¡Llegamos a 26.077.700 visitas gracias a ustedes! ☆

Batalla de Tarapacá

De WikicharliE
Banner Historia de Chile en WikicharliE.png
Batalla de Tarapacá
Bienvenido a Departamento Historia de Chile de WikicharliE

27 de noviembre de 1879

La Batalla de Tarapacá fue una acción bélica que se desarrolló en la localidad homónima, el 27 de noviembre de 1879, durante la campaña terrestre de la Guerra del Pacífico. Se enfrentaron fuerzas chilenas y peruanas, quedando una vez más con la victoria para Chile.

WikicharliE Patrimonio de Chile

Contenido

00.00 hrs.

Llega la División Arteaga a Isluga, después de caminar cerca de nueve horas, primero bajo el sol intenso y sobre las candentes arenas de la pampa, para luego, casi agotados, sufrir en el desierto nocturno ese frío penetrante que llega a los huesos. Las columnas de las unidades compactas y ordenadas al salir de Dibujo, eran ahora, en esta parte de la jornada, interminables hileras de hombres que, aislados o apoyándose mutuamente, caminaban agotados hacia el lugar de reunión; todos sólo mostraban lo blanco de sus dientes dentro de un rostro sucio con esa pasta que forman el sudor y el polvo. Sin embargo, pese al esfuerzo sobrehumano, mantenían una alta moral. La reunión de las fuerzas de Arteaga con las de Vergara produjo una fuerte crisis de amargura, por el triste desengaño que les trajo la mutua noticia: para los de Vergara, de no llegar con la columna Arteaga el apoyo logístico tan esperado, mientras que para los recién llegados, el de que allí no había ni una sola gota de agua. El hambre, la sed y la fatiga se ensañaban con esos hombres que presentaban el más triste de los espectáculos, que a su vez era la más dura y cara sanción aplicada a un mando poco previsor. Era necesario, a toda costa, alcanzar el agua y ella estaba en el interior de la Quebrada de Tarapacá, protegida por las tropas adversarias, y que como un sino fatal obligaba a ir en su conquista a un precio de muchas vidas. Al llegar a Isluga o Caserones, el coronel Arteaga asumió el mando del total de las tropas, como le correspondía por ser el más antiguo, y esa misma noche, en reunión de comandantes de unidades, se planificó el ataque para el día 27 de Noviembre. El coronel Arteaga y los comandantes Vergara y Santa Cruz, después de analizar y discutir la situación de guerra, consideraron que para atacar a las tropas aliadas localizadas en la Quebrada era necesario organizar tres columnas, las que actuarían desde diferentes direcciones, pero que, en conjunto, estaban destinadas a resolver y producir una batalla de aniquilamiento total de las fuerzas de Buendía. El comandante en jefe de las tropas chilenas ubicadas en Isluga organizó a sus fuerzas en tres columnas:

  • 1-Columna Santa Cruz (ó Izquierda): al mando del teniente coronel Santa Cruz e integrada por los “Zapadores” (289 hombres), “Granaderos a Caballo” (86 hombres), 4º Compañía del 2º de Línea (116 hombres), Artillería de bronce (30 hombres) y 4 piezas Krupp del Regimiento Nº2 de Artillería (27 hombres), lo que en total sumaba 548 hombres.

Mandaban las Compañías de “Zapadores” los capitanes señores Alejandro Baquedano y Belisario Zañartu; la Compañía del 2º de Línea, el capitán don Emilio Larraín; la Artillería, el sargento mayor don Exequiel Fuentes; y la Caballería, el capitán don Rodolfo Villagrán.

Misión: penetrar hasta Quillaguasa, ocupar la localidad para cortar desde allí toda retirada enemiga hacia el Este.

  • 2-Columna Arteaga (ó Centro): mandada por el propio coronel Arteaga, jefe de la División, estaba formada por el Batallón de Infantería “Chacabuco” (450 hombres), comandado por don Domingo de Toro Herrera; Artillería de Marina (358 hombres), comandado por don José Ramón Vidaurre; y 2 piezas de Artillería del Regimiento Nº2 (39 hombres); lo que en total sumaba 847 hombres.

Misión: avanzar por el costado septentrional de la quebrada hasta la línea del pueblo de Tarapacá y desde allí atacar el flanco Norte de las tropas de Buendía, ubicadas en el caserío de Tarapacá, y cortar la posible retirada de estas tropas hacia el Norte.

  • 3-Columna Ramírez (ó Derecha): al mando del teniente coronel Eleuterio Ramírez. La constituían 7 Compañías del 2º de Línea (820 hombres), 1 Piquete de “Cazadores a Caballo” (26 hombres) del alférez Diego Miller Almeyda, y 2 piezas de Artillería de Montaña (40 hombres), lo que en total sumaba 886 hombres.

Misión: atacar por el fondo de la Quebrada de Tarapacá, en dirección general Huaraciña - Tarapacá, para sobrepasar el caserío y obligar a los aliados a replegarse sobre Quillaguasa. No se cuenta con Reserva, todas las fuerzas están empeñadas. Contaba pues, el coronel Arteaga con una fuerza efectiva de 2281 plazas. Este cómputo se hizo en Dolores y Santa Catalina por oficiales de distintos cuerpos.

03:30 hrs.

La columna de Santa Cruz sale de Isluga , en los precisos momentos en que la pampa se cubría de una gruesa camanchaca. La camanchaca cubría los primeros contrafuertes cordilleranos y la franja del costado este de la pampa, es decir, una cinta próxima a los cerros. La camanchaca es una neblina espesa que no deja ver más allá de los 5 metros (además de ser pegajosa y difícil de respirar), al extremo de desorientar a los mejores baquedanos. Cuando se atraviesa zonas cubiertas con esta niebla negra, sólo adquiere valor la brújula, pues el sentido se pierde y el hombre se “empampa”, es decir, su marcha pierde el sentido de la dirección y se camina en círculos. El orden de las unidades en la columna de Santa Cruz era el siguiente: Compañía de “Granaderos”, 2 piezas de Artillería de Montaña a lomo de mula del Regimiento Nº2, 2 Compañías de “Zapadores” (270 hombres), muy dispersas y agotadas por la sed y el cansancio; luego seguían otros 2 cañones también cargados a lomo de mula del Regimiento Nº2 y al término quedaba la Compañía del 2º de Línea (110 hombres).

04:30 hrs.

La columna de Ramírez y de Arteaga parten hacia su objetivo.

06:30 hrs.

