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Batalla de Chorrillos, Parte 2

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Batalla de Chorrillos, Parte 2
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Contenido

II Historia de la la Batalla de Chorrillos por Eduardo Hempel

Corresponsal del Diario El Ferrocarril de Santiago

Chorrillos II

El enemigo se encontraba reducido a sus últimos atrincheramientos del cordón más alto de cerros que cerraba la serie de fortificaciones anteriores, y un fuerte situado en la falda de dicho cerro.

Llegado a este punto el combate, la situación de los nuestros era bien difícil.

El cansancio y la sed habían agotado las fuerzas de nuestra tropa, y sólo unos pocos podían sostener el ataque de los dos últimos refugios del enemigo. Apercibidos de ésto los peruanos, trataron de sacar partido de la situación. Redoblaron con furia sus fuegos y comenzaron a avanzar la fuerza que defendía las trincheras de la falda del cerro, con el propósito de flanquear por la izquierda y recuperar el último fuerte abandonado y que se encontraba en poder de unos cuantos soldados nuestros de los diversos cuerpos de la división, animados por sus oficiales.

La artillería mandada por el mayor Gana no cesaba de disparar a fin de detener al enemigo; pero las municiones comenzaban a agotarse, y poco más tarde quedaba reducida a la impotencia.

La situación no podía ser más crítica para los nuestros.

Eran las 11 A.M., esos valientes llevaban 6 horas de encarnizado y mortal combate.

La escuadra, que al amanecer hizo algunos disparos con los cañones de la O'Higgins y la ametralladora de la lancha a vapor del Blanco, tuvo que parar sus fuegos, pues sus proyectiles, aunque perfectamente dirigidos, podían caer sobre los nuestros que se hallaban casi confundidos con el enemigo.

Los momentos eran desesperantes, y lo fueron más aún, cuando la artillería, después de haber agotado sus municiones y un cajón de las del enemigo, y siendo el blanco de los fuegos del morro, tuvo que retirarse hacia una falda del cerro para no ser impunemente fusilada.

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Las fuerzas peruanas de las trincheras de la falda habían avanzado para apoderarse del último fuerte que habían abandonado. El puñado de valientes que ahí se encontraba, tuvo que abandonarlo, pues no era posible sostenerse, quedando en el campo la mayor parte de ellos.

En estas circunstancias fue herido de muerte el esforzado y entusiasta subteniente del Talca Francisco Wormald.

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Cuando el enemigo recuperaba este fuerte, la 2ª División había roto sus fuegos sobre el Morro, conjuntamente con la artillería de la 2ª y 3ª División y la de campaña, y acudían a toda prisa en auxilio de la 1ª, la reserva y la División Lagos.

Eran las 11 y minutos.

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El comandante Urízar Gárfias, que avanzaba en esos supremos instantes por la izquierda de la 1ª División con una pequeña parte del Regimiento Talca, recibió orden de flanquear al enemigo por ese lado en sus últimas fortificaciones.

El fuerte recién recuperado comenzó a hacer un nutrido fuego por ese costado para evitar el avance en la dirección indicada.

El comandante del Talca, con sus pocos soldados, marchaba con imperturbable serenidad bajo esa lluvia de balas que caían a su alrededor. Libró afortunadamente, recibiendo dos balazos el caballo que montaba.

Esta operación por al izquierda fue infructuosa a causa del corto número de combatientes, y los que la emprendieron se vieron en inminente peligro de ser cortados por el enemigo.

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Los momentos no podían ser más angustiosos. Las tropas de refuerzo eran esperadas con ansia, pero los pocos hombres en estado de combatir con que contaba La División Lynch no cejaban y estaban dispuestos a morir.

El coronel Lynch no perdió ni por un momento su serenidad y seguía dictando las medidas convenientes para contener en su avance al enemigo.

El coronel Amunátegui hacía tocar a todos sus tambores y cornetas llamada y calacuerda, consiguiendo así reunir un puñado de valientes con los que se dispuso a sostenerse.

El coronel Urrutia acudía con sus ayudantes a todas partes, ora animando a los dispersos, ora impartiendo las órdenes del caso para resistir al enemigo.

Las municiones de infantería estaban casi concluidas después de tan largas horas de combate continuo y pertinaz. Felizmente llegó en esos momentos el señor Benito Álamos -padre de Gabriel Álamos, hoy jefe accidental del Coquimbo, de Juan R. Álamos, el valiente oficial del 4º de línea, del bravo teniente Álamos del Buín, del alférez Álamos, de todos esos valientes muchachos que desde el principio de la guerra corrieron a alistarse bajo las banderas de su patria. Felizmente, digo, llegó el señor Álamos, quien, sin obligación ninguna y obedeciendo sólo a su patriotismo, conducía algunas mulas cargadas de municiones, para lo cual había tenido que arrostrar un crudísimo fuego.

Este refuerzo de municiones no podía llegar más a tiempo, y la conducta del señor Álamos, era tanto más digna de encomio cuanto que ya llevaba la muerte en su corazón, pues dos de sus hijos habían caído como buenos.

Municionada así la tropa y formada la línea después de inauditos esfuerzos de los jefes y ayudantes, avanzaron algunos soldados del 4º, del Chacabuco y otros cuerpos al mando del comandante Zaldívar y del capitán Moltke. Pero tuvieron que retroceder, dejando en el campo algunos muertos y heridos, entre ellos el capitán Von Moltke, que cayó expirante al lado del comandante Zaldívar.

El enemigo no cedía terreno. Pero fueron contenidos en su avance, y muy luego cedían ante nuestros bravos que, viendo acercarse el deseado refuerzo, recobraron sus bríos y volvieron al ataque.

Las fuerzas peruanas que amenazaban flanquear la derecha, retrocedieron hacia Chorrillos o treparon por un camino en zigzag que conducía a la cima más elevada de los cerros del Morro, único punto ya desde donde hacían fuego, pero un fuego no interrumpido de fusilería y de cañón.

