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Batalla de Chorrillos, Parte 1

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Batalla de Chorrillos, Parte 1
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La batalla Chorrillos ocurrió el día 13 de enero de 1881, en el marco de la Guerra del Pacífico. En ellas se enfrentaron el Ejército de Chile y Perú.

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Contenido

I Historia de la la Batalla de Chorrillos por Eduardo Hempel

Corresponsal del Diario El Ferrocarril de Santiago

Chorrillos I

A las 3.30 a.m. del 13, y en medio de la oscuridad que aún hacía más densa una espesa camanchaca, el coronel Lynch, conforme a las instrucciones del General en Jefe, ponía en movimiento su división, desplegando en batalla los regimientos, en perfecto orden y a marcha forzada para estrechar la distancia que le separaba de las fortificaciones peruanas, que se destacaban como grandes masas negras en el horizonte.

En las filas reinaba un silencio profundo, percibiéndose sólo el ruido de las pisadas cadenciosas de nuestros soldados sobre la pesada arena. La división marchaba en este orden, principiando por la izquierda nuestra o lado del mar:

El 2º batallón del 4º con el 2º del Chacabuco desplegados en guerrilla, formaban la 1ª línea a poco más de 100 metros a vanguardia de los primeros batallones de dichos regimientos, que componían la segunda línea.

El Regimiento Atacama, a la derecha de los anteriores, avanzaba en batalla, seguido a 100 metros a retaguardia por el Talca.

El 2º de línea, seguido del Colchagua, formaban el ala derecha de la División Lynch, que al avanzar siguiendo las ondulaciones y quebraduras del terreno, semejaba una colosal serpiente cuyos anillos se arrastraban acompasada y silenciosamente.

Del Coquimbo y del Melipilla nada podía distinguirse; pues, como debe recordarse, marchaban por la playa y los ocultaban a nuestra visa los cerros y lomajes de Villa.

Capitán Ruperto Salcedo del Buín: se pueden ver las largas líneas de guerrilla chilena desplegadas a atacar el abra de San Juan en la batalla de Chorrillos

La artillería de la 1ª División, al mando del sargento mayor Gana, había tomado sus posiciones en una pequeña planicie a poco más de 1.500 metros de las alturas ocupadas por el enemigo. La artillería de campaña de la reserva, que mandaba el comandante Novoa y a las órdenes inmediatas del coronel Velásquez, se había colocado a las 4 A.M. en los faldeos de un cerro de donde podía oblicuar sus magníficos Krupp hacia la derecha.

Por otra parte, y casi a la misma hora, el comandante Wood con su regimiento tomaba posiciones convenientes frente a los tres morros que ocultan a San Juan y que venían a ser la izquierda del enemigo, y las baterías de montaña Keller y Ferreira, que se habían adelantado a la brigada Jarpa, ocupaban también excelentes posiciones para ofender a los peruanos.

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Son las 4.15 A.M. Mientras el Coquimbo y el Melipilla siguen su marcha por las vegas de Villa, el resto de la División Lynch avanza en medio de la oscuridad, la artillería toma sus posiciones, y la caballería queda lista para acudir donde sea necesario; la 2ª y la 3ª prosiguen su fatigosa marcha, y la reserva se pone sobre las armas, formada en columnas, a retaguardia y por el ala derecha de la 1ª División.

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El General en Jefe, Estado Mayor, Ministro de la Guerra, Cuartel General y ayudantes, con sus caballos a la brida, aguardan el momento en que debe principar la acción.

Los corazones laten con fuerza. ¡No de miedo, vive Dios! sino por esa ansiedad natural en los momentos tan solemnes en que se van a librar los azares de una batalla los destinos de la patria. Sin embargo, la fe en el triunfo, la seguridad en la victoria, por mucha sangre que cueste, es inquebrantable en todos los ánimos.

Uno de los puntos principales del plan de batalla del señor General en Jefe,era atacar simultáneamente con las tres divisiones la línea enemiga, sorprendiéndola, si era posible, antes de despertar la aurora.

La División Lynch atacaría el ala derecha de los peruanos protegida por la reserva, mandada por el comandante Martínez, que vendría a quedar entre el ala derecha de la 1ª y la izquierda de la 2ª.

Esta, apoyada en su derecha por una parte de la División Lagos, atacaría el ala izquierda, mientras que el resto de la 3ª obraría por el flanco izquierdo de los peruanos. De esta manera, una vez forzada la línea enemiga por ese lado, donde tenía acumuladas menos fuerzas, quedaría flanqueada y envuelta, obligándola a reconcentrarse hacia el mar y cortándole toda retirada por el N.E.

Pero este plan no pudo llevarse a efecto en todas sus partes por varias circunstancias, siendo la primera de ella la de que no fue posible emprender el ataque sorprendiendo al enemigo en sus guaridas.

La causa de esto fue lo siguiente:

Un sirviente de las ambulancias y una mujer de origen peruano, que no se sabe por qué razón seguía al ejército, se extraviaron -ignoro si de intento- durante la marcha y cayeron en poder de una avanzada enemiga. Allí declararon que nuestro ejército se aprestaba para atacar a los peruanos antes de rayar el día, dando detalles sobre nuestras fuerzas, armamento y disposiciones para el combate.

En consecuencia, la sorpresa no era ya posible. El enemigo estaba en guardia.

El hecho de que los peruanos tomaron a una mujer y a un hombre que iban con nuestro ejército, es un hecho comprobado, especialmente en lo que respecta a la mujer, que no se la volvió a ver en ninguno de los campamentos.

A más, varios oficiales peruanos de los prisioneros tomados en Miraflores, nos dijeron que sabían el avance de nuestras tropas por una mujer y un soldado que se habían extraviado en la marcha y caído en poder de una avanzada, y que desde ese momento esperaban el ataque. En Lima mismo se nos confirmó esta noticia.

He creído conveniente entrar en este detalle, porque, aunque parece pueril a primera vista, lo considero de importancia no poca.

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En cuanto a la simultaneidad en el ataque, causas ajenas a la voluntad del General en Jefe y jefes de división no permitieron que se llevara a efecto. La espesa camanchaca que no permitía distinguir el terreno, las dificultades infinitas del camino, hicieron que la 2ª División se interpolara con la 3ª y que no llegaran al punto designado en el instante preciso y en conformidad con las disposiciones del General en Jefe.

Pero si se conjuraron la delación de una mujer, la oscuridad de la noche y los infernales desfiladeros que debían recorrerse, para hacer abortar esas dificultades, nada fue capaz de enfriar el ardimiento de nuestro ejército. Y mientras mayores dificultades y peligros habría que vencer, mayor sería el arrojo, el ímpetu, el entusiasmo desplegado por los jefes, oficiales y soldados chilenos.

