Asalto e incendio de la ciudad de Santiago en 1541

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Siete meses antes

12 de febrero de 1541: Siete meses luego de la fundación de la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, los españoles debieron afrontar su primera catástrofe, un destructivo incendio que transformó en cenizas y escombros lo que hasta la fecha, con dificultades habían levantado[1].

Para entender las razones de este siniestro, hay que remontarse al primer encuentro entre Pedro de Valdivia y Michimalonco, en el cual este último al verse derrotado, prometió llevar a los españoles al corazón de la riqueza Inca en Chile, los lavaderos de oro en Marga Marga. Los lavaderos de oro en Marga Marga, ubicados en la región de Valparaíso, Viña del Mar en Chile, fueron importantes durante la época precolombina y colonial. Se extraía oro del estero Marga Marga y sus alrededores, utilizando técnicas como el canal, la chaya y el balde, similares a las utilizadas por los pueblos originarios. Estos lavaderos fueron una justificación para la colonización española de la zona, y aunque la producción ha disminuido, algunos obreros continúan con esta actividad tradicional.

Ya instalados en el sector, Pedro de Valdivia mandó a construir un bergantín que le permita exportar el oro al Perú, trabajo que estuvo a cargo de 8 carpinteros y que finalmente no fue concretada, ya que, los indios que estaban bajo las órdenes de los españoles se sublevaron y arrasaron con todo a su paso, quedando solo dos sobrevivientes, Gonzalo de los Ríos y Juan Valiente, quienes son los que le dan las malas noticias a Pedro de Valdivia cuando viajaron desde los Lavaderos de oro a Santiago.

“Solo Gonzalo de los Ríos y un negro esclavo llamado Juan Valiente, habían logrado escapar a uña de caballo para referir la catástrofe. Los indios dieron también muerte a los carpinteros que construían el buque, y a los indios peruanos que estaban al servicio de los españoles, e incendiaron el casco de la nave, destruyendo así las esperanzas que por tanto tiempo había acariciado Valdivia.”[2].

Ante tal situación, Pedro de Valdivia mando a traer 7 de los jefes o caciques más importantes del valle central a Santiago, los cuales manifestaron su desconocimiento y extrañeza ante el lamentable suceso en el Marga Marga, por lo cual el Gobernador los mantuvo prisioneros en la ciudad, pensando que con esto aseguraría el desarme de las diferentes tribus, sin sospechar que esto provocaría todo lo contrario, un ambiente tenso y hostil directo a un enfrentamiento inminente.

El Ataque a Santiago

Sobre el ataque, la prudencia aconsejaba, entonces, a los españoles no dividir sus fuerzas, reconcentrarse en la ciudad y en las inmediaciones y esperar el ataque de los indígenas sublevados. El reducido número de sus tropas no les permitía intentar expediciones en los campos vecinos, tanto más cuanto que estando estos campos en esa época cubiertos de bosques, los indios podían hacer en ellos la guerra de sorpresas en que los salvajes desplegaban siempre una rara habilidad.

Pedro de Valdivia, sin embargo, guiado por su natural arrogancia y por la confianza que le inspiraban sus guerreros, dispuso las cosas de otro modo. Entregó a su segundo, Alonso de Monroy, el mando de Santiago, dejándole veinte infantes y treinta jinetes. Este soldado había tomado todas las precauciones para proteger la ciudad con los recursos de los que disponía. Los indios “creían, sin duda, encontrar desapercibidos a los castellanos, y consumar en poco rato su completa destrucción. Pero los defensores de Santiago estaban sobre aviso, y en breves instantes todos los defensores de Santiago estaban sobre las armas.”[3]

Archivo:Batalla entre mapuches y espanoles.jpg
Archivo:Batalla entre mapuches y espanoles.jpg

Enseguida, poniéndose él mismo a la cabeza de noventa soldados, se dirigió a la región del sur a deshacer las juntas de indios armados[4].

