Antonio de Acuña y Cabrera

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  Antonio de Acuña y Cabrera   Bienvenido a Gobernadores de Chile  

Gobernador de Chile entre 1650 y 1656

Francisco Antonio de Acuña Cabrera y Bayona (☆ España; 1597 -† Lima; 1662),. Militar español. Fue Gobernador, capitán general y presidente de la Audiencia del Reino de Chile entre entre 1650 y 1656. Nombrado caballero de Santiago.

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1597 Nació en Seseña, Toledo. Sobrino de Fernando de Fonseca Ruiz de Contreras, marqués de Pilla, que figuró en la Corte de Felipe IV como integrante de los Consejos de Gobierno. Soldado en las guerras de Flandes, sirvió en el Piamonte y en Lombardía.

1634

Ordenado caballero de Santiago en 1634.

Fue a las Indias como maestre de campo de la plaza del Callao, siendo el primero que —con nombramiento del Rey— ocupó ese cargo. También fue general de las Armas del Perú; maestre de campo de las milicias de Lima y, en 1649, corregidor de Sabana y Sabanillas. En Arequipa, contrajo matrimonio con María de Salazar Palavicino.

1649

El virrey conde de Salvatierra, que lo conoció en Europa, lo designó gobernador, capitán general y presidente de la Real Audiencia de Chile, en reemplazo de Martín de Mújica y Buitrón, el 9 de marzo de 1650, aduciendo que lo hizo por “la mucha opinión que merecen los servicios que en aquellas partes (Europa) hizo a S. M., y ha continuado en estas de las Indias...”.

1650 en Chile

  • 26 de marzo de 1650: Para llevar a cabo su misión en Chile, este día comenzó a levantar una compañía de infantería, la cual luego se embarcó en el Callao.
  • 4 de mayo de 1650: Este día llega a mares chilenos.
  • 7 de mayo de 1650. Este día llega a la ciudad de Concepción. El pueblo, que lo esperaba, lo acogió con salvas de artillería y el cabildo lo recibió, con una ceremonia solemne. Al desembarcar en Concepción, Acuña y Cabrera fue saludado con salvas de artillería y recibido solemnemente por el Cabildo de Concepción en el cargo de Gobernador. Su primer cuidado fue distribuir bastimentos y vestuarios a los cuerpos españoles que guarnecían los fuertes, e imponerse del estado de la guerra, que como casi todos sus antecesores, se proponía llevar a término definitivo. Los informes que recibió, aunque más o menos contradictorios, eran en general lisonjeros. Contábase que la gran mayoría de las tribus enemigas habían aceptado la paz, y que aquéllas que persistían en una actitud hostil, habían recibido severos escarmientos que las obligarían en breve a deponer las armas.

Una vez instalado en el gobierno, se dedicó a administrar la guerra.

El nuevo Gobernador se dejó persuadir fácilmente por estos informes, y creyó que los tratos pacíficos y el empleo de los medios de suavidad reducirían en breve a todos los indios a la más perfecta sumisión. Oyendo los consejos de algunos padres jesuitas, mandó que se suspendieran las malocas, o entradas en las tierras del enemigo, y que se pusiera en libertad algunos indios que estaban prisioneros. Las ilusiones de Acuña y Cabrera cobraron luego mayor cuerpo.

El capitán don Diego González Montero, que acababa de ser nombrado gobernador de Valdivia, le anunciaba que habían llegado a esa plaza algunos mensajeros de los indios del interior, de Calle-Calle y Osorno, a ofrecer la paz en nombre de sus tribus respectivas. Reunidos en parlamento en la iglesia de los jesuitas con todos los religiosos que allí había, con los militares de mayor graduación y con los caciques de los indios amigos, se había acordado comunicar esas proposiciones al Gobernador del reino como un signo de las felicidades que Dios le deparaba en el desempeño de su cargo»[1].

Ofrecimientos análogos a éstos habían hecho también los indios al gobernador de Chiloé; y, si bien esas manifestaciones debían inspirar muy poca confianza a los militares más experimentados en aquellas guerras, fueron recibidas con gran contento por Acuña y Cabrera y por sus consejeros.

Sin vacilar dispuso que el veedor del ejército Francisco de la Fuente Villalobos partiera de Concepción a desempeñar una misión semejante a la que había desempeñado bajo el gobierno de don Martín de Mújica y Buitrón, esto es, a convocar a todos los indios a un gran parlamento que se celebraría en el siguiente mes de enero para dejar establecida y sancionada la paz. Todas las providencias del gobernador Acuña iban encaminadas a aquietar a los indios por los medios más humanos y conciliadores para llegar a ese resultado.

