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Delmira Agustini

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Delmira Agustini
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Poeta Uruguaya

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Delmira Agustini (Montevideo, 24 de octubre de 1886-† 6 de julio de 1914) es una de las poetas más representativas de la poesía hispanoamericana del siglo xx. Admirada por su talento y por la sensualidad de sus versos, la prematura y trágica muerte que hace de ella toda una leyenda, no impidió que se publicaran tres poemarios que llamaron la atención de sus contemporáneos y que desconcertaron a la sociedad uruguaya de su tiempo.

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Contenido

Elogiada por Rubén Darío —que escribió el «Pórtico» de su libro Los cálices vacíos—, y por otros intelectuales del momento, la retórica modernista en ella va dejando paso a una nueva visión del lenguaje erótico, la del deseo femenino, que chocó con los códigos tradicionales de su entorno y que fue creando una escuela entre las voces femeninas que retoman su legado.

Por todo ello, el CVC se complace en ofrecer este monográfico en el que se repasa su breve biografía y la cronología esencial de su vida, que es también la de un periodo fascinante de la historia literaria hispanoamericana, y en el que se recogen artículos de especialistas; además se incluye una completa selección de sus mejores poemas ilustrados con mucho acierto. Por último, la bibliografía recopila su obra y los estudios críticos en torno a su poesía.

1886

Delmira Agustini nace el 24 de octubre en Montevideo. Hija de Santiago Agustini, de nacionalidad uruguaya, y María Murtfeldt, originaria de Argentina. Desde ese momento sus padres se desviven por ella y la llaman «la Nena», sobrenombre que continuarán usando siempre para referirse a su hija.

1891

A los cinco años ya sabía leer y escribir correctamente, a los diez componía versos y ejecutaba en el piano difíciles partituras. Sus cualidades artísticas fueron valoradas y apreciadas por sus padres, a quienes se les ha atribuido repetidamente una excesiva protección. Como era usual en la época entre las clases altas, sus padres se encargaron de su educación: clases privadas de francés, piano, pintura, dibujo. El contacto con otros niños de su edad fue escaso, algo que alimentó su gusto por la soledad y la introspección. Desde su infancia, mantiene una relación de amistad muy estrecha con André de Badet, compañero en sus clases de pintura.

1902-1906

A la edad de dieciséis años, empieza a publicar sus primeros poemas en la revista La Alborada. También lo hace en otras revistas literarias, como Apolo y Rojo y Blanco. Es en estos poemas donde se identifica su estilo modernista más extremo, muy cercano al de Rubén Darío en Azul o Prosas profanas; allí están presentes el exotismo, el cosmopolitismo, el preciosismo y un afán por la rima musical. Asimismo, estos primeros poemas todavía están acentuados por una temática convencional donde sobresale un fuerte idealismo; precisamente porque es una joven adolescente, prefiere escribir sobre ilusiones y sueños. En 1903, La Alborada la invita a colaborar en una sección que ella titula «La legión etérea» y que firma con el pseudónimo de Joujou. En esta sección, escribe retratos de mujeres de sociedad que sobresalen ya sea en lo cultural o lo social. Durante sus años de adolescencia, Delmira prefiere la cómoda soledad de su habitación a las reuniones sociales. Su mayor interés sigue siendo la poesía, y su tiempo libre lo dedica a pasear con sus padres, quienes la suelen acompañar a dar largas caminatas por el parque.

1907

Publica su primer poemario, El libro blanco (Frágil), con prólogo de Manuel Medina de Betancourt. A partir de entonces empieza a establecer amistad con algunas de las figuras intelectuales más sobresalientes de la época, casi todas mayores que ella: el ya mencionado, Manuel Medina Betancourt, Alberto Zum Felde, Roberto de las Carreras, Juan Zorrilla de San Martín, Carlos Vaz Ferreira, Julio Herrera y Reissig, Samuel Blixen (editor del semanario cultural Rojo y Blanco), entre otros. La correspondencia que establece con algunos de ellos se caracteriza por la hiperbólica admiración --propia de la retórica modernista- con que es elogiada tanto su poesía como su persona.

1908

Comienza un noviazgo con Enrique Job Reyes a escondidas —ya que la madre no aprueba esta relación—, uno que al principio se limita al contacto epistolar y que llegará a durar cinco años. Reyes provenía de una familia acomodada de la provincia de La Florida y estaba involucrado en el negocio de la compra y venta de caballos. Nunca apreció el talento poético de Delmira y más bien lo consideraba algo molesto.

1910

Publica Cantos de la mañana, prologado por el escritor uruguayo Manuel Pérez y Curis. Para entonces es una poeta célebre y su prestigio es sobresaliente, tanto que en su casa es visitada por varios escritores atraídos por su talento. Asimismo, recibe una elogiosa carta del reconocido intelectual argentino, Manuel Ugarte; es el primer contacto de Delmira con quien, un par de años después, establecerá una ardiente correspondencia.

1912

Conoce a Rubén Darío durante una de sus visitas a Montevideo e inician una amistad cordial que se expresa en un intercambio de cartas. En esta visita a la capital uruguaya, a Darío lo acompaña su amigo Manuel Ugarte; es entonces cuando Delmira y el argentino, once años mayor que ella, se conocen personalmente. Las visitas de éste a la poeta se hacen más frecuentes con el tiempo.

