Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

Presentación
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Maurice Leblanc, 1908
ARSENIO LUPIN CONTRA HERLOCK SHOLMES
1 La Dama Rubia
El número 514, serie 23
El 8 de diciembre del año pasado, el señor Gerbois, profesor de matemáticas en el Liceo de Versalles, descubrió entre el batiburrillo de una tienda de compraventa, un pequeño secrétaire de caoba que le agradó por la variedad de sus gavetas.
«He aquí lo que necesito para el cumpleaños de Suzanne», pensó.
Y como se las ingeniaba, en la medida de sus modestos recursos, por complacer a su hija, le quitó el precio y pagó la suma de sesenta y cinco francos.
Cuando daba su dirección, un joven de aspecto elegante y que hacía un buen rato iba husmeando de un lado para otro, vio el mueble y preguntó:
—¿Cuánto?
—Está vendido —replicó el dueño de la tienda.
—¡Ah!… ¿Al señor, quizá?
El señor Gerbois saludó y, tanto más contento por haber comprado un mueble que le gustaba a un semejante, se retiró.
Pero no había dado diez pasos en la calle cuando se le unió el joven, el cual, con el sombrero en la mano y un tono de perfecta cortesía, le dijo:
—Le ruego que me perdone, señor. Pero voy a hacerle una pregunta indiscreta… ¿Buscaba ese secrétaire con mayor interés que cualquier otra cosa?
—No. Buscaba una balanza de ocasión para algunos experimentos físicos.
—Entonces, ¿no le importa mucho?
—Sí me importa.
—¿Porque es antiguo tal vez?
—Porque es cómodo.
—En ese caso, ¿consentiría en cambiarlo por otro secrétaire tan cómodo como ése, pero en mejor estado?
—Éste está en buen estado y el cambio me parece inútil.
—Sin embargo…
El señor Gerbois era hombre fácilmente irritable y de carácter receloso. Respondió secamente:
—Le suplico, señor, que no insista.
El desconocido se plantó delante de él.
—Ignoro el precio que ha pagado usted por ese mueble, señor. Le ofrezco el doble.
—No.
—El triple.
—¡Oh! Basta ya —exclamó el profesor, impaciente—. No vendo lo que me pertenece.
El joven le miró fijamente, de una forma que el señor Gerbois no olvidaría; luego, sin decir una palabra, dio media vuelta y se alejó. Una hora después llevaban el mueble a la casita que ocupaba el profesor en la carretera de Viroflay. Llamó a su hija.
—Esto es para ti, Suzanne, si todavía te hace falta.
Suzanne era una muchachita bonita, expansiva y feliz. Se arrojó al cuello de su padre y le besó con tanta alegría como si le hubiese ofrecido un regalo digno de reyes.
Aquella misma tarde, después de haberlo colocado en su habitación con la ayuda de Hortense, la criada, limpió las gavetas y colocó cuidadosamente en ellas sus papeles, sus cajas de cartas, su correspondencia, sus colecciones de tarjetas postales y algunos recuerdos furtivos que conservaba de su primo Philippe.
Al día siguiente, a las siete y media, el señor Gerbois se dirigió al Liceo. A las diez, siguiendo una costumbre cotidiana, Suzanne le esperaba a la salida, y para él era un gran placer ver en la acera de enfrente su graciosa figura y su sonrisa infantil.
Y regresaron juntos.
—¿Y tu secrétaire?
—¡Una verdadera maravilla! Hortense y yo hemos limpiado todos los adornos de cobre. Se diría que son de oro.
—¿Estás contenta, entonces?
—¿Que si estoy contenta?… Claro que sí; no sé cómo he podido pasarme sin él hasta ahora.
Atravesaron el jardín que precedía a la casa. El señor Gerbois propuso:
—¿Podríamos verlo antes de comer?
—¡Oh, sí! Es una idea excelente.
La muchacha subió primero; pero, cuando alcanzó el umbral de su dormitorio, lanzó un grito de espanto.
—¿Qué pasa? —balbució el señor Gerbois.
Y entró en la habitación. El secrétaire había desaparecido.
… Lo que extrañó al juez de instrucción fue la sencillez de medios empleados. En ausencia de Suzanne y mientras la criada hacía la compra, un comisario provisto de su placa —los vecinos lo vieron— detuvo su carrito delante del jardín y llamó dos veces. Los vecinos, que ignoraban que la criada estaba fuera, no sospecharon nada, de forma que el individuo efectuó su tarea con la más completa tranquilidad.
Observaron que no había sido fracturado ningún armario ni violentada ninguna gaveta. La cajita que ella había dejado sobre el mármol del secrétaire fue encontrada sobre la mesa con los objetos de oro que contenía. El móvil del robo estaba claramente definido, lo que lo hacía más inexplicable; pues, a fin de cuentas, ¿por qué correr tanto riesgo por un botín tan exiguo?
El único indicio que pudo dar el profesor fue el incidente de la víspera.
—Ante mi negativa, aquel joven demostró una manifiesta contrariedad y tuve la clara impresión de que me abandonaba bajo amenaza.
Eso era muy vago. Interrogaron al dueño de la tienda. No conocía ni a uno ni a otro de aquellos señores. En cuanto al mueble, lo había comprado por cuarenta francos en Chavreuse, en una venta de muebles efectuada después de un fallecimiento, y creía haberlo vendido en su verdadero valor. La investigación prosiguió sin obtenerse nada más.
Pero el señor Gerbois estaba convencido de que había sufrido una pérdida enorme. Una fortuna debía de estar oculta en el fondo de alguna gaveta, y ésa era la razón por la que el joven, conociendo el escondrijo, había actuado con tal decisión.
—¿Qué habríamos hecho con esa fortuna, papá? —repetía Suzanne.
—¿Qué? Con semejante dote habrías podido aspirar a los mejores partidos.
Suzanne, que limitaba sus pretensiones a su primo Philippe, el cual era un partido mediocre, suspiraba amargamente.
Y en la casita de Versalles continuó la vida, menos alegre, menos tranquila, ensombrecida por lamentaciones y decepciones. Pasaron dos meses. Y de repente, uno tras otro, surgieron los más graves acontecimientos: ¡una serie imprevista de felices oportunidades y de catástrofes!…
El día 1 de febrero, a las cinco y media, el señor Gerbois, que acababa de regresar con un periódico de la tarde en la mano, se sentó, se puso las gafas y comenzó a leer. Como no le interesaba la política, volvió la página. Inmediatamente atrajo su atención un artículo titulado Tercer sorteo de lotería de las Asociaciones de la Prensa, el número 514, serie 23, gana un millón…
El periódico se le escurrió de las manos. Las paredes vacilaron ante sus ojos y su corazón dejó de latir. ¡El número 514, serie 23, era el suyo! Lo había comprado por casualidad, para hacerle un favor a un amigo, porque apenas creía en los favores de la suerte, ¡y había salido premiado!