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Al mismo tiempo coronaban una de las alturas del lado de Chira el Regimiento Coquimbo y el Batallón Melipilla.

estos cuerpos, detenidos en uno de los fuertes tomados por la imposibilidad absoluta de avanzar, no tanto por la lluvia de balas, como por las dificultades insuperables del terreno, se resolvieron a atacar, aún a costa de todos los sacrificios, pues, al ver que la artillería se retiraba, los comandantes Soto y Balmaceda creyeron que estaba en peligro.

Al emprender este nuevo ataque, cayó gravemente herido, cerca del hombro izquierdo, el comandante Soto. El capitán Paez era muerto, y heridos los capitanes Dinator y Beytía Ramos y el subteniente Covarrubias.

El comandante Balmaceda tomó entonces el mando y resolvió atacar el cerro, que habían recuperado los peruanos, por los flancos con guerrillas, y por el centro con guerrillas sucesivas.

Así se hizo, en efecto, yendo por la izquierda el capitán Martínez y por la derecha el capitán Pérez. Aquí cayó, al lado del comandante Balmaceda, el capitán Pérez exclamando: Adiós, comandante. ¡Viva Chile!

El capitán Martínez con una compañía del Melipilla tenía ya flanqueado al enemigo, y luego avanzaba el Coquimbo al mando de su jefe Pinto Agüero, que lo conducía con sin igual arrojo en compañía del mayor Larraín Alcalde y el enemigo corría a refugiarse en el Morro de Chorrillos.

Los comandantes Balmaceda y Pinto Agüero los cargaron en medio del fuego que se les hacía del cerro más alto; pero ya los peruanos estaban lejos.

Los dos cuerpos, una vez en la cumbre, se desplegaron en guerrillas sucesivas y trababan encarnizado tiroteo con los peruanos parapetados en las alturas.

Al mismo tiempo, el 3º de línea y el Aconcagua faldeaban el cerro más elevado por el lado del pueblo, el Valparaíso y Zapadores entraban a las cuchillas del Morro, y varios cuerpos de la División Lagos flanqueaban al enemigo y trepaban a las primeras cimas del lado de Chira, y rompían sus fuegos a las 12.15 P.M.

Las fortalezas del Morro estaban completamente rodeadas, y se emprendía su asalto por cuerpos de todas las divisiones al grito de guerra y de gloria de: ¡Viva Chile!

Carga de granaderos Batalla de Chorrillos

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dejemos por un momento a nuestro denodado ejército asaltando las fortificaciones del Morro por todos sus costados, y retrocedamos a los momentos en que la División Lynch, abrumada por la superioridad numérica de los peruanos y por más de seis horas de una lucha sin tregua por alturas, quebradas y faldeos medanosos, se batía desesperadamente y resuelta a sucumbir o a vencer.

Esto sucedía precisamente cuando la División Lagos, después de arrollar algunas fuerzas enemigas, que encontró a su paso, con sólo las guerrillas de los diversos cuerpos que la componían -Santiago, Bulnes, Caupolicán, Valdivia, Navales, Aconcagua y Concepción- continuaba su marcha por las faldas de los cerros de San Juan y valle del mismo nombre; cuando la División Sotomayor destacaba a la Brigada Gana a posesionarse de las casas de San Juan, y cuando la brigada de artillería Jarpa y las baterías Flores, Ortúzar y Nieto marchaban por el valle a colocarse en situación de ofender las fortificaciones de Morro Solar.

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La 3ª División, continuando su marcha por los faldeos de la primera serie de cerros, recibió orden del señor General en Jefe de ir en refuerzo de la División Lynch. La 2ª Brigada, la del comandante Barceló, apresuró su paso dirigiéndose hacia el punto en que se hallaba la 1ª División, tomando el lado del mar.

A su paso recibió algunos disparos desde los potreros y más adelante un nutrido fuego que salía de un espeso pajonal y que acusó algunas bajas. Como el tiroteo continuara, y no había tiempo que perder, incendiaron el pajonal por sus cuatro costados, dejando al Regimiento Valparaíso, que a su turno acudía en auxilio de la primera, dar cuenta de los que dentro del pajonal se albergaban.

La Brigada del coronel Urriola marchó, cortando el valle, hacia Chorrillos para atacar por ese lado el morro de este nombre.

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La División Sotomayor había ya atravesado y roto sus fuegos, desprendiendo al Regimiento Esmeralda que, al mando de su comandante Holley, salió a marcha forzada hacia el pueblo de Chorrillos, por el lado de la línea férrea que lo une con Miraflores y Lima. La Brigada Barbosa, iba más a la derecha a cortar el enemigo por el valle de Lima.

Zapadores y 3º de línea se adelantaban también sobre el pueblo, donde comenzaban a refugiarse las fuerzas derrotadas de San Juan y de las alturas del lado del valle, y en cuyo apoyo venían tropas de refresco enviadas de Miraflores, juntamente con trenes armados de cañones que vomitaban metralla sobre los nuestros.

Los peruanos hacían esfuerzos inauditos para defenderse en sus últimos baluartes: el Morro Solar y el pueblo de Chorrillos, creyendo quizás que su triunfo sería posible, vista la superioridad numérica de sus tropas que recibían contingentes completamente frescos, lo inexpugnable de sus dos últimos atrincheramientos, y por otra parte, contando con la flojedad de nuestros soldados, a quienes suponían naturalmente debilitados por tantas horas de vigilia, de marchas y contramarchas, de ayuno y encarnizado combate y operando en un terreno boscoso y desconocido.

Pero nuestros diezmados regimientos habían reunido sus fuerzas reanimándose al ver aproximarse el término de esa gran jornada que tantas glorias iba a darle a Chile, conquistadas por el arrojo y denuedo de sus hijos.

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La artillería chilena situada en el valle enviaba sus proyectiles al morro y al pueblo, especialmente contra un gran edificio, llamado Escuela de Guías o Cuartel de Cabos, no recuerdo bien, desde donde el enemigo hacía nutrido fuego de fusilería sobre las tropas nuestras que avanzaban sobre Chorrillos.

temiendo que nuestras granadas pudieran causar bajas en nuestros propios soldados, la artillería concentró su atención en el morro, que contestaba con sus Rodman y Parrot, con el "Malcriado" y sus ametralladoras Nordenfeldt, dejando a la batería Ferreira la Escuela de Cabos, que la tenía a 300 y tantos metros.