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Las tinieblas de la noche cubrían todavía con su negro manto el horizonte brumoso, destacándose apenas las enormes y prolongadas masas de cerros que servían de guarida a los peruanos.

Todo el ejército chileno estaba sobre las armas, o haciendo las últimas etapas de su marcha, o avanzando sigilosamente sobre las fortificaciones que debían tomar a la bayoneta.

El Blanco y el Cochrane, la O'Higgins y la Pilcomayo aguantaban sobre sus máquinas en las aguas de Chira, al S.O. del Morro Solar, dispuestos para proteger con sus fuegos las operaciones de nuestra ala izquierda mandada por el coronel Lynch. La lancha a vapor del buque almirante, con su ametralladora a proa, se había destacado de los costados del Blanco.

Una tenue y blanquecina luz empañada por la neblina había comenzado a difundirse por el espacio, cuando de improviso se siente una descarga cerrada de fusilería, seguida de un nutrido fuego graneado, y comenzó a tronar el cañón.

El enemigo había roto sus fuegos en toda la línea, concentrándolos contra la División Lynch que, avanzando en el orden ya indicado, se encontraba en una ondulación del terreno, pesada y arenosa, y al pie del cordón de cerros que debía atacar, a una distancia de unos 800 metros de las fortificaciones.

Eran las 5 A.M., en los relojes del Cuartel General y Estado Mayor que de antemano se habían comparado y reglado con el del General en Jefe.

La 1ª División continuaba avanzando sin disparar un tiro.

Los cerros ocupados por los peruanos parecían iluminados por un cordón de luces movidas a impulsos del viento. Era la línea de infantería enemiga que dirigía a la División Lynch un compacto fuego graneado con sus Peabody de largo alcance, cuyos proyectiles atravesaban silbando el espacio en todas direcciones, mientras los cañones y ametralladoras vomitaban una lluvia de balas y granadas cuyas explosiones se confundían con las bombas automáticas que cubrían todo el campo, y reventaban a cada instante y bajo las plantas de los nuestros.

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Apenas se dejó oír la primera descarga y una cinta de fuego bordaba la cima del largo cordón de morros en que se hallaba atrincherado el enemigo; el General en Jefe, generales Maturana y Saavedra, Ministro de la Guerra, señor Altamirano, todo el Cuartel General y Estado Mayor avanzaron a todo escape, situándose en la falda de un cerro, frente a la derecha de la División Lynch, y al lado de una batería de artillería que en ese mismo momento rompía sus fuegos contra el fuerte que se destacaba a la derecha del abra que separa la primera serie de cerros a la izquierda de la que seguía a la derecha nuestra, y desde cuyo fuerte se enfilaba por el flanco derecho al 2º de línea y al Colchagua, a la derecha de la línea de batalla de la 1ª División.

Algunas de las granadas enemigas caían también muy cerca del Cuartel General y de la batería de artillería.

La 1ª División avanzaba trepando las empinadas faldas de los cerros y recibiendo un diluvio de balas y metralla. Nada era capaz de detener el empuje de los nuestros; ni la barrera de fuego que se interponía a su paso, ni el cansancio y extenuación consiguiente a una marcha por medanales y quebradas y a una ascensión abrumadora, ni los estragos que los proyectiles hacían en nuestras filas que iban dejando atrás, no los rezagados por el miedo o la fatiga, sino los rezagados por la muerte que los encontraba arma al brazo y en primera línea. Nada los detenía; marchaban impávidos y serenos, acortando poco a poco la distancia que les separaba de sus contendores y aguardando la orden de: ¡Fuego!

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Por fin, después de estrechar la distancia que los separaba del enemigo hasta reducirla a 500 metros, los bravos del 4º y del Chacabuco, que habían conseguido sobrepasar a sus compañeros de la derecha, y adelantaban, como ellos, llevando por único baluarte a sus pechos descubiertos contra las balas enemigas, su valor y su acendrado amor a la patria; por fin las dos grandes guerrillas de esos cuerpos reciben la orden de ¡fuego! y una descarga cerrada sirve de preludio a la inmensa y terrible sinfonía del combate.

Tras la descarga, vino un fuego graneado, un redoble nunca interrumpido de fusilería, trepando esos soldados, no ya al paso sino al trote, con un ímpetu indescriptible.

Ya no eran dos líneas las que marchaban. Roto el fuego por los peruanos, la segunda línea del ala izquierda chilena, formada por los primeros batallones del Chacabuco y 4º de línea, no pudo contenerse y formó una sola con la primera, prorrumpiendo en un solo grito, su solo himno de combate, su sola divisa: ¡Viva Chile!

Encontrábanse a media falda del morro que asaltaban. Y seguían bajo una bóveda de balas, ardiente la mirada, sereno el pulso, anhelante la respiración, haciendo fuego en avance, mientras la metralla enemiga clareaba sus filas.

Pero ¿qué sería capaz de contenerlos? ¿qué barrera podía ser obstáculo a su noble y patriótico arranque?

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El Atacama, el legendario cuerpo, representante de la rica y trabajadora provincia de su nombre, a quien tantas glorias ha dado, y su hermano en laureles y peligros, el novicio y denodado Talca -hermosa ofrenda de la ciudad regada por la sangre de los Spano y los Gamero, que envió a defender la honra y los derechos del país a sus hijos predilectos- el Atacama y el Talca, con empeñoso tesón, subían a su vez por un suelo arenoso en que los soldados perdían los pies y apenas podían avanzar con desesperante lentitud, recibiendo los fuegos de flanco de un morro de la izquierda que diezmaba al 2º Batallón Atacama, que inmediatamente contestó sin dejar de marchar.

Aquello era un cuadro que asombraba por su grandeza.- Unos cuantos hombres luchando contra la naturaleza que les era hostil, contra el plomo que vomitaban mil y mil bocas de fuego, y que nada arredraba, que nada hacía volver caras. Oficiales y soldados se miraban con ojos centellantes, como dándose mutuo aliento, y dirigiendo la vista hacia la escarpada cima desde donde oculto el enemigo sembraba en sus filas la muerte, jamás el miedo.

Al mismo tiempo que el 2º Batallón Atacama hacía su primera descarga a media falda del cerro, el 2º Batallón del Talca marchaba al trote a enfilarse con aquel para confundir sus fuegos contra el enemigo.

En ese mismo momento, el segundo jefe del Talca, teniente coronel Carlos Silva Renard, que había abandonado su caballo que le servía más bien de obstáculo, y marchaba al frente del 2º Batallón, cayó mortalmente herido.