A pesar de sus repetidas órdenes para que no se hiciesen malocas o correrías en los territorios enemigos, algunos de sus capitanes habían atacado con diversos pretextos a los puelches, que habitaban al otro lado de las cordilleras. Uno de ellos, don Luis Ponce de León, hizo en noviembre de ese año (1650) una entrada en las tierras de esos indios, y volvió con cuarenta y cuatro cautivos que debían ser vendidos por esclavos. El Gobernador, reprobando expresamente estas operaciones, dispuso que el padre Diego de Rosales partiese de Boroa a la tierra de los puelches para dar libertad a los cautivos y para demostrar a esos indios las ventajas de la paz que se les ofrecía. El padre Rosales desempeñó sin inconvenientes esta comisión, y volvió a Boroa en enero siguiente persuadido de que se acercaba el término de aquella larga y fatigosa guerra[2].

1651 Parlamento de Boroa

Había recibido informes bastante auspiciosos acerca de ella y, por eso, creyendo que pondría fin al ya largo conflicto, planificó un Parlamento de Boroa que se celebró el 24 de enero de 1651, después del cual el padre Diego de Rosales, testigo de él, escribió: “acabóse con gran regocijo de todos el juramento de las paces y fue este día el más festivo que se ha visto en Chile, por no haberse visto jamás, si no es hoy, todo Chile de paz, de Copiapó a Chiloé, sin que hubiese en todo el reino indio ni provincia de guerra”[3].

Detalles

Todo estaba listo para el solemne parlamento que debía celebrarse en Boroa. Comenzaban a llegar los indios, y se esperaba al Gobernador que debía presidir la asamblea. Acuña y Cabrera, sea por la confianza que le inspiraba el estado de las negociaciones, o porque quisiese dar a sus tropas una prueba de arrojo, ejecutó en esa ocasión un acto que los más experimentados de sus capitanes calificaron de insensata temeridad.

19 de enero de 1651: Mientras los tercios o divisiones de su ejército se preparaban para concurrir al Parlamento de Boroa, el Gobernador, sin comunicar sus propósitos ni a los españoles ni a los indios amigos, partía de incógnito, acompañado sólo por seis capitanes de su confianza, de la plaza de Nacimiento el 19 de enero, y penetraba resueltamente en el territorio araucano.

Un emisario suyo tenía prestos los caballos de remuda en un punto del camino. Galopando sin descanso dos días enteros y sin encontrar en ninguna parte enemigos que quisieran disputarles el paso, el Gobernador y su comitiva llegaron de improviso a Boroa, causando en los oficiales y soldados reunidos allí un sentimiento de sorpresa y de admiración por aquella aventura tan imprudente como audaz que pudo haber costado la muerte de los viajeros y nuevas complicaciones en todo el reino.

24 de enero de 1651: En el Parlamento los caciques allí reunidos hicieron de nuevo sus ofrecimientos de paz, y renovaron, como de costumbre, sus protestas de estar animados del más sincero deseo de respetarla siempre. El gobernador Acuña, por su parte, aceptando este ofrecimiento, propuso las condiciones estipuladas en las asambleas anteriores, y las amplió, además, con otras más francas y explícitas, que importaban casi claramente el sometimiento absoluto de los indios a la dominación del rey de España.

Debían renunciar definitivamente al uso de sus armas sino para auxiliar a los españoles, trabajar en las fortificaciones de éstos, dar paso por sus tierras a las tropas del Rey, facilitar por todos los medios las diligencias de los misioneros que fuesen a predicarles la religión cristiana, y reducirse a vivir como gentes pacíficas, consagradas a los trabajos agrícolas para la manutención de sus familias y del ejército.

Los indios, a quienes las promesas empeñadas en tales circunstancias no obligaban a nada, aceptaron estas condiciones, como habrían aceptado cualesquiera otras que les hubieran dejado algunos meses de suspensión de hostilidades para hacer sus cosechas y reponerse de los quebrantos anteriores.

El tiempo se iba a encargar en breve de desvanecer estas ilusiones.

Desligado de estas atenciones, Acuña y Cabrera se propuso visitar toda la región que estaban ocupando los españoles. Aunque al día siguiente de la celebración del parlamento llegaron a Boroa las tropas que habían salido de las fronteras del Biobío, el Gobernador mostraba tanta confianza en el resultado de aquellas paces, que se puso en viaje para Valdivia acompañado sólo por diez hombres, si bien tuvo cuidado de ocultar su partida a los indios.

Recibido ostentosamente en aquella plaza, recorrió, además, los otros fuertes inmediatos, desplegando en todo el mayor celo por el servicio del Rey, y una incansable actividad. Al fin, reuniéndose a sus tropas en Boroa, emprendió la vuelta a Concepción, persuadido de que el parlamento que acababa de celebrar marcaba la época de la pacificación completa del reino. Sin embargo, como es fácil suponer, apenas el Gobernador había vuelto las espaldas, recomenzaron las inquietudes de los indios, las pedencias entre unas y otras tribus y las alteraciones de algunas de ellas contra los españoles, excitadas por el espíritu turbulento de varios cabecillas y por la maldad de un desertor de Valdivia. El Gobernador de esta plaza tuvo no sólo que mantenerse en la más activa vigilancia sino que acudir con sus soldados a desarmar los nuevos gérmenes de insurrección.