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El Regimiento de Cazadores había tenido que retroceder por ser impracticable por ese lado la marcha sobre la población, y se dirigía en busca de otra salida para ir a cortar al enemigo.

Los peruanos, que no perdían coyuntura favorable para tentar sus últimos esfuerzos, al ver que nuestra caballería se retiraba, avanzaron sobre las baterías, ocultándose detrás de las tapias y murallas, hasta llegar a menos de 100 metros de nuestros cañones.

En tales circunstancias, sin tener infantería suficiente que las protegieran y soportando las descargas de rifles que recibían de flanco, las baterías amenazadas disparan con metralla y sus sirvientes comenzaron a hacer uso de sus carabinas. Dos de los cañones de montaña ya no podían funcionar a causa de haberse caldeado una de las piezas principales de la retrocarga.

El enemigo había sido detenido en su atrevido avance; pero como a cada momento llegaban refuerzos, esas baterías -las de los capitanes Ferreira, Keller y teniente Artigas- corrían inminente peligro de caer en poder de los peruanos.

Pero el Jefe de la 1ª División y el coronel Gana, enviaban muy luego al Regimiento 3º de línea en protección de las baterías y en rechazo del enemigo.

Los peruanos se retiraron en confuso desorden hacia el pueblo, perseguidos por los del 3º que continuaron por el callejón que corre al pie del morro, por el lado del valle, su marcha victoriosa hasta los suburbios de la ciudad.

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El gran drama se acercaba a sus últimas escenas y tenía ahora por teatro las quebradas e inaccesibles alturas del Morro Solar y la población de Chorrillos, cuyas se habían convertido en otros tantos castillos fortificados, teniendo por almenas sus azoteas y por aspilleras sus ventanas donde asomaban los cañones de sus rifles.

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Reorganizada ya la 1ª División, volvía a la carga, no sin haber sufrido dolorosas pérdidas, como la del arrojado capitán del 2º Reyes Campo, que se había hecho distinguir en todas las batallas desde el principio de la guerra, y que caía exánime cuando ya la victoria enviaba sus primeros destellos sobre el glorioso y mutilado estandarte de su regimiento.

El comandante Souper -noble y abnegado corazón que siempre ha latido con los latidos de este Chile a quien tanto quiere-, bravo y simpático viejo que, no contento con ofrecer en aras de la patria a sus dos hijos, Roberto y Carlos, capitán el primero del Valdivia y alférez el menor de Cazadores, en cuyas filas ha ganado las nueve cintas tricolores que adornan su pecho varonil, él mismo se enrolaba, a pesar de sus años y de sus achaques, en las filas del ejército - el comandante Souper caía atravesada una pierna por el plomo enemigo.

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Confundidos puede decirse en un solo cuerpo los restos de la 1ª División y llevando a la cabeza al coronel Lynch que montaba su tercer caballo, a Amunátegui y a Martínez y a Urrutia, empeñaban el último ataque y trepaban por las enhiestas lomas de esa fortaleza erizada de cañones y trincheras que se llama el Morro Solar.

Al mismo tiempo los incansables Zapadores tomaban la falda de los cerros, tras del 3º de línea, para flanquear por su izquierda al enemigo. El Santiago y demás cuerpos de la Brigada Barceló, con su veterano Jefe a la cabeza, subía dejando a la izquierda la ensenada de la Chira por la empinada cuchilla que dominaban en su parte culminante cañones de grueso calibre y una numerosa columna de infantería peruana. El Coquimbo y el Melipilla, guiados por el comandante Balmaceda con una gran bandera chilena en la mano izquierda y por el comandante Pinto Agüero, seguían por las crestas del lado del mar, dejando su camino sembrado de cadáveres enemigos.

Las fuerzas peruanas que defendían el fuerte no tenían más salida que la de un camino que baja para el muelle, y toma después la playa y las escarpadas pendientes de la costa.

Rodeadas casi por todas partes, comenzaban a ceder replegándose todas, perseguidas de cerca por los nuestros, al último fuerte, el llamado de Chorrillos, y que domina la bahía y la población.

Mientras tanto el tiroteo arreciaba en las calles, casas y suburbios de Chorrillos.

En las alturas, el enemigo cedía el terreno palmo a palmo; pero acosados por los cuerpos de la Brigada Barceló y restos o grupos de diversos regimientos, principiaron a desbandarse, y muy luego se declaraban en completa derrota, huyendo por la única salida que les quedaba, hasta que ésta les fue igualmente interceptada.

Los que defendían el fuerte hacían todavía porfiada resistencia; pero un cordón de soldados chilenos del Santiago, del Caupolicán, de todos los cuerpos, hizo irrupción atacando a la bayoneta las gruesas trincheras y haciendo flamear pocos minutos antes de las 2 P.M. la bandera vencedora de Chile en aquellas alturas que, con sobrada razón, los peruanos y cuantos las habían visitado consideraban inexpugnables.

Pero no contaban con el imponderable arrojo de nuestro soldados, en quienes la sangre fría, el valor a toda prueba, la incontestable superioridad de nuestros jefes y oficiales que a cada instante daban los más grandes ejemplos de cuanto son capaces los hijos de Chile cuando se trata de la honra y de la gloria de su patria, infundía nuevos bríos, dándoles a la vez cohesión y empuje a sus filas.

Ahora, nada era capaz de disminuir la impetuosidad de los nuestros. Trepan, se aferran en los duros riscos, y aparecen en la cima de los parapetos, donde la lucha se traba cuerpo a cuerpo, a bayoneta, a culatazos y recibiendo bombas de mano. Los artilleros querían clavar sus piezas, pero no tienen tiempo para ello y caen al pie de sus cañones.

El desorden en el interior es indescriptible; su aspecto tiene algo de una pesadilla más bien que de la realidad. Es uno de aquellos cuadros que sólo en el Infierno del Dante podría encontrar su parecido.

El piso, las plataformas, la cima de los anchos atrincheramientos está cubierta de cuerpos mutilados por los cascos de las granadas que ahí estallaban. Charcos de negra y cuajada sangre, troncos sin cabeza, miembros dispersos y ennegrecidos por la pólvora, un hacinamiento de restos humanos confundidos con armas destrozadas y fragmentos de bombas, era lo que a cada paso teníamos ante nuestros ojos.

