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Benjamín Haebig

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Benjamín Haebig
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Asesino que eliminó en 1959 a un anticuario y a su mozo homosexual

Benjamín Emilio Roberto Haebig Torrealba conocido como Benjamín Haebig (☆ Santiago 1885-† asilo de ancianos 1980), fue un asesino que eliminó en 1959 a un anticuario y a su mozo homosexual y los enterró en patio de Dardignac 81 en Santiago. Este sujeto asesinó en 1959 a un anticuario identificado como Leonidas Valencia Chacana y, por la misma fecha, a Milo Montenegro Lizana, un homosexual que trabajaba como mozo para Haebig y que desapareció al igual que la primera de sus víctimas.

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Contenido

1959

El monstruo que convirtió su casa en un ‘cementerio indígena'. Benjamín Haebig eliminó en 1959 a un anticuario y a su mozo homosexual y los enterró en patio de Dardignac 81.

1961

El ‘Gringo' intentó despistar a la policía y en 1961 denunció que en su vivienda había restos de aborígenes. Con eso firmó su sentencia. "Al primero lo maté por ladrón y al Milo por inmoral", dijo el asesino. Alimentando palomas en el bandejón central de Avenida Matta y emparejado con una mujer creyente que lo visitó durante su permanencia en la cárcel pasó sus primeros años de ex recluso el mítico Benjamín Emilio Roberto Haebig, ‘El Monstruo de Dardignac 81'. La pareja se casó en la ex Cárcel Pública, donde ‘El Gringo' purgó apenas 10 años del total de la condena por asesinar al ‘anticuario' Leonidas Valencia Chacana y a Milo Montenegro, un homosexual que trabajaba para él como mozo.

Un Pillo

Bonachón, de pelo y ojos claros y 1.98 metro de estatura, Haebig se casó en 1959 con María Jesús Portales, descendiente de Diego Portales. Pero el matrimonio duró hasta que él le disparó. Para fortuna de la mujer, Haebig no tuvo buena puntería. Fue en la casa de Dardignac, que compró en 1957, donde ‘El Gringo' tejió una trama criminal con dos personajes tanto o más oscuros que él. Un camino que prefirió terminar a su favor el 29 de abril de 1959. Ese día Valencia Chacana, quien vendía antigüedades en el Mercado Persa, llegó hasta la casa para ver unas piezas que Haebig robaba a su arrendataria, la baronesa María Teresa von Door de Caseel, entonces de viaje por Europa. Pero el reducidor le debía 200 mil pesos y eso lo tenía molesto. Cuando le enrostró la deuda y no obtuvo respuesta, enfureció. Entonces aprovechó que Valencia observaba las antigüedades y le disparó dos tiros en el cráneo. Luego esperaría la noche para enterrarlo en el patio. Dos meses después la desaparición del ‘anticuario' cobró el interés de la prensa, al igual que la del mozo Montenegro, quien comenzó a sospechar y quiso chantajearlo. Fue su sentencia de muerte. ‘El Gringo' lo ejecutó de un tiro en la nuca. Luego lo decapitó y lo enterró junto a Valencia Chacana. "Al primero lo maté por ladrón y al Milo por inmoral. Los maté por la espalda porque es más seguro y los enterré boca abajo. Al Leonidas para no verle la cara y al Milo para no verle el cuello con sangre", confesó.

Confesión

Terminaba enero de 1961 y Haebig denunció a la policía el hallazgo de un cementerio indígena en el patio de su casa. Aunque desató revuelo periodístico, la leyenda duró poco. En medio de las excavaciones que él mismo ordenó a los obreros Eleazar Díaz y Mario Opazo, policías y periodistas dudaron. Un cinturón de piel aún fresca, orificios de bala en ambos cráneos y una lupa del anticuario echaron por tierra su plan del crimen perfecto. La madrugada del 4 de febrero confesó el doble homicidio. El 6 de diciembre de 1963 fue sentenciado a 46 años de prisión, pero en 1965 le rebajaron 28 años. Abandonó la cárcel en 1971. De su fama criminal no volvió a hablar. De ese pasado inmediato sólo conservó su vestir elegante, su pausado y agringado hablar, su mitomanía y una reserva sobre el doble homicidio. "Usted me quiere pillar", decía a quien osaba insinuarle algo sobre el caso que lo convirtió en uno de los más intrigantes asesinos criollos. Haebig acabó sus días en un asilo de ancianos de Paillaco, en 1981.