En Santiago

30 de marzo de 1651: El gobernador Acuña llegó a Santiago y fue recibido aparatosamente por el Cabildo de Santiago, por la Audiencia y el vecindario, prestó el juramento de estilo y fue llevado enseguida a la Catedral de Santiago para asistir al Te Deum que el Obispo tenía preparado[4]. Fue aquél un día de gran fiesta para la ciudad después de los luctuosos meses que se habían sucedido al gran terremoto de mayo de 1647. Pero la satisfacción del Gobernador y del vecindario no duró largo tiempo. Un suceso inesperado, que importaba una pérdida considerable para el tesoro del Rey, vino a demostrar cuan infundadas eran las esperanzas que habían hecho concebir las paces de Boroa, y a producir de nuevo la consternación y la alarma.

1652 Los indios "Cuncos" asesinan a los náufragos de un buque que llevaba el situado a Valdivia.

Sin embargo, del parlamento, los indígenas, como era su costumbre, no cumplieron lo pactado.

21 de marzo de 1652, un barco, que conducía dineros a Valdivia, se estrelló contra los arrecifes de la costa y los indios “cuncos” que poblaban la costa, asesinaron a los náufragos sobrevivientes. Antes de salir de Concepción para Santiago, el Gobernador Antonio de Acuña y Cabrera había despachado para la plaza de Valdivia el buque que llevaba cada año el situado para el pago de la guarnición.

Arrastrado por un fuerte temporal de viento noreste, ese barco pasó más allá del puerto de su destino, y fue a estrellarse el 21 de marzo en los arrecifes de la costa del sur que poblaban los indios denominados cuncos.

Algunos de los tripulantes perecieron en el naufragio; pero el mayor número de ellos logró salir a tierra. Ocupábanse éstos en salvar la carga de la nave cuando se vieron rodeados por numerosos grupos de indios que se decían dispuestos a prestarles auxilio y a conducirlos a Valdivia por los caminos de tierra. Es posible que sus ofrecimientos fueran sinceros; pero estimulados por la codicia del botín, aquellos bárbaros cambiaron prontamente de propósito, y cayendo a traición sobre los náufragos, los asesinaron inhumanamente. Uno solo de ellos, que por hablar la lengua de los indios, fue perdonado en los primeros momentos, fue también asesinado pocos días después. Los salvajes se alejaron del sitio del naufragio, creyendo ocultar el crimen que acababan de cometer; pero las ropas, las telas y los demás objetos que se habían repartido fueron indicios suficientes para despertar las sospechas de las tribus vecinas, y para que llegara a los establecimientos españoles la noticia de aquel desastre.

No es posible fijar con toda exactitud el sitio del naufragio de esta nave. Don José Basilio de Rojas y Fuentes, escritor contemporáneo y casi siempre exacto, dice, en sus Apuntes históricos antes citados, que tuvo lugar a la latitud de 41º 30'. Según el padre Rosales, libro X, capítulo 9, fue «veinte leguas más abajo del puerto de Valdivia». Según Carballo, tomo II, capítulo 24, el naufragio ocurrió en el cabo denominado Punta Galera, a 39 kilómetros al sur de ese puerto; y esta designación, que creemos la más desautorizada, ha sido seguida por algunos historiadores posteriores. Lo que sabemos de positivo sobre el particular es que ese buque se destrozó en la costa vecina a la destruida ciudad de Osorno. Los indios cuncos habitaban al sur del río Bueno.

Represalias y castigo

Las represalias de los españoles no se hicieron esperar, todos estaban acordes en que era necesario darles un escarmiento a los indígenas, pero el gobernador dudaba de ese accionar.

Paralelamente el Ejército era conducido por los cuñados del gobernador, uno con el rango de maestre de campo y el otro con el de sargento mayor. Estos, no eran grandes capitanes y sólo deseaban valerse de la guerra para enriquecerse bajo el expediente de apresar indígenas y reducirlos a esclavitud.

En Santiago también el Gobernador había consultado el parecer de otros consejeros más legalmente autorizados: los oidores de la Real Audiencia. Las malocas o correrías en territorio enemigo, el abuso de apresar indios de todas edades y muchas veces pacíficos y extraños a la rebelión, para venderlos como esclavos, con violación de las leyes vigentes, habían llamado la atención de aquel alto tribunal, que atribuía a esos procedimientos el ser causa de la perpetuación de la guerra. En esta ocasión, reconociendo la necesidad de castigar a los autores del asesinato de los náufragos, se pronunció por que se evitara la repetición de aquellos horrores, y por que se conservase del mejor modo posible el estado de paz.