Minutos más tarde, rompía también sus fuegos el cerro situado a la derecha del Talca, fuegos contestados al punto por el 1er. Batallón del Atacama, mientras el 1er. Batallón del Talca avanzaba para colocarse en línea de batalla con aquel y emprender juntos la difícil ascensión del morro que les había cabido en suerte, y que era muy superior en elevación al de la izquierda.

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Dada la topografía del terreno, sus dificultades y las ensenadas que formaban los cerros, no era posible que la línea de batalla avanzara en línea recta; tenía que seguir las ondulaciones del suelo, atrasarse o adelantarse según las dificultades que tenía que vencer.

El ala izquierda -4º de línea y Chacabuco- se encontraba a tiro de pistola del enemigo, cuando el Atacama y el Talca habían pasado la mitad de la distancia que los separaba de los atrincheramientos enemigos.

El 2º de línea, con su estandarte desplegado y bendecido tres días antes, se encontraba a la misma altura del ala izquierda juntamente con el Colchagua, frente a las fortificaciones del cerro de que debían apoderarse.

Son las 5.35 A.M. El enemigo amaina por un instante sus fuegos que parecen reconcentrarse hacia el Morro Solar, y enseguida hacia la eminencia más encumbrada de ese lado. Pero muy luego, tal vez cuerpos de refresco, recrudecen el fuego en toda la línea, y su artillería no cesa de funcionar a la derecha, a la izquierda, al centro de todas las cumbres, de todas las alturas.

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Ya no es una línea, una cinta de luces, la que orla los cerros; son dos fajas de fuego, una en la cúspide, la otra a poco más de media falda; la una de los peruanos, la segunda de los chilenos que avanzan y avanzan.

Y la distancia que separan a ambas fajas se acorta, disminuye lentamente, pero en breve van a confundirse.

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Nuestra artillería, colocada en las excelentes posiciones que de antemano había ocupado, no cesa un momento de funcionar y dirigir sus certeras punterías en todas direcciones contra su rival.

Por un lado el comandante Carlos Wood hacía verdaderos prodigios con sus cañones contra los fuertes de la izquierda enemiga; las baterías Kellar y Pereira operaban con acierto por el centro; poco más a nuestra izquierda, la de campaña que presidía el Comandante General del arma, coronel Velasquez, dirigía sus fuegos oblicuos en todas direcciones, especialmente hacia la izquierda, y la Brigada Gana de la 1ª División colocaba sus proyectiles en las mismas trincheras enemigas, sembrando como sus hermanas la desolación y la muerte.

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Hasta aquí sólo peleaba con indescriptible arrojo la División Lynch, soportando los fuegos del grueso del ejército peruano.

La resistencia del enemigo era tenaz, formidable; sus disparos, lejos de disminuir, arreciaban cada vez más. Tardaba que la 1ª División coronara las alturas; tardaba que la División Sotomayor entrara a su turno.

La reserva, que estaba a la vista, se ponía en movimiento desde su posición primitiva para acudir al primer llamado.

Los ayudantes de campo del Cuartel General y Estado Mayor se cruzan en diversas direcciones. Era necesario hacer que entrara el resto del ejército.

Nuestros artilleros dejan las alturas que habían tomado y avanzan por los distintos puntos de la línea a colocarse en nuevas posiciones desde donde poder ofender con mayor acierto aún al enemigo, sin inquietarse por la granizada de balas que hasta ellos llega y hace bajas en sus filas.

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Son las 5.50 A.M.

La batería de campaña, dirigida por el sargento mayor Abel Gómez y mandada por el capitán Guillermo 2º Nieto, que había ocupado un cerro al frente del de San Juan, juntamente con la del capitán José Manuel Ortúzar (la de los caballos tordillos), seguía haciendo sus disparos que comenzaron 10 minutos después de abiertos los fuegos de fusilería.

La posición ocupada por estas dos baterías estaba sembrada de bombas explosivas, pero con mayor profusión que las demás, y las explosiones tenían lugar de segundo en segundo, ocasionando algunos contusos.

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De improviso se sienten disparos de artillería por nuestra derecha. Es la 2ª División que, oyendo el tiroteo, salva al trote la distancia que la separa del lugar del combate, y su artillería, mandada por el mayor Jarpa, que se había adelantado a tomar posiciones convenientes, aunque a tiro de rifle del enemigo.

Tal vez nuestra 1ª División sintió la aproximación de la 2ª, pues con nuevos bríos, con inquebrantable audacia activó su avance.

El fuego del enemigo arreciaba con un crescendo formidable.

Una inmensa y roja llamarada iluminó de improviso la cima del morro que asaltaban el 4º y el Chacabuco.

¿Era acaso uno de esos polvorazos que con tanto arte preparan los peruanos? ¿Era alguna señal convenida, sea para pedir refuerzos, sea para hacer volar inmensa mina que sepultara a nuestros arrojados soldados?

Era más que eso: era la señal de que las fuerzas chilenas se habían apoderado de aquella fortaleza a sangre y fuego, cubriendo con tapiz de cadáveres enemigos el piso y las trincheras de ese reducto.

El 4º y el Chacabuco hacían flamear en el primer fuerte de la izquierda, defendido por ancha trinchera y por ocho cañones Grieve y dos ametralladoras, el victorioso pabellón nacional al grito siempre de ¡Viva Chile!

El 4º y el Chacabuco habían coronado uno de los fuertes que habían tomado a la bayoneta y asaltado sus trincheras que formaban un ángulo hacia nuestro lado; pero se encontraban al frente de otra línea de reductos que dominaba al que ellos ocupaban y desde l cual el enemigo comenzó a hacerles un nutrido fuego de artillería y fusilería.

Se empeñaba ahí un nuevo combate, tan terrible, tan sangriento como el primero.

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Atacama y Talca, Colchagua y 2º de línea, apoyados por la Artillería de Marina, pugnaban a su vez y rivalizaban en ardor para apoderarse de las alturas que tenían a su frente.

Los dos primeros, aguijoneados por su propio valor y estimulados por sus jefes y oficiales, que eran los primeros en dar grandes ejemplos de arrojo y denuedo a sus soldados, activaban su avance.

Desalojado el enemigo del morro de la izquierda por los esfuerzos combinados del 4º y del Chacabuco, el Atacama y el Talca, animados por sus dos jefes respectivos, comandantes Dublé Almeyda y urízar Gárfias, después de un corto descanso para recobrar aliento y reunir el ala izquierda del Talca, a fin de guiarlo hacia la retaguardia del morro que atacaba la derecha de los segundos batallones de ambos regimientos, allí, en medio del fuego encontrado de dicho morro, que defendía su retaguardia, y de las fortificaciones colocadas a la espalda del cerro ya tomado, se reunió el ala izquierda para escalar la altura.