Alonso de Monroy no descuidó nada para resistir el ataque que todo le hacía temer de un instante a otro. Aumentó las trincheras de la ciudad y mantuvo la más constante vigilancia. El domingo 11 de septiembre de 1541, tres horas antes de amanecer[5], un ejército de indios, que los contemporáneos y los cronistas posteriores han hecho subir a la cifra indudablemente exagerada de ocho o diez mil hombres[6], cayó de improviso sobre Santiago. Creían, sin duda, encontrar desapercibidos a los castellanos y consumar en poco rato su completa destrucción. Pero los centinelas estaban sobre aviso, y en breves instantes todos los defensores de Santiago estaban sobre las armas. Los indígenas empeñaron el ataque con gran resolución, lanzando espantosos alaridos que aumentaban el pavor de la pelea en medio de la oscuridad de la noche. Los españoles combatían bajo las peores condiciones, sin conocer el número de sus enemigos y sin poder distinguir los movimientos que éstos hacían de un punto a otro. Los indios se parapetaban detrás de las palizadas que cerraban los solares de la ciudad, y desde allí dirigían lluvias de flechas y de piedras sin ser ofendidos por las balas de los castellanos. Sin embargo, el valor de éstos no flaqueó un instante, y la primera luz del alba los encontró firmes en sus puestos, y bien determinados a pelear hasta morir.

Pero la luz del día no puso término al combate, como habría podido esperarse. Lejos de eso, los mapuches, enfurecidos por la resistencia que hallaban, cargaron con mayor rabia poniendo fuego a las palizadas y a las habitaciones de los españoles.

Michimalonco, un ejército de indígenas entrara a la ciudad “con tizones en las manos pegando fuego a las casas, que como eran de paja levantaron luego la llama y se abrasó a Santiago que ardía[7].”

El incendio se propagó fácilmente sobre las pobres chozas, construidas de madera y cubiertas de paja, ardían con gran rapidez obligando a sus defensores a abandonarlas unas en pos de otras y a asilarse en la plaza, donde se continuó el combate con el mismo encarnizamiento.

Inés de Suárez

En esas horas de suprema angustia, Inés de Suárez, la compañera de Pedro de Valdivia, la única mujer española que allí había, se ocupaba sin descanso en curar a los heridos para que volviesen a la pelea y en animar a todos para que continuasen en la defensa de la ciudad.

Creyendo que el asalto dado por los indios tenía por objeto libertar a los caciques prisioneros, instaba a los suyos para que les dieran muerte y decapitar a los 7 caciques que se encontraban presos. Sus compañeros se resistían a ejecutar esta matanza que tal vez creían una innecesaria inhumanidad, pero cuando los asaltantes penetraban como vencedores en la plaza misma del pueblo, y cuando la batalla parecía irremediablemente perdida, la muerte de los caciques se ejecutó sin vacilación.

Inés de Suárez ayudó a degollarlos con sus propias manos. Se cuenta que las cabezas ensangrentadas de esos infelices lanzadas a los enemigos, produjeron entre ellos el espanto y el terror. Los contemporáneos referían que este acto de desesperación decidió la retirada de los indígenas[8].

Afirma un testimonio que:

"(...) salió a la plaza y se dispuso frente a los soldados, enardeciendo sus ánimos con palabras de tan exaltadas alabanzas que la trataron como si fuese un valiente capitán, y no una mujer disfrazada de soldado con cota de hierro".

—Alonso de Monroy

Avivado el coraje de los españoles, éstos aprovecharon el desorden y la confusión causada entre los indígenas al topar con las cabezas decapitadas de sus caciques, logrando poner en fuga a los atacantes. La acción de Inés de Suárez en esta batalla sería reconocida tres años después (1544) por Valdivia, quien la recompensó concediéndole una condecoración.

