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Asalto e incendio de la ciudad de Santiago en 1541

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La prudencia aconsejaba, entonces, a los españoles no dividir sus fuerzas, reconcentrarse en la ciudad y en las inmediaciones y esperar el ataque de los indígenas sublevados. El reducido número de sus tropas no les permitía intentar expediciones en los campos vecinos, tanto más cuanto que estando estos campos en esa época cubiertos de bosques, los indios podían hacer en ellos la guerra de sorpresas en que los salvajes desplegaban siempre una rara habilidad. Valdivia, sin embargo, guiado por su natural arrogancia y por la confianza que le inspiraban sus guerreros, dispuso las cosas de otro modo. Entregó a su segundo, Monroy, el mando de la ciudad, dejándole veinte infantes y treinta jinetes. Enseguida, poniéndose él mismo a la cabeza de noventa soldados, se dirigió a la región del sur a deshacer las juntas de indios armados[1].

Monroy no descuidó nada para resistir el ataque que todo le hacía temer de un instante a otro. Aumentó las trincheras de la ciudad y mantuvo la más constante vigilancia. El domingo 11 de septiembre de 1541, tres horas antes de amanecer[2], un ejército de indios, que los contemporáneos y los cronistas posteriores han hecho subir a la cifra indudablemente exagerada de ocho o diez mil hombres[3], cayó de improviso sobre la ciudad. Creían, sin duda, encontrar desapercibidos a los castellanos y consumar en poco rato su completa destrucción. Pero los centinelas estaban sobre aviso, y en breves instantes todos los defensores de Santiago estaban sobre las armas. Los indígenas empeñaron el ataque con gran resolución, lanzando espantosos alaridos que aumentaban el pavor de la pelea en medio de la oscuridad de la noche. Los españoles combatían bajo las peores condiciones, sin conocer el número de sus enemigos y sin poder distinguir los movimientos que éstos hacían de un punto a otro. Los indios se parapetaban detrás de las palizadas que cerraban los solares de la ciudad, y desde allí dirigían lluvias de flechas y de piedras sin ser ofendidos por las balas de los castellanos. Sin embargo, el valor de éstos no flaqueó un instante, y la primera luz del alba los encontró firmes en sus puestos, y bien determinados a pelear hasta morir.

Pero la luz del día no puso término al combate, como habría podido esperarse. Lejos de eso, los bárbaros, enfurecidos por la resistencia que hallaban, cargaron con mayor rabia poniendo fuego a las palizadas y a las habitaciones de los españoles. El incendio se propagó fácilmente: las pobres chozas de la ciudad, construidas de madera y cubiertas de paja, ardían con gran rapidez obligando a sus defensores a abandonarlas unas en pos de otras y a asilarse en la plaza, donde se continuó el combate con el mismo encarnizamiento. En esas horas de suprema angustia, Inés Suárez, la compañera de Valdivia, la única mujer española que allí había, se ocupaba sin descanso en curar a los heridos para que volviesen a la pelea y en animar a todos para que continuasen en la defensa de la ciudad. Creyendo que el asalto dado por los indios tenía por objeto libertar a los caciques prisioneros, instaba a los suyos para que les dieran muerte. Sus compañeros se resistían a ejecutar esta matanza que tal vez creían una innecesaria inhumanidad, pero cuando los asaltantes penetraban como vencedores en la plaza misma del pueblo, y cuando la batalla parecía irremediablemente perdida, la muerte de los caciques se ejecutó sin vacilación. Inés Suárez ayudó a degollarlos con sus propias manos. Se cuenta que las cabezas ensangrentadas de esos infelices lanzadas a los enemigos, produjeron entre ellos el espanto y el terror. Los contemporáneos referían que este acto de desesperación decidió la retirada de los indígenas[4].

Pero lo que más directamente determinó el triunfo de los castellanos, fue una formidable carga de caballería. El ataque obstinado de los bárbaros había durado el día entero. Las numerosas bandas de indios que se parapetaban en los cercos de los solares contra los ataques de los defensores de la ciudad, habían ido ganando terreno, protegidas por el incendio de las casas. En la tarde no quedaba a los españoles más que el recinto del fuerte; y este mismo estaba cercado y próximo a sucumbir. Fue entonces, sin duda, cuando tuvo lugar la matanza de caciques prisioneros y, probablemente, hubo un momento de pavor entre los asaltantes. Los castellanos comprendieron que sólo un rasgo de audacia podía salvarlos en tal conflicto. Formaron un compacto escuadrón con todas sus fuerzas y con los indios auxiliares. En su centro estaba la valerosa Inés Suárez, vestida de cota de mallas, y armada como los demás guerreros. Abandonando entonces el fuerte que no podían defender, y donde los caballos no les eran de gran utilidad, salieron a campo raso, y en el pedregal del río Mapocho, que ocupaban los indios para proveerse de proyectiles, dieron a los pelotones de bárbaros tan terrible carga que los dispersaron en todas direcciones haciendo entre ellos una espantosa carnicería. La noche vino a poner término a la jornada y a la persecución de los fugitivos[5].

