profundidad en que ocurre la colisión, se estaba sumergiendo. Del barco brasileño se alerta a otro destructor que patrulla en las cercanías y todo indica –por lo que sucedió después– que los dos submarinos encargados de proteger el convoy del Führer se quedan en las proximidades del incidente para detener a los brasileños, mientras el resto de las naves escapa raudamente con rumbo sur.

El segundo destructor, que llega cuatro horas después en apoyo del primero es el Bahía con una dotación de 360 tripulantes. La situación se complica para los alemanes y uno de los submarinos de combate dispara un torpedo contra el buque recién llegado. El impacto da justamente en la proa y muy cerca de la santabárbara, por lo que la explosión causa un serio daño a la nave que comienza a hundirse con letal rapidez. De sus 360 hombres sólo se salvan 40.

Una semana después, el 12 de julio de 1945, otro destructor brasileño que ha permanecido en el área donde se hundió el Bahía detecta a un submarino y lo ataca con cargas de profundidad. Es fácil suponer que el submarino permaneció sumergido, esperando que los perseguidores se convencieran de que había escapado, para poder reanudar su travesía.

Es posible suponer que por razones estratégicas y conversaciones de muy alto nivel entre alguna autoridad nazi “sumergida” y el Gobierno argentino –claramente pro nazi–, los dos submarinos de combate cambien su trayectoria y no sigan en el convoy del Führer. Por ello, el 10 de julio de 1945 se rinde en Buenos Aires el U-530, al mando del teniente de navío Otto Weirmutt y su tripulación de 54 hombres.

En medio de estas historias de rendiciones, la prensa argentina informa de avistamientos de a lo menos otros tres submarinos, uno de los cuales es apresado por la Marina, pero dejado libre después, al decir de la prensa. Tales navíos desaparecen rumbo al sur.

La flotilla del gran escape, entretanto, ha entrado al Pacífico. El submarino que transporta a Hitler fondea en el refugio que el almirante Karl Doenitz calificara como “paraíso en la tierra”, y que no es otro que la hoy llamada isla Friendship, en la provincia de Aisén.

Isla Friendship

Otro submarino llega hasta Valdivia, donde es hundido por su tripulación. Un tercer navío reposa en Bahía Mansa y un cuarto submarino es detectado y perseguido por la FACH en Iquique, pero escapa y hoy se encuentra hundido en la costa de Antofagasta. Un quinto submarino fue dinamitado, hundido y reflotado en una playa de la Séptima Región, pero esa nave nos cuenta otra historia, porque fue escenario de un asesinato múltiple.

¿Quiénes tenían interés en dinamitar ese submarino, instalado al costado norte y muy próximo al faro Carranza, un faro de la Armada chilena?

Tras el análisis de los sucesos ocurridos en el refugio berlinés de Adolf Hitler, es forzoso arribar a una sola conclusión: Martin Borman, canciller del Partido Nazi y su hombre de confianza.

En los dos últimos meses de la guerra, ninguno de los generales o mariscales del Reich tenía acceso al Führer si Borman no lo autorizaba. Su sistema era simple: aparentando relevar al jefe de sus agobiadoras tareas, “filtraba” las visitas, hasta que llegó un momento en que el Führer se tornó invisible para sus generales y líderes políticos. Sólo tres de los sátrapas del dictador no eran manejados por el canciller del partido: Goebbels, Hermann Göring y Himmler.

No cabe la menor duda de que fue Martin Borman quien ideó el gran escape, convenciendo al Führer de huir de Berlín –y de Alemania–, porque, al parecer, Hitler realmente quería morir en el Fuhrerbunker. También es evidente que Borman abandona el refugio mucho después que Hitler, en el pequeño submarino hoy abandonado en Carranza.

Llegados al lugar elegido y descargados los valores que transportaba, decide eliminar a los tripulantes –quizás no a los oficiales– y para ello debe haber instalado una carga explosiva en el sector de los torpedos, donde están las literas de los marinos, la que estalló cuando éstos dormían. Hay un testigo que escuchó la detonación en horas de la madrugada.