En virtud de todas estas resoluciones, los gobernadores de Valdivia y de Chiloé recibieron orden de entrar cada uno por su lado al castigo de los cuncos, absteniéndose de cometer hostilidades contra las otras tribus. Debían ambos proceder de acuerdo en todo, y reunirse en las orillas del río Bueno para combinar su acción. El capitán don Ignacio Carrera Iturgoyen, en efecto, partió de Chiloé con un cuerpo de tropas españolas y de indios auxiliares, y desembarcando en Carelmapu, avanzó hasta Osorno en el mes de noviembre. Los indios de aquella comarca, ya que no podían oponerle resistencia, lo trataron como amigo y, aun, entregaron a tres caciques que habían tomado parte principal en el asesinato de los náufragos. Los tres fueron condenados a la pena de garrote, y sus miembros descuartizados fueron colocados en escarpias en los campos vecinos para muestra del castigo. Después de recomendar a los indios las ventajas de conservar la paz, y de oír las protestas de éstos en el mismo sentido, Carrera Iturgoyen dio la vuelta a Chiloé sin haber logrado reunirse con el gobernador de Valdivia, don Diego González Montero.

Éste, sin embargo, había salido a campaña con doscientos soldados españoles; pero la mal encubierta hostilidad de los indios le había impedido llegar en tiempo oportuno a las orillas del río Bueno, y contribuir por su parte al resultado de aquella expedición. Las mismas tribus que en el parlamento de Boroa habían ofrecido no tomar las armas sino para auxiliar a los españoles contra sus enemigos, se negaban con diversos pretextos a acompañarlos en esta ocasión. González Montero se resignó a no contar con esos auxiliares; pero en su marcha fue, además, engañado por los falsos informes de algunos caciques que se le presentaban en son de amigos; y después de una fatigosa correría en que comenzó a sufrir la escasez de víveres, se vio forzado a regresar a Valdivia sin haber conseguido ningún resultado. Durante su ausencia, doce españoles habían sido asesinados a traición por los indios de la costa vecina a aquella plaza. Sus cabezas fueron repartidas en los diversos distritos de la región del sur como si se quisiera estimular un levantamiento general. A pesar de todo, la paz aparente se mantuvo por algún tiempo más[5]; pero no se necesitaba de una gran sagacidad para comprender que no podía ser de larga duración.

Afianzado en el poder y sometido a los designios de sus cuñados, los Salazar, el gobernador preparó una expedición a tierras indígenas que terminó en un enorme desastre en Río Bueno que costó la vida de varios oficiales, más de cien soldados españoles y cerca de cien indios auxiliares. La ineptitud del maestre de campo fue la causante de la derrota y pese al clamor de los capitanes, el gobernador no realizó un cambio en el mando.

Entusiasmados con la impunidad de sus actos y deseosos de acumular mayores riquezas, los Salazar —una vez más— convencieron al gobernador de realizar una nueva expedición para castigar a los indígenas.

La noticia de sus preparativos pronto encontró respuesta entre los auxiliares, que señalaban que esas entradas sólo tenían por objeto esclavizar a mujeres y niños o conducían a la muerte de los participantes. Vacilaciones de Acuña ante los consejos encontrados; recibe el título de gobernador propietario

De vuelta en Concepción

15 de enero de 1652: El gobernador Acuña, después de haber permanecido cerca de nueve meses en Santiago, se hallaba de vuelta en Concepción, en los momentos en que comenzaban a llegar las noticias del poco o ningún fruto sacado por las últimas expediciones. El castigo aplicado a los indios cuncos después del crimen cometido en marzo anterior, parecía irrisorio a los militares del ejército.

Sus parientes zanganos cholos peruanos

En su propia casa tenía Acuña y Cabrera consejeros más ardorosos y resueltos que no se alarmaban ante la idea de la renovación de la guerra, porque ésta podía ser beneficiosa para sus intereses. El Gobernador, hombre entrado en años, se había casado en el Perú con una mujer joven llamada doña Juana de Salazar, que ejercía sobre él un predominio ilimitado y absoluto. Los parientes de ésta, desprovistos de fortuna, pero no de pretensiones de nobleza, habían visto en la elevación de don Antonio de Acuña, el medio de llegar a un rango más elevado y de enriquecerse. Así, pues, al lado del Gobernador se fueron agrupando una hermana de su mujer, casada con un caballero que obtuvo un título de capitán; dos hermanos de ella, casados y pobres; otro hermano clérigo y algunos otros deudos. El Gobernador había mostrado una condescendencia infinita para servir a tan larga parentela. A poco de haber llegado a Chile dio el mando de la importante plaza de Boroa a uno de sus cuñados, a don Juan de Salazar, y poco más tarde lo elevó al alto rango de sargento mayor de las tropas del reino. El otro cuñado, don José, que vino del Perú en el puesto de capitán de la compañía de infantes que el Gobernador organizó en Lima, fue elevado al rango de maestre de campo general, con desaire de los militares que habían prestado largos servicios en la guerra de Chile. Parece que desde el principio ambos oficiales concibieron la esperanza de hacer fortuna, renovando las campañas contra los indios y sacando cautivos para venderlos por esclavos. No debe extrañarse que ellos y su hermana estimularan al Gobernador a proceder con mayor eficacia contra los cuncos, desde que las nuevas expediciones podían ser un negocio lucrativo.