Rápidamente sacó su agenda. El número 514, serie 23, estaba escrito, para recordarlo, en la página de la agenda. Pero ¿y el billete? Corrió a su despacho para buscar la caja de sobres entre los cuales había deslizado el preciado billete, y en la misma puerta se paró en seco, vacilando de nuevo y con el corazón encogido: la caja de sobres no estaba allí, y, cosa terrible, ¡se dio cuenta súbitamente de que hacía semanas que no se encontraba allí! ¡Durante ese tiempo no la veía ante él a las horas en que corregía las tareas de sus alumnos!
Un ruido de pasos sobre la grava del jardín… Llamó:
—¡Suzanne!… ¡Suzanne!
La muchacha llegaba de la calle. Subió precipitadamente. El profesor tartamudeó con voz estrangulada:
—Suzanne… la caja… la caja de sobres…
—¿Cuál?
—La del Louvre… que traje el jueves… y que estaba en la esquina de esta mesa.
—Pero recuérdalo, papá… La colocamos juntos…
—La tarde…, ya sabes, la víspera del día…
—Pero ¿dónde?… Responde… Me estás matando…
—En el secrétaire.
—¿En el secrétaire que robaron?
—Sí.
—¿En el secrétaire que robaron?
Repitió la frase en voz baja, con espanto. Luego le cogió las manos y, con voz más baja aún, dijo:
—Contenía un millón, hija mía…
—¡Ah papá! ¿Por qué no me lo dijiste? —murmuró la muchacha ingenuamente.
—¡Un millón! —repitió el profesor—. Es el número que ha salido premiado en la lotería de la Prensa.
La enormidad del desastre los amilanó, y durante largo rato guardaron un silencio que no tenían el valor de romper.
Al fin, Suzanne dijo:
—Pero, papá, te lo pagarán de todas formas.
—¿Por qué? ¿Con qué pruebas?
—¿Hacen falta pruebas?
—¡Claro que sí!
—¿Y no las tienes?
—Sí, tengo una.
—¿Entonces?
—Estaba en la caja.
—¿En la caja que ha desaparecido?
—Sí. Y es el otro quien lo cobrará.
—¡Eso sería abominable! Vamos papá: ¿podrías oponerte a ello?
—¿Acaso lo sé? ¿Acaso lo sé? ¡Ese hombre debe de ser fuerte! ¡Dispone de tales recursos!… Recuerda el asunto del mueble… Se irguió con un sobresalto de energía y, golpeando el suelo con el pie, dijo:
—¡No! ¡No conseguirá ese millón! ¡No se apoderará de él! ¿Por qué iba a conseguirlo? Después de todo, por hábil que sea, tampoco puede hacer nada. ¡Si se presenta a cobrarlo, lo detendrán! ¡Ah, nos veremos las caras, amigo mío!
—¿Tienes alguna idea, papá?
—La de defender nuestros derechos hasta el final, pase lo que pase. ¡Y triunfaremos!… El millón es mío, ¡y lo cobraré!
Algunos minutos más tarde expedía este despacho:
Gobernador del Crédit Foncier.
Calle Capucines. Paris.
Soy el poseedor del número 514, serie 23, y me opondré por todas las vías legales a cualquiera que desee cobrarlo en mi lugar.
GERBOIS
Casi al mismo tiempo llegaba al Crédit Foncier este otro telegrama:
El número 514, serie 23, está en mi poder.
ARSENIO LUPIN .......
Cada vez que emprendo la tarea de contar alguna de las innumerables aventuras de que se compone la vida de Arsenio Lupin, experimento una verdadera confusión, porque me parece que la más vulgar de estas aventuras es conocida por todos aquellos que van a leerme. En realidad, no hay un gesto de nuestro ladrón-nacional, como graciosamente se le ha llamado, que no haya sido señalado de la forma más retumbante, ni una hazaña que no haya sido estudiada bajo todas sus fases, ni un acto que no haya sido comentado con esa abundancia de detalles que se reservan, por lo general, al relato de acciones heroicas.
¿Quién no conoce, por ejemplo, esta extraña historia de La dama rubia, con sus curiosos episodios, que los periodistas titularon en gruesos caracteres El número 514, serie 23…; El crimen de la avenida de Henri-Martin…; El brillante azul? ¡Qué ruido alrededor de la intervención del famoso detective inglés Herlock Sholmes! ¡Qué efervescencia tras cada una de las peripecias que marcaron la lucha entre estos dos grandes artistas! ¡Y qué barahúnda en los bulevares, el día en que los vendedores de periódicos vociferaron: «La detención de Arsenio Lupin»!
Mi excusa es que yo aporto algo nuevo: aporto la palabra del enigma. Siempre queda algo de sombra alrededor de estas aventuras: yo la disipo. Reproduzco artículos leídos y releídos; copio antiguas entrevistas; pero todo lo coordino, lo clasifico y lo someto a la verdad exacta. Mi colaborador es este Arsenio Lupin cuya condescendencia conmigo es inestimable. Y lo es también, en ciertos momentos, el inefable Wilson, el amigo y confidente de Sholmes.
Aún se recuerda la formidable carcajada que acogió la publicación del doble despacho. El solo nombre de Arsenio Lupin era una seguridad de imprevistos, una promesa de diversión para la galería. Y la galería era el mundo entero.
De las indagaciones realizadas inmediatamente por el Crédit Foncier resultó que el número 514, serie 23, había sido vendido por el intermediario de la sucursal de Versalles del Crédit Lyonnais al comandante de Artillería Bessy. Ahora bien: el comandante había muerto de una caída de caballo. Se supo por sus compañeros, a los que se confió poco antes de su muerte, que había cedido el billete a un amigo.
—Ese amigo soy yo —afirmó el señor Gerbois.
—Pruébelo —objetó el gobernador del Crédit Foncier.
—¿Que lo pruebe? Es fácil. Veinte personas le dirán que yo tenía una gran amistad con el comandante Bessy y que nos reuníamos con frecuencia en el café de la Place d’Armes. Fue allí donde un día, para aliviarlo de un momento de apuro, le compré el billete por veinte francos.