Carga de caballería

Pero lo que más directamente determinó el triunfo de los castellanos, fue una formidable carga de caballería. El ataque obstinado de los bárbaros había durado el día entero. Las numerosas bandas de indios que se parapetaban en los cercos de los solares contra los ataques de los defensores de la ciudad, habían ido ganando terreno, protegidas por el incendio de las casas. En la tarde no quedaba a los españoles más que el recinto del fuerte y este mismo estaba cercado y próximo a sucumbir.

El ataque continuó durante todo el día y lo que realmente determinó el curso del combate fue una carga de la caballería castellana, que involucró tanto a los soldados, como a los indios auxiliares y a Inés de Suarez. “Dieron a los pelotones de bárbaros tan terrible carga que los dispersaron en todas direcciones haciendo entre ellos una espantosa carnicería. La noche vino a poner término a la jornada y a la persecución de los fugitivos[9].”

Fue entonces, sin duda, cuando tuvo lugar la matanza de caciques prisioneros y, probablemente, hubo un momento de pavor entre los asaltantes. Los castellanos comprendieron que sólo un rasgo de audacia podía salvarlos en tal conflicto. Formaron un compacto escuadrón con todas sus fuerzas y con los indios auxiliares. En su centro estaba la valerosa Inés de Suárez, vestida de cota de mallas, y armada como los demás guerreros. Abandonando entonces el fuerte que no podían defender, y donde los caballos no les eran de gran utilidad, salieron a campo raso, y en el pedregal del río Mapocho, que ocupaban los indios para proveerse de proyectiles, dieron a los pelotones de bárbaros tan terrible carga que los dispersaron en todas direcciones haciendo entre ellos una espantosa carnicería. La noche vino a poner término a la jornada y a la persecución de los fugitivos[10].

Aquella carga audaz y decisiva salvó a los castellanos; pero la victoria les costaba las más dolorosas pérdidas de que hablaremos enseguida. Entre los héroes de la defensa de Santiago, los contemporáneos mencionaban en primer lugar a Inés de Suárez, a Francisco de Aguirre, el primer alcalde del Cabildo de Santiago, y al clérigo Juan Lobo, «que así andaba entre los indios como lobo entre las pobres ovejas», dice un antiguo cronista[11]. Sin embargo, aquellos ignorantes y supersticiosos soldados, persuadidos de que en esta guerra atroz de conquista y de bandalaje estaban auxiliados por el cielo, no podían explicarse su victoria sino por la intervención directa de los santos. Los indios que cayeron prisioneros en la batalla, referían haber visto en su derrota un jinete que hacía prodigios con su lanza y una señora que peleaba como los mejores guerreros. Los conquistadores interpretaron estos informes con el criterio de su grosero fanatismo y supusieron que la Virgen María y el apóstol Santiago habían peleado ese día en medio de ellos, determinando la derrota de los indios[12]. Los cronistas contemporáneos y posteriores han consignado este pretendido milagro con los más pintorescos y singulares pormenores.

Consecuencias

Murieron dos españoles, quedaron heridos casi todos, perdieron quince caballos y un número crecido de indígenas auxiliares. Pero estas pérdidas eran insignificantes comparadas con el desastre que ocasionó el "Incendio de Santiago".

“Del combate de ese día, y del incendio de la ciudad, solo salvaron tres porquezuelas y un cochinillo, un pollo y una polla”[13] de los que se dispuso fueran cuidados con extremo celo.

También se consumieron las actas del Cabildo de Santiago, que Luis de Cartagena, como escribano, trato de salvar escribiendo días después lo recordado en varios cuero y tinta, pero fueron comidos por perros. Recién en los primeros días de 1544 con la vuelta de Alonso de Monroy del Perú quien trajo consigo papel, se pudo reescribir el acta de fundación de Santiago y de todos los sucesos que sucedieron y que hoy se conoce como “Libro Becerro”, documento que resguarda el Archivo Nacional Histórico[14]. Del paso del fuego solo se lograron salvar:

“dos almuerzas de trigo, dos chanchas, un cochinillo, un pollo y una gallina que como fue la multiplicadora de todos los pollos, la llamaron “la madre eva”. Todo lo demás se perdió”[15].