En este punto cayó herido por una bala el caballo que montaba el sargento mayor Alejandro Cruz Vergara, y él mismo recibió otra en el brazo derecho, que felizmente sólo le ocasionó una contusión. Allí también fue herido, aunque levemente, el capitán Fernando Parot.

Mientras tanto los primeros batallones del Atacama y Talca continuaban su difícil ascensión por la vanguardia del referido morro, bajo un diluvio de balas que producía muchas bajas en nuestra tropa, cayendo herido de gravedad en ambas piernas el subteniente Carlos M. Fernández, del Talca, el capitán Remigio Barrientos y otros oficiales del Atacama.

Los estandartes de ambos regimientos unidos, llevados por sus respectivos abanderados, subían en primera línea infundiendo extraordinario valor en los soldados que seguían sus ondulaciones con ávidos ojos.

Pero la empresa de coronar el cerro era empresa erizada de dificultades, de peligros, era marchar contra un impetuoso torrente de plomo y fuego.

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Son las 6 A.M. y ya se distinguen mejor los objetos.

El 2º de línea y el Colchagua, derecha de la 1ª División, han salvado ya la falda del tercer morro, y a corta distancia de las trincheras enemigas, tocan calacuerda y se abalanzan impetuosamente cargando a la bayoneta. Saltan las trincheras, el soldado José Manuel Oñate, el primero de todos, y clavan la bandera tricolor al mismo tiempo que se deja sentir un gran estampido y una luz rojiza, como la del primer fuerte, ilumina el espacio como un fuego de bengala.

Ya tenemos en nuestro poder dos de los principales fuertes del enemigo; pero éste no es sino el prólogo del sangriento drama. Quedaba todavía lo principal.

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Al mismo tiempo que el 2º y el Colchagua son dueños del fuerte, se rompe por la izquierda del enemigo un nutrido fuego de rifle y cañón.

La 2ª División entraba en combate, que al desembocar por una especie de portezuelo hacia los tres morros que resguarda a San Juan, había recibido como saludo una granada que caía en la última mitad del Chillán, obligándola a dispersarse. Pero, la serenidad y acretadas disposiciones de los jefes hicieron que todo el cuerpo se dispersara en guerrilla.

La batería mandada por el capitán Eduardo Sanfuentes, la única de que en esos momentos disponía el mayor Jarpa, se desplegaba sobre las primeras alturas. Después de dos tiros (los mismos que se oyeron cuando ya el 4º y el Chacabuco coronaban el primer morro) para medir la distancia, que resultó de 1.800 metros, se mandó hacer fuego por baterías, el que se ejecutó por la compañía Sanfuentes y la de Keller, que en ese momento se reunía con su compañía, a fin de proteger el avance de la Brigada Gana compuesta de los regimientos Buín, Esmeralda y Chillán, que debían atacar los tres morros que tenían al frente.

Un morro elevadísimo que constituía el último fuerte de la extrema izquierda del enemigo, había sido encomendado al Lautaro y al Curicó, quedando de reserva el Victoria para ir en su auxilio a la primera señal.

En ese momento, 6.10, el fuego era general, sostenido y vivísimo en toda la extensión de la línea que abarcaba una distancia de más de dos leguas, confundiéndose el estampido del cañón con el estruendo de las bombas explosivas que no cesaban de estallar a cada segundo.

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Se había empeñado la batalla contra toda la primera fila de fortificaciones. Pero entre la 1ª y 2ª División quedaba como un claro. De llenarlo y reforzar los extremos centrales de una y otra se encargó la reserva.

Los regimientos 3º de línea, Zapadores y Valparaíso que la componen, a las órdenes del comandante Arístides Martínez, se adelantaron, arma al brazo, por la angosta llanura que precede por el S.O. los faldeos de los cerros ocupados por los peruanos.

El 3º marcha diagonalmente, desplegado, todo en guerrilla, por los faldeos de la izquierda, mientras el Valparaíso seguía a la derecha en columna cerrada por compañía, avanzando luego en batalla al paso de trote y armas a discreción, y Zapadores ocupaba el centro en orden disperso y un poco a retaguardia de sus compañeros.

Todos los movimientos de estos tres cuerpos eran ejecutados con tal unidad y sangre fría como si no se encontraran al frente del enemigo que les menudeaba sus proyectiles Peabody, sino evolucionando en un campo de maniobras.

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El ataque emprendido en esta forma y en tan extensa línea, no permitía abarcar con la vista la marcha y proezas de los distintos cuerpos que peleaban con igual arrojo, con el mismo ímpetu.

Y para hacer que nuestra verídica narración, aunque muy pálida y desteñida, tenga mayor ilación y bosqueje mejor esa gran epopeya llamada la batalla de Chorrillos, seguiremos a los cuerpos a medida que avancen, dejando para más adelante la tarea de entrar a referir algunos de los infinitos y gloriosos episodios de esta inmortal jornada, que podrían interrumpir el hilo de mi relación.

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El 4º de línea y el Chacabuco se habían apoderado, como he dicho, del primer fuerte de la derecha enemiga, rompiendo sus fuegos a 100 metros de distancia.

Al mismo tiempo se vio que una eminencia vecina era coronada por un cordón de tropas a cuyo centro marchaba un jinete llevando en la diestra una gran bandera, que muy luego, al desplegarla el viento, pudo verse que era una bandera chilena, y que poco después desaparecía a nuestra vista.

No había duda. Debían ser el Coquimbo y el Melipilla los que encimaban ese cerro, y de quienes nada se sabía hasta entonces, ignorándose qué suerte les habría cabido en su arriesgada y difícil empresa.

Después supimos que la bandera la hacía flamear el comandante Balmaceda del Melipilla.

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Como estos dos cuerpos iban en breve a unirse al resto de la División Lynch para proseguir en la titánica empresa de arrebatar a la bayoneta las series de fortificaciones enemigas que formaban lo que llamaremos el grupo del Morro, digamos algo sobre la manera cómo habían cumplido su difícil comisión.

Siguiendo las instrucciones del coronel Lynch, ambos cuerpos siguieron su marcha por la playa de Conchan, a las órdenes del comandante del Coquimbo, teniente coronel José María 2º Soto, sin apartarse de las orillas del mar, cuyas olas se rompían bajo las plantas de esos bravos.

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Desde que llegaron a la altura de Villa, cuyas casas dejaron a la derecha y se internaron por las vegas, marchaban, por decir así, en asecho a fin de no ser sorprendidos por las avanzadas peruanas y tomar de improviso al enemigo por su flanco izquierdo y, si posible era, por su retaguardia.

Una vez cerca de la bahía de Chira, cuatro compañías del Melipilla y un batallón del Coquimbo se dirigieron por un angosto sendero hacia una ensenada vecina donde se habían percibido dos fortines que por ese camino podían tomarse por la retaguardia.