—¿Tiene usted testigos de esa compra?
—No.
—En ese caso, ¿en qué funda usted su reclamación?
—En la carta que me escribió sobre tal asunto.
—Enséñela.
—Estaba en el secrétaire robado.
—Búsquela.
Arsenio Lupin la comunicó a los periódicos. Una nota publicada en el Echo de Paris, que tiene el honor de ser su órgano oficial y del cual, según parece, es uno de los principales accionistas, anunció que ponía en manos del señor Detinan, su abogado consejero, la carta que el comandante Bessy le había escrito a él personalmente.
Fue una explosión de júbilo: ¡Arsenio Lupin utilizaba un abogado! ¡Arsenio Lupin, respetuoso con las reglas establecidas, designaba para representarlo un miembro del foro!
Toda la Prensa se lanzó a casa del señor Detinan, influyente diputado radical, hombre de alta probidad al mismo tiempo que de espíritu refinado, un poco escéptico, a veces paradójico.
Detinan no había tenido nunca el placer de reunirse con Arsenio Lupin…, y lo sentía profundamente… Pero acababa de recibir sus instrucciones, en efecto, y muy emocionado por una elección que le halagaba, pensaba defender vigorosamente el derecho de su cliente. Abrió el expediente recientemente constituido y, sin detenerse, exhibió la carta del comandante, la cual probaba, sin lugar a dudas, la cesión del billete, aunque no mencionaba el nombre del nuevo comprador.
Simplemente decía:
«Mi querido amigo…».
—«Mi querido amigo» soy yo —añadía Arsenio Lupin en una nota adjunta a la carta del comandante—. Y la mejor prueba de ello es que tengo la carta.
La nube de periodistas se abalanzó inmediatamente sobre la mesa del señor Gerbois, que sólo pudo repetir:
—«Mi querido amigo» no es otro que yo. Arsenio Lupin me robó la carta del comandante junto con el billete.
—¡Que lo pruebe! —respondió Lupin a los periodistas.
—Pero ¡si fue él quien robó el secrétaire!… exclamó el señor Gerbois delante de los mismos periodistas.
Y Arsenio Lupin contestó:
—¡Que lo pruebe!
Y fue un espectáculo de encantadora fantasía el duelo público entre los dos poseedores del número 514, serie 23; las idas y venidas de los periodistas, la sangre fría de Arsenio Lupin frente al enloquecimiento del pobre señor Gerbois…
¡La Prensa estaba repleta de las lamentaciones del desgraciado! A ella confiaba su infortunio con chocante ingenuidad.
—Compréndanlo, señores. ¡Es la dote de Suzanne lo que ese truhán quiere robarme! Por mí, personalmente, me tiene sin cuidado; pero ¡por Suzanne! Piénsenlo: ¡un millón! ¡Diez veces cien mil francos! ¡Ah! Bien sabía yo que el secrétaire contenía un tesoro.
Al objetársele que su adversario, al llevarse el mueble, ignoraba la presencia de un billete de lotería, y que en todo caso nunca habría podido prever que el tal billete iba a ganar el primer premio, gemía:
—¡Lo sabía, lo sabía!… Si no, ¿por qué se habría molestado en llevarse un mueble tan viejo?
—Por razones desconocidas, pero ciertamente no para apoderarse de un trozo de papel que valía, entonces, veinte francos, una modestísima suma.
—¡La suma de un millón! Él lo sabía…, ¡lo sabe todo! Ah, ustedes no conocen a ese bandido… ¡Él no les ha robado un millón!
El diálogo habría podido durar infinitamente. Pero al duodécimo día, el señor Gerbois recibió una misiva de Arsenio Lupin que llevaba la indicación de confidencial. Y la leyó con inquietud creciente:
Señor: La galería se divierte a nuestra costa. ¿No cree que ha llegado el momento de ponernos serios? Por mi parte, yo estoy firmemente dispuesto a ello.
La situación es clara: yo poseo un billete que no tengo derecho a cobrar, y usted tiene derecho a cobrar un billete que no posee. Así pues, no podemos hacer nada el uno sin el otro.
Ahora bien: ni usted consentirá en cederme su derecho ni yo en cederle mi billete.
¿Qué hacer?
Yo no veo más que un medio: repartámoslo.
Medio millón para usted y medio millón para mí. ¿No es equitativo? Y este juicio de Salomón ¿no satisface el deseo de justicia que existe en cada uno de nosotros?
Solución justa, pero solución inmediata. Ésta no es una oferta que tenga usted la obligación de discutir, sino una necesidad a la que debe adaptarse dadas las circunstancias. Le doy tres días para reflexionar. El viernes por la mañana me gustaría leer en los anuncios breves del Echo de Paris una discreta nota dirigida al señor Ars Lup que contuviera, en términos velados, su adhesión pura y simple al pacto que le propongo, mediante el cual usted entrará en posesión inmediata del billete y cobrará el millón…, esperando a remitirme quinientos mil francos por el procedimiento que yo le indicaré posteriormente.
En caso de negativa, he tomado mis disposiciones para que el resultado sea idéntico. Pero, aparte de las muy graves molestias que le causará tal obstinación, tendrá que sufrir usted un descuento de veinticinco mil francos para gastos suplementarios.
Quedando a su disposición, le saluda atentamente,
ARSENIO LUPIN
Desesperado, el señor Gerbois cometió la enorme falta de enseñar esta carta y dejar que la copiaran. Su indignación lo empujaba a estas tonterías.
—¡Nada! ¡No tendrá nada! —gritaba ante los periodistas—. ¿Partir lo que me pertenece? ¡Jamás! ¡Que rompa el billete si quiere! —Sin embargo, quinientos mil francos es mejor que nada.
—No se trata de eso, sino de mi derecho, y este derecho lo estableceré ante los tribunales.
—¿Atacará a Arsenio Lupin? Eso sería gracioso.
—No, sino al Crédit Foncier. Éste me tiene que pagar el millón.
—Contra la entrega del billete o, al menos, contra la prueba de que usted lo compró.
—La prueba existe, puesto que Arsenio Lupin confiesa que robó el secrétaire.
—¿Le bastará a los tribunales la palabra de Arsenio Lupin?
—No importa. Yo sigo adelante.
La galería pateaba. Se hicieron apuestas: unos sostenían que Lupin sometería al señor Gerbois; otros, que aquél claudicaría ante las amenazas de éste. Y se experimentaba una especie de intranquilidad, de tal manera eran desiguales las fuerzas entre los adversarios: uno, tan rudo en su asalto; otro, asustado como una bestia acorralada.