Para llegar a su destino, la columna Santa Cruz debía atravesar una pampa desolada, que limita al oriente con la quebrada de Tarapacá. Su comandante, convencido que marchaba directamente al sitio designado, no pudo captar que la camanchaca lo había “empampado”, vale decir, le había hecho sufrir la pérdida del sentido de orientación y dirección y estuvo marchando en círculo por un lapso calculado entre 2 y 3 horas.

07:00 hrs.

Sólo cuando el sol comenzó a disipar la camanchaca y las tropas chilenas de caballería, que marchaban a la cabeza de la columna, avistaron la vanguardia de la columna Ramírez, el comandante Santa Cruz vino a comprender la situación en que se encontraba y, lo que fue peor, que el factor sorpresa estaba perdido. Frente a este hecho, se preocupó de alcanzar el objetivo que se le había fijado.

Al aproximarse a Tarapacá, el comandante Santa Cruz mandó a los “Granaderos a Caballo” a apoderarse del caserío de Quillaguasa, ubicado en los faldeos oeste del cerro Tarapacá y que era un importante objetivo para cerrar toda posible retirada de las tropas aliadas en esa dirección. Se mandaba a la Caballería a tomar el agua.

La División Santa Cruz, bajo un sol de fuego, marcha hacia Quillahuaza por un camino infernal, sin agua, con la gente extenuada por la fatiga de las marchas y las privaciones anteriores, pues no había comido hacía dos días. La agrupación Santa Cruz marchaba por el borde norte de la quebrada; al llegar a una quebradilla secundaria que va hacia el bajo, fue observada por unos arrieros que salían por allí desde el pueblo de Tarapacá y que, al verlos a distancia, regresaron en carrera a la localidad para dar la alarma a las tropas, que en el fondo de la quebrada se encontraban descansando o preparando la marcha hacia el norte, sin un centinela que cumpliera las normas más elementales de seguridad. Al parecer, este descuido se debió a que no imaginaron jamás que los chilenos pudieran llegar a esa zona.


Santa Cruz, que marcha por la cima (con la 4º Compañía del 2º de Línea, entre otras unidades), divisa al enemigo a sus pies, que corre a las armas y forma para ganar las alturas. De inmediato el jefe de Artillería propuso a Santa Cruz emplear los cañones contra el enemigo. El mayor Fuentes y el alférez Ortúzar, le instan para poner las piezas en batería y ametrallar los cuerpos acorralados abajo, en formación cerrada.

El comandante no se atreve a tomar la ocasión por los cabellos. Santa Cruz no aceptó la proposición por no estar expresamente autorizado para ello.

Santa Cruz sigue la marcha sobre Quillahuaza, en virtud de la orden recibida del jefe de la expedición, Arteaga.

Lleva a vanguardia dos grupos de Artillería del Regimiento Nº2 a cargo del mayor Fuentes; siguen a estos, la 2º y 1º Compañía de los “Zapadores” (3º Brigada) de los capitanes Alejandro Baquedano y Belisario Zañartu; y la 4º Compañía del 1º Batallón del Regimiento 2º de Línea, capitán Emilio Larraín. La columna de flanco, abarca 1 kilómetro, y cierra la retaguardia el subteniente Froilán Guerrero con 60 rezagados, que se arrastran penosamente.

Comenzó a disipar la neblina que cubría la quebrada y los cerros adyacentes, lo que permitió a las tropas del coronel Cáceres (Batallones “Zepita” Nº2 y “2 de Mayo”) marchar hacia al Sur primero y luego trepar con comodidad a la planicie por la Cuesta de la Bisagra, lugar por donde marchaba la columna chilena de Santa Cruz y coger a éste por la espalda, privando al comandante chileno de toda comunicación con las otras dos columnas chilenas. Al llegar a la cumbre localizaron la retaguardia de Santa Cruz, iniciándose de inmediato un duro combate entre peruanos y chilenos.

08:00 hrs.

Los peruanos rompen fuego de Batallón sobre Guerrero y sus 60 hombres, que hacen alto y se baten como leones, para dar tiempo al comandante Santa Cruz de formar su gente. Guerrero y sus soldados sucumben sucesivamente en sus puestos, sin dar un paso atrás. Allí quedan todos. Se sacrifican por sus compañeros.

La primera Sección de Artillería, con el pretexto de querer el oficial al mando hacer algunos tiros al pasar, se detuvo, lo que retardó la marcha. A Santa Cruz se le informó que esas mulas iban en muy mal estado. Esto y los rezagados, obligaron a Santa Cruz a presentar combate, retrocediendo la vanguardia. Con el escaso número de tropas con que contaba Santa Cruz y pudiendo ser rodeadas y dominadas desde la cima opuesta, no era posible su defensa. La tropa, en las condiciones de marcha en que iba, no debía comprometerse en un combate; pero sí podía y tenía orden de hacerlo 12 cuadras al oriente, en el punto designado para el ataque de la División Santa Cruz. Salvada ya la pasada sin novedad y habiendo usado de todas las precauciones que tal camino exigía, Santa Cruz ha presentado ataque en protección de los rezagados y segunda Sección de Artillería que de antemano tenía orden de avanzar a la vanguardia, la que por razón de situación, dejando atrás al enemigo, se convertía en retaguardia tomando la formación de ataque. Santa Cruz da media vuelta, forma con frente al Sur; a la derecha “Zapadores”; al centro el 2º de Línea (4º Compañía); a la izquierda la Artillería del Regimiento Nº2. Tiene bajo su mano 342 combatientes, que con los 60 inmolados con Guerrero, dan el total de 402 plazas de la 3º Sección, con los que hace frente a las Divisiones veteranas de Cáceres y Bedoya.

El combate se inició en forma encarnizada y al cabo de 30 minutos de acción se habían producido numerosas bajas, estimándose en 1/3 las pérdidas de la Compañía del 2º de Línea y de los “Zapadores”.

Fue la Artillería el único motivo que tuvo Santa Cruz para batir con ventaja al enemigo. Por media hora lo mantuvo a raya, rechazándolo tres veces, lo que importó la pérdida de más de 100 hombres. Durante 3 horas, desde las 8 hasta las 11 A.M. se pelea duro y recio; a las arremetidas peruanas, responden los chilenos con furiosos avances, que obligan a retroceder a los soldados del “Zepita” y “2 de Mayo”. Cáceres y Bedoya hacen un supremo esfuerzo y caen sobre el ala izquierda de Santa Cruz; perdido el campo de tiro por la cercanía de los atacantes, Fuentes abandona las piezas y se repliega sobre la Infantería haciendo fuego de carabina.