Pero don Antonio de Acuña estaba sometido a sugestiones de otro orden. Conocemos su respetuosa deferencia a los consejos de los padres jesuitas, y sabemos que éstos se oponían firmemente a la renovación de las operaciones bélicas, persuadidos, a pesar de las amargas experiencias de cada día, de que los tratos de paz celebrados con los indios iban a producir en poco tiempo más la conversión de éstos al cristianismo y el reconocimiento de la soberanía del rey de España. Así, aunque encomendó al capitán Juan de Roa la represión de los nuevos atentados que cometiesen los indios, le impuso la orden de no desviarse de las instrucciones que le diesen los padres jesuitas.

Título de gobernador propietario

En estas vacilaciones del Gobernador entraba por mucho la debilidad incuestionable de su carácter; pero debía también influir la inconsistencia de un poder. Acuña y Cabrera desempeñaba el mando interinamente, por un nombramiento del virrey del Perú, pero, aunque con la recomendación de éste había pedido al soberano la confirmación de ese título y, aunque contaba con poderosos protectores en la Corte, era de temerse que saliera desairado en sus pretensiones. En efecto, cuando en España se supo que la muerte repentina de don Martín de Mújica y Buitrón había dejado vacante el gobierno de Chile, el Rey lo confió a don Pedro Carrillo Guzmán, militar prestigioso que en años anteriores había dirigido la guerra contra Portugal desde las fronteras de Galicia.

18 de mayo de 1652: Sea que éste no aceptara el puesto que se le ofrecía, o que por cualquiera otra causa no pudiera venir a Chile, Felipe IV, por cédula expedida el 18 de mayo de 1652, confirmó al mismo don Antonio de Acuña y Cabrera en la posesión de ese puesto por un período de ocho años.

1653 Desastre de los españoles en el río Bueno

Desde que el gobernador Acuña y Cabrera recibió el nombramiento real que consolidaba su poder, se vio más empeñosamente apremiado por las exigencias de aquéllos de sus consejeros que le recomendaban el castigo eficaz de los indios cuncos. No fue difícil a sus parientes el inclinarlo a preparar una expedición militar en la primavera de 1653.

«La codicia de las piezas (cautivos), y el deseo de hacer esclavos a los de esta nación, dice un escritor contemporáneo, fue lo que hizo poner el ejército en campaña y obligarle a recorrer setenta leguas»[6].

El Gobernador, juzgando que aquella situación lo autorizaba para declarar obligatorio el servicio militar a los vecinos encomenderos, como se practicaba en años atrás, impartió sus órdenes para ello, pero no obtuvo los contingentes que esperaba. Reducido a no poder disponer más que del ejército permanente, cuidó de equiparlo del mejor modo posible. En octubre hizo comprar cuatrocientos caballos en Santiago. Según el libro 14 del cabildo de Santiago, fojas 253, esos caballos fueron comprados a tres pesos cada uno. En otro acuerdo anterior, de 25 de febrero de 1650, se ve que en la capital se habían comprado vacas para el consumo del ejército, a catorce reales de a ocho en peso. Tales eran los precios a que habían llegado los ganados en esa época a consecuencia de su extraordinaria abundancia, con relación al escaso número de pobladores y al limitado comercio exterior del reino.

A principios de diciembre estuvo todo listo para la campaña. Las fuerzas expedicionarias, perfectamente equipadas, constaban de novecientos soldados españoles y de mil quinientos indios auxiliares, bajo el mando del maestre de campo don Juan de Salazar, instigador principal de la empresa.