Nuestra artillería había sido terrible para con los empecinados defensores del fuerte, que lo eran los batallones:

Guardia Peruana Nº 1. Cajamarca Nº 3. Ayacucho Nº 5. Tarma Nº 7. Callao Nº 9. Libres de Trujillo Nº 11. Artillería volante. Artillería de campaña. Batería de Chorrillos. Id. del Callao.

Sin contar con dispersos de otros cuerpos, como el de Huánuco número 17, que fueron a refugiarse en él.

Sus principales jefes y más de 700 soldados cayeron prisioneros en el momento de la rendición.

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Este obstinado combate en los potreros baluartes del Morro de Chorrillos, nos hizo dueños de todas las alturas y de la más espléndida de las victorias. El combate que se había trabado en el pueblo, podía considerarse, como en efecto lo era, como los últimos estertores de una agonía que se había prolongado demasiado y que estaba cercana a la muerte; y era más bien fruto de la desesperación o de la locura de los peruanos allí refugiados y que se veían perdidos irremisiblemente, y no del propósito de una resistencia que pudiera tener siquiera el más remoto viso de ser provechosa o eficaz para las desconcertadas huestes enemigas.

¡O quién sabe si esos ilusos, confiados en vanas e ilusorias promesas, esperaban grandes refuerzos que vinieran en su auxilio!

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Algunos cuerpos, los de la 1ª División, que desde el alba habían combatido sin interrupción por espacio de nueve largas y terribles horas, podían al fin de tantas fatigas buscar un descanso a la sombra de los árboles y en los potreros que se extienden a la falda de los cerros hacia el norte.

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Mientras tanto el tiroteo seguía en al población, pero ya más débil, más apagado, con largas interrupciones.

El 3º de línea que había llegado hasta unas tapias y ruinas de un antiguo cementerio a la entrada del pueblo, hacía huir bien pronto a algunas fuerzas peruanas parapetadas tras esas ruinas. El sargento mayor Serrano Montaner, que recién el día antes había recibido este grado, avanzó con algunos hombres para penetrar a la ciudad. En ese momento, rehechos los peruanos y reforzados, rodean al valiente jefe, que cae muerto en brazos de sus soldados.

Estos no reconocieron límites a su furor y corrieron a vengar la muerte del mayor Serrano, y a los capitanes Valenzuela y Riquelme y teniente Layz, en las calles de Chorrillos, donde sus enemigos se habían refugiado.

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Por todos lados se cercaba a los porfiados vencidos de San Juan y del Morro Solar.

El comandante Holley con unos 300 hombres del Esmeralda, entró al pueblo, batiéndose contra los que se defendían desde el interior del cuartel o Escuela de Cabos, y siguiendo por las calles con su ayudante Federico Maturana, iba desalojando al enemigo de casa en casa, de encrucijada en encrucijada.

El Bulnes hacía igual operación por otro lado, y el Regimiento de Zapadores hacía también su entrada para poner término a esa larga lucha, a todo trance, que se prolongaba demasiado.

No había casa desde donde no se hiciera fuego.

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Un nuevo tren artillado llegaba de Miraflores y rompía sus fuegos contra la artillería que se había situado dando frente a la línea para impedir la llegada de todo refuerzo enemigo. Estos trenes se sucedieron sin interrupción desde que nuestras fuerzas obligaron a los peruanos a concentrarse en el morro.

Eran las 3.40 P.M. y aún venían nuevos trenes, más tal vez para proteger la retirada de algunos fugitivos y dispersos peruanos, que con el objeto de atacar. Pero de todos modos, seguían molestando a los nuestros.

De orden del General Sotomayor, se abocaron cuatro piezas en dirección a la estación, protegida por el Batallón Navales, mientras la batería del capitán Ferreira marchaba con sus cañones de montaña a situarse en el fuerte de Chorrillos, a fin de combinar sus fuegos con la artillería del llano contra las fuerzas enemigas que pudieran venir de Lima, y tomar también posesión del mencionado fuerte que había caído en nuestro poder con todos sus cañones y pertrechos.

A esa misma hora la Brigada del coronel Barbosa, con las baterías de montaña del capitán Keller y del teniente Artigas, se ponía en marcha redoblada con el propósito de cortar la retirada al enemigo que se batía en el pueblo y formarle así un cordón infranqueable de fuego.

Las cuatro piezas de artillería enviadas por el General Sotomayor y mandadas por los alféreces Armstrong y Benzan, conjuntamente con una de las baterías de campaña, la del capitán Flores, hacían retroceder precipitadamente hacia Lima el tren artillado, que disparaba sus cañones y sus rifles sobre los nuestros.

Una de las granadas enviadas por el capitán Flores, caía casi en la trompa de la locomotora. Puede decirse sin la menor exageración, que nuestros artilleros, que dieron pruebas espléndidas de valor y serenidad durante toda la jornada del 13, ponían los proyectiles donde ponían la vista; no podía exigirse mayor precisión.

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No quedaba ya del poderoso ejército organizado por Piérola sino unos cuantos hombres que continuaban disparando desde el interior de las casas.

Pero ese número fue disminuyendo paulatinamente, y a las 5 P.M. apenas se oía uno que otro tiro aislado que se confundía con el estruendo de las paredes que se desplomaban y el chisporroteo de las llamas de un voraz incendio que a cada minuto tomaba mayor incremento.

En cuanto al Dictador Piérola, que por los prisioneros tomados en el fuerte de Chorrillos se supo había estado con su secretario García y García hasta los últimos momentos del combate, se ignoraba su suerte. Sin embargo, en la noche supimos que había huido a Miraflores, bajando a todo escape por el camino que conduce del morro al malecón, y tomando enseguida por la rampla o escalinata de los baños, se había descolgado a la playa, debiendo el no caer en manos de nuestros soldados a la bondad de su caballo y precipitado de su fuga.