En este lapso, las fuerzas de Santa Cruz perdieron su Artillería; las dos piezas Krupp, pues en uno de estos ataques de la Infantería peruana, el buen éxito la favoreció al extremo que los artilleros chilenos debieron inutilizar las piezas, ante el riesgo de que éstas cayeran en poder de los aliados. Atacado por tres puntos a la vez, agobiado por el número, perdida las dos terceras partes de la gente, escaso de municiones y heridos los tres capitanes de la Infantería, Baquedano, Zañartu y Larraín, el comandante Santa Cruz reúne su tropa y se bate haciendo fuego en retirada.

La situación apremiante de las fuerzas bajo su mando, obligó a Santa Cruz a cambiar su posición, buscando la forma de dar algún alivio a los hombres que ya llegaban al grado máximo de extenuación; muchos soldados apenas podían sostenerse en pié, otros no tenían fuerzas siquiera para coger las armas; la mayoría buscaba parapetarse detrás de las piedras para protegerse de las balas. Recuérdese la larga marcha efectuada por estos efectivos a través del desierto y el hecho que hacía más de 30 horas que no comían ni bebían, para tener una idea clara del gran esfuerzo que en esos momentos desplegaban. Los “Zapadores” comenzó a moverse según las órdenes recibidas.

11:00 hrs.

Cáceres no quiere soltar una presa que cree segura; pero los clarines de los “granaderos” que vuelven de Quillahuaza, y se deslizan por un atajo, le vuelve prudente, y deja a Santa Cruz, que sobre un brioso caballo cubre el último la retirada, como marcha el primero en los ataques.

En el acto de cambio de posición, la columna Santa Cruz sufrió nuevas pérdidas y su jefe si había cometido el error de ceñirse demasiado a la disciplina, aceptando el combate en tan malas condiciones, debe decirse en su honor que en esa hora de angustiosa prueba manifestó un valor a la altura de su reputación. A caballo, sirviendo de blanco por su elevada estatura, se le vio siempre en los puntos de mayor peligro.

Cuando la situación llegaba a su peor grado y el Ejército de la Alianza aparecía como seguro triunfadora, la columna del coronel Arteaga llegó en auxilio de Santa Cruz; se encontraba a 1 legua de distancia y al oír los disparos, los soldados acudieron presurosos en ayuda de los “Zapadores” y demás tropas chilenas. Los nuevos refuerzos, agotados también por la sed, el cansancio y la falta de alimentos, sin embargo entraron en combate con bríos increíbles, a enfrentar a peruanos y bolivianos, los cuales habían recibido el auxilio de nuevos cuerpos. Con los refuerzos de ambas fuerzas combatientes, la lucha se tornó muy violenta y las fuerzas chilenas aún pudieron mantenerse durante dos horas más.

Finalmente reunidas las tres Divisiones no fueron suficientes para contener un enemigo triple en número y siempre informado que tenía inmensa ventaja de tomar posiciones ventajosas de una y otra cima. En esos momentos el mando chileno pensó que era necesario retirarse, disputando eso sí palmo a palmo el terreno a los aliados, que se sentían vencedores.

Pese a todo, la bravura de las tropas chilenas no decayó, y hubo algunos soldados que, estando heridos y agotados, continuaban disparando sus últimos cartuchos antes de caer desfallecidos por el cansancio.

12:00 hrs.

El sol abrasador, las candentes arenas del desierto, la sed devoradora, el hambre, el cansancio, el número abrumador del enemigo, y más que todo, la falta absoluta de dirección por el abandono de sus puestos de algunos de los jefes de Divisiones y de cuerpos, hacían ya imposible materialmente a los nuestros mantener el campo.

12:45 hrs.

Ramírez da descanso al 2º de Línea, que bien merecido lo tiene, después de tanto guerrear; pero el fuego continúa intenso y sostenido por el centro. Son los coroneles Cáceres, Bedoya y Ríos, que con sus respectivas Divisiones, tratan de copar a Arteaga, no obstante la tenaz resistencia que presenta por frente y flancos.

Los Batallones Artillería de Marina y “Chacabuco” combaten con bravura y abnegación; pero llega el momento en que las fuerzas se agotan. Para mayor desgracia escasean las municiones; los soldados registran las cananas de los muertos para surtir las propias. En tan angustioso momento, entra en acción el coronel Recabarren de Artillería del Regimiento Nº2, fresco, transformado en carabineros a pié.

La situación es para descorazonar al pecho mejor templado; pero ahí están Arteaga, Santa Cruz, Vidaurre, Benavides, que recorren el frente bajo un chaparrón de balas, animan a la tropa no para vencer cosa imposible, sino para morir con los honores de soldado, dando vida por vida.

He aquí que surge el mayor Jorge Wood, el bayardo del día. Con bigote y pera napoleónica, semeja a esos afortunados generales del primer imperio.

Veíanse pelotones más o menos crecidos de infantes que se desprendían de la imperfecta línea formada por el “Chacabuco”, Artillería de Marina y “Zapadores”, que a la desbandada se retiraban por el camino de Negreiros. También en esos momentos se notaba que del valle subían a la altiplanicie de Minta muchos individuos de la 3º División, entre ellos jefes y oficiales, sin ánimo de restablecer el combate ni de volver a él, y con la intención manifiesta de buscar su salvación. En una palabra, iba pronunciándose la derrota. En esos momentos, las municiones comenzaron a escasear y las bajas chilenas eran muy grandes; sus jefes comprendieron la imposición de una retirada. Esta resolución planteaba un nuevo problema, pues era necesario retroceder 30 km hasta Dibujo y las tropas extenuadas, sin víveres y sin agua, en medio del calor insoportable, no podían salvar esa distancia. El solo intento significaba un suicidio y era indispensable el apoyo de otras fuerzas y de medios logísticos para emprender la retirada. De inmediato se organizó la retirada; las tropas de infantería rodearon las dos piezas de artillería que quedaban, una de las cuales estaba descompuesta y se ordenó emprender la marcha. En tan apurado trance el ayudante Wood se acercó resueltamente al coronel Arteaga con el propósito de arrancarle alguna resolución adecuada a las circunstancias; y en alta voz, porque el fuego era ensordecedor, le dijo:

- Señor coronel, déme sus órdenes para ir a transmitirlas.

- Mis órdenes están dadas - fué la seca contestación del coronel, que siguió yendo y viniendo, encorvado sobre su silla.

Mientras tanto, nuestra derrota se estaba declarando a todas luces. Ocultando como pudo el mayor Wood la agitación y turbación de su espíritu al oír las últimas palabras del coronel, se le aproximó más aún, rogándole le franqueara su anteojo de campaña, a lo cual accedió en el acto Arteaga, muy bondadosamente, quizás por libertarse de su importuna presencia. Observando con su auxilio el campo de batalla, vio que el enemigo ganaba siempre terreno, pero lentamente y en desorden, resistidos por algunos grupos de nuestros incomparables soldados, pero caían a montones en tan desesperado y desigual combate.