El viernes arrancaron de las manos de los vendedores el Echo de Paris y escrutaron febrilmente la quinta página en el lugar dedicado a los anuncios breves. Ni una sola línea estaba dirigida al señor Ars Lup. A las órdenes de Arsenio Lupin contestaba el señor Gerbois con el silencio. Era la declaración de guerra.
Esa noche se supo por los periódicos el secuestro de la señorita Suzanne.
Lo que nos regocija en lo que podríamos llamar espectáculos de Arsenio Lupin es el papel eminentemente cómico de la Policía. Todo ocurre al margen de ella. Lupin habla, escribe, previene, ordena, amenaza y ejecuta como si no existiese el jefe de la Sûreté ni los agentes, ni los comisarios, ni nadie, en fin, que pueda estorbarlo en sus designios. Todo eso se considera como nulo y no existente. El obstáculo no cuenta.
¡Y, sin embargo, la Policía se mueve! Desde el momento en que se trata de Arsenio Lupin, todo el mundo, desde el más alto hasta el más bajo de la escala, arde, hierve, espumea de rabia. Es el enemigo, y un enemigo que se burla, que provoca, que desprecia o, lo que es peor, que lo ignora a uno.
¿Y qué hacer contra un enemigo semejante? A las diez menos veinte, según testimonio de la criada, Suzanne salió de su casa. A las diez y cinco, su padre, al salir del Liceo, no la vio en la acera donde la muchacha acostumbraba a esperarlo. Así pues, todo había ocurrido en el transcurso del breve paseo de veinte minutos que Suzanne hacía desde su casa al Liceo o, por lo menos, hasta los accesos al Liceo.
Dos vecinos afirmaron que se habían cruzado con ella a trescientos pasos de la casa. Una señora había visto caminar a lo largo de la avenida a una joven cuyas señas coincidían. ¿Y después? Después no se sabía nada.
Se investigó por todos lados, se interrogó a los empleados de las estaciones y del fielato. No habían observado aquel día nada que pudiera relacionarse con el secuestro de una joven. Sin embargo, en Ville d’Avray, el tendero de un establecimiento declaró que había facilitado aceite a un automóvil cerrado procedente de París. Al volante se sentaba un chófer; en el interior, una dama rubia…, excesivamente rubia, precisó el testigo. Una hora más tarde el automóvil volvía de Versalles. Un atasco de tráfico le obligó a disminuir la marcha, lo que permitió al tendero comprobar, al lado de la dama rubia ya entrevista, la presencia de otra dama envuelta en chales y velos. Nadie dudó de que se trataba de Suzanne Gerbois.
Luego era preciso suponer que el secuestro se había llevado a cabo en pleno día, en una carretera muy frecuentada en el centro mismo de la ciudad.
¿Cómo? ¿En qué lugar? No se oyó ningún grito, no se observó ningún movimiento sospechoso.
El tendero dio las señas del automóvil: una limusina de veinticuatro caballos, de la casa Peugeon, con carrocería azul oscuro. En todo caso se informó a la directora del Grand Garage, señora Bob Walthour, que era especialista en secuestros de vehículos. En efecto, el viernes por la mañana había alquilado por todo el día una limusina Peugeon a una dama rubia, a la que no había vuelto a ver.
—Pero el chófer…
—Era un individuo llamado Ernest, que habíamos contratado el día anterior en vista de sus excelentes recomendaciones.
—¿Está aquí?
—No, devolvió el auto y no ha vuelto.
—¿No podríamos encontrar su pista?
—Sí, por las personas que lo recomendaron. Aquí tiene sus señas.
Fueron a los domicilios de esas personas. Ninguna de ellas conocía al llamado Ernest.
Así pues, cualquier pista que se seguía para salir de las tinieblas hacía caer en otras tinieblas, en otros enigmas.
El señor Gerbois no tenía fuerzas para sostener una batalla que comenzaba de forma tan desastrosa para él. Inconsolable desde la desaparición de su hija, roído por los remordimientos, capituló.
Un pequeño anuncio aparecido en el Echo de Paris, que todo el mundo comentó, confirmó su sumisión pura y simple, sin reserva mental.
Era la victoria, la guerra terminada en cuatro veces veinticuatro horas.
Dos días después, el señor Gerbois atravesaba el patio del Crédit Foncier. Llevado ante el administrador, alargó el número 514, serie 23. El administrador tuvo un sobresalto.
—¡Ah! ¿Ya lo consiguió? ¿Se lo han devuelto?
—Se había extraviado. Aquí está —respondió el señor Gerbois.
—Sin embargo, usted pretendía que… El número ha sido objeto de…
—Todos fueron cuentos y mentiras.
—De todas formas, necesitaremos un documento que lo acredite.
—¿Basta con la carta del comandante?
—Claro que sí.
—Aquí la tiene usted.
—Perfectamente. Sírvase dejar estos documentos en depósito. Nos conceden quince días para comprobación. Le avisaré cuándo puede presentarse a cobrar en caja. De aquí a entonces, señor, creo que le interesa no decir nada a nadie, y que se termine este asunto en el silencio más absoluto.
—Ésa es mi intención.
El señor Gerbois no habló; el gobernador tampoco. Pero existen secretos que se revelan sin que se cometa ninguna indiscreción, y enseguida se supo que Arsenio Lupin había tenido la audacia de devolver el número 514, serie 23, al señor Gerbois. La noticia fue acogida con estupefacta admiración. ¡Decididamente era buen jugador el que arrojaba sobre la mesa un triunfo de tanta importancia como el preciado billete! Claro que se había desprendido de él a sabiendas y a cambio de una carta que establecía el equilibrio. Pero ¿y si se escapaba la joven? ¿Y si lograban encontrar al rehén que él retenía?
La Policía se dio cuenta del punto débil del enemigo y redobló sus esfuerzos. Arsenio Lupin, desarmado, despojado por sí mismo, preso en el engranaje de sus combinaciones, sin tocar un céntimo del millón codiciado… De golpe, los que se reían se pasarían al otro campo.
Pero era preciso encontrar a Suzanne. ¡Y no la encontraban y, lo que era peor, no se escapaba! Así pues, Arsenio Lupin gana la primera partida. Pero lo más difícil está por hacer. La señorita Gerbois se halla en sus manos, tengámoslo en cuenta, y no la devolverá sino mediante la entrega de quinientos mil francos. Pero ¿dónde y cómo se realizará el cambio? Para que este cambio tenga lugar es preciso que haya una cita, y entonces, ¿quién le impide al señor Gerbois avisar a la Policía y así recobrar a su hija sin soltar un céntimo?