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Fuerza del Esmeralda, Bulnes y Zapadores, entraron también al pueblo y grupos de soldados de los otros cuerpos persiguiendo a sus enemigos que no cesaban de hacer fuego en retirada, envalentonados tal vez por la idea de que en la ciudad, como efectivamente sucedía, encontraran algunas fuerzas.

Viendo nuestros soldados que los enemigos no se rendían y ocultos tras las ventanas hacían bajas en sus compañeros, quisieron echar abajo la puerta de una casa de altos situada en la avenida principal y dando frente a la primera calle por donde se entraba al pueblo por el lado sur.

Adelantóse un soldado, y al empujar la puerta estalló un torpedo colocado en la chapa y que arrojó exánime al soldado sobre la escalinata. Esto exasperó a los demás, y prendieron fuego a la casa por sus cuatro costados y ya no dieron cuartel.

Como en esa casa, en muchas otras había también torpedos en las cerraduras de las puertas de calle, lo que causó la muerte de varios soldados chilenos. Los peruanos no habían omitido ningún medio, ninguna celada, por infame que fuera; habían echado mano de todos los recursos, aún los más vedados, de todas las astucias para concluir con nuestros soldados.

Pero todo ello sólo sirvió para acelerar su ruina; pues, exasperados los chilenos, prendieron fuego a la ciudad, escapando sólo uno que otro edificio, entre ellos los de los ministros o cónsules brasilero y alemán.

El cuadro que en esas horas aciagas para el Perú presentaba la hasta entonces pintoresca Chorrillos, no podía ser más aterrador. El fuego de rifle por un lado, y por el otro el fuego de incendio que cubría el espacio con negras columnas de humo y colosales llamas que subían hasta el cielo.

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La Brigada Barbosa, mientras tenían lugar en Chorrillos estas escenas, en justa represalia, llegaba hasta Barranco, que muy luego era otra inmensa hoguera, y establecía sus avanzadas.

Con excepción del Esmeralda, que tomó por cuartel la Escuela de Cabos, y el Bulnes, que se alojó en el Mercado, los demás cuerpos se acamparon fuera de ella. La Brigada Amunátegui en el Morro Solar, la reserva entre Barranco y Chorrillos, la artillería cerca de la estación.

Desde el fuerte de Chorrillos, adonde nos dirigimos a las oraciones con el coronel Amunátegui, se dominaba el terrible y grandioso cuadro que ofrecía la población de Chorrillos en llamas, y allá, a lo lejos, el de Barranco.

Hasta ese momento no teníamos idea de lo inmenso del desastre de los peruanos, ni de la victoria espléndida del 13 de enero.

Aguardábamos con anhelo que vinieran los primeros albores del siguiente día, escuchando referir a los valientes del 4º de línea, del Chacabuco y del Coquimbo los infinitos hechos de la inmortal jornada.

Y rodeados de cadáveres enemigos, oyendo zumbar el viento que soplaba con violencia en aquellas alturas, iluminados por los resplandores del incendio que nos enviaba sus acres olores, recorríamos en la imaginación calenturienta, después de un día entero de las más encontradas impresiones, los mil y un episodios de la batalla, que en confuso torbellino se agolpaban a nuestra mente.

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La gran victoria del 13 de enero estaba consumada; el ejército chileno se había cubierto de gloria en esta inmortal jornada que tan alto colocaba la bandera de nuestra patria.

Como los hechos se habían desarrollado con tanta rapidez, como no era posible abarcar en todos sus detalles los infinitos episodios que a cada momento tenían lugar, y como para no interrumpir el hilo de nuestra narración hemos pasado por alto numerosos incidentes, volvamos por un momento atrás mientras nuestras fatigadas y victoriosas tropas descansan de sus fatigas o toman algún alimento después de 24 horas de forzada retinencia.

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Tomadas ya las posiciones enemigas del lado de San Juan, el señor General en Jefe avanzó por entre los regimientos de la reserva y de las divisiones Sotomayor y Lagos, que lo vitoreaban a su paso, y fue a situarse con su Estado Mayor en una pequeña eminencia de terreno desde donde podía dominar la situación y dirigir el combate.

La artillería del Morro hacía un nutrido fuego sobre la nuestra que adelantaba a tomar posiciones convenientes y que luego contestaba con sus certeros disparos. Las granadas peruanas pasaban zumbando por sobre nuestras cabezas o estallaban a poca distancia, pero sin causar serios daños en nuestras filas.

Una de ellas cayó a 20 pasos del General en Jefe produciendo un incendio, que se propagó con rapidez en dirección a las casas de San Juan.

Y no fue éste el único proyectil que vino a caer o pasó cerca del General Baquedano. La lluvia de plomo era compacta en todas direcciones, sin contar con que, a más de las balas que surcaban el espacio, brotaban, puede decirse, del suelo las bombas automáticas que desparramaban, en medio de un torbellino de humo, tierra y piedras, los numerosos segmentos que contenían.

Recuerdo que cuando el General enviaba al coronel Valdivieso con orden de hacer avanzar la reserva en protección del ala derecha de la División Lynch y unir la línea entre ésta y la Brigada Gana, una de las muchas balas de rifle le pasó rozando de flanco el pecho y rasmilló el muslo derecho del capitán Juvenal Calderón que se encontraba a su lado, al mando de la escolta y junto con el señor Altamirano.

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Las bombas explosivas pusieron más de una vez en peligro la vida del General, la del señor Ministro de la Guerra y de los principales jefes del ejército chileno.

El General Sotomayor se encontraba en la falda de un cerro a treinta pasos a la izquierda del grupo formado por el Cuartel General y Estado Mayor, haciendo avanzar las baterías Keller y Ferreira, cuando de improviso se siente una fuerte explosión y una nube de tierra, guijarros y humo, envuelve al Jefe de la 2ª División.

Se le creyó muerto o herido. Disipado el humo, se vio al General que se levantaba del suelo. Felizmente nada había sufrido, y la traidora mina sólo le inutilizó el caballo. Tomó otro caballo que halló a la mano, y marchó a ponerse al frente de su división.

Algo parecido ocurrió al señor Ministro de la Guerra y al Estado Mayor de la 1ª División.