Mientras el ayudante Wood, mediante el anteojo del coronel, hacía el examen de nuestra angustiada situación, sentía bullir en las venas su sangre de soldado, ante tamaña inacción de su jefe, viniéndosele entonces a la mente la idea de abandonarle y de hacerse cargo de la situación por su propia cuenta. Y fue tan súbita e impetuosa su determinación que, sin pensar en devolver el anteojo, volteó bridas a su caballo y clavándole las espuelas partió a precipitado galope al alcance de la Artillería Krupp que, la más adelantada, había recientemente divisado en la línea de retirada hacia Negreiros.

En el camino se juntó con el capitán don Emilio Gana, ayudante del comandante Vergara, a quién hizo presente lo crítico de la situación y la necesidad de poner al Cuartel General de Dolores al corriente de lo que ocurría, y después de cambiar algunas breves palabras sobre quién sería el portador de la noticia, se separaron sin volver a encontrarse en todo aquel día.

Continuando su marcha, el ayudante Wood reconoció en la línea de retirada a muchos oficiales de todos los cuerpos, gran parte de ellos desmontados, que se arrastraban penosamente o yacían tendidos sobre las ardientes arenas, completamente desfallecidos.

Muy atrás dejó al teniente coronel don Maximiliano Benavides y al capitán don Miguel Moscoso, ambos de la Artillería de Marina y que juntos anduvieron ese día. El primero hacía una ridícula figura, caballero en un ruin borrico, sin riendas ni montura, que a fuerza de talonazos y planazos apenas si podía con su carga obesa.

Muchos de nuestros pobres soldados, llenos de ira y de despecho, torva la mirada, ennegrecido el rostro por la pólvora y el sol, al aire el pecho varonil, jadeantes, seguían con lento paso en pelotones informes la línea de retirada, apoyados en sus rifles, candentes también con el fogueo. De trecho en trecho se detenían para cobrar aliento, y haciendo frente al enemigo con arrogancia marcial, apuntaban y descargaban sus armas solo quizás para protestar que el chileno podía ser vencido pero no humillado.

La llanura estaba cubierta de dispersos en toda la extensión de la vista. El enemigo hacía silbar el aire en todas direcciones con sus Peabody de formidable alcance, de cuyos proyectiles muchos eran explosivos.

Se oían por todas partes, en contra de los jefes de Divisiones y de cuerpos, imprecaciones terribles que no era posible acallar entre esa gente ya desmoralizada por la rabia de la derrota.

- ¡Agua! ¡agua! - era el grito de desesperación de todos, y partía el alma que no pudiesen ser socorridos los que la imploraban como su último recurso.

El mayor Wood había ya agotado el contenido de su caramayola humedeciendo los abrazados labios de esos infelices, muchos de los cuales se incorporaban para hacer el último disparo de sus rifles al lanzar el último suspiro del alma. Después de largo galope, dio alcance al fin, a la Artillería Krupp que a lomo de mula conducía el entonces alférez don Santiago Faz, por herida del teniente don Filomeno Besoain. Llamó a aquel oficial y le hizo presente su propósito de armar allí las piezas y formarlas en Batería, abocadas a la llanura, para oponerlas a manera de barrera al avance en retirada de los dispersos, y luego, sobre ellas como base, formar la línea y volver con esta sobre el enemigo.


Después de algunas explicaciones muy justificadas acerca de su abandono del campo de batalla poniendo en salvo sus piezas, el alférez Faz, sin poner objeción ni escasa, principió a dar un puntual cumplimiento a lo dispuesto, notándose mucha diligencia de parte de todos sus subordinados, en aquella operación.

Cuando el ayudante Wood vio armadas las piezas y formadas en Batería, dio orden al alférez don Luis Almarza, que con toda la escolta del comandante en jefe que le venía siguiendo, hiciera con esta entrar en la línea a los soldados que venían llegando y regresar a muchos otros que la habían pasado, para que todos formaran en la prolongación de las piezas, por derecha e izquierda de ellas.

A los ayudantes del coronel Arteaga y a otros oficiales montados, como el capitán don Marcos Latham, teniente don Salvador Smith y doctor don Juan Kidd, que también le acompañaban de cerca en aquella hora, les envió a correr la voz de que el enemigo se hallaba vencido en el valle y que nos abandonaba el agua tan apetecida. Al mismo tiempo hizo reunir todos los cornetas y tambores que por allí pululaban y les ordenó tocar llamada y luego dianas, que son señales de reunión y de victoria.

Mientras, mediante estos ardides disponía las cosas en momento tan angustiado, llegó a aquel sitio el teniente Besoain, que era conducido a retaguardia, a la grupa, por un soldado de artillería, y presenció lo que pasaba, retirándose luego por consejo que el mismo organizador de la defensa le diera en vista de su notoria invalidez, pues se hallaba herido de bala en un brazo. Es seguro que ni este oficial ni los demás que allí se hallaban podrán desmentir lo que dejamos dicho sobre la manera única como se formó una nueva línea.

Acudían nuestros bravos infantes obedientes al toque de llamada y deseosos a la vez de explicarse los toques de diana, cuando ya se conceptuaban irrevocablemente vencidos, y se incorporaban en la línea con resuelta actitud. Una vez formada ésta, fue conducida por Wood al frente sobre el enemigo, al son de ataque de todos los cornetas y tambores. El mayor se había colocado entonces, frente al centro de la extensa línea, a unos cincuenta pasos adelante. En el centro iba incorporada la Artillería sirviendo de base y de dirección, posición inadecuada, si se quiere, pero que se explica por las razones particulares del momento.

En aquellos solemnes instantes, era el ayudante Wood el único, legítimo y no disputado jefe de toda la línea, y de ello son testigos todos los que espontáneamente fueron a su lado a recibir sus órdenes, a transmitirlas y a cumplirlas.

Aquella defensa improvisada con tanta celeridad era obra suya, y suyo es también el mérito de la victoria que alcanzó, por más que no haya querido reconocérsele.

En el intertanto, ¿donde se encontraba el coronel Arteaga? No se hallaba a la vista del denodado Wood, auxiliada eficazmente por el anteojo de aquel; pero se supo más tarde que hacía tiempo, sin anteojo y sin ayudantes que mandar, había descendido al valle en dirección de Huaraciña.