Lo Vincularon al Crimen de Semana Santa

Aunque sólo reconoció el doble homicidio de Valencia Chacana y Montenegro, al ser detenido Roberto Haebig fue vinculado con otro escabroso asesinato cometido años antes: El llamado crimen de Semana Santa. En 1955 la policía halló el cuerpo sin vida de la acaudalada anciana Zoila Elena Troncoso Valdivieso. La mujer hacía negocios con Valencia Chacana, a través de quien conoció a Montenegro. El mocito un día fue recomendado para hacer aseo en la mansión de la millonaria, en Alameda 2590, esquina Molina. Las hipótesis policiales de la época apuntaban a que Montenegro planificó robarle a la solterona y compartió su plan con Haebig. La modista y amiga de la víctima María Torrelli declaró haber visto a un hombre de finos modales en la casa de su amiga, dos días antes del Jueves Santo, cuando se cometió el crimen. Era Montenegro. Había ido a encerar la casona y la modista fue testigo del pago de los servicios. Una vez que se identificó el cuerpo enterrado en Dardignac, la policía sólo tuvo que atar cabos. Pero Haebig nunca reconoció tener participación en este crimen.

Dobló al Mítico Boris Karloff en Hollywood

Hijo de padres chilenos, Benjamín Haebig nació en Santiago en 1896 y tuvo una infancia marcada por la férrea disciplina impuesta por su padre. Pero no fue suficiente. De adolescente se hizo polizonte y en un barco que zarpó desde Valparaíso llegó a Estados Unidos. En ese país estuvo preso por colaborar en la fuga de dos mujeres de la cárcel y otros delitos. Pero también conoció la fama. Su parecido con Boris Karloff, el actor que encarnaba al mítico Frankestein, lo convirtió en doble de cine en Hollywood. Se hizo galán y ganó bastante dinero, el que le permitió regresar a Chile con una leyenda de película: Ingeniero Naval y héroe de la Segunda Guerra Mundial. Historias suficientes para conquistar el corazón de Aurora, la mujer que lo visitó en la cárcel como parte de su labor en una parroquia del barrio Matta. Luego de varias visitas, se enamoraron y casaron. Mientras algunos creen que la mujer lo hizo por la fortuna que Haebig conservó, otros creen que éste buscó así una llave para abrir las puertas hacia la libertad. Una vez que ‘El Gringo' Haebig abandonó la prisión "por irreprochable conducta anterior", como se argumentó, se fueron a vivir a una casa de avenida Matta, a la altura del 700. Mientras él pasaba sus días sentado en los desaparecidos escaños de esa arteria del antiguo Santiago, conversando con parroquianos, Aurora continuó su labor pastoral. Pero había más. Con algún parentesco con la familia Lazcano González, era común que ella visitara cada viernes la casa de éstos en Matta 551, para celebrar sesiones de espiritismo.'El Gringo' las evitaba, pues prefería beber como el buen ‘marinero mercante' que decía ser. Quienes le vieron y conocieron dicen que Haebig tenía muchas historias de sus viajes por altamar. Sin embargo, pese al interés que despertaba oírle, siempre parecía estar "tomándole el pelo a la gente". "Era bien loco y su mujer le andaba a la altura", cuentan[1].

Los últimos días de Roberto Haebig

Tras salir de la cárcel por buena conducta y fracasar en su segundo matrimonio de manera estruendosa, en medio de acusaciones de homosexualidad y brujería, Roberto Haebig intentó pasar sus últimos días en paz, buscando algún empleo y un techo donde vivir, cosa que, hasta donde registra el libro, jamás logró.

Sin dinero, amigos ni una parte dónde cobijarse, convertido en paria para el resto de su familia (hasta ese momento considerada de buen nombre), pasó la noche en el interior de un quiosco abandonado y sobre restos de basura del Parque O’Higgins, en compañía de perros vagos, gatos pulguientos y ratones. Se alimentó con cáscaras de naranjas, maní y pan duro.

Convertido en una caricatura del hombre que llegó a ser en el pasado, aquel que se ufanaba de sapiencia y estilo ante vecinos de Dardignac (calle donde aún se ubica su casa – cementerio), periodistas y fotógrafos y que, por si fuera poco, felicitaba a la policía civil por haberlo superado en inteligencia al descubrir sus asesinatos, Roberto Haebig dio con una vieja casa de adobe en Santa Rosa 1675, ocupada como asilo de ancianos. A partir de ese momento, se hospedó en ese lugar gracias al dinero que le enviaba, todos los meses y de manera discreta, una de sus hermanas.

Haebig juntaba unos pocos pesos fabricando lámparas de bronce con la ayuda de Irma, una no vidente de 42 años que, además, lo acompañaba en sus horas de soledad. Ése fue el momento en que el periodista Free Lancer -seudónimo del escritor Raúl Arteaga- logró ubicarlo y proponerle la escritura del libro donde relatara toda su vida, incluyendo, por cierto, los crímenes de Dardignac 81.

Memorias

Durante un buen tiempo, Roberto Haebig alardeó que dedicaría los años de encierro a escribir sus memorias que titularía La torre del silencio, nombre rescatado de su paso como marino mercante por Bombay, ocasión en que presenció la costumbre hindú de poner en canastos cadáveres de huérfanos, enfermos y ancianos para que fuesen devorados por buitres liberados desde unas jaulas elevadas. A estas construcciones se las llamaba Torre del silencio.