Avanzaba el señor Ministro con sus ayudantes hacia la izquierda nuestra, cuando estalló otra bomba envolviéndolo en su explosión; pero por fortuna sin ocasionarle ningún daño. El señor Vergara, que durante el combate demostró un valor a toda prueba, corrió muy serios peligros, pues el enemigo parece que tenía tiradores especiales para los jefes y oficiales chilenos, sobre quienes caía continuamente una granizada de balas.

El Estado Mayor de la 1ª División anduvo igualmente feliz, porque la mina que estalló a sus plantas sólo inutilizó el caballo que montaba el coronel Lynch y mató el del coronel Toro Herrera, hermoso corcel de batalla, obsequio de su señor padre.

Innumerables son los casos análogos a los anteriores, aunque no todos con la misma suerte, pues muchas de las bombas y minas nos hicieron algunas bajas de oficiales y soldados.

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Cuando el General en Jefe recorría las trincheras tomadas por el Buín, Esmeralda y Chillán, trincheras en que los cadáveres de los peruanos estaban uno al lado del otro casi sin interrupción, nos llamó la atención un grupo formado por un soldado del Buín y dos peruanos del número 67. El cuerpo del soldado del Buín estaba doblado hacia atrás, con una ancha herida en el pecho. Su rifle quebrado en la garganta y con la bayoneta encorvada parecía que acababa de desprenderse de sus crispadas manos. A sus pies yacían los cadáveres de los dos peruanos, uno de ellos con el cráneo destrozado y el otro con una profunda herida en la garganta.

El drama de que fueron actores esos tres hombres debió ser terrible. Al asaltar la trinchera, el soldado del Buín recibió la herida que más tarde le dio muerte; pero seguramente tuvo tiempo en las ansias de su agonía para ultimar a sus dos enemigos, rompiendo su rifle en la cabeza de uno de ellos.

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En los momentos en que recorríamos aquella larga hilera de cadáveres -muestra palpable del arrojo de nuestros soldados que allí hicieron más uso de las bayonetas y culatas de sus rifles que de las cápsulas Comblain o Grass - y que estaban en la proporción de diez por cada uno de los nuestros, se acercó el mayor jarpa conduciendo prisioneros al coronel Fabián Mariño y al sargento mayor J. Vicente Villarán, ambos del Estado Mayor peruano.

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Proseguimos la marcha en dirección a las casas de San Juan por el mismo camino que había tomado la División Sotomayor.

Al dar vuelta por la falda de un morro elevado y donde ya flameaba una bandera chilena sobre los cañones peruanos, encontramos bajo una ruca improvisada al capitán ayudante del Buín, J. Ramón Rivera, gravemente herido un poco más abajo del hombro izquierdo, asistido por dos soldados de su cuerpo.

El General Baquedano, que había tenido ocasión de conocer en la expedición a Moquegua y batalla de los Ángeles al bravo capitán que se había hecho distinguir en aquellas jornadas inolvidables, se acercó a él y, después de felicitarlo a nombre de Chile y al suyo propio, agregó:

-"Siento infinito su herida, capitán, y espero que pronto sanará.

Y le estrechó la mano.

- Esto no es nada, mi General, contestó incorporándose el valiente Rivera. ¡Qué importa la vida si podemos dar glorias a nuestra querida patria!".

Y estas palabras nacían de lo íntimo del alma, del más acendrado patriotismo. Y yo me pregunto. ¿Cómo no vencer con hombres de este temple? ¿Cómo no vencer con hombres que al borde de la tumba sólo piensan en su patria y han hecho desde un principio abnegación completa de su vida y de su sangre en aras de esa misma patria recuerdo y adoración de todos sus momentos?

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A corta distancia del capitán Rivera y en una pequeña carpa levantada en el fondo de un pozo y junto a la trinchera a que con tanto empuje había asaltado el Buín, vimos al capitán Donoso, que había caído herido en aquel mismo sitio y que ya había recibido su primera curación.

Preguntamos a los soldados que lo cuidaban si sabían quién había puesto la bandera que ondeaba en el morro del lado, y nos respondieron que había sido el cabo Lisama de la 1ª compañía del 2º Batallón, lo que nos fue corroborado por varios otros soldados del Buín que encontramos a nuestro paso.

Después hemos sabido que el sargento Rebolledo había llevado a cabo igual hazaña, plantando nuestra bandera en la cima de un morro al grito de ¡Viva Chile!

Como no puede haber duda de que el sargento Rebolledo ejecutó su temeraria acción cuando, a nombre del señor Ministro de la Guerra, el sargento mayor Alberto Stuven, ofreció el grado de capitán al primero que clavara ahí la bandera de Chile, es indudable que son dos los bravos del Buín que acometieron esa empresa.

¡Y cuántos otros como ellos habrá en los demás cuerpos, cuyos nombres quedarán ignorados y confundidos con los de esos héroes que alguien ha llamado anónimos!

__________

Cuando llegamos a las casas de San Juan, el Regimiento Zapadores se encontraba ya en ese lugar, habiendo pasado adelante la 1ª Brigada de la 2ª División. El interior de la iglesia, desde donde los peruanos habían hecho fuego, era un montón de cadáveres y rifles ensangrentados.

A poco andar, el General en Jefe encontró al coronel Gana, y tendiéndole la mano le dijo con voz conmovida, "Lo felicito, coronel, a Ud. y a su brigada. Han cumplido con su deber". El señor Vergara, que venía un poco más atrás, abrazó con efusión al coronel, diciéndole: "Lo felicito como amigo y como Ministro".

Felicitaciones análogas recibían los demás jefes que encontrábamos.


Una vez que el General encontró una situación conveniente para dirigir la batalla, que se creía en esos momentos tocaba a su fin, se bajó de su caballo.

El fuego era más lento y sólo de cuando en cuando se oían tronar los cañones del fuerte que teníamos a nuestra izquierda.

Los señores Vergara, Altamirano y Godoy, acompañados de los ayudantes del señor Ministro, se dirigieron entonces adonde estaba la 1ª División. Pero, poco antes de llegar, estalló un polvorazo que envolvió a todo el grupo, sin causar por fortuna desgracia ninguna, y el fuego recomenzó con nueva furia.