Emprendió el avance la nueva línea cubriendo un frente más dilatado, en orden disperso, y a su paso se le iban plegando todos los que por el llano venían en retirada, porque había orden expresa de que todos entraran en ella y nadie la pasara a retaguardia. Se avanzaba a paso de carga, arrollándolo todo por delante, al mismo tiempo que se hacía un fuego espantoso. Parecía respirarse una verdadera atmósfera de plomo.

El humo impedía que se viesen los combatientes de ambas líneas. El caballo de Wood agitaba con impaciencia la cabeza, acosado por tan tupida granizada de balas, siendo relativamente mínimos los estragos causados. Su jinete no recibió más averías que una de las bridas tronchada por un proyectil, y la perforación de su uniforme. Después de adelantar mucho trecho y de contener al enemigo en su avance, dispuso que la Artillería pasara a ocupar una posición apropiada, conseguido lo cual, principió a descargar la metralla sobre la ya confusa línea opuesta.

La situación parecía llegar a un triste final, y así lo pensaron oficiales y tropa, entre ellos del Batallón “Zapadores”, cuando un rayo de esperanza iluminó nuevamente las agotadas mentes de esos guerreros; la Caballería adelantada a Quillaguasa aparecía en forma providencial.

Cuando, después de haber avanzado lo necesario sobre el enemigo, reconquistando el terreno perdido, el ayudante Wood se detuvo para darle una conveniente organización a la línea de batalla, amalgamando la acción de la Infantería con la de la Artillería, bajo el nutrido fuego de los adversarios, se divisó a la distancia una tropa de Caballería, que venía del frente, mucho más allá de nuestra extrema izquierda y, por consiguiente, libre de la zona de fuego.

Algunos de sus acompañantes le llamaron la atención sobre ella, un tanto alarmados, pero él les calmó asegurándoles que el enemigo no contaba con fuerza alguna de Caballería, y que aquellos no podían ser sino los “Granaderos a Caballo”, conducidos por el capitán don Rodolfo Villagrán.

Y aquí hay que dejar claro que Villagrán llevaba a sus “granaderos”, precipitadamente en retirada, después de haberse refrescado en Quillahuaza, pero sin haberse batido aún.

Manifestándose en los “granaderos” la visible intención de abandonar el campo de batalla cuando ya se había restablecido el combate en toda la línea, se enviaron tres emisarios en su demanda. Fue el primero un cabo de la escolta, que servía de ordenanza al ayudante; enseguida el alférez don Luis Almarza, y por último, el teniente de la misma don Diego Miller Almeyda; éste con orden expresa de decir a Villagrán que viniera sin más tardanza porque iba a continuar el avance sobre el enemigo, y que se le haría responsable de las resultas de su inobediencia.

Al fin hubo de obedecer Villagrán y a poco rato se presentó con sus bizarros “granaderos” en el paraje en donde estaban los que dirigían la batalla; en donde recibió del mayor Wood las consiguientes reprensiones por su extraña conducta; y este, dirigiéndose a los “granaderos”, les recordó su antigua y bien ganada reputación.

- ¿Es posible - les dijo - que los bravos “granaderos”, siempre vencedores de los araucanos, huyan ahora en presencia de peruanos?. Diciendo esto, ordenó se prepararan para cargar sobre el enemigo.

Electrizados por tan enérgicas palabras, los “granaderos”, como un solo hombre, tiraron de sus sables y levantándolos en alto vitoreaban a su nuevo jefe calurosamente, exclamando algunos de ellos que aunque eran conducidos en retirada, deseaban medirse con el enemigo, y le pedían les llevase a la pelea.

Permanecía allí el capitán Villagrán completamente amilanado, prestando su asentimiento expreso y tácito a cuanto hacía el esforzado ayudante, sin oponer objeción alguna. - Lo que Ud. haga, señor, será bien hecho - repetía.

Notando el mayor Wood tan buena disposición de la tropa y oficiales y el apocamiento de su jefe, resolvió dirigir la carga en persona, poniéndose al frente.

Hizo el valiente Wood formar en batalla a los “granaderos” y luego se puso a su frente con un trompeta que pidió al mismo Villagrán. Le ordenó tocar marcha, luego trote, y a su tiempo lanzó ambas filas al escape al toque de degüello. El capitán Villagrán no dio en ese momento otras voces de mando que las precisas para hacer pasar su tropa del orden en que se hallaba al de batalla, cuando le fue mandado en el momento de disponerse la carga. Avanzó el capitán algún trecho al costado de Wood, pero luego notó éste su ausencia; se le había empacado, en la carga, su caballo de batalla.

El comandante Vergara, que había llegado un poco antes presenció todas las disposiciones tomadas para efectuar la carga y otras generales con relación a toda la línea de batalla.

Acompañó al mayor Wood en la carga, ocupando el extremo izquierdo de la primera fila, manteniéndose éste en el extremo derecho de la segunda, después de ordenar el arranque de una y otra sucesivamente. Se hacía notar por el color blanco de su vestidura, que le hacía el blanco de los proyectiles del enemigo. Es de justicia reconocer que en esta ocasión se portó con singular denuedo, lo mismo que en los demás azares de ese día, exponiendo a cada paso su persona como un valiente en lo más rudo del fuego, y manteniéndose constantemente a la altura de la situación que él contribuyera a crear, bien que con menos culpa que otros.

Como resultado de la carga de los “granaderos”, éstos se estrecharon cuerpo a cuerpo con los infantes del enemigo. El choque fue tan inesperado que paralizó a peruanos y bolivianos, que emprendieron la retirada, hecho que fue captado por la infantería que, sacando sus últimas fuerzas, siguió a los jinetes. El enemigo logró ponerse fuera del alcance de los fuegos chilenos, ganándose a las laderas y a las hendiduras del terreno para escapar a los golpes de sable de aquellos atléticos jinetes. Los “granaderos” sólo regresaron al punto de partida, a rehacerse, cuando ya no podía ser de eficacia la persecución contra los dispersos soldados enemigos, que se habían guarecido en sitios desde donde podían ofender sin ser alcanzados, y por allí seguían camino adelante en precipitada fuga hacia Pachica.

La batalla está ganada. El enemigo huye en todas direcciones. El desbande es completo, 116 jinetes destrozan a 2000 aguerridos Infantes Aliados.

Tanto se había adelantado el mayor Wood conduciendo la carga, que al volver a las filas con su ayudante oficioso, el denodado y espiritual Salvador Smith, éste le hizo notar que nuestros propios soldados les hacían fuego, a lo que aquel observó que los equivocaban con los contrarios, por lo cual era prudente aligerar el paso para acercarse y disponer el avance de toda la línea, a fin de ocupar el terreno desalojado.