1913

En febrero publica su tercer libro de poemas, Los cálices vacíos. El libro abre con un «Pórtico» de Rubén Darío alabando su poesía: «De todas cuantas mujeres hoy escriben verso ninguna ha impresionado mi ánimo como Delmira Agustini, por su alma sin velos y su corazón de flor». Este poemario, más abiertamente erótico que los anteriores, levanta murmuraciones entre los miembros de la sociedad burguesa montevideana. Seis meses después, el 14 de agosto, Delmira y Reyes finalmente se casan. Sin embargo, para entonces, la poeta ya siente una fuerte pasión amorosa por Manuel Ugarte, quien es testigo de la boda. Si a lo anterior se le agrega el hecho de que Reyes no comprendía su vocación literaria, no es de extrañar que, un mes y medio después del casamiento, Delmira lo abandonara y se refugiara en la casa de sus padres. El 13 de noviembre interpone una demanda de divorcio alegando hechos graves que imposibilitan cualquier reconciliación con su marido. También se refiere a amenazas sufridas posteriormente a la separación. Casi al mismo tiempo, empieza a cartearse intensamente con Ugarte.

† Su muerte 1914

Estando el divorcio en pleno trámite, Delmira visita clandestinamente a su todavía marido en las habitaciones que este alquila en un edificio de la calle Andes, 1206. El divorcio se falla el 22 de junio. Ella vuelve a visitarlo el 6 de julio, fecha en que Enrique Job Reyes le dispara dos tiros a la cabeza, y a continuación se suicida. De acuerdo a cartas escritas a un amigo y a su madre, Reyes llevaba meses contemplando el suicidio. Cualquiera que sea la interpretación de la tragedia, lo cierto es que Reyes amaba de forma enfermiza a Delmira y, quizás celoso de un posible rival, la asesinó dominado por un sentimiento de inferioridad.

Delmira Agustini, su muerte en 1914

Sin duda, el episodio del asesinato de Delmira Agustini a manos de su esposo alimentó la leyenda de su vida, rodeada de un aura de malditismo. Los trabajos seleccionados aquí evidencian de qué manera en su poética fluye una corriente que trasciende esta leyenda, de modo que lo que podría considerarse como la melancolía de los decadentistas en ella no es otra cosa que el tenso deseo de alcanzar el ideal: ese sueño imposible que enfrenta las fuerzas destructivas y creadoras y que se proyectará en sus libros, especialmente en Los cálices vacíos, un poemario que escandalizó a sus contemporáneos por el tratamiento del erotismo. La crítica subraya que Agustini es una de las voces modernistas de mayor vigencia y acaso la más próxima a las propuestas vanguardistas. Esto es lo que nos indican los trabajos que aquí se presentan y que abordan distintos aspectos de su obra.

Las posibles causas de la Tragedia

Celos, incomprensión de la conducta de su ex esposa, que no solo lo abandona sino que tiene la osadía de seguir viéndolo “clandestinamente” mientras corre la sentencia de divorcio, obsesión por el amor que se escapa y no se tiene, supuestos pretendientes en la vuelta, son algunas de las narraciones que reflejan las crónicas: “Loco de amor. El divorcio había trastornado el espíritu de Reyes, quien no podía consolarse del fin de sus amores (…) La hipótesis más razonable hace creer que el crimen de Enrique Job Reyes no fue más que la consecuencia de su pasión”, considera Lasplaces en “El Día”, en su extensa crónica del 7 de julio de 1914.

Si bien todos destacan la obra poética de la asesinada y recuerdan lo bien posicionada que estaba en el mundo de las letras hispanas, su conducta es interpretada desde el pedestal de “excelsa” a partir del cual su exmarido, comerciante, rematador, era muy poca cosa para ella, demasiado vulgar al pretender que como esposa, ella fuera una mujer como todas las demás (sumisa, obediente, dedicada a las labores propias de su s e x o ) . “Delmira estaba hastiada, ella con su carácter varonil (sic) paró el golpe: su divorcio que había ya iniciado ante la justicia civil, lo motivaban razones de índole personal: desencantos de ideales soñados por su alma de artista, aspiraciones que el hogar no satisfacía siquiera medianamente. Y entabló el proceso: abandonó a su marido, volviendo a casa de sus padres”, relata el cronista de “El Siglo” el 7 de julio de 1914.

No faltó la voz conservadora que aprovecha la ocasión para recordar los males del divorcio y condenar todas esas ideas “modernosas” que se iban convirtiendo en ley en aquel efervescente Uruguay: ”Se comprueba una vez más la impotencia del divorcio como medio de resolver las situaciones difíciles que puede crear un mal matrimonio (…) es el epílogo natural de una vida de hogar sin espíritu cristiano, sin la sana idealidad que, aún en la adversidad, orienta a las almas hacia Dios”, se escribe desde las páginas de “El amigo del obrero” el 8 de julio de 1914, donde ¡qué duda cabe! la gran responsable y disparadora de esta tragedia es la propia víctima.

En todo el raconto de la prensa, tanto Reyes como Agustini son vistos como víctimas de un amor irracional, incomprensible[1].

  1. eleditor.net/A 102 años de la trágica muerte de la poetisa Delmira Agustini

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