Ya la 2ª División con su Jefe a la cabeza había estrechado la distancia que por el lado del valle la separaba del enemigo, cuando un ayudante del coronel Lynch llegó a todo escape pidiendo refuerzos y anunciando que se habían agotado las municiones de la artillería, que escaseaban las de la infantería y que el enemigo, en considerable número, amenazaba por un flanco a la división y se hacía fuerte en la cumbre alta del Morro Solar.

Inmediatamente la 3ª División apresuró su marcha, destacándose la Brigada Barceló para tomar oblicuamente a los peruanos; el General mandó al comandante Arístides Martínez que avanzara con la reserva, e impartió las órdenes convenientes para que se enviaran a toda prisa municiones a la División Lynch.

Acompañado del capellán señor Fontecilla nos fuimos con el Valparaíso, que apenas había recobrado alientos y seguía cuan ligero le era posible a apoyar a sus hermanos de la 1ª División. Los oficiales animaban a sus soldados, y éstos se animaban entre sí diciéndose: "Vamos, niños, a ayudar a nuestros hermanitos". Y marchaban al trote por potreros y pajonales, devolviéndoles el vigor y la agilidad la sola idea de que sus "hermanitos" se hallaban en peligro.

De un pajonal que dejábamos a la izquierda salieron algunos balazos. Los proyectiles pasaron silbando por la cabeza del capellán Fontecilla, quien, sin inmutarse, me dijo: "A nosotros no nos alcanzan las balas; necesitamos consolar a los heridos y auxiliar a los que van a morir".


Y en efecto, este digno ministro de Jesucristo consolaba a su paso a los heridos y daba la última bendición de la iglesia a los que exhalaban su postrer suspiro, sin cuidarse de las balas ni de los peligros que corría.

Y sus compañeros de ministerio, el capellán Vivanco, el padre Labra, los presbíteros Eduardo Fábres, Luis Montes Solar, Javier Valdés Carrera, Marco A. Herrera, reverendo padre Pacheco (no sé si se me escapa algún nombre), todos desempeñaban su santa misión de una manera ejemplar y en lo más recio y crudo de la refriega, exhortando a los soldados a cumplir su deber como chilenos y como cristianos y bendiciendo sus armas.


Pero algunos soldados del Valparaíso que habían sentido los disparos y visto algunos bultos en el pajonal, lo rodearon como por encanto e hicieron tabla rasa en él en menos tiempo del que gasto para decirlo.

Con el capellán Fontecilla y el comandante Arístides Martínez nos habíamos adelantado algún trecho a la reserva buscando un paso por entre las tapias y canales. Dejamos al Jefe de la reserva al lado de un boquerón que daba salida a los lomajes del lado del mar y seguimos por el faldeo de aquellos a juntarnos con los cuerpos de la Brigada Barceló, que ya comenzaban a trepar las empinadas crestas de los cerros.

El Caupolicán tomaba en ese instante un corto descanso para organizar su línea y muy luego emprendía también la ascensión con sus jefes al frente, entre ellos el bravo Dardignac que poco tiempo antes había sido nombrado 2º jefe del Caupolicán.

El Bulnes y Valdivia iban adelante.

Dejando a los cuerpos de la Brigada Barceló, cuando ya el Santiago hacía flamear su estandarte en la cima del primer contrafuerte del morro que teníamos a nuestra derecha, descendimos hacia la playa bordeando el cerro por donde habían hecho su increíble y penosa ascensión el Coquimbo y el Melipilla.

En la playa encontramos al comandante Soto, del Coqimbo, que era conducido en una camilla improvisada con rifles, gravemente herido más abajo del hombro. Entre las infractuosidades de las rocas, guareciéndose del sol estaban los subtenientes del Melipilla, Daniel Portales y Federico Valdivieso, aguardando que llegara algún ambulante a hacerles la primera curación.

El señor Fontecilla se bajó de su caballo y dirigiéndoles algunas palabras de consuelo, les dio a beber agua con cognac que llevaba con este objeto.

Luego vimos desde una altura que un bote de la escuadra atracaba a la playa, y más tarde supimos que en él venían cirujanos y socorros para los heridos, enviados por el Almirante Riveros, gracias a los cuales no perecieron aquellos valientes, pues las ambulancias no llegaron por ese lado.

Este no es un reproche al personal del servicio sanitario, pues individualmente cada cual hizo cuanto estuvo a su alcance por atender a los heridos, aún exponiendo su vida, y la línea de batalla era muy extensa además; pero, por su misma organización, este servicio dejó mucho que desear.

Como este asunto del servicio sanitario encierra, a nuestro juicio, una cuestión muy seria y de gran importancia para nuestro ejército, nos proponemos ocuparnos de él por separado y con alguna extensión.


Continuando nuestra excursión a través de los cerros y fuertes que habían servido de escenario a tan sangriento drama, y que estaban cubiertos de rifles, cañones, cajas de guerra y prendas del vestuario, descendiendo y ascendiendo, llegamos al fin al callejón que conduce al pueblo, y que estaba sembrado de cadáveres de los enemigos, que se habían parapetado detrás de la larga y ancha tapia que corre en toda la extensión del mencionado camino.

Ya los cuerpos de la 1ª División comenzaban a reunirse cerca del cementerio y en los potreros vecinos, mientras en la población continuaba recio el tiroteo.

A nuestro paso para la ciudad encontramos al mayor Avelino Villagrán, del Colchagua, herido en una mano, y tuvimos el sentimiento de saber la muerte del sargento mayor del 3º, Serrano Montaner, y otros dignos oficiales de ese esforzado regimiento.

Por el mayor Villagrán supimos la muerte del intrépido capitán Juan D. Reyte, del teniente Manuel Carrasco y del subteniente Genaro Molina, que habían caído como valientes asaltando las trincheras enemigas, y que habían salido heridos los capitanes Gajardo y Pumarino y varios otros oficiales del Colchagua, entre otros los subtenientes Palacios, Gómez y Villarreal.


A las 2.30 P.M. entramos a Chorrillos, donde ya estaban los coroneles Lynch y Urrutia, el comandante Martínez y el comandante Baldomero Dublé, Jefe del Estado Mayor de la División Sotomayor, con sus ayudantes.

