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Bruja

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  Bruja   Bienvenido a Misterios  

Presentación

El aquelarre (1798).jpg

Una bruja (en masculino, un brujo) es una persona que practica la brujería. Si bien la imagen típica de un brujo o de una bruja es muy variable en función de cada cultura, en el acervo popular del mundo occidental la representación de una bruja se asocia fuertemente hoy en día a la de una mujer con capacidad de volar montada en una escoba, así como con el Aquelarre (lugar de brujas) y con la caza de brujas (búsqueda e identificación de brujos y brujas). Al brujo algunos lo asocian con el vidente o con el clarividente, otros lo asocian con el chamán (quien es un especialista de la comunicación con las potencias de la naturaleza y con los difuntos), mientras que otros lo asocian con un brujo de tribu más orientado a la curación de enfermos del cuerpo y del alma, etc. La bruja (en femenino) es un personaje recurrente de la imaginación contemporánea, que perdura y se afirma gracias a los cuentos, las novelas, las películas, así como a través de ciertas fiestas populares y de sus especiales máscaras.

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Etimología

En latín, las brujas eran denominadas maleficae (singular malefica), término que se utilizó para designarlas en Europa durante toda la Edad Media y gran parte de la Edad Moderna. Términos aproximadamente equivalentes en otras lenguas, aunque con diferentes connotaciones, son el inglés witch, el italiano strega, el alemán Hexe y el francés sorcière. Esta última palabra, femenino de sorcier, deriva del latín vulgar sortiarius (que literalmente significa « hablador de suertes o parlachín de suertes») y del latín clásico sors, sortis (que primero señalaba un procedimiento de clarividencia, y luego significaba destino o suerte).

La palabra española «bruja» es de etimología dudosa, posiblemente prerromana —¿ibérica?—, del mismo origen que el portugués y gallego bruxa y el catalán bruixa. La primera aparición documentada de la palabra, en su forma bruxa, data de finales del siglo XIII.​

En 1396 se encuentra la palabra broxa, en aragonés, en las Ordinaciones y paramientos de Barbastro. Carmelo Lisón Tolosana considera que el origen de la palabra puede encontrarse en el área pirenaica. En Gascuña y Béarn era también corriente el uso de una palabra etimológicamente relacionada, brouche. Debe tenerse en cuenta que en esta época el Languedoc y la Corona de Aragón eran áreas culturalmente muy relacionadas. El término inglés witch tiene un origen más controvertido, aunque posiblemente deriva del radical wik de origen tanto celta como germánico.​

La imagen de las Brujas, nace en el Arte

Sus predecesores aparecen en la Biblia, en la historia del rey Saúl que consulta a la así llamada "bruja de Endor". También aparecen en el período clásico en la forma de "estirges", unas temibles criaturas aladas con forma de harpías o lechuzas que se alimentaban de la carne de bebés.

Circe

Circe, la hechicera de la mitología griega, era una especie de bruja capaz de transformar a sus enemigos en cerdos. Así era también su sobrina Medea. El mundo antiguo fue, pues, responsable del establecimiento de una serie de figuras retóricas que en los siglos subsiguientes serían asociadas a las brujas.

Circe que transforma los hombres de Ulises en cerdos en la Odisea de Homero

Sin embargo, no fue hasta comienzos del Renacimiento que nuestra percepción moderna de las brujas se formó realmente. Y un hombre de esa época hizo más que ninguno para definir la forma en que todavía nos imaginamos a las brujas: el pintor y grabador Alberto Durero.

Doble problema

En un par de grabados enormemente influyentes, Durero determinó lo que se convertiría en el estereotipo de la apariencia de una bruja. Por un lado, como en "Las cuatro brujas" (1497), podía ser joven, atractiva y ágil, capaz de cautivar a los hombres.

Alberto Durero, Las cuatro brujas, Germanisches Nationalmuseum, Nuremberg, 1497

Por el otro, como en "Bruja montando una cabra al revés" (circa 1500), podía ser vieja y abominable.

Bruja montando una cabra al revés c1500

Este último grabado mostraba a una vieja bruja desnuda sobre una cabra con cuernos, símbolo del demonio. Tiene ubres caídas por senos, una boca abierta por la que da alaridos e impreca y unas hilachas de cabello que apuntan en la dirección en la que se mueve de forma innatural (un signo de sus poderes mágicos). Incluso blande una escoba. He aquí a la matriarca de las brujas que hoy encontramos en la cultura popular.