Entrevistaron al profesor. Muy abatido, deseoso de guardar silencio, permaneció impenetrable.
—No tengo nada que decir. Espero.
—¿Y la señorita Gerbois?
—La búsqueda continúa.
—Pero ¿Arsenio Lupin le ha escrito?
—No.
—¿Lo jura?
—No.
—Entonces es que sí. ¿Cuáles son sus instrucciones?
—No tengo nada que decir.
Asediaron al señor Detinan. La misma discreción.
—El señor Lupin es mi cliente —respondió con afectada gravedad—. Han de comprender que observe la más absoluta reserva.
Todos estos misterios irritaban a la galería. Evidentemente se tramaban planes en la sombra. Arsenio Lupin disponía y apretaba las mallas de sus redes, mientras que la Policía organizaba alrededor del señor Gerbois una vigilancia diurna y nocturna. Y se estudiaban los tres únicos desenlaces posibles: la detención, el triunfo o el fracaso ridículo y lamentable.
Pero sucedió que la curiosidad del público no iba a ser satisfecha sino de forma parcial, y es aquí, en estas páginas, donde por primera vez se revela la verdad exacta.
El martes, 12 de marzo, el señor Gerbois recibió, bajo sobre de apariencia vulgar, un aviso del Crédit Foncier.
El jueves, a la una, cogía el tren para París. A las dos, le pagaron los mil billetes de mil francos.
Mientras los contaba, uno a uno, temblando…, ¿no era este dinero el rescate de Suzanne?…, dos hombres se encontraban en un auto detenido a cierta distancia de la puerta principal del Crédit. Uno de ellos tenía cabellos grises y un rostro enérgico que contrastaba con sus ropas y sus modales de empleado modesto. Se trataba del inspector general Ganimard, el viejo Ganimard, enemigo implacable de Lupin. Y Ganimard le decía al sargento Folefant:
—Ya no tardará… Antes de cinco minutos volveremos a ver a nuestro hombre. ¿Está todo dispuesto? —Completamente.
—¿Cuántos somos?
—Ocho, dos con bicicletas.
—Y yo, que valgo por tres. Es bastante, pero no demasiado. Es preciso, a toda costa, que no se nos escape ese Gerbois…, si no, ¡adiós! Se juntará con Arsenio Lupin en el lugar que hayan fijado de antemano, cambiará la muchacha por el medio millón y el juego se acabó.
—Pero ¿por qué ese hombre no actúa con nuestra ayuda? ¡Sería todo tan sencillo! Metiéndonos en el juego, se embolsaría el millón entero.
—Sí, pero tiene miedo. Si intenta engañar al otro, no recuperará a su hija.
—¿Qué otro?
—Él.
Ganimard pronunció esta palabra con tono grave, un poco temeroso, como si hablase de un ser sobrenatural cuyas garras ya hubiera sentido.
—Es bastante cómico —observó juiciosamente el sargento Folefant— que nos veamos reducidos a proteger a ese señor contra sí mismo.
—Con Lupin el mundo está patas arriba —suspiró Ganimard.
Transcurrió un minuto.
—Atención —dijo.
El señor Gerbois salía. Al final de la calle Capucines tiró por el lado izquierdo de los bulevares. Se alejaba lentamente, a lo largo de las tiendas, mirando los escaparates.
—Demasiado tranquilo nuestro cliente —decía Ganimard—. Un individuo que lleva en el bolsillo un millón no tiene esa tranquilidad.
—¿Qué puede hacer?
—¡Oh!, nada, evidentemente… No importa, desconfío. Lupin es Lupin.
En ese momento, el señor Gerbois se dirigió a un quiosco, eligió varios periódicos, los pagó, desplegó uno de ellos y con los brazos extendidos, avanzando a pasos cortos, se puso a leer. Y de repente, de un salto se arrojó al interior de un automóvil que se hallaba aparcado al borde de la acera. El motor estaba en marcha, porque el auto partió rápidamente, dobló la esquina de la Madeleine y desapareció.
—¡Maldición! —blasfemó Ganimard—. ¡Otro golpe de los suyos!
Echó a correr, y otros hombres corrieron, al mismo tiempo que él, por los alrededores de la Madeleine.
Pero lanzó una carcajada. A la entrada del bulevar Malesherbes, el automóvil se hallaba detenido, estropeado, y el señor Gerbois se apeaba de él.
—Rápido, Folefant… el chófer. Era un individuo llamado Gastón, empleado de la sociedad de automóviles de alquiler: diez minutos antes lo había parado un señor y le había dicho que esperase «con el motor en marcha, junto al quiosco, hasta la llegada de otro señor».
—Y el segundo cliente —preguntó Folefant—, ¿qué dirección le dio?
—Ninguna… «Bulevar Malesherbes…, avenida de Messine…, doble propina…». Eso fue todo.
Pero durante ese tiempo, el señor Gerbois, sin perder un minuto, había saltado al primer vehículo que pasaba.
—Cochero, al Metro de la Concorde.
El profesor salió del Metro de la plaza del Palais-Royal, corrió hacia otro coche e hizo que lo condujeran a la plaza de la Bourse. Segundo viaje en Metro; luego, en la avenida de Villers, tercer vehículo.
—Cochero, calle Clapeyron, número 25.
El número 25 de la calle Clapeyron está separado del bulevar de Batignolles por la casa que hace esquina. Subió al primer piso y llamó. Un señor le abrió.
—¿Es aquí donde vive el abogado Definan?
—Soy yo. ¿Sin duda, el señor Gerbois?
—Exactamente.
—Lo esperaba, señor. Cuando el señor Gerbois penetró en el despacho del abogado, el reloj marcaba las tres de la tarde, e inmediatamente dijo:
—Es la hora que él me fijó. ¿No está aquí?
—Aún no.
El señor Gerbois se sentó, se enjugó la frente, miró su reloj como si no supiese la hora y volvió a preguntar ansiosamente:
—¿Vendrá?
El abogado respondió:
—Me interroga usted, señor, sobre la cosa del mundo que más curiosidad me inspira. Jamás he experimentado semejante impaciencia. En todo caso, si él viene, arriesga mucho. Esta casa está muy vigilada desde hace quince días… Se desconfía de mí.
—Y de mí más aún. Así que no garantizo que los policías encargados de vigilarme hayan perdido mi rastro.