Cuatro días después del asalto, entraba Pedro de Valdivia a Santiago. Al recibir la noticia del ataque, se había adelantado con catorce hombres, dejando el resto a Pedro Gómez para que prosiguiera batiendo a los hombres de Cachapoal.

Los indígenas esperaban un duro escarmiento al regresó de Pedro de Valdivia, pero este, comprendiendo que en la prolongación de la lucha llevaría la peor parte, buscó la paz. La paz relativa permitió iniciar la reedificación de la ciudad, que esta vez se hizo con adobes, para aminorar las consecuencias de un nuevo incendio, si llegaba a producirse.

Pero con esto se inició una nueva guerra, la guerra del vacío, que duró dos años. Se alejaron en su mayor parte para no servir a los invasores, y suprimieron los sembrados a fin de no alimentarlos, por lo que sufrieron mucho los españoles. Esta situación se acabó con la llegada del Santiaguillo en 1543, barco enviado desde Tarapacá que trajo suficientes provisiones para permitir que prosiga la conquista[16].

Como prácticamente todo se había perdido, hubo que comenzar desde cero, para esto Pedro de Valdivia lideró la reconstrucción de la ciudad y la búsqueda de alimentos en campos indígenas cercanos, lo que se dificultó, ya que estos no sembraron más con el afán de que los españoles murieran de hambre. La poca comida que se logró recolectar, se utilizó para cultivos, los que dieron la primera cosecha en 1542, pero como las semillas fueron pocas, la comida no fue suficiente para todos, por lo que debieron de comer los conquistadores raíces e insectos.

Esta primera catástrofe que tuvieron que enfrentar los españoles y sus posteriores consecuencias, fue relatada por el misionero jesuita, Diego de Rosales en 1674 en su obra Historia General del Reino de Chile.