Las otras dos compañías del Melipilla, desplegadas en guerrilla sobre la derecha del resto del Coquimbo por el lado de las vegas de Villa, comenzaron a subir la agria y empinada falda del primer cerro. La ascensión era penosa, teniendo los soldados que hacer uso de sus yataganes, que clavaban en el suelo y entre los riscos, para no rodar por aquella pendiente cortada a pico.

Inmediatamente que la sección que había marchado a la caleta vecina llegó al punto de su destino, se encontró efectivamente con dos fuertes en forma de medialuna; pero estos se hallaban abandonados y sin cañones.

Retrocedieron entonces para unirse con el resto y tomar las alturas.

Como a la mitad de la pendiente, el enemigo, que hasta entonces no había visto a los nuestros, rompió con un nutrido fuego que no consiguió detener a nuestras guerrillas.

El Coquimbo seguía haciendo fuego en avance protegido por el Melipilla, y después de una marcha penosísima llegaban hasta la trinchera enemiga, ahuyentando a sus defensores, que fueron rechazados sucesivamente hasta un morro desde donde se hacía un compacto fuego de ametralladora y cañón.

Los valientes del Coquimbo y del Melipilla eran blanco ahí de los disparos enemigos que diezmaban sus filas. Entonces se replegaron a las primeras trincheras tomadas que les sirvieron de defensa, al mismo tiempo que numerosas fuerzas aparecían en el cordón del cerro.

Tanto por ser imposible atravesar un desfiladero, único paso para llegar a otro morro coronado por fuerzas peruanas, como por la inmensa superioridad del enemigo que tenían al frente, se mantuvieron haciendo fuego en la posición antes indicada.

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El tiroteo era cada vez más recio; los peruanos defendían con porfiada resistencia y sin cejar ni desmayar un momento sus magníficas fortificaciones.

El 4º de línea y el Chacabuco por la izquierda, el 2º y el Colchagua por la derecha de la 1ª División, que se habían apoderado de los fuertes extremos, volvían a comenzar la lucha, y, por decir así, a principiar de nuevo, pues a su frente tenían posiciones aún más elevadas y formidables de las que acababan de tomar a costa de tanto valor y de tanta intrepidez.

El Atacama y el Talca, después de más de una hora de esfuerzos sin cuento, y atacando unidos y mezclados por vanguardia y retaguardia, tuvieron la satisfacción de darse el abrazo del vencedor y del hermano en la cima del morro fortificado.

Pero, como sucedió en la toma de los dos fuertes anteriores, apenas un ¡viva Chile! salía de los pechos de esos bravos y ondeaban desplegados al viento los estandartes, un ronco estampido atronaba el espacio y roja llamarada se reflejaba sobre las bayonetas de los vencedores.

Era la señal convenida por el enemigo para que la segunda línea de fortificaciones rompiera sus fuegos. La primera había sido tomada en su mitad por los aguerridos cuerpos de la División Lynch, al mismo tiempo que la División Sotomayor atacaba la otra mitad o segunda serie de morros de nuestra derecha.

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Toda la artillería de campaña y parte de la de montaña avanzó a ocupar las alturas de que habían sido rechazados los peruanos y que la 1ª División dejaba atrás para proseguir con el mismo brío y mayor empuje, si es posible, el ataque sobre la segunda serie, más elevada, como he dicho, que la anterior.

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La 1ª Brigada de la División Sotomayor, formando una extensa líneacuyo centro lo tenía el Buín, el ala derecha el Chillán e izquierda el Esmeralda, avanzaba hacia los tres morros fortificados, mientras el Lautaro y el Curicó emprendían igual tarea en dirección al morro último de la izquierda enemiga.

La 1ª Brigada adelantaba arma al brazo, tranquila, impávida, con sorprendente serenidad al compás de la Canción Nacional y de marchas marciales tocadas por las bandas de música. Era inútil que desde las alturas se les enviara una granizada de proyectiles. Seguían adelante desplegadas en guerrilla, sin inquietarse, levantada la cabeza, marchando como is estuvieran en terreno amigo, rivalizando en pericia y disciplina.

La artillería que obraba a las órdenes del mayor Jarpa, protegía el avance de la 2ª División con descargas por baterías lanzadas contra los tres morros del frente, el alto morro de la extrema izquierda del enemigo y a dos eminencias fortificadas, pegadas casi a este morro.

Siete descargas por baterías, y el arrojo e intrepidez a toda prueba de los que asaltaban, fue bastante para que en poco más de veinte minutos de un reñido combate, los oficiales y soldados del Lautaro treparan el encumbrado cerro, poniendo a sus defensores en la más completa derrota, mientras el Curicó ejecutaba iguales proezas y se apoderaba de las dos eminencias fortificadas que se le había encomendado tomar a viva fuerza, no sin haber visto caer herido a su comandante, el teniente coronel Joaquín Cortés, y que, sin embargo, continuaba exhortando y animando a sus soldados.

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En esos momentos, el Regimiento Chillán emprendía la ardua y escabrosa ascensión del cerro, dejando sola a la artillería que hasta entonces había protegido el coronel José Francisco Gana, Jefe de la 1ª Brigada de la División Sotomayor, hacía avanzar la brigada del mayor Jarpa, quien pidió al coronel Lagos, que a la sazón pasaba con su División a tomar la retaguardia del morro alto y aislado de nuestra derecha, alguna tropa de infantería para proteger sus baterías, que quedaban aisladas de todo otro cuerpo de ejército.

En el acto, el coronel Lagos le dio dos compañías del Regimiento Aconcagua, y emprendióse el avance hasta tomar posiciones en una altura desde donde se podía dominar las fortificaciones que el Buín, el Esmeralda y el Chillán trataban de tomar, confiados sólo en su bravura e intrepidez.

Antes de llegar a esa altura, las tres baterías del mayor Jarpa tuvieron que hacer una travesía de más de seis cuadras bajo un crudísimo fuego de rifle y cañón, cayendo herido a medio camino el capitán Eduardo Sanfuentes, atravesada una pierna por bala de rifle.

Desde esa altura, las tres baterías apoyaron con sus certeros disparos el asalto que comenzaba el Regimiento Buín de una de las principales fortificaciones enemigas, la cual, por estar en el centro de la línea, era eficazmente protegida por los fuegos de las fortificaciones laterales que atacaban a su turno los regimientos Esmeralda y Chillán.