Para ese genio maléfico que era Borman, un grupo de marinos era un potencial peligro de contar lo que sabían, decidiendo su eliminación. Muchos años después, el administrador de la Estancia Flora, Florencio Arellano, le dijo a este periodista que unos alemanes que llegaron en avión se llevaron el contenido del barco, y mostró el cable que sirvió para reflotarlo, montando un andarivel para transportar la carga hacia la playa.

Pizarra

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  • En Chile se había dado una situación curiosa. El Presidente radical, Juan Antonio Ríos, había declarado muchas veces su desprecio hacia los países Aliados y esto valió más alguna mención honrosa de parte de la Alemania Nazi hacia nuestro pueblo chileno. Incluso había sido expulsado del Partido Radical en 1931 por su apoyo a la dictadura del General Carlos Ibáñez del Campo.

Ríos, casado con una mujer de ascendencia alemana y él mismo muy admirador de los alemanes (a quienes conocía principalmente por la colonización germana en el Sur de Chile), llegó al punto de amenazar a los norteamericanos, a través de su embajador Bowers, con bombardear naves aliadas atracadas en la isla de Chiloé, si Chile era presionado indebidamente a romper relaciones con el Eje. Sin embargo, mantener la sola neutralidad se convirtió en todo un desafío. Desde el mismo Gobierno hubo una y otra vez funcionarios que intentaron arrastrar a Chile a declararle la guerra a Alemania, imitando a las otras 80 naciones que lo habían hecho ya, la mayoría de ellas simbólicamente. Tanto el Canciller chileno, don Ernesto Barros Jarpa, como el Embajador en Alemania, Tobías Barros Ortiz, lograron aplacar una y otra vez estas intentonas anti germanas; pero, finalmente, las fuerzas imperialistas triunfaron y Chile terminó en la lista de países que, de malas ganas en este caso, firmaron la "declaración de guerra" contra la Alemania de Hitler, contra Japón y contra Italia, el día 20 de enero de 1943. Es curioso que las presiones hayan provenido, por un lado, de un boicot económico de parte de los Estados Unidos, y por otro, de sus "archienemigos" marxistas internos que amenazaban con producir una agitación social si el presidente no cedía a tales presiones.

Sin embargo, ni Ríos ni su sucesor en el palacio de Gobierno, otro radical, el ilustre Gabriel González Videla, dejaron de lado su adhesión personal al Eje y su admiración por la epopeya nazista. Chile era, así, uno de los países donde el Estado Mayor alemán consideraba la presencia de suficientes amigos que garantizaran la seguridad de sus hombres en caso de una emergencia. La Argentina de Juan Domingo Perón también lo hubiese sido en otras condiciones, pero los norteamericanos se habían asegurado un control en dicha nación al final de la guerra, a sabiendas de que podía transformarse en una vía de escape para los nazis alemanes, por el Atlántico.

Pues bien: se acercaba el fin del año de 1945, cuando una pequeña flotilla de poderosos submarinos alemanes de escolta, medio extraviados en aguas del Pacífico, llegaron de emergencia al puerto de Talcahuano. Habían perdido el curso del mismo modo que las naves que llegaron a Mar del Plata, y remontaron rumbo más hacia el Norte, por aguas chilenas, intentando una acción de auto salvamento. ¿Qué era lo que podrían haber "escoltado" en este lado del mundo?

A diferencia de lo sucedido en Argentina, las autoridades se arriesgaron a no dar información a los norteamericanos sobre lo sucedido (los radicales de entonces nunca se llevaron bien con Estados Unidos) y todas las evidencias fueron hechas desaparecer. Los hombres, sus naves y la historia quedaron en el anonimato de un rumor que hoy es leyenda. ¿De dónde venían? ¿Qué hacían en estas aguas? ¿Qué misión de oficiales expertos podría haber tomado la tarea de viajar en forma suicida hacia las aguas antárticas, si no fuera, en efecto, hacia un refugio o campamento inexpugnable?

Han pasado los años. Los episodios de los submarinos alemanes en Mar del Plata y Talcahuano ya son leyendas. La historia de Hitler en la Antártica también lo es...[1]

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