Fue decisiva la carga, y en ella completó la victoria de nuestra parte, ahuyentando al enemigo triunfante hacia poco, que la nueva línea había rechazado de muy atrás.

Acompañó en la carga toda la escolta del coronel Arteaga y muchos valientes oficiales montados que seguían a Wood. Hubo más de sesenta muertos y crecido número de heridos de parte del enemigo. Las piezas de Artillería quitadas por Cáceres a Santa Cruz al principio de la acción, fueron entonces recuperadas, pero nada se hizo por ir a recogerlas, aún cuando se hizo indicación en ese sentido. Bien convencido de que el enemigo se hallaba completamente vencido y en fuga, no oyéndose ya ni cerca ni lejos detonación alguna de arma de fuego, hizo Wood asegurar convenientemente un crecido número de prisioneros que se hallaban reunidos en diversas partidas, reuniéndolos en un solo grupo. Enseguida, se fue en busca del coronel Arteaga para cumplimentarle por la brillante victoria alcanzada.

Los combatientes chilenos, creyendo que la retirada de las tropas de la Alianza era definitiva y olvidando todo tipo de precauciones, se precipitaron al fondo de la quebrada, en busca de agua, para satisfacer la sed que padecían, acción que pronto habría de cobrar gran importancia, pues las tropas enemigas, lejos de estar derrotadas, aprovecharon la interrupción de las acciones para reorganizarse y pedir refuerzos.

13:00 hrs.

La carga de la infantería chilena, desde las alturas, hacia la quebrada, en demanda de apoyo a la columna Ramírez; paralizó las acciones más o menos a esta hora, y los peruanos y bolivianos regresaron al pueblo de Tarapacá, mientras las fuerzas chilenas se reunían en las cercanías del río. La lucha se suspendió hasta las 16.00 hrs y el mando chileno, creyendo que el combate había concluido, permitió que los soldados se entregaran a un merecido y muy bien ganado descanso, en medio de los arbustos y matorrales de la quebrada. Los hombres se dieron a la tarea de buscar que comer. Las armas, ya casi inservibles y sin municiones, estaban apoyadas en los arbustos y paredes de las construcciones. Todos esperaban que llegara la noche para poder emprender la retirada hacia Dibujo. Después de mucho andar por la llanura el ayudante Wood, descendió por la Bisagra hacia Huaraciña y al fin le encontró en esas inmediaciones, debajo de un arbolado de fresca sombra, a orillas del río, cuyas cristalinas aguas serpenteaban por entre la verde enramada.

Le hacían compañía desde muy temprano casi todos los jefes de cuerpos o de División, que en esos momentos se manifestaban muy satisfechos de una abundante y suculenta cazuela, lentamente preparada a su sabor.

Al presentarse el mayor Wood al coronel Arteaga, le saludó muy cortésmente, y con toda ingenuidad le felicitó por la victoria; pero apenas si este se dignó contestar a su saludo con un imperceptible movimiento de cabeza, al mismo tiempo que le reclamaba su anteojo, diciéndole que le había mantenido a ciegas durante toda la batalla. En el acto se lo entregó, como era su intención, con mil excusas por tan involuntaria falta de su parte, pero sin revelar arrepentimiento por el buen uso que del había hecho.

No se hallaba allí el comandante Vergara, y tampoco participó de aquel refrigerio en el Cuartel General de la División. Se había quedado en la altura y de orden del coronel le envió un mensaje escrito con lápiz para que pusiera al Cuartel General de Dolores al corriente del estado de las cosas. Fue conductor de ese mensaje un “granadero” o un “cazador”. Los “granaderos” desensillan y echan la caballada a un pastalito de tierna alfalfa.

El 2º de Línea ocupa las casas del pueblo, por derecho de conquista; “Chacabuco” y “Zapadores”, acampan en los alrededores y la Artillería de Marina en Huaraciña.

Frente a este pago, sobre la meseta, descansa el comandante Benavides, con 4 piezas de Artillería Krupp y dos francesas de bronce del Regimiento de Artillería Nº2, con 2 Compañías del Artillería de Marina, de custodia. Benavides, viejo soldado, permite que la tropa baje por grupos, con sus respectivos oficiales y clases, hasta el fondo de la quebrada, a apagar la sed y llenar las caramayolas. Vuelto un grupo, le sucede otro, pues los cañones jamás deben de carecer de custodia. Es el soldado de fila.

Allí empezaron a llegar los dispersos que se habían batido en las alturas, y ahí se concentraron sin distinción de cuerpo. El cirujano del 2º de Línea, doctor don Juan Kidd, establece un hospital provisorio en los ranchos de San Lorenzo, eficazmente ayudado por el doctor Manuel A. Vivanco de los “Zapadores”; Pérez Canto del “Chacabuco”, García del Artillería de Marina, y el ayudante de cirujano Salomón Arce.

16:00 hrs.

Las fuerzas chilenas, después del combate de la mañana, habían entrado en un schock, como sucede después de las grandes emociones. Todos, sin excepción, estaban convencidos de que el combate había terminado en la mañana, y en la localidad de Huaraciña los oficiales y la tropa buscaban el reposo a la sombra de los árboles, el ganado pastaba con las riendas fuera y la silla suelta, mientras los heridos eran trasladados y reunidos en algunas construcciones existentes en el poblado. La segunda parte de la batalla tuvo un costo mucho más alto en vidas que la primera. Los Aliados, captando durante la tregua la difícil situación de los chilenos, esbozaron los planes de la derrota chilena. La posición de las fuerzas era prácticamente la inversa. Los chilenos se encontraban en el fondo de la quebrada y los Aliados en las alturas, excepto las fuerzas del general Buendía que estaban en la aldea de Tarapacá.

Dávila y Herrera rompen los fuegos contra los chilenos entretenidos en sus quehaceres culinarios; los habrían exterminados, sin la intervención del veterano Benavides que se había quedado en la cima, velando por la Artillería chilena que debe estar siempre protegida.

El ataque aliado se concretó con el avance simultáneo de diferentes fuerzas; una parte apareció por la cuesta de Huaraciña, otra por el cauce del río, la tercera por las alturas del este y una cuarta fuerza por las alturas del oeste; haciendo todas las veces de una máquina barredora inmensa que arrastraba heridos y dispersos. Una gigantesca tenaza con un gigantesco río humano en el centro y que al cerrarse desbordaba fuego y destruía a medida que estrechaba sus brazos.

Según dijimos más arriba, no fueron avisados por nadie de nuestro campo de la reaparición del enemigo, porque fuimos tomados sorpresivamente por las descargas mismas de éste, que nos bañaban de arriba abajo.