Partiendo del fuerte de Nacimiento, los expedicionarios penetraron en el territorio araucano, y recorrieron sin graves inconvenientes todo el valle central hasta encontrarse el 11 de enero de 1554 a orillas del caudaloso río Bueno, que los separaba del territorio poblado por los cuncos. Estos indios, prevenidos de la expedición que se dirigía contra ellos, estaban sobre las armas, y habían acudido con sus mujeres y sus hijos a la orilla austral de aquel río para impedir el paso a los españoles, dejándose ver sólo los que estaban a caballo, y ocultándose los infantes en los bosques vecinos. No había allí vado posible. El maestre de campo que creía segura la victoria, y que esperaba recoger inmediatamente algunos centenares de cautivos, no se arredró por esta dificultad. Mandó hacer un puente de balsas de madera, amarradas entre sí por sogas y bejucos. Aquella construcción improvisada no tenía mucha solidez, y ofrecía, además, inconvenientes de otro orden que suscitaron las observaciones de los capitanes más experimentados del ejército. Manifestaron éstos que ese puente podía cortarse con el peso de la tropa; y que, por otra parte, siendo muy angosto, el paso del río no podía hacerse con la rapidez conveniente, de manera que las primeras compañías que llegasen a la orilla opuesta iban a perecer a manos de los indios sin que se les pudiera prestar socorro. Don Juan de Salazar no hizo caso de estas prudentes observaciones, y dio la orden de romper la marcha. Conociendo el peligro a que se les arrastraba, muchos soldados se confesaron para morir como cristianos.

Las previsiones de los que impugnaban esta operación se realizaron desgraciadamente. Los primeros soldados que pasaron el puente, en número de cerca de doscientos hombres entre españoles e indios auxiliares, al tomar tierra en la orilla opuesta, se vieron atacados por fuerzas mucho más numerosas, y tuvieron que sostener un combate desesperado sin poder recibir socorro de los suyos. Casi todos ellos perecieron a manos de los bárbaros, y los que se precipitaron al río esperando hallar su salvación, fueron arrastrados por la corriente o lanceados por los enemigos que los perseguían con el más encarnizado tesón.

A la vista de este fracaso, don Juan de Salazar mandó que los otros cuerpos de tropas acelerasen el paso del río; pero esta orden produjo una desgracia mayor. El puente, sea porque se dislocaran las balsas de madera que le servían de base o porque con el peso se cortaran las sogas o bejucos con que estaba ligado, se rompió repentinamente, precipitando al agua a casi todos los que lo iban atravesando en ese momento. Estas primeras operaciones militares importaban un verdadero desastre. El ejército expedicionario había perdido un sargento mayor, cuatro capitanes, varios oficiales inferiores, cien soldados españoles y cerca de doscientos auxiliares. La tropa que veía los dolorosos resultados de la inexperiencia y de la indiscreción de su jefe, perdió toda confianza en su propio poder. El maestre de campo, por su parte, perturbado por aquellos contrates, sin crédito ni prestigio ante sus propios soldados, se vio en la necesidad de disponer la vuelta de su ejército a la frontera del Biobío.

Esta larga y penosa marcha pudo hacerse sin dificultades. En ninguna parte de su camino hallaron los expedicionarios resistencias de los indios; pero al llegar a la frontera se levantó entre los oficiales más experimentados del ejército una verdadera tempestad contra el jefe incapaz y atolondrado que había dirigido la campaña. Acusábasele de ser autor de todas las desgracias, y se pedía casi sin embozo su separación del mando. El mismo Acuña y Cabrera se creyó en el deber de mandar levantar una información acerca de la conducta de su cuñado; pero, por los empeños y diligencias de doña Juana de Salazar, la esposa del Gobernador, los testigos llamados a prestar sus declaraciones, no sólo disculparon la conducta del maestre de campo sino que la aplaudieron empeñosamente, «pidiendo que se le encomendase mayor ejército para ir a recuperar su honra y castigar a fuego y hierro a los cuncos que nos habían hecho tanto daño»[7]. La información había sido una pura fórmula que sirvió sólo para glorificar oficialmente al cuñado del Gobernador.

1655 Levantamiento general de los indígenas el 14 de febrero de 1655

Este resultado estimuló la ambición y la codicia de los hermanos Salazar. Resueltos a enriquecerse con la venta de esclavos tomados en la guerra, redujeron al débil gobernador Acuña a disponer otra expedición al territorio de los cuncos para el verano siguiente[8].

Desde que se comenzaron a disponer los aprestos militares, se hicieron sentir los más alarmantes síntomas de inquietud entre los indios que hasta entonces se mantenían en paz con los españoles. Decían ellos que esas fatigosas expediciones a que se les obligaba a salir, y en que muchos hallaban la muerte, como había sucedido en la última campaña a río Bueno, no tenían más objetivo que tomar cautivos para enriquecerse con su venta. De todas partes llegaban al Gobernador avisos seguros de la inquietud y desconfianza en que vivían los indios. Don Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, el autor del Cautiverio feliz, comandante de la plaza de Boroa, comunicó en dos ocasiones que los indios de esa comarca estaban dispuestos a rebelarse si se renovaban las expediciones de esa naturaleza. Anuncios de la misma clase dieron otros capitanes que servían en otros fuertes; y hasta el gobernador de Chiloé avisó que los proyectos de rebelión se habían trascendido en aquellas islas. Hubo, aun, algunos indios amigos que informaron al Gobernador acerca de este estado de cosas; pero don Antonio de Acuña, bajo el predominio absoluto de sus parientes, se negaba a dar crédito a tales avisos. Doña Juana de Salazar y sus hermanos le habían hecho comprender que todo aquello era una simple intriga de algunos capitanes del ejército que querían impedir la proyectada expedición solamente porque debía mandarla el maestre de campo[9].