Tal fue la expectación que generó en los años sesenta el anuncio de esta publicación, que aún hoy hay quienes piensan que este libro existe; sin embargo, lo más semejante que encontraremos en el mundo de las letras corresponde, precisamente, a Los últimos días de Roberto Haebig y cuyas antiguas ediciones de 1974 se pueden encontrar dispersas en librerías de viejo de San Diego y Franklin.

Las razones que frustraron la publicación de La torre del silencio se debieron al arrepentimiento del propio autor tras culminar su trabajo y revisar el manuscrito. Haebig se dio cuenta de su incapacidad para narrar literariamente y, dado que mientras lo hacía se llevaba adelante el juicio en su contra, omitió detalles importantes de los asesinatos, de manera de no perjudicarse más de la cuenta. Esto hizo que las editoriales y las productoras cinematográficas dejaran de interesarse por el enterrador de Dardignac, su truculenta historia y su versión escrita de los hechos.

Insalubre

Tras la conversación sostenida con el octogenario Roberto Haebig Torrealba en el asilo de Santa Rosa, Free Lancer se entrevistó con personas cercanas a él -entre ellas su segunda esposa- y revisó el voluminoso expediente del Tercer Juzgado del Crimen.

Posteriormente, Free Lancer se esmeró en transcribir, en el menor tiempo posible, las palabras de su entrevistado en un formato narrativo ágil que comentábamos al principio. Durante un par de meses, este relato se publicó a través de entregas en el diario Las Últimas Noticias. Luego de aquello, vino el proyecto de convertirlo en un libro editado por Royal en 1974.

El último recuerdo que guardaba Free Lancer de Roberto Haebig, una vez concluido el repaso de su vida, era más auspicioso que al inicio: superada la enfermedad que lo tenía postrado en cama, logró consolidar su negocio de lámparas de bronce como cliente de una fundición del paradero 21 de Santa Rosa, de un taller moldeador y de diferentes ferreterías. Utilizó estas herramientas para construir con tablas, palos y fonolas una habitación aparte que denominó Villa El Marino y así tener algo de intimidad.

Una vez que contaba con el libro impreso, Free Lancer intentó ubicar al anciano para ofrecerle que el mismo vendiera ejemplares para ganar unos pesos. Sin embargo, cuando fue en su búsqueda, descubrió que el asilo de Santa Rosa había sido declarado insalubre y sus moradores trasladados a diferentes lugares de Santiago. Publicó un dramático aviso en el diario La Segunda el 13 de septiembre de 1974 para dar con su nuevo paradero[2].


El proceso judicial que se abrió por el extraño extravío de estas dos personas fue instruido por el cuñado del criminal, quien luego de centrar sus pesquisas en el bajo mundo, decidió sobreseer temporalmente la causa por no llegar a ningún resultado concreto. Sin embargo, en 1961 y agobiado por los fantasmas de su conciencia, Haebig Torrealba contrató a dos obreros para que realizaran excavaciones en su jardín, lo que originó el hallazgo de las dos osamentas. El sujeto trató de hacer creer a la policía que los restos correspondían a habitantes precolombinos, para lo cual rodeó el lugar con varios objetos de greda que recreaban la alfarería de los pueblos originarios. Pero el engaño no duró mucho tiempo y Haebig terminó confesando los dos asesinatos que cometió sobre la pareja de homosexuales, los que luego enterró en su propio jardín. Aunque sólo reconoció el doble homicidio de Valencia Chacana y Montenegro, al ser detenido Roberto Haebig fue vinculado con otro escabroso asesinato cometido años antes: El llamado crimen de Semana Santa. En 1955 la policía halló el cuerpo sin vida de la acaudalada anciana Zoila Elena Troncoso Valdivieso. La mujer hacía negocios con Valencia Chacana, a través de quien conoció a Montenegro. El mocito un día fue recomendado para hacer aseo en la mansión de la millonaria, en Alameda 2590, esquina Molina. Las hipótesis policiales de la época apuntaban a que Montenegro planificó robarle a la solterona y compartió su plan con Haebig. La modista y amiga de la víctima María Torrelli declaró haber visto a un hombre de finos modales en la casa de su amiga, dos días antes del Jueves Santo, cuando se cometió el crimen. Era Montenegro. Había ido a encerar la casona y la modista fue testigo del pago de los servicios. Una vez que se identificó el cuerpo enterrado en Dardignac, la policía sólo tuvo que atar cabos. Pero Haebig nunca reconoció tener participación en este crimen. Tras cumplir una pena de 15 años de reclusión, el criminal terminó sus días escribiendo sus memorias desde un asilo de ancianos[3].

Fuentes y Enlaces de Interés

  1. Marcelo Garay V. 12 de julio de 2006/ La cuarta
  2. Los últimos días de Roberto Haebig /Claudio Rodríguez Morales
  3. historiadelcrimen.es/Benjamín Emilio Roberto Haebig Torrealba

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