—Pero entonces… —No es culpa mía —exclamó enérgicamente el profesor—, y no hay nada que reprocharme. ¿Qué prometí? Obedecer sus órdenes. Pues bien, las he obedecido ciegamente: he cobrado el dinero a la hora fijada y he venido a su casa siguiendo lo prescrito por él. Responsable de la desgracia de mi hija, he cumplido mis promesas con toda lealtad. A él le corresponde cumplir las suyas. —Y añadió con la misma voz ansiosa—: Traerá a mi hija, ¿verdad?
—Así lo espero.
—No obstante… ¿Le ha visto usted?
—¿Yo? Pues no. Solamente me pidió por carta que recibiera a ambos, que diera permiso a mis criados antes de las tres de la tarde y que no admitiera a nadie en mi apartamento entre la llegada de usted y la salida de él. Si no consentía en esta proposición, me rogaba que se lo comunicara mediante dos líneas en el Echo de Paris. Pero me considero muy dichoso de poder hacer un favor a Arsenio Lupin y consiento en ello.
El señor Gerbois gimió:
—¡Ay! ¿Cómo terminará todo esto?
Sacó del bolsillo los billetes de banco, los puso sobre la mesa e hizo dos paquetes con la misma cantidad. Luego se calló. De cuando en cuando, el señor Gerbois prestaba atención… ¿No habían llamado? A medida que transcurrían los minutos aumentaba su angustia, y el señor Detinan experimentaba también una impresión casi dolorosa.
En cierto momento, hasta el abogado perdió su sangre fría. Se levantó bruscamente:
—No lo veremos… ¿Cómo quiere usted…? ¡Sería una locura de su parte! Que tenga confianza en nosotros, pase: somos personas honradas, incapaces de traicionarlo; pero el peligro no está solamente aquí.
Y el señor Gerbois, con las dos manos sobre los billetes, balbució:
—¡Que venga, Dios, que venga! Daría todo esto para volver a tener a Suzanne.
La puerta se abrió.
—Con la mitad bastará, señor Gerbois.
Alguien se hallaba en el umbral: un hombre joven, elegantemente vestido, en quien el señor Gerbois reconoció enseguida al individuo que lo abordó en las inmediaciones de la tienda de compraventa, en Versalles. Dio un salto hacia él.
—¿Y Suzanne? ¿Dónde está mi hija?
Arsenio Lupin cerró la puerta con cuidado y, mientras se quitaba los guantes con el más exquisito de los ademanes, dijo al abogado:
—Mi querido amigo, nunca podré agradecerle bastante la buena voluntad con que ha consentido en defender mis derechos. No lo olvidaré jamás. Comparte esta página del libro con tus amigos El señor Detinan murmuró:
—Pero no ha llamado usted… No he oído la puerta…
—Los timbres y las puertas son cosas que deben funcionar sin que se oigan. Pero aquí estoy de todas formas, que es lo esencial.
—¡Mi hija! ¡Mi Suzanne! ¿Qué ha hecho usted con ella? —repitió el profesor.
—¡Por Dios, señor! Cuánta prisa tiene usted —dijo Lupin—. Vamos, tranquilícese. Sólo un momento más y su hija se hallará en sus brazos.
Se paseó por la estancia. Luego, con tono de gran señor que distribuye elogios, dijo:
—Señor Gerbois, le felicito por la habilidad con que ha actuado hace unos instantes. Si el automóvil no hubiese tenido esa avería absurda, nos hubiéramos encontrado sencillamente en la plaza de l’Etoile y se le hubiera evitado al señor Detinan la molestia de esta visita… En fin, estaría escrito. —Vio los dos montones de billetes y exclamó—: ¡Ah! Perfectamente. El millón está aquí… No perdamos tiempo. ¿Me permite…?
—Pero —objetó el señor Detinan, colocándose delante de la mesa— la señorita Gerbois no ha llegado todavía.
—¿Y qué? —¿Cómo? ¿Acaso su presencia no es indispensable?
—¡Comprendo, comprendo! Arsenio Lupin sólo inspira una confianza relativa. Se embolsa el medio millón y no devuelve el rehén. ¡Ah, mi querido amigo, yo soy un gran incomprendido! Porque el destino me ha obligado a realizar actos de naturaleza un poco… especial, se sospecha de mi buena fe…, ¡de mí!, ¡de mí, que soy el hombre del escrúpulo y de la delicadeza! Por otra parte, mi querido amigo, si tiene miedo, abra la ventana y llame. Hay una docena de policías en la calle.
—¿Lo cree usted?
Arsenio Lupin alzó un visillo.
—Creo al señor Gerbois incapaz de despistar a Ganimard… ¿Qué le decía? Ahí tiene usted a nuestro buen hombre.
—¿Es posible? —exclamó el profesor—. Sin embargo, le juro que…
—¿Que no me ha traicionado?… Claro que no, pero los policías son astutos. Mire: ahí veo a Folefant…, a Gréaume…, y a Dizzy…, ¡a todos mis buenos amigos!
El señor Detinan le miraba sorprendido. ¡Qué tranquilidad! Lupin se reía con risa feliz, como si se divirtiese con algún juego infantil, y como si no le amenazara ningún peligro. Esta indiferencia tranquilizó al abogado más aún que la presencia de la Policía. Se alejó de la mesa donde se encontraban los billetes de banco.
Arsenio Lupin cogió los dos paquetes, separó veinticinco billetes de cada uno y, alargando al señor Detinan los cincuenta billetes así obtenidos, le dijo:
—Los honorarios del señor Gerbois y los de Arsenio Lupin, mi querido amigo. Se los ha ganado con todo merecimiento.
—Ustedes no me deben nada —replicó el señor Detinan.
—¿Cómo? ¿Y todas las molestias que le hemos causado?
—¿Y todo el placer que he experimentado al procurarme esas molestias?
—Es decir, que usted no quiere aceptar nada de Arsenio Lupin. Ésta es la consecuencia de tener tan mala reputación —suspiró.
Alargó los cincuenta billetes al profesor.
—Señor, como recuerdo de nuestro feliz encuentro, permítame que le entregue esto: será mi regalo de boda para la señorita Gerbois.
El señor Gerbois cogió con avidez los billetes, pero protestó:
—Mi hija no se casa.
—No se casará si usted le niega su consentimiento. Pero desea ardientemente casarse.—¿Qué sabe usted de eso?
—Sé que los jóvenes tienen con frecuencia sueños sin la autorización de sus padres. Afortunadamente, existen genios buenos que se llaman Arsenio Lupin y que en el fondo de los secrétaires descubren los secretos de esas encantadoras almas.