Para los historiadores del arte, no obstante, la pregunta clave es de dónde sacaron los artistas del Renacimiento el modelo de esta visión espeluznante. Una teoría es que Durero y sus contemporáneos se inspiraron en la personificación de "Invidia" ("Envidia"), tal como la concibió el artista italiano Andrea Mantegna (1431-1506) en su grabado "La batalla de los dioses marinos",

Andrea Mantegna (1431-1506) La batalla de los dioses marinos.

"La figura de Envidia de Mantegna creó en el Renacimiento la idea de que la bruja era una vieja harpía", explica la artista y escritora Deanna Petherbridge, una de las curadoras de la exhibición del Museo Británico.

"Invidia era macilenta, sus pechos ya no servían para nada, lo que explica por qué sentía envidia de las mujeres y atacaba y se comía a los bebés. Frecuentemente tenía serpientes en la cabeza en lugar de cabello", señala.

Un buen ejemplo de este tipo de bruja puede verse en un grabado italiano extraordinariamente intenso conocido como Lo Stregozzo ("La procesión de la bruja", 1520). En él, una malévola bruja con la boca abierta, el cabello en desorden y ubres secas agarra un caldero humeante y monta un esqueleto monstruoso y fantástico. Su mano derecha enfila hacia la cabeza de un bebé de una pila de infantes a sus pies.

Este grabado se produjo durante la "era dorada" de la imaginería de brujas: los tumultuosos siglos XVI y XVII, cuando los despiadados juicios por brujería convulsionaban a Europa (el punto máximo de la caza de brujas se produjo entre 1550 y 1630). Como resultado hubo una efusión de símbolos asociados a la brujería brutalmente misóginos, mientras que los artistas aprovechaban la invención de la imprenta para diseminar el material rápida y ampliamente.

"La brujería está ligada a la revolución de la imprenta", explica Petherbridge.

Para el siglo XVIII las brujas ya no eran consideradas una amenaza. En cambio, se las entendía como ideas supersticiosas de campesinos. Pero eso no disuadió a grandes artistas como Goya de pintarlas.

Los "Caprichos", la colección de 80 grabados de Goya desde 1799, emplea brujas, duendes, demonios y monstruos como instrumentos de sátira.

"Goya utiliza la brujería metafóricamente para señalar los males de la sociedad", dice Petherbridge. "Sus dibujos se refieren en realidad a cuestiones sociales: codicia, guerra, la corrupción del clero".

Escoba con vista

Goya no creía literalmente en las brujas, pero sus grabados siguen estando entre las imágenes más potentes que se hayan hecho nunca sobre brujería.

La imagen nos muestra el dibujo llamado: "Caprichos No 68 Linda maestra" de Goya en el Museo del Prado.

El Grabado número 68 de Los Caprichos es especialmente memorable: una bruja marchita le enseña a una más joven y atractiva cómo volar sobre una escoba. Las dos están desnudas y el dibujo seguramente pretendía ser procaz, por el uso del verbo "volar" como un coloquialismo para referirse al orgasmo.

Por la misma época estaba de moda entre artistas que trabajaban en Inglaterra representar escenas teatrales de brujería.

El artista nacido en Suiza Henry Fuseli, por ejemplo, hizo varias versiones del momento en que Macbeth se encuentra por primera vez a las tres brujas en el brezal.

Para entonces, sin embargo, el arte de la brujería estaba en declive. Carecía de la extraña fuerza imaginativa que había insuflado el género en siglos anteriores.

En el siglo XIX los prerrafaelitas y los simbolistas se vieron atraídos por igual a la figura de la bruja, a la que reasignaron el rol de la mujer fatal. Pero podría argumentarse que su siniestra seducción pertenece más al reino de la fantasía sexual que del arte.

La constante a través de la historia del arte de la brujería es la misoginia. Como mujer, ¿cómo hace sentir esto a Petherbridge?

"Al principio, cuando miraban las imágenes, me afectaban mucho porque son muy discriminatorias", dice.

"Pero ya no me espantan; creo que las salvan el exceso, la sátira y la invención. Con frecuencia los artistas se sentían atraídos a estas escenas porque tenían drama. Eran libres de extender sus alas y crear toda clase de imágenes estrafalarias".[1]

Las brujas de Salem

Juicio brujas de Salem 1692.jpg

A pesar de ser generalmente conocido como ‘los juicios de Salem’, las audiencias preliminares en 1692 se llevaron a cabo en diversas ciudades de toda la provincia: la aldea de Salem, Ipswich, Andover y la ciudad de Salem. Los juicios más conocidos tuvieron lugar en la ciudad de Salem, realizados por un Tribunal de Oyer and terminer en 1692.