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Mientras el Lautaro y el Curicó, teniendo de reserva al Victoria, desbandaban al enemigo por nuestra derecha, la División Lynch empeñaba un segundo y reñido combate en toda su línea, y la Brigada Gana proseguía impertérrita a posesionarse de los tres fuertes del centro, -la reserva, llevando al 3º desplegado en guerrilla, al Valparaíso en batalla más a la derecha, y a los Zapadores en orden disperso, entraba a una ondulación del terreno y recibía orden de romper sus fuegos a unos 500 metros de distancia.

El 3º de línea, siempre en guerrilla, llegó hasta una trinchera de las muchas que en las depresiones de cerro en cerro habían levantado los peruanos y que defendían con tenacidad increíble. Los veteranos del 3º se acordaron al momento de cómo se tomaban esas trincheras en Arica, y, empuñando sus rifles por la garganta, calaron bayoneta, a cuyo empuje los enemigos volvieron caras después de reñida y tenaz resistencia.

La primera línea enemiga iba, poco a poco quedando desalojada. Un esfuerzo, y toda ella, con sus cañones y trincheras, caería en poder de nuestro ejército.

El Valparaíso, a poco de romper el fuego, tuvo que hacer alto, pues un ayudante del 2º, si no me equivoco el teniente Gutiérrez (que había abandonado el escalpelo del cirujano por la espada del militar), venía a anunciar que podían causar bajas en su regimiento.

El Valparaíso siguió entonces al trote hasta tomar la línea a la dercha del 2º, que lo recibió con un entusiasta ¡Viva el Valparaíso!, grito contestado por éste con un atronador ¡Viva Chile! Rompió entonces nuevamente sus fuegos contra las fortificaciones que atacaban el 2º y el Colchagua.

Los Zapadores venían barriendo por su parte con cuanto encontraban a su paso, y se unían en breve a la División Lynch para apoyarla.

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Nos quedan todavía los tres fuertes del centro, en cuyas cimas, perfectamente atrincheradas y artilladas, los peruanos se baten desesperadamente, sin flaquear, sin interrumpir ni por un instante el apretado fuego que hacen sobre los nuestros.

Esmeralda y Chillán, los vencedores de Tacna, y el histórico Buín, cuyo nombre solo aterraba a los peruanos que en todas partes veían buines, rivalizaban en arrojo, en serenidad, en abnegación, y estrechaban cada vez más la distancia que los separaba de sus enemigos.

Animados por las más noble y santa de las emulaciones, los tres regimientos, dirigidos por el coronel Gana, avanzaban sin inmutarse, como si se tratara de un simple simulacro, sin embargo de que el enemigo arreciaba sus fuegos a medida que menor era la distancia y de que las bajas iban en aumento.

Eran las 7.5 A.M., cuando, con increíble arrojo, los tres cuerpos trepaban a la cima, y cinco minutos después hacían flamear en esas terribles alturas el tricolor chileno en medio de entusiastas vivas a la patria.

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El Lautaro, protegido por la artillería Jarpa, se había apoderado a viva fuerza del encumbrado morro de la extrema izquierda, que momentos antes hacía un fuego continuado y mortífero, enfilando a la Brigada Gana.

El Curicó había ejecutado la misma obra con las fortificaciones que se le habían designado.

Buín, Esmeralda y Chillán habían tomado los tres morros del centro defendidos por un doble orden de trincheras y fosos y numerosa artillería, sembrando el terreno y las zanjas de cadáveres enemigos, hasta el extremo de que en una trinchera que asaltó el Buín, los xuerpos de los soldados del 67, del 69 y otro batallón más, yacían unos al lado de otros.

Si la resistencia había sido tenaz y terrible, terrible y tenaz había sido el asalto.

Allí sucumbía el teniente Santiagos, del Esmeralda, que en la batalla de Tacna recibiera una herida mortal en el estómago, y que apenas repuesto de ella volaba a ingresar en su regimiento para pelear con nuevos bríos en defensa de su patria, a la que había consagrado su vida y su sangre, que jamás olvidará a los abnegados y valientes que por ella han sucumbido.

Allí caía herido el joven capitán Joaquín Pinto Concha, respetado hasta entonces por las balas peruanas; y era también herido Eduardo Lecaros, valiente niño que ganó sus galones de capitán por su digno comportamiento en la memorable batalla de Tacna, que fue bautismo de fuego para la juventud del Regimiento Esmeralda.

Allí cayeron el capitán ayudante Ramón Rivera, del Buín, atravesado el pecho por una bala; el capitán Donoso, el teniente Alamos y tantos otros jóvenes intrépidos y patriotas, para quienes la historia sabrá reservar una hermosa página.

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El enemigo había sido arrollado y vencido en toda su primera línea de fortificaciones y dobles atrincheramientos. Nuestro ejército -que no había hecho uso sino de una parte de sus fuerzas- se había tomado al asalto y a la bayoneta 12 alturas que eran otras tantas fortalezas invencibles, defendidas por dobles cinturas de fuego, por fosos y parapetos, artillería numerosa y de largo alcance, por tropas superiores en número a las nuestras y dispuestas a vender caras sus vidas, y que a cada momento eran reforzadas con gente de refresco.

El enemigo había abandonado esas magníficas y bien defendidas posiciones, dejándolas cubiertas de cadáveres de los suyos, cañones, rifles, cajas de guerra, banderas y hasta vestuario.

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La 2ª División, a las órdenes del general Sotomayor, siguió tras de los fugitivos y descendió al valle, al mismo tiempo que a él entraba la 3ª.

El General en Jefe, que desde los primeros momentos del combate, desde que se inició el fuego, dirigía con certera mirada las operaciones y enviaba con sus ayudantes las órdenes convenientes, situándose en puntos culminantes que pe permitían abarcar casi toda la línea, y sin pararse en las balas que silbaban en torno suyo, ni en las bombas que estallaban a sus pies, bajó también con el Estado Mayor y Ministro de la Guerra con dirección al valle, siendo aclamado a su paso por oficiales y soldados, que marchando hacia San Juan, prorrumpían, al ver a sus altos jefes, en estruendosos ¡Viva Chile!

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Arrollado y vencido el enemigo en toda su primera línea a las 7.10 A.M., se replegó en completo desorden a su segunda línea, protegida a más de sus atrincheramientos por los fuegos que de las altas cumbres del Morro Solar dominaban toda la serie de fortificaciones desde el mar hasta el valle de Chorrillos y San Juan, llegando sus proyectiles hasta las casas e iglesia de este último nombre.

La 2ª División, habiéndose apoderado de todas las alturas de la izquierda y centro de los peruanos, descendió al valle de San Juan en persecución de los fugitivos que corrían por los potreros y se ocultaban tras de las tapias, debajo de los puentes, refugiándose muchos en el interior de la iglesia y casas de San Juan, desde donde hicieron todavía algunos disparos por las ventanas, atracando las puertas.