—¿No ha descubierto en él otra cosa? —preguntó el señor Detinan—. Confieso que siento curiosidad por saber por qué ese mueble tiene tanto interés para usted.
—Razón histórica, amigo mío. Aunque, contrariamente a lo indicado por el señor Gerbois, no contenía más tesoro que el billete de la lotería…, y eso lo ignoraba yo…, lo deseaba y lo buscaba desde hacía mucho tiempo. Ese secrétaire, de madera de tejo y caoba, decorado con capiteles de hojas de acanto, fue encontrado en la discreta casita que habitaba en Boulogne María Waleswska, y lleva en una de sus gavetas la inscripción: «Dedicado a Napoleón Primero, emperador de los franceses, por su muy fiel servidor, Mandón», y encima estas palabras, grabadas a punta de cuchillo: «Para ti, María». A continuación, Napoleón mandó hacer una copia para la emperatriz Josefina…, de forma que el secrétaire que se admiraba en la Malmaison sólo era una copia imperfecta del que, desde ahora, forma parte de mis colecciones.
El profesor gimió: —¡Ay! ¡Si yo lo hubiese sabido en la tienda, con cuánta prisa se lo hubiera cedido a usted!
Arsenio Lupin dijo, riendo:
—Y habría usted tenido, además, la inapreciable ventaja de conservar para usted solo el número 514, serie 23.
—Lo cual no le habría obligado a raptar a mi hija, que ha sido la causa de todo este barullo.
—¿Cómo?
—Ese rapto…
—Pero, mi querido señor Gerbois, está usted en un error. La señorita Gerbois no ha sido raptada.
—¿Que mi hija no ha sido raptada?
—Claro que no. Quien dice rapto, dice violencia. Ahora bien: ha servido de rehén con su pleno consentimiento.
—¡Con su pleno consentimiento! —repitió el señor Gerbois, confundido.
—¡Y casi a petición suya! ¿Acaso una joven tan inteligente como la señorita Gerbois, y que además cultiva en el fondo de su alma una pasión inconfesada, iba a negarse a conquistar su dote? ¡Ah! Le juro, señor, que fue fácil hacerle comprender que no existía otro medio de vencer la obstinación de su padre.
El señor Detinan se divertía mucho. Objetó:
—Lo más difícil sería entenderse con ella. Es inadmisible que la señorita Gerbois se dejase abordar por usted.
—¡Oh! Por mí, no. No tengo el honor de conocerla. Fue una de mis amigas quien se brindó a entablar las negociaciones.
—La dama rubia del automóvil, sin duda —interrumpió el señor Detinan.
—Exactamente. Desde la primera entrevista en las cercanías del Liceo, todo estuvo arreglado. Después, la señorita Gerbois y su nueva amiga han viajado, visitando Bélgica y Holanda, de la manera más agradable e instructiva para una jovencita. Lo demás, ella misma se lo explicará…
Llamaron a la puerta del vestíbulo con tres golpes rápidos; luego, un golpe, y al fin, otro aislado.
—Es ella —dijo Lupin—. Amigo mío, si hace usted el favor…
El abogado se precipitó a la puerta.
Entraron dos jóvenes. Una se arrojó a los brazos del señor Gerbois. La otra se acercó a Lupin. Era de alta estatura, busto armonioso, rostro muy pálido, y sus cabellos rubios, de un rubio deslumbrante, se dividían en dos crenchas onduladas y muy sueltas. Vestida de negro, sin otro adorno que un collar de azabache con cinco vueltas, parecía, no obstante, de refinada elegancia.Arsenio Lupin le dedicó algunas palabras; luego, dirigiéndose a la señorita Gerbois y saludándola amablemente, le dijo:
—Le pido perdón, señorita, por todas sus tribulaciones; sin embargo, espero que no haya sido demasiado desgraciada…
—¡Desgraciada! Incluso habría sido feliz, si hubiese tenido a mi pobre padre.
—Entonces, todo va bien… Abrácelo de nuevo y aproveche la ocasión…, que es excelente…, para hablar de su primo.
—¿Mi primo?… ¿Qué quiere decir?… No comprendo…
—Pero sí, sí que comprende… Su primo Philippe…, ese joven cuyas cartas conserva usted tan celosamente…
Suzanne enrojeció, perdió su apoyo y, al fin, como le aconsejaba Lupin, se arrojó de nuevo a los brazos de su padre.
Lupin les dirigió una mirada enternecida.—¡Cuánto recompensa hacer el bien! ¡Conmovedor espectáculo! ¡Padre afortunado! ¡Hija feliz! ¡Y pensar que esta felicidad es obra tuya, Lupin! Estos seres te bendecirán más adelante… Tu nombre será piadosamente transmitido a sus nietos… ¡Oh, la familia, la familia!… —Se dirigió a la ventana—. ¿Seguirá ahí el pobre Ganimard?… ¡Le gustaría tanto asistir a estas encantadoras efusiones!… Pues no, no está ya… No hay nadie…, ni él ni los otros… ¡Diablos! La situación se agrava… ¡No sería nada extraño que estuvieran ya bajo el portal…, o en casa del portero…, o quizá en la escalera!…
El señor Gerbois hizo un movimiento. Ahora que le habían devuelto a su hija, le volvía el sentido de la realidad. La detención de su adversario significaría para él medio millón. Instintivamente dio un paso… Como por casualidad, Lupin se encontró en su camino. —¿Adónde va usted, señor Gerbois? ¿A defenderme contra ellos? ¡Muy amable! No se moleste. Además, le juro que ellos están más preocupados que yo. —Y continuó, reflexionando—: En el fondo, ¿qué saben? Que usted está aquí y, quizá, que la señorita Gerbois lo está también, porque han debido de verla llegar con una dama desconocida. ¿Pero yo? Ni lo sospechan. ¿Cómo iba a introducirme en una casa que registraron esta mañana desde el sótano a la buhardilla? No. Según todas las probabilidades, esperan cogerme al vuelo… ¡Pobrecitos!… A menos que adivinen que la dama desconocida ha sido enviada por mí y que la supongan encargada de realizar el cambio… En cuyo caso se apresurarán a detenerla a la salida…
Sonó un timbrazo.
Con gesto brusco, Lupin inmovilizó al señor Gerbois, y con voz seca, imperiosa, dijo:
—Quieto ahí, señor; piense en su hija y sea razonable, si no… En cuanto a usted, señor Detinan, tengo su palabra.