La denuncia se inició cuando dos niñas, de 9 y 11 años de edad, comenzaron a sufrir convulsiones y espasmos. Entre sollozos afirmaron haber sido embrujadas por mujeres de la localidad que de noche creaban dobles de sí mismas.

El juez local les creyó y así se inició una investigación que sumió a la ciudad en un clima de histeria colectiva, surgiendo cada día más niñas embrujadas y nuevos implicados, hasta alcanzar el sorprendente número de 141 acusados. Más de 150 personas fueron detenidas y encarceladas, solo con acusaciones, sin embargo no llegaron a ser formalmente procesadas por el tribunal del condado. Al menos cinco de los acusados fallecieron en prisión, y las veintiséis personas que fueron a juicio fueron condenadas ante este tribunal.

Los Juicios

Un rasgo particular de estos juicios fue que las denuncias de alucinaciones y contactos demoníacos surgieron entre un grupo de mujeres de la comunidad de Salem, pero nunca se realizaron procedimientos serios para obtener pruebas de tales prácticas, sino que casi todas las acusaciones se basaban en rumores.

Los propios jueces se dejaron llevar por la histeria religiosa de la comunidad de Salem, formada mayormente por puritanos, que exigía frenéticamente condenas a las presuntas brujas.

Las cuatro partes en las que se dividió la Corte Superior de la Judicatura de 1693 se celebraron en la aldea de Salem, Ipswich, Boston y Charlestown, pero solo se produjeron tres condenas de los treinta y un juicios llevados a cabo por la Corte Superior de Judicatura.

Los dos tribunales condenaron a veintinueve personas por brujería. Diecinueve de los acusados (catorce mujeres y cinco hombres) fueron ahorcados. Un hombre, Giles Corey, se negó a emitir declaración y murió lapidado en un intento de obligarlo.

Detalle

29 de febrero de 1692: Los juicios comenzaron con las acusaciones de Betty Parris, hija del Reverendo Samuel Parris, y su prima, Abigail Williams. Las primeras órdenes de arresto se firmaron en contra de tres mujeres: Tituba (esclava que practicaba el vudú y la lectura de la suerte), Sarah Osborne y Sarah Good. Tituba era una sirvienta en la casa de los Parris; Sarah Osburne era una terrateniente que se había granjeado el odio de sus vecinos a través de sus escasas demostraciones de fe ante la comunidad; y Sarah Good era una indigente que se encontraba embarazada al momento de su arresto.

Si bien Osburne (quien se encontraba demasiado enferma como para siquiera estar en el estrado) y Good proclamaron su inocencia durante todo el proceso, fue el testimonio de Tituba lo suficientemente escuchado como para poder condenar a las tres. De acuerdo a Marion Starkey en su libro, Tituba buscaba con su testimonio el alejar la atención del tribunal de su esposo, John Indian, a quien algunos de los pobladores de Salem acusaban como uno de los que provocaban aflicciones entre los vecinos.

Esto fue solo el principio, y pronto las acusaciones se hicieron masivas, pues algunos vecinos utilizaron el pánico para vengar sus propias rencillas personales. Así fue el caso de Martha Corey, a quien las más jóvenes de la comunidad acusaron de brujería pues era una adhesión reciente a la iglesia y dejaba en evidencia sus problemas internos.

Cronología de los Juicios de Salem

  • 1688: El comportamiento de varios niños en la casa de la familia Goodwin en Boston resulta en la acusación, juicio y ejecución de su lavandera irlandesa Ann Glover (también conocida como "Goody Glover"), por brujería.
  • 1689: Cotton Mather publica "Providencias Memorables Relacionadas con Brujerías y Posesiones",​ que incluye su relato de los Goodwin y Glover.

Noviembre: Samuel Parris es nombrado nuevo ministro de Salem. Parris se muda a Salem desde Boston, donde fue hecha la publicación de Cotton Mather.

  • 1691: 16 de octubre: los aldeanos juran expulsar a Parris de Salem y dejar de contribuir a su salario.

La Historia

La historia de las brujas de Salem empieza en el invierno de 1692, cuando una de las hijas de Samuel Parrish, el nuevo reverendo, cae enferma. Sufre terribles convulsiones, tiene una alta fiebre y grita incoherencias. Nadie sabe qué le pasa, y la única explicación que se encuentra está en un libro, 'Memorable Providences', del reverendo Cotton Mather, que cuenta el caso de brujería de una lavandera en Boston con los mismos síntomas que la hija de Parrish.