Esto obligó a los nuestros, que vieron caer algunos compañeros, a no dar cuartel a los vencidos que aún hacían resistencia ocultos tras gruesas murallas.

Los regimientos de la reserva, Valparaíso, 3º de línea y Zapadores, entraban también al valle y acampaban, el último en las casas de San Juan, y los otros dos en los potreros situados a la espalda del caserío.

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Como el fuego continuara por nuestra izquierda y se hiciera de momento en momento más recio, la División Sotomayor marchó en dirección al Morro por el lado de tierra, para asaltar las fortificaciones y últimos atrincheramientos de los peruanos, atravesando los potreros en que está dividida la llanura.

La artillería Wood, la brigada Jarpa, las baterías de los capitanes Nieto, Ortúzar, Flores y Bezoain, recibían igualmente orden de dirigir sus fuegos sobre las alturas del Morro, que en esos momentos, 9.20, arrojaban un torrente de plomo sobre las divisiones Lynch y Sotomayor y sobre, la artillería que, salvando tapias y canales, atravesaba el valle para tomar sus posiciones.

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La División Lagos, que una vez en línea la 2ª, ocupaba nuestra extrema derecha, hacía desplegar todas sus guerrillas al mando del sargento mayor Castillo, del Regimiento Santiago, y flanqueando la izquierda enemiga sin disparar un tiro, pasaba por la retaguardia del gran Morro que se había tomado el Lautaro y seguía por el faldeo de la primera línea de cerros en dirección al Morro Solar.

Algunos dispersos enemigos, ocultos entre los árboles o detrás de las tapias, hacían fuego sobre las tropas chilenas; pero muy luego al 3ª División dio cuenta de todos ellos.

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El Regimiento Carabineros de Yungay y Granaderos entraban al mismo tiempo al valle por nuestra derecha, y Cazadores por el abra del centro, entre la primera serie de alturas del lado del mar y la que tomó la División Sotomayor.

Cazadores recibió orden de marchar por el valle en dirección a la playa para cargar sobre el enemigo que pudiera dejarse caer por ese costado; y los otros dos regimientos avanzaron por nuestra derecha en persecución de los derrotados que huían hacia Chorrillos.

El ejército chileno formaba entonces un extenso arco que, encerrando las fortificaciones y pueblo de Chorrillos, se hacía adelantar oblicuamente en dirección a este último punto.

Los Carabineros, que se encontraban en el extremo derecho de ese arco, clavaron espuelas al distinguir a la caballería peruana, que inmediatamente se puso en precipitada fuga hacia el interior.

Viendo en esos momentos el señor General en Jefe que una gruesa columna de infantería trataba de flanquear nuestra derecha, ordenó a la caballería que cargara sobre esas fuerzas.

Granaderos y Carabineros estaban ahí para ejecutar esas órdenes.

El Regimiento de Carabineros de Yungay, que estaba a la extrema derecha, se puso en el acto en marcha. Desde el primer momento tropezó con obstáculos casi insuperables. El terreno estaba cruzado en todas direcciones por canales de regadío, y las tapias de los potreros que eran otras tantas trincheras para los peruanos que hacían ocultos un nutrido fuego de fusilería.

Al Regimiento de Granaderos, que marchaba más a la izquierda y en la misma dirección, se le presentaban iguales obstáculos, sin contar con las minas que, como en todo el campo en que operaba en nuestro ejército, estallaban de segundo en segundo.

Pero, ora buscando pequeños boquerones en las tapias, ora saltándolas en las partes en las partes menos altas, ora derribándolas a caballazos y sablazos, ambos regimientos avanzaban paulatinamente.

En el trayecto recorrido por los Carabineros reventaron 18 minas. Una de ellas envolvió al comandante Bulnes, al Mayor García Videla y al capitán ayudante Soto Salas, y otra arrolló el caballo del 2º comandante Alcérreca.

El comandante Bulnes, sin inmutarse, gritó entonces, pues los soldados lo creyeron por un momento muerto o herido: "Adelante, Carabineros de Yungay! Haceos dignos de vuestro nombre!" y pasó a tomar la vanguardia del regimiento.

Pasadas las minas, se cargó en columnas de escuadrones, soportando el fuego de flanco que hacía el enemigo oculto en las zanjas y tapias, llegando hasta las mismas trincheras enemigas y cruzándose los sables y los rifles.

Allí cayó muerto el capitán Terán, y heridos o contusos el capitán Severo Amengual, el alférez Stephan y 19 individuos de tropa, de estos últimos algunos al saltar las trincheras.

El número de bajas del enemigo pasó a 200, muerto a filo de sable.

Granaderos había avanzado, venciendo los mismos obstáculos, pero al fin encontraron un boquerón y penetraron al interior del potrero al grito de Viva Chile! La carnicería fue indescriptible; los valientes Granaderos daban tajos y reveses a diestro y siniestro, partiendo cráneos, haciendo saltar brazos o decapitando a los taimados peruanos. Cerca de 400 cadáveres de enemigos yacían sobre la verde yerba de los potreros.

Y más habría sido la mortandad si más peruanos hubiera habido, porque los Granaderos, al saber que su comandante Yávar había sido gravemente herido al llegar a las trincheras, no conocieron límites a su furor, y habrían concluido con una legión.

El pundonoroso y estimado comandante Yávar, al llegar a las trincheras, recibió un balazo que, atravesándole la mano izquierda, le penetró en el estómago perforándole el pulmón izquierdo.

Este valiente jefe, querido y respetado de todos los oficiales y soldados de Granaderos como un padre y que gozaba de la estimación de sus compañeros y del ejército todo, sucumbió a sus heridas a las 2 A.M. del 14.

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Con la carga dada con tanto empuje por Granaderos y Carabineros, se evitó que nuestra derecha fuera flanqueada con tropas de refresco que venían de Miraflores, y se decidió por ese lado la acción en favor nuestro.

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El tiroteo era nutrido en todo el circuito de las fortificaciones del Morro Solar, amagadas por las fuerzas de la División Lynch que habían comenzado ya el ataque de la segunda línea enemiga.

El Jefe de la División señor Lynch, envió a sus ayudantes a recorrer la línea, entre ellos al teniente de marina Silva Palma y al aspirante Carlos E. Herrera, puestos a sus órdenes. El mayor Guerrero recibió en esos momentos un balazo en la pierna, matándole al mismo tiempo el caballo.