El señor Gerbois se quedó clavado en el sitio. El abogado no se movió.
Sin la menor prisa, Lupin cogió el sombrero. Un poco de polvo lo manchaba y lo cepilló con el revés de la manga. —Mi querido amigo, si alguna vez me necesita… —dijo, dirigiéndose al abogado—. Señorita Gerbois, mi enhorabuena y felicite en mi nombre al señor Philippe. —Sacó del bolsillo un pesado reloj con doble tapa de oro—. Señor Gerbois, son las tres y cuarenta y dos minutos; a las tres y cuarenta y seis les autorizo a salir de este salón… Ni un minuto antes de las tres y cuarenta y seis, ¿entendido?
—Pero entrarán a la fuerza —no pudo privarse de decir el señor Detinan.
—¡La ley lo protege, no lo olvide, mi querido amigo! Ganimard nunca se atrevería a violar el domicilio de un ciudadano francés. Tendríamos tiempo de echar una buena partida de bridge. Pero, perdóneme, parece que están un poco alterados los tres, y no quisiera abusar…
Puso el reloj sobre la mesa, abrió la puerta del salón y, dirigiéndose a la dama rubia, le dijo:
—¿Estás lista, querida amiga?
Se deslizó delante de ella, dirigió un último saludo, muy respetuoso, a la señorita Gerbois, salió y cerró la puerta tras él.
Y le oyeron decir, en el vestíbulo, en voz alta:
—Buenas tardes, Ganimard, ¿cómo le va, hombre? Déle mis cariñosos recuerdos a la señora Ganimard… Un día de éstos iré a que me invite a comer… Adiós, Ganimard.
Otro timbrazo, brusco, violento; luego, golpes seguidos y ruido de voces en el descansillo de la escalera.
—Las tres y cuarenta y cinco —balbució el señor Gerbois.
Tras algunos segundos, pasó resueltamente al vestíbulo. Lupin y la dama rubia ya no estaban allí.
—¡Papá!… ¡No hay que…! ¡Espera!… —exclamó Suzanne.
—¿Esperar? ¡Tú estás loca!… ¿Contemplaciones con semejante truhán?… ¿Y el medio millón?
Abrió.
Ganimard se precipitó dentro.
—¿En dónde está… esa dama? ¿Y Lupin?
—Allí…, allí…
Ganimard lanzó un grito de triunfo:
—Ya lo tenemos… La casa está cerrada.
El abogado Detinan objetó:
—¿Y la escalera de servicio?
—La escalera de servicio desemboca en el patio y no hay más que una salida: la puerta principal. Y la vigilan diez hombres.
—Pero él no entró por la puerta principal… Ni se irá por ella.
—¿Por dónde, entonces? —preguntó Ganimard—. ¿A través del aire?Descorrió una cortina. Un largo pasillo, que conducía a la cocina, se ofreció a sus ojos. Ganimard lo atravesó corriendo y comprobó que la puerta de la escalera de servicio estaba cerrada con doble vuelta de llave.
Desde la ventana llamó a uno de los policías:
—¿Nadie?
—Nadie.
—¡Entonces está en el piso!… —gritó—. ¡Están escondidos en alguna de las habitaciones!… Es materialmente imposible que hayan escapado… ¡Ah, mi querido Lupin, tú te has burlado de mí, pero esta vez es mi revancha!
A las siete de la tarde el señor Dudouis, jefe de la Sûreté, extrañado de no recibir noticias, se presentó en la calle Clapeyron. Interrogó a los policías que vigilaban el inmueble y luego subió al piso del señor Detinan, el cual lo condujo a su dormitorio. Allí vio un individuo o, mejor dicho, dos piernas que se agitaban, mientras que el cuerpo al que pertenecían se hallaba empotrado en las profundidades de la chimenea.
—¡Eh!… ¡Eh!… —gritaba una voz ahogada.
Y otra voz más lejana, procedente de lo más alto, respondía:
—¡Eh!… ¡Eh!…
El señor Dudouis exclamó, riendo: —¡Vaya, Ganimard! ¿Está usted aprendiendo el oficio de deshollinador?
El inspector se exhumó de las entrañas de la chimenea. Con el rostro ennegrecido, el traje cubierto de hollín, los ojos brillantes de fiebre, estaba irreconocible.
—Le estoy buscando —gruñó.
—¿A quién?
—A Arsenio Lupin… A Arsenio Lupin y a su amiga.
—¡Ah! Pero ¿cree usted que se esconden en el tubo de la chimenea?
Ganimard se levantó del suelo, aplicó sobre la manga de su superior cinco dedos color carbón y sordamente, rabiosamente, contestó:
—¿En dónde quiere usted que estén, jefe? Tienen que estar en alguna parte. Son seres como usted y como yo, de carne y hueso. Y no se volatilizan.
—No, pero se van de todas formas.
—¿Por dónde?… ¿Por dónde? ¡La casa está rodeada! Hay policías en el tejado.
—¿Y la casa de al lado?
—No hay comunicación con ella.
—¿Y los apartamentos de los otros pisos?
—Conozco a todos los inquilinos. No han visto a nadie. No han oído a nadie.
—¿Está usted seguro de conocerlos a todos? —A todos. El portero responde de ellos. Además, para más precaución, he apostado un hombre en cada uno de los apartamentos.
—No obstante, todavía hay que echarles el guante.
—Es lo que yo digo, jefe, es lo que yo digo. Hay que echarles el guante y se lo echaré, porque los dos están aquí… y no pueden escaparse. Tranquilícese, jefe: si no es esta tarde, será mañana… ¡Me acostaré aquí! ¡Me acostaré aquí!
Y se acostó allí aquella noche, y a la noche siguiente también, y a la otra… Y cuando transcurrieron tres días y tres noches completas, no solamente no había descubierto al escurridizo Lupin ni a su no menos escurridiza compañera, sino que no había encontrado el más pequeño indicio que le permitiese establecer la más ligera hipótesis.
Por esta razón, su primera suposición no había variado:
—¡Desde el momento en que no existe ningún rastro de su fuga es que están aquí! Tal vez, en el fondo de su conciencia, estuviese menos convencido. Pero no quería confesárselo. No, mil veces no. Un hombre y una mujer no se desvanecen como los genios malos de los cuentos infantiles. Y, sin desanimarse, continuaba sus registros y sus investigaciones, como si esperase descubrirlos, camuflados, en algún escondrijo impenetrable, incorporados a los ladrillos de la casa.