¿Acaso había un solo vigía, un centinela, ni fuerza alguna de avanzada y en observación del enemigo? Se refiere que fue muy grande la sorpresa del coronel al oír las primeras descargas.

- ¡Qué es esto! ¡Qué es esto! - exclamaba. Nunca se le había visto tan animado.

Hallándose entonces a su lado su ayudante Wood, le contestó:

- ¡Qué otra cosa ha de ser, mi coronel, sino el enemigo que vuelve al desquite, reforzado con sus reservas, las que Ud. no ignora, se hallaban en Pachica y quizás en marcha esta mañana!

Desde aquel instante comprendió su situación y lo que debía esperársele. El coronel Arteaga miró en él desde entonces un acusador justamente resentido de los desaires mortificantes de que le había hecho objeto, y cuyas consecuencias ya palpaba él mismo, arraigándose desde entonces en su ánimo la firme resolución de anularle y perderle.

Se había malogrado una espléndida victoria arrancada por Wood al enemigo vencedor; y éste reaparecía en el campo, reforzado con las Divisiones Dávila y Herrera, sorprendiéndonos en el fondo del valle en el más completo abandono; venía al desquite, rehecho sobre sus mejores Batallones, de refresco, y en la confianza de que nuestra División se hallaría ya muy escasa de municiones y con muchísimas bajas. Pero con lo que de seguro no contaba, sería con que le hubiéramos consentido plegarse en orden a sus reservas, y menos que todo, conque le permitiéramos reaparecer en el campo de batalla sin estorbo alguno, a su entera satisfacción, estando los nuestros en el fondo de una profunda y estrecha quebrada.

Espantosa fue la confusión de los nuestros en ese momento.

Repuestos del primer impacto, los soldados chilenos corrieron en busca de sus armas y cabalgaduras, a las cuales, incluso, les habían quitado las bridas y sillas. Los infantes acudían presurosos a sus pabellones, y todos (artilleros, jinetes e infantes), en el más confuso tropel, a medio vestir algunos y sin orden ni formación, subían la escarpada ladera sin poder darse cuenta cabal de lo que pasaba.

Difícilmente podía ser más apurada nuestra situación, porque rechazándonos el enemigo por los dos extremos de Quillahuaza y Huaraciña, y con los dos escarpados farallones que forman la quebrada por nuestro frente y retaguardia, nos hallaríamos herméticamente cerrados y sin salida posible de aquella profunda hondonada. Y que a esto obedecía el plan de los contrarios, era evidente.

No había más remedio que ganar la altura a todo trance, afrontando a pecho descubierto el vivísimo fuego del enemigo, y así lo hicieron los nuestros con su nunca desmentida bravura. Benavides no vacila; contesta el fuego; despliega a sus Infantes del Artillería de Marina y hace jugar los dos Krupp y las dos bocas de bronce del Regimiento de Artillería Nº2.

Sin Benavides que organiza la resistencia y detiene a Dávila, ni Arteaga, ni sus tropas habrían contado el cuento. Al oír los disparos, Arteaga monta a caballo y observa el campo. Ordena que todo el mundo suba a la planicie, que nadie quede en la quebrada.

Envía orden a Ramírez que ascienda por la cuesta de la Bisagra o por donde pueda; y manda al comandante Vidaurre, que está a su lado, que se traslade a Huaraciña, con la tropa que pueda reunir, y mantenga la posición y no se mueva de ahí, sin orden escrita de su mano.

El coronel Arteaga toma sus disposiciones como experimentado hombre de armas; liando un cigarrillo de hoja talquina, que enciende y chupa bajo un diluvio de balas, reúne la tropa y repecha hasta alcanzar la planicie. Encuentra a Benavides que se bate como un león. Dávila embiste una y otra vez, pero certeros disparos de la Infantería y las granadas de la Artillería de Fuentes barren sus filas.

Trataron de escalar la cuchilla que conducía a la pampa, a fin de salvarse de una muerte casi segura.

En la altiplanicie todo era confusión. Nadie dirigía el combate. Nuestros infantes iban agrupándose a medida que alcanzaban la cima, y hacían fuego en pelotones informes sin poderlo utilizar, al paso que el enemigo los diezmaba impunemente y a tiro seguro.

El mayor Wood, que a duras penas consiguió hacer trepar su cabalgadura por la empinada pendiente, describiendo prolongados zigzag, comprendió al momento que aquello carecía de dirección, y sin pérdida de tiempo, principió a hacer entrar en línea a los infantes, reuniéndose luego de ochocientos a mil hombres en formación, que contestaban el fuego del enemigo, y aún le mantenían a raya. Cuando en esta operación se encontraba, divisó a alguna distancia un grupo de jinetes; eran el coronel Arteaga y su comitiva que aparecían en la altiplanicie. Notando que nada hacían fuese allá y suplicó a los jefes le ayudaran a organizar la línea de batalla, en lo que en el acto fue secundado con mucha eficacia por los comandantes Toro Herrera (del “Chacabuco”) y Santa Cruz (de los “Zapadores”).

En esos momentos el enemigo hacía descargas por Secciones, con tanta precisión, que muchos observaron que aquello semejaba las descargas de las ametralladoras. Eran los cuerpos veteranos de las Divisiones Dávila y Herrera que de refresco entraban en acción. Dávila aumenta sus efectivos con gente que le llega de la Reserva Aliada. Nada puede hacerse. A esta nueva línea, no ya de la derrota pero sí del honor de la bandera, se le iba plegando toda la gente que del valle subía a la planicie y ya presentaba un frente muy respetable. Aún, en breve, se consiguió desconcertar la línea enemiga que, no pudiendo resistir en formación unida nuestro fuego, hubo de desplegarse con precipitación y desorden.

En este favorable momento, se le ocurrió a Wood ensayar una segunda arremetida con los “granaderos”, que a corta distancia se hallaban al abrigo de una depresión del terreno.

Fuese allá al galope y los “granaderos” al verle, como si adivinasen su intento, le vitorearon con voces que significaban simpatía y confianza.

Se adelantó Villagrán a su encuentro, y habiéndole dado a conocer su propósito, lo acogió como en la primera vez, sin vacilación ni excusa.

Se disponían ya los “granaderos” a ejecutar esta nueva carga en momento tan propicio, colgando sus carabinas para empuñar el sable, cuando quiso su mala estrella que se presentara por allí el coronel Arteaga, interrogando a Wood sobre lo que se proponía hacer. Respondió que iba a cargar sobre el enemigo; de lo que el jefe se mostró muy sorprendido, concluyendo por oponerse terminantemente y alegando que los caballos estaban gastados.