Todos los cuerpos de la división trepaban ya las cumbres en que habían establecido los peruanos su segunda línea de defensa. A pesar del cansancio de más de cuatro horas de combate, los jefes y oficiales no desmayaban un momento, y con la voz y el ejemplo infundían nuevos bríos a su atenuada gente que, sin dormir y sin comer, continuaba batiéndose desde las 5 A.M. y no veía término a tan ruda y sangrienta jornada, pues tras cada triunfo, después de esfuerzos heroicos sin cuento, el enemigo se presentaba cada vez con nuevas fuerzas de refresco atrincheradas en parapetos y sobre alturas inexpugnables.

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El Atacama y el Talca, rendidos de fatiga, tomaron un pequeño descanso, pues era materialmente imposible avanzar. A la voz de sus jefes, siguieron otra vez en demanda del enemigo, jadeantes, empapados en sudor, negros de pólvora, respirando apenas. Los pies se hundían en la arena, la pendiente era rapidísima; pero adelante iba el tricolor chileno y él les infundía ánimos. El amor a la patria y a su bandera hacía que esos bravos se sobrepusieran a la naturaleza misma. El comandante Diego Dublé A. se adelantó con los estandartes de los dos batallones del Atacama, y esto produjo un efecto mágico entre los valientes atacameños.

El comandante Urízar Garfias, buscando siempre los puntos más amagados por el enemigo, guió a los suyos hacia la izquierda, para ir en protección de los cuerpos de la 2ª Brigada que operaban contra los fuertes que defendían los valles que se extienden por ese costado. Una parte del Talca sigue, pues, por la izquierda en apoyo del 4º y del Chacabuco, y la otra por la derecha confundiéndose con el Atacama que adelantaba impertérrito al asalto del segundo morro.

Ya habían caído heridos varios oficiales, entre otros los capitanes Barrientos y Alvarez, los subtenientes Zelaya, Hoppin, Villegas y Patiño y un buen número de soldados. Una bala rasmillaba la oreja izquierda del comandante Dublé y otra penetraba en el morcillón de la silla. El fuego era espantoso. Los nuestros se encontraban a tiro de pistola del enemigo.

Entonces se vio que el estandarte del 2º Batallón Atacama -una rica bandera chilena de seda, obsequiada por el Intendente señor Guillermo Matta- se desprendía de las filas llevado por un grupo de soldados que avanzaron al trote hasta hacerlo flamear en la trinchera peruana. Una bala enemiga dio en el pecho del atrevido atacameño que empuñaba la bandera, matándolo en el acto. La hermosa bandera que ya había recibido su bautismo de fuego, recibía ahora el de la noble sangre del valiente hijo del norte que había sucumbido a su sombra para darle inmarcesible gloria.

Aquella fue la señal para que todo el regimiento se abalanzara como una avalancha, haciendo horribles estragos en los defensores del fuerte, que luego cubrían con sus cadáveres toda la cima, huyendo unos pocos en dirección a la cumbre vecina, la más alta de todas y que da frente al pueblo y defiende el Morro por ese lado.

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El 2º de línea y el Colchagua iban luego a unirse con sus compañeros de la izquierda, después de apoderarse de una formidable trinchera colocada en la cumbre de otro cerro, y después de una lucha sangrienta y rabiosa.

Los peruanos se batían como desesperados, tanto más cuanto que contaban con los refuerzos que les llegaban de Miraflores y de Barranco, y que veían que nuestras tropas estaban agobiadas por tan largo y crudo combate.

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El 4º y el Chacabuco se habían apoderado también de una segunda línea de trincheras, en que los peruanos hacían prodigios de valor; pero todo era inútil contra el empuje de nuestros oficiales y soldados, que seguían adelante haciendo fuego en avance.

El coronel Toro Herrera, primer jefe del Chacabuco, recibía una bala de flanco que lo atravesó más abajo de las caderas. Atendido inmediatamente por el señor Llausás, subió nuevamente a caballo, a pesar de su herida y continuó al frente de su atrevido regimiento en dirección a los atrincheramientos enemigos, hasta que le mataron sucesivamente los dos caballos que montaba y quedó imposibilitado para marchar a pie por la herida que había recibido.

El valiente y caballeroso comandante Zañartu le sucedió en el mando, pero por breves instantes. Avanzando con su regimiento, una bala lo hirió mortalmente en el estómago, entregando a su vez el mando al sargento mayor Pedro J. Quintavalla. _________

Las bajas de oficiales y soldados comenzaban a ser espantosas.

El 4º de línea había visto caer ya al subteniente Pedro Wenceslao gana, que subiendo a la trinchera y animando a sus soldados, fue muerto casi instantáneamente; al capitán Casimiro Ibáñez, cuyas últimas palabras fueron: ¡Viva el 4º! ¡Viva Chile! al subteniente Angel Custodio Corales, que pasando adelante espada en mano y mandando a la carga, era levantado por una bomba automática.

Allí también cayeron heridos Manuel Osvaldo Prieto, Juan R. Alamos, Genaro Alemparte, Salvador Larraín Torres, Julio Paciente de la Sota, Carlos Aldunate Bascuñan, Miguel Bravo y tantos otros oficiales de esa pléyade de valientes y generosos jóvenes.

El Chacabuco experimentaba enormes pérdidas en su cuadro de oficiales. Su primer jefe había sido herido, el segundo yacía casi moribundo; Camilo Ovalle, Sota Dávila y Lira Errázuriz, esa trinidad formada por la juventud, el amor patrio y el valor, estaban gravemente heridos. Ignacio Correa Pinto, Enrique Prieto Zenteno, Carlos Vergara y siete u ocho oficiales más, tampoco podían continuar adelante, todos estaban más o menos heridos.

Los dos regimientos, o más bien los restos de esos dos bizarros cuerpos, se mantenían en una falda, haciendo frente al enemigo parapetado en las alturas dominantes. Poco a poco los restos de los demás cuerpos de la División Lynch se unían a sus compañeros de la izquierda. Pero todos estaban materialmente extenuados.

Sin embargo, la lucha proseguía con mayor encarnizamiento; el coronel Lynch, Jefe de la División, los coroneles Amunátegui, Martínez y Urrutia, Jefe del Estado Mayor, a todo atendían personalmente o por medio de sus ayudantes.

Haciendo un último esfuerzo, cargaron con ímpetu, desalojando al enemigo de sus trincheras, ayudados por los fuegos de la Brigada Gana. Pero a los peruanos les quedaba todavía todo el Morro Solar, desde donde fusilaban a mansalva a las fuerzas de la División Lynch.

Las baterías Errázuriz y Fontecilla se habían colocado en uno de los morros desalojados por el enemigo, pero tan cerca de las últimas trincheras peruanas, que el fuego les hacía numerosas bajas. El capitán del Talca, José Domingo Urzúa, marchó con 60 hombres de su regimiento y algunos de otros cuerpos en protección de la artillería, soportando los disparos incesantes que se le dirigían desde el Morro.

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