Mientras tanto se reunían en la plaza de Nacimiento las tropas expedicionarias. Formaban un cuerpo de dos mil cuatrocientos hombres, de los cuales sólo cuatrocientos, según unos, y setecientos, según otros, eran soldados españoles, y el resto indios auxiliares.

6 de febrero de 1655: Bajo las órdenes del maestre de campo don Juan de Salazar, rompieron la marcha este 6 de febrero. Sin ningún accidente desfavorable llegaron cinco días más tarde a la plaza de Boroa, cuyo comandante Bascuñán tenía orden precisa de reunirse a la columna expedicionaria con la mayor parte de las fuerzas de su mando.

12 de febrero de 1655: Sea porque no pudiera resistirse a creer los repetidos denuncios que se le daban del próximo levantamiento de los indios o porque quisiese tranquilizar los ánimos de los españoles acudiendo a un lugar en que pudiese dominar la insurrección, el gobernador Acuña había salido de Concepción el 12 de febrero y había ido a establecerse a la plaza de Buena Esperanza, situada donde se levanta ahora el pueblo de Rere. Había allí un buen destacamento de tropas españolas, cuarteles regularmente defendidos, algunas casas y un extenso convento de jesuitas con su iglesia.

14 de febrero de 1655: Habían avanzado hasta cerca del fuerte de la Mariquina, cuando el 14 de febrero fueron sorprendidos por una noticia que venía a desbaratar todos los planes del Gobernador y de sus parientes. Los indios habían preparado artificiosamente un gran levantamiento de toda la población indígena de la vasta extensión de territorio que se dilata desde Osorno hasta el río Maule. Ese levantamiento debía estallar en un día dado en todas partes a la vez, para tomar a los españoles de sorpresa y no darles tiempo de reconcentrar sus fuerzas y de oponer una resistencia eficaz. La inercia y la ceguera del Gobernador, habían permitido la preparación de estos planes de los indios; y la salida a campaña de toda la parte móvil del ejército, iba a facilitar su ejecución.

El domingo 14 de febrero el Gobernador acababa de oír misa, cuando comenzaron a llegar de todos lados los españoles fugitivos, hombres, mujeres y niños, que se habían salvado del saqueo y de la destrucción de las estancias vecinas. La tropa se puso sobre las armas, hizo varias salidas por los campos inmediatos, y si algunas partidas fueron rechazadas por los indígenas sublevados, otras tomaron prisioneros unos veinte indios yanaconas o de servicio. Todos ellos fueron inhumanamente asesinados a hachazos y estocadas como culpables del delito de traición, concediéndoles, sin embargo, la gracia de que los confesaran los padres jesuitas. En la noche se recibieron noticias más cabales del levantamiento de los indígenas. Un acreditado capitán español llamado Domingo de la Parra, había sido sorprendido en su estancia y tomado prisionero por los sublevados; pero logró escaparse de sus manos, y llegaba a Buena Esperanza comunicando que la insurrección parecía general. Esta plaza podía defenderse perfectamente contra los indios. Tenía una guarnición regular y abundantes municiones, y no le faltaban víveres para soportar un sitio que no podía ser largo. Pero el gobernador Acuña, sea que quisiera correr a la defensa de Concepción, como él mismo decía, o que pensara sólo en poner en salvo su persona, como dijeron sus acusadores, resolvió en el acto evacuar aquella plaza.

En efecto, en la madrugada de este 14 de febrero estalló como una mina la formidable insurrección. Los indios de servicio, levantándose simultáneamente contra sus amos, atacaron de improviso las casas de las estancias, mataban a los hombres, apresaban a las mujeres y a los niños, robaban los ganados, incendiaban las habitaciones y corrían a reunirse con los otros grupos de sublevados para caer sobre los fuertes en que estaban acuarteladas las guarniciones españolas. Más de cuatrocientas estancias situadas entre los ríos Biobío y Maule fueron destruidas y asoladas en pocas horas. Las pérdidas sufridas por los encomenderos de esa región, fueron avaluadas más tarde en ocho millones de pesos[10].

En el mismo día, los otros establecimientos españoles, las aldeas y los fuertes se vieron acometidos por los indios. La insurrección era general y formidable. Las tropas, además, se hallaban desprevenidas, y su distribución en los diferentes establecimientos, no era tal vez la más favorable para dominar aquella tempestad. Sin embargo, si esos diversos destacamentos hubiesen estado mandados por capitanes de experiencia y de resolución, y si la dirección general de la resistencia hubiese corrido a cargo de un militar de buen temple, como el que habían poseído algunos de los antiguos gobernadores de Chile, la insurrección habría sido vencida antes de mucho. Pero, como vamos a verlo, parecía que todo se había conjurado para hacer más terrible la situación y más inminente el desastre.