Los peruanos, atrincherados en las casas, disparaban sobre nuestros soldados. En una de éstas, situada en la calle principal al lado del rancho del General Pezet, se había hecho fuerte un buen número de enemigos que hacían fuego contra todo el que pasaba o estaba al alcance de sus rifles. Al frente de la casa yacían varios cadáveres; aquella era una fortaleza inexpugnable, no podía pasarse por ahí sin caer bajo el plomo de los que en ella se ocultaban.

El comandante Dublé se adelantó entonces con el teniente García Valdivieso, el valeroso y joven oficial que con tanto brillo peleó en San Francisco al lado del comandante Salvo, y un oficial peruano prisionero que llevaba la misión de hacer ver a sus compañeros lo inútil de su resistencia, y que era más prudente se rindieran, tanto más cuanto los prisioneros eran tratados con toda consideración.

Aún el oficial peruano no había concluido sus últimas palabras, cuando del interior se hizo una descarga cerrada, cayendo muerto aquel infeliz que voluntariamente se había ofrecido a salvar a sus hermanos haciéndoles notar lo descabellado de su loca empresa.

El comandante Dublé fue al mismo tiempo herido en una pierna, y poco después lo era el teniente García Valdivieso.

Entonces se atacó la casa por todos lados y se le prendió fuego. Pero el material del edificio no se prestaba a la propagación del incendio, y sólo después de muchas tentativas se consiguió que la casa ardiera por sus cuatro costados. Los que no habían tenido reparo en asesinar a mansalva a uno de los suyos, perecieron dentro de esa hoguera, sirviendo sus cuerpos de combustible a las llamas.


De entre los que en dicha casa hacían fuego, se notó a uno que llevaba en la cabeza una gorra como las que usan los marinos, y en lugar de escudo una placa encarnada.

Probablemente pertenecía a una legión de poco más de 200 hombres que usaba una gorra igual y en la placa roja, de forma cuadrada, más larga que ancha, el nombre "Garibaldi" en letras bordadas de oro. De esta legión, compuesta en su generalidad de italianos, según nuestros informes, sucumbió un buen número con las armas en la mano.

Alguien dijo que pertenecían a la compañía de bomberos italianos de Chorrillos; pero esto no es exacto porque la bomba de Chorrillos se llama "Pompa Italia", y la de Lima "Pompa Roma".

Eran simplemente extranjeros que habían tomado las armas, sea en servicio del Perú, sea en defensa de sus intereses radicados en aquel suelo, o bien obligados a ello por las autoridades peruanas.


Y aquí es del caso observar que mientras el Perú se servía de extranjeros de diversas nacionalidades para sus obras de defensa, para sus minas, para la fundición de sus cañones, para la construcción y dirección de sus fortificaciones, y que tenía en las filas de su ejército de combate a gran número de individuos nacidos fuera del territorio peruano; que mientras el Perú echaba mano de gente extranjera o mercenaria, Chile lo debe todo al esfuerzo, a la abnegación, al patriotismo, al valor indomable de sus hijos.

Con los dedos de la mano se cuenta el número de los pocos extranjeros que por amor a este suelo de Chile, donde han encontrado un hogar y una familia, o movidos por la justicia de nuestra causa, han solicitado un puesto en nuestro ejército. Ellos son:

El comandante Hilario Bouquet El capitán Otto von Moltke, muerto en Chorrillos. El capitán Mac-Cucheon. El teniente Sullwan. El subteniente Eduardo Wenzive.

Y no sé que haya ningún otro.


En la tarde de esa memorable jornada, cuando ya nuestro ejército victorioso acampaba a los alrededores de Chorrillos o en las mismas posiciones enemigas, nos dirigimos al campamento de la Brigada Amunátegui.

Conversando con oficiales y soldados del Regimiento 4º de línea, oímos de boca de testigos presenciales algunos episodios de la batalla.

En lo más crítico de la refriega y en momentos en que el enemigo hacía un movimiento de avance sobre un puñado de soldados, se ordenó la retirada hacia el resto de la División. Un soldado del 4º, que con la mayor sangre fría seguía disparando, recibió igualmente la orden de retirarse.

- "¡Un soldado del 4º no se retira, dijo, muere!".

Y casi al mismo instante caía muerto sin abandonar su rifle.

Otro soldado de apellido Espíndola, que fue herido en el pie al asaltar la segunda trinchera, se había sentado junto al cadáver de un soldado peruano y le registraba su cartuchera para sacarle las cápsulas.

Interrogado sobre lo que hacía, contestó con toda flema - ¿qué quiere que haga, si me han herido, cómo voy a estar de ocioso?

Pero la epopeya del estandarte del regimiento es algo grande.

Llevaba el antiguo estandarte que victorioso tremoló en Arica el subteniente Miguel Bravo, que en Tacna peleó en las filas del Regimiento Esmeralda. Las balas se cruzaban como el granizo impelido por recio vendaval, y la gloriosa insignia había sido ya atravesada por cinco balazos. Bravo seguía orgulloso con su regimiento, cuando caía herido en la pierna, siéndole imposible continuar adelante.

Tomó entonces la bandera el cabo Cirilo Jara, y luego caía también, entregándola al sargento Ortíz, a quien parecía respetaran las balas. El teniente López se apodera del precioso jirón y lo entrega al subteniente Manuel Osvaldo Prieto, que a los pocos pasos es gravemente herido.

El capitán Ibáñez lo recibe, y a su vez es víctima del plomo enemigo y muere a la sombra de su bandera.

Sucesivamente pasó por las manos de varios otros soldados de la escolta y por último el sargento Ortíz lo llevó hasta el fin de la batalla.

Mucho más tendría que agregar sobre la batalla de Chorrillos, para mí la más grande y mejor dirigida que haya tenido lugar en la América del Sur, pero dejo a plumas más hábiles y a la altura de la grandeza de la inmortal jornada del 13 de enero la tarea de darle amplitud y desarrollo, y me limito a repetir el grito con que nuestros valientes rompían el fuego, coronaban las alturas o clavaban en la cima de los parapetos enemigos la bandera de la patria: ¡Viva Chile!

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