Poco después, más chicas jóvenes, y algunos chicos, enferman también en la localidad. Se quejan de que sienten como mordeduras y picaduras en la piel y también hablan en idiomas que nadie entiende y se retuercen en contorsiones que, a los ojos de los habitantes de Salem, parecen diabólicas. Para complicarlo todo más, Parrish tiene un esclavo, Tituba, que se trajo de Barbados, y que entretiene a las niñas con cuentos de vudú y leyendas de su tierra. Como los extraños síntomas de las chicas no consiguen sanarse, ni explicarse, se recurre a la única solución que les cabe en la cabeza a los próceres locales: todo aquello es obra del diablo. Entre ellos tiene que haber brujas escondidas.

¿El resultado? Entre junio y septiembre de 1692, catorce mujeres (con edades comprendidas entre cinco y casi 80 años), cinco hombres y dos perros fueron encontrados culpables de brujería y ahorcados por ella. La colonia se sumió en la histeria y la paranoia, con familiares delatando a sus propias esposas, madres e hijas y cientos de personas siendo acusadas, sin pruebas reales, de ser servidoras del diablo. Y en otoño, todo aquel revuelo cesó.

El ambiente colonial

The New Yorker publicó el año pasado un amplio reportaje sobre los juicios por brujería de Salem que describía cómo era el ambiente en aquella colonia, formada por hombres y mujeres que utilizaban las Sagradas Escrituras para justificar, explicar y gobernarlo todo, que se encontraban en una tierra extraña, con pueblos construidos al borde de espesos y desconocidos bosques y sumidos en guerras constantes contra las tribus nativas del lugar.

En el reportaje se recoge la crónica de un viajero de la época, que afirmaba que los colonos de Nueva Inglaterra "nunca completan un trato, o hacen una broma, sin un texto de las Escrituras al final". Su religión, el puritanismo, estaba basada en los principios del calvinismo y había surgido como una reacción a la aparición del anglicanismo, que se consideraba que no había terminado de romper del todo con la Iglesia de Roma y que estaba demasiado próximo al poder político.

Los puritanos que se embarcaron en el Mayflower rumbo a América, y huyendo de la discriminación en su país, llevaban con ellos no sólo su fe absoluta y total en Dios, sino la creencia medieval de que cualquier fenómeno natural inexplicable era un castigo divino, y cualquier dolencia del cuerpo que no pudiera curarse con ungüentos o la oración era diabólica. Además, hay que tener en cuenta que la posición de las mujeres en aquellas épocas era de sumisión completa al hombre, dedicada sólo a las labores domésticas y del campo y a la crianza de los hijos. Se consideraba que eran débiles de espíritu y constitución (llegó a celebrarse un concilio en el que se debatió si las mujeres tenían alma), así que si aparecía alguna mujer que se salía de lo que se consideraba aceptable, era inevitable que acabara considerada una bruja con poderes sobrenaturales.

El caldo de cultivo

Salem estaba listo para que se desatara la paranoia y la histeria. El dificilísimo y muy frío invierno, el miedo constante a un ataque de los indios o de los animales salvajes del bosque, el clima de superstición y extrema religiosidad, incluso la opresión a la que se veían sometidas, sobre todo, las mujeres del lugar eran terreno abonado para que, si varias chicas empezaban a mostrar síntomas extraños, se pensara enseguida que era cosa de brujería.

Ha habido varios estudios que han intentado explicar, teniendo en cuenta los testimonios dados en los juicios de 1692, qué podía ocurrir con todos aquellos jóvenes que se pensaba que estaban poseídos por el diablo o bajo el influjo de una bruja. Investigadores actuales apuntan, por ejemplo, a enfermedades mentales, situaciones de abuso constante de los niños, la influencia del sistema de creencias de la época, hasta tal vez casos de ergortismo, una enfermedad casuada por la ingesta de cornezuelo, un hongo del centeno y de otros cereales.

El Salem de 1692 reunía todas las circunstancias para que lo que podía ser inicialmente la infección por un hongo derivara en un caso de histeria en masa impulsado por la fe ciega en unas creencias determinadas, que lleva a una lógica que queda retratada perfectamente en 'La bruja', por ejemplo.

Enlaces y fuentes de Interés

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