Aquella carga audaz y decisiva salvó a los castellanos; pero la victoria les costaba las más dolorosas pérdidas de que hablaremos enseguida. Entre los héroes de la defensa de Santiago, los contemporáneos mencionaban en primer lugar a Inés Suárez, a Francisco de Aguirre, el primer alcalde del Cabildo, y al clérigo Juan Lobo, «que así andaba entre los indios como lobo entre las pobres ovejas», dice un antiguo cronista[6]. Sin embargo, aquellos ignorantes y supersticiosos soldados, persuadidos de que en esta guerra atroz de conquista y de bandalaje estaban auxiliados por el cielo, no podían explicarse su victoria sino por la intervención directa de los santos. Los indios que cayeron prisioneros en la batalla, referían haber visto en su derrota un jinete que hacía prodigios con su lanza y una señora que peleaba como los mejores guerreros. Los conquistadores interpretaron estos informes con el criterio de su grosero fanatismo y supusieron que la Virgen María y el apóstol Santiago habían peleado ese día en medio de ellos, determinando la derrota de los indios[7]. Los cronistas contemporáneos y posteriores han consignado este pretendido milagro con los más pintorescos y singulares pormenores.


Fuentes y Enlaces de Interés

  1. Todos estos hechos constan principalmente de las cartas de Valdivia a Carlos V y a Hernando Pizarro, escritas en 1545. Mariño de Lobera en su Crónica, cap. 14 los ha referido con algunos detalles más o menos importantes; pero supone que en esta salida, que según él hizo Valdivia contra la voluntad de los jefes que quedaban en Santiago, llegó hasta las orillas del Biobío, donde tuvo una batalla con los indígenas. Éste es un error evidente del soldado cronista o del que rehízo su libro. Valdivia no tuvo más objeto que recorrer los campos que se extienden entre los ríos Maipo y Cachapoal, poblados por los indios que él llamaba poromaocaes, voz peruana que significa gente vecina y no sometida. El mismo Valdivia refiriendo estos sucesos en las Instrucciones que hemos citado tantas veces, y en que cuenta sumariamente todas sus campañas, dice que salió de Santiago «a deshacer los fuertes donde la gente de guerra (de los indios) se favorecía, a quince o veinte leguas de la ciudad» p. 220. Uno de los soldados que acompañaban a Valdivia en esta campaña, dice que fueron a combatir a un cacique que se llamaba Cachipoal, a diez leguas de la ciudad. Declaración de Luis de Toledo en el Proceso de Valdivia, p. 77. Creo por esto que si Valdivia llegó en 1541 hasta las orillas del Biobío, esta expedición debió tener lugar en marzo y abril de ese año, como dijimos en la nota núm. I de este capítulo.
  2. Da esta fecha con toda puntualidad el capitán Marino de Lobera en el cap. 15 de su Crónica. He comprobado que realmente ese día era domingo, lo que da más autoridad a su aserción. Por lo demás, esta fecha que no se halla anotada en la correspondencia de Valdivia, ni en los libros del Cabildo, ni en los otros documentos contemporáneos, se encuadra perfectamente en el encadenamiento de los sucesos que narramos.
  3. Tal es el número que da la generalidad de los cronistas. Pérez García cita, además, la solicitud de un Escobar, en que pretendiendo una encomienda de indios, y apoyándose en los servicios de uno de sus mayores en esa jornada, dice que los asaltantes eran 40 mil. Los contemporáneos apreciaban el número de los enemigos en ocho o nueve mil hombres; como se lee en la declaración de Luis de Toledo, que acabamos de citar, Valdivia en su carta a Hernando Pizarro dice ocho o diez mil indios.
  4. Luis de Toledo, Gregorio de Castañeda y Diego García de Villalón en sus declaraciones, y el mismo Valdivia en su defensa, Proceso de Valdivia, art. 39, atribuyen en gran parte la retirada de los indígenas a la ejecución de la matanza aconsejada por Inés Suárez. Esta misma hizo instruir más tarde una información de sus servicios, y las certificaciones recogidas corroboraron la misma opinión, La matanza de los caciques ha sido referida por casi todos los historiadores antiguos; pero en nuestros días había sido puesta en duda por unos y negada por otros. Los documentos publicados en 1874 no dejan lugar a duda a este respecto. Por lo demás, se hace referencia a ella en la carta de Monroy de que hablamos en la nota siguiente.
  5. Aunque este combate ha sido referido por Valdivia en sus cartas al Rey y a Hernando Pizarro, y por los cronistas primitivos, no se hallan en sus relaciones sino noticias vagas y generales. Alonso de Monroy, hallándose en el Cuzco en 1542, escribió al Rey una carta que llevó a España la primera noticia de la campaña de Valdivia en Chile, y en ella le dio cuenta más prolija de este combate. Desgraciadamente, no pude hallar en los Archivos de Indias esta carta en su original, y sólo he conocido una copia abreviada o extracto hecho por don Juan B. Muñoz, que me ha servido de guía principal. Probablemente el documento mismo no contiene más pormenores que los que apuntó Muñoz con la esmerada e inteligente prolijidad con que tomaba las notas que debían servirle para su obra. Me parece indudable que esa carta fue conocida por el cronista Antonio de Herrera, y que de allí sacó la exacta relación que hace de este combate en el cap. 4, lib. I, dec. VII de su Historia jeneral, pues hay en ella la más completa conformidad con el extracto que conozco.
  6. Góngora Marmolejo, cap. 4.
  7. Valdivia no habla de tal milagro en la relación que contiene su carta a Hernando Pizarro. Pero en la que dirigió el mismo día a Carlos V no deja de mencionar «el favor del señor Santiago». El cronista Mariño de Lobera, o probablemente el jesuita Escobar, que reformó su libro, es el que ha dado más explicaciones sobre este milagro, que por lo demás se halla consignado en casi todas las historias escritas hasta principios de este siglo.

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