Fuentes y Enlaces de Interés

  1. La primera catástrofe de los españoles en el Reino de Chile
  2. Diego Barros Arana, Historia General de Chile Tomo I
  3. Barros Arana, Diego. “Historia General de Chile. Tomo I.” Rafael Jover Editor. Santiago, 1884. pp. 242.
  4. Todos estos hechos constan principalmente de las cartas de Valdivia a Carlos V y a Hernando Pizarro, escritas en 1545. Mariño de Lobera en su Crónica, cap. 14 los ha referido con algunos detalles más o menos importantes; pero supone que en esta salida, que según él hizo Valdivia contra la voluntad de los jefes que quedaban en Santiago, llegó hasta las orillas del Biobío, donde tuvo una batalla con los indígenas. Éste es un error evidente del soldado cronista o del que rehízo su libro. Valdivia no tuvo más objeto que recorrer los campos que se extienden entre los ríos Maipo y Cachapoal, poblados por los indios que él llamaba poromaocaes, voz peruana que significa gente vecina y no sometida. El mismo Valdivia refiriendo estos sucesos en las Instrucciones que hemos citado tantas veces, y en que cuenta sumariamente todas sus campañas, dice que salió de Santiago «a deshacer los fuertes donde la gente de guerra (de los indios) se favorecía, a quince o veinte leguas de la ciudad» p. 220. Uno de los soldados que acompañaban a Valdivia en esta campaña, dice que fueron a combatir a un cacique que se llamaba Cachipoal, a diez leguas de la ciudad. Declaración de Luis de Toledo en el Proceso de Valdivia, p. 77. Creo por esto que si Valdivia llegó en 1541 hasta las orillas del Biobío, esta expedición debió tener lugar en marzo y abril de ese año, como dijimos en la nota núm. I de este capítulo.
  5. Da esta fecha con toda puntualidad el capitán Marino de Lobera en el cap. 15 de su Crónica. He comprobado que realmente ese día era domingo, lo que da más autoridad a su aserción. Por lo demás, esta fecha que no se halla anotada en la correspondencia de Pedro de Valdivia, ni en los libros del Cabildo de Santiago, ni en los otros documentos contemporáneos, se encuadra perfectamente en el encadenamiento de los sucesos que narramos.
  6. Tal es el número que da la generalidad de los cronistas. Pérez García cita, además, la solicitud de un Escobar, en que pretendiendo una encomienda de indios, y apoyándose en los servicios de uno de sus mayores en esa jornada, dice que los asaltantes eran 40 mil. Los contemporáneos apreciaban el número de los enemigos en ocho o nueve mil hombres; como se lee en la declaración de Luis de Toledo, que acabamos de citar, Valdivia en su carta a Hernando Pizarro dice ocho o diez mil indios.
  7. Historia General del Reino de Chile. Flandes Indiano, Diego de Rosales, Archivo Nacional Histórico
  8. Luis de Toledo, Gregorio de Castañeda y Diego García de Villalón en sus declaraciones, y el mismo Pedro de Valdivia en su defensa, Proceso de Valdivia, art. 39, atribuyen en gran parte la retirada de los indígenas a la ejecución de la matanza aconsejada por Inés de Suárez. Esta misma hizo instruir más tarde una información de sus servicios, y las certificaciones recogidas corroboraron la misma opinión, La matanza de los caciques ha sido referida por casi todos los historiadores antiguos; pero en nuestros días había sido puesta en duda por unos y negada por otros. Los documentos publicados en 1874 no dejan lugar a duda a este respecto. Por lo demás, se hace referencia a ella en la carta de Alonso de Monroy de que hablamos en la nota siguiente.
  9. Barros Arana, Diego. “Historia General de Chile. Tomo I.” Rafael Jover Editor. Santiago, 1884. Pág. 244.
  10. Aunque este combate ha sido referido por Pedro de Valdivia en sus cartas al Rey y a Hernando Pizarro, y por los cronistas primitivos, no se hallan en sus relaciones sino noticias vagas y generales. Alonso de Monroy, hallándose en el Cuzco en 1542, escribió al Rey una carta que llevó a España la primera noticia de la campaña de Pedro de Valdivia en Chile, y en ella le dio cuenta más prolija de este combate. Desgraciadamente, no pude hallar en los Archivos de Indias esta carta en su original, y sólo he conocido una copia abreviada o extracto hecho por don Juan B. Muñoz, que me ha servido de guía principal. Probablemente el documento mismo no contiene más pormenores que los que apuntó Muñoz con la esmerada e inteligente prolijidad con que tomaba las notas que debían servirle para su obra. Me parece indudable que esa carta fue conocida por el cronista Antonio de Herrera, y que de allí sacó la exacta relación que hace de este combate en el cap. 4, lib. I, dec. VII de su Historia jeneral, pues hay en ella la más completa conformidad con el extracto que conozco.
  11. Góngora Marmolejo, cap. 4.
  12. Pedro de Valdivia no habla de tal milagro en la relación que contiene su carta a Hernando Pizarro. Pero en la que dirigió el mismo día a Carlos V no deja de mencionar «el favor del señor Santiago». El cronista Mariño de Lobera, o probablemente el jesuita Escobar, que reformó su libro, es el que ha dado más explicaciones sobre este milagro, que por lo demás se halla consignado en casi todas las historias escritas hasta principios de este siglo.
  13. Barros Arana, Diego. “Historia General de Chile. Tomo I.” Rafael Jover Editor. Santiago, 1884. Pág.247.
  14. archivonacional/Libro Becerro
  15. Rosa Urrutia y Carlos Lanza, Catástrofes en Chile, 1541-1992
  16. «El primer ataque a Santiago». Biografía de Chile.

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