A esto, el mayor Wood replicó que le constaba todo lo contrario, y que era visible el brío de los caballos, así como la buena voluntad de los jinetes, que sólo una carga había ejecutado ese día, y ya se habían refrescado por primera y segunda vez y bebido a discreción en el valle.

El coronel Arteaga, entonces, a todas vistas enfadado, encarándose con Villagrán que allí permanecía, le díjo con marcada intención:

- ¿No es verdad, capitán, que los caballos están gastados?

La respuesta era de adivinarse.

- Sí, señor. Están gastados - contestó el alentado capitán Villagrán.

Sin más, el coronel le ordenó desistir, declarando inútil ese esfuerzo y necesario abandonar el campo. En aquel mismo instante se acercó al mayor un oficial de apellido Cruzat, proponiéndole avanzar con dos Compañías intactas y bien amunicionadas del 2º de Línea, que allí tenía reunidas, y que este avance se hiciera simultáneamente con una carga de los “granaderos”, como se había hecho en la primera faz de la batalla; pero no pudo complacerse a este valiente oficial por el respeto debido a las órdenes del jefe.

Si el coronel Arteaga no hubiera aparecido por allí en aquel momento, la carga se habría efectuado sin duda alguna, y es seguro que sobre la base de las dos Compañías del 2º de Línea, se hubiera organizado la resistencia y aún el ataque, y según todas las probabilidades, el día habría quedado por los nuestros. Había muchas municiones recogidas de los rezagados, muertos y heridos, y a esa sazón llegaban también algunas cargas con repuesto de ellas.

Algunos oficiales animosos se acercaron también al coronel Arteaga pidiéndole solicitara el envío de refuerzos, a lo que se resistió siempre, diciendo que los enemigos eran siete mil.

Arteaga evacua la línea de los heridos, y ordena a Benavides batirse en retirada. Este retrógrado paso a paso, con fuego tan certero que Dávila no se atreve a cargarlo.

La quebrada se estremece con el fragor del combate.

Tomó el coronel Arteaga el camino de Negreiros, seguido siempre de sus fieles acompañantes de la primera hora, menos sus propios ayudantes. Le siguió también Wood y le dio alcance en cierto punto, donde se detuvo corto rato, observando el vano empeño del sargento mayor don Exequiel Fuentes, en utilizar sus piezas Krupp contra el enemigo. Se acercose allí y notó que el coronel Arteaga ordenaba cesar el fuego porque no se conseguía hacer llegar ninguno de los proyectiles a su destino, estallando las granadas a pocos metros de la boca del cañón o en alto, sobre las cabezas de nuestros soldados esparcidos por la llanura.

¿Cómo explicar este percance? Mucha fe tenemos en la inteligencia y denuedo del mayor Fuentes, por lo que nos ha sido imposible aclarar este punto.

Gastados o inutilizados los caballos de los “granaderos”, al decir del capitán Villagrán, y por alguna razón u otra, inútiles las granadas de los artilleros, el coronel se lavó las manos y desde allí apuró el paso en su retirada, sin mirar para atrás, y no volvió a vérsele en el campo de batalla. Resuelta por el coronel Arteaga la retirada, fue pues él quien primero y el más adelantado la emprendió en ese momento, llevándose consigo a casi todos los jefes de cuerpos. Indicaba todo aquello una verdadera derrota, más que una retirada, en el sentido técnico que el coronel Arteaga le ha dado en su parte oficial.

18.00 hrs: Vidaurre (comandante del Artillería de Marina) aprovecha la momentánea retirada de los contrarios para salir de la quebrada y unirse con Arteaga, que sostiene vivo tiroteo con el coronel Dávila. El jefe chileno retrograda lentamente para que los heridos ganen terreno. Los leves marchan a pie; los graves en brazos de sus compañeros o en las bestias de oficiales o de servicio. Como escasea la munición, se provee de tiros a un centenar de Infantes, para cubrir la retirada, en tanto Villagrán con los “Granaderos a Caballo” contiene a los más osados.

18:30 hrs.

La retirada chilena continúa sin interrupción hasta esta hora, hora en que el general Buendía llega a la vanguardia mandada por el coronel Dávila.

Después de observar por algunos momentos la línea chilena, ordena la contramarcha del Ejército Aliado, en dirección a Tarapacá. Arteaga, libre de cuidados, hace alto, para dar descanso a sus tropas, fatigadas por el duro trabajo del día; pero siempre altivas, dispuestas a sucumbir antes que rendirse. Quedaron en el campo, mil chilenos, además de 76 prisioneros que hizo el enemigo, a quienes oficiales dignos salvaron del repaso. Horas más tarde el mayor Wood le encontró en el campamento de la víspera, en Isluga, cuando recién se despertaba de un buen sueño y se disponía a continuar su camino hacia Dibujo y Santa Catalina.

Al alcanzar la pampa, en desorden, muchos soldados se dirigieron hacia Isluga y otros en dirección a Dibujo, acosados frecuentemente por avanzadas aliadas que los persiguieron por espacio de 10 km, obligando a los chilenos a continuar disparando sus últimos cartuchos. La persecución terminó y peruanos y bolivianos regresaron a Tarapacá, salvándose del aniquilamiento las tropas del coronel Arteaga, ya que el Ejército de Buendía no tenía caballería.

En la quebrada de Tarapacá quedaron muertos muchos jefes y soldados de las tres nacionalidades. Entre los chilenos las pérdidas fueron muy altas.

Las pérdidas fueron cuantiosas. Era el combate más costoso de todas las acciones efectuadas hasta ese momento. Los muertos chilenos subían de los 500 hombres. También por el lado aliado no eran menores las pérdidas, pues las bajas fueron numerosas y llegaron a unos 400 hombres de sus efectivos.

La comunicación que daba cuenta de la angustiosa situación de las tropas enviadas por Vergara y luego la llegada de los fusileros supervivientes de la batalla dio un fuerte impulso a las medidas que se desarrollaban por orden del general Baquedano, jefe del Ejército en Dolores, por ausencia del general Escala, quien había viajado a Pisagua. El futuro comandante en jefe del Ejército dispuso que todo soldado de Caballería que había en esos momentos en la zona partiera a la pampa con agua y víveres para auxiliar a los soldados. La acertada medida salvó a más de 200 hombres que de otra manera habrían perecido en pleno desierto.

Visita otros de nuestros artículos

TODAS LAS PAGINAS.png
Haz click en el emoticón

Léase en WikicharliE

Herramientas personales
Espacios de nombres

Variantes
Vistas
Acciones
Navegación
Herramientas
Contacta a Orquesta Tabaco y Ron para Eventos y Matrimonios http://tabacoyron.cl/