Los españoles abandonan los establecimientos que tenían en el distrito de Concepción y arrancan a la ciudad

15 de febrero de 1655: Aquella operación fue un verdadero desastre. Al amanecer de 5 de febrero, salieron de la plaza cerca de tres mil personas que se habían reunido allí, soldados, religiosos, mujeres y niños, sin más bagajes que los que podían cargar en sus brazos. Unos iban a caballo; pero los más emprendían la marcha a pie.

El padre jesuita Domingo Lázaro llevaba en sus manos el Santísimo, dando a aquella jornada el carácter de una procesión religiosa, y poniendo la suerte de los fugitivos bajo la protección del cielo. Por fortuna, no tuvieron que experimentar en el camino ninguna contrariedad. Cuando después de cerca de dos días de la más penosa marcha llegaron a las inmediaciones de Concepción, el pueblo, que se hallaba en la mayor alarma, salió a recibirlos con las muestras de la más respetuosa veneración. La plaza de Buena Esperanza, donde quedaban abandonadas abundantes municiones, las ropas y muebles de sus pobladores y la iglesia de los jesuitas con todos sus ornamentos e imágenes, fue ocupada por los indios pocos días después; y habiéndola saqueado completamente, le prendieron fuego destruyendo la iglesia, las casas y los cuarteles[11].

Otra vez los cobardes parientes peruanos, dejan a la merced de los indios mujeres y niños

Pero en otros puntos, los desastres de los españoles fueron mucho más trágicos y dolorosos. La importante plaza de Nacimiento, colocada en una situación favorable para su defensa en la confluencia de los ríos Vergara y Biobío, estaba bajo el mando inmediato del sargento mayor don José de Salazar, cuñado del Gobernador. Su guarnición, compuesta de más de doscientos hombres, rechazó felizmente los primeros ataques de los indios; pero el comandante Salazar creyó que prolongándose el sitio, podrían faltarle los víveres y las municiones; y para sustraerse a este peligro, determinó evacuar la plaza, esperando llegar con sus tropas y sus armas a reunirse con el destacamento establecido en Buena Esperanza. La retirada debía efectuarse por el Biobío en una balsa grande y dos barcas o lanchones, que allí servían para el paso de una ribera a otra.

Fue inútil que algunos de los suyos le representasen los inconvenientes de este viaje. Era aquella la estación menos propicia para emprenderlo. Como sucede siempre en la segunda mitad del verano, cuando escasean las lluvias y cuando ha disminuido el derretimiento de las nieves de la cordillera, el río arrastraba muy poca agua, y las embarcaciones corrían riesgo inminente de encallarse a cada paso en los bancos de arena. El sargento mayor Salazar, sin querer oír estas razones, mandó embarcar toda la gente de la plaza, hombres, mujeres y niños, así como las armas y municiones, y emprendió su retirada siguiendo la corriente del río. Cerca de cuatro mil indios lo siguieron por ambas orillas, esperando que se presentase el momento oportuno para caer sobre los fugitivos.

No tardó en realizarse la catástrofe prevista. Las embarcaciones encallaron algunas veces, pero pudieron seguir su viaje hasta el punto en que el Biobío recibe las aguas del Laja y donde se había levantado el pequeño fuerte de San Rosendo, entonces abandonado. Los fugitivos se proponían desembarcar en este sitio para reunirse a la guarnición de Buena Esperanza. Al saber que esta plaza había sido evacuada, les fue forzoso resignarse a seguir el viaje hasta Concepción por más dificultades que presentase esta empresa. Para aligerar las embarcaciones, a fin de salvarlas de que continuasen encallándose en los bandos del río, el sargento mayor mandó arrojar al agua una gran parte de los bagajes y de las armas, y ordenó o, a lo menos, toleró un acto de la más inaudita inhumanidad. Muchas

de las mujeres y de los niños que habían salido de Nacimiento, fueron dejados en tierra, donde debían ser presa de los indios sublevados que seguían las embarcaciones. «Fue acerba la elección, terrible la ejecución y lacrimosa su inspección», dice el cronista Córdoba y Figueroa al referir este inhumano sacrificio, que, como vamos a verlo, fue absolutamente estéril. Según el padre Olivares, Historia de los jesuitas, p. 105, las mujeres abandonadas de esa suerte, eran cerca de 400.

En efecto, las embarcaciones no alcanzaron a llegar a la mitad de su camino. Enfrente del fuerte abandonado de Santa Juana, encallaron en un banco, de donde fue imposible desprenderse. «Era tan poca el agua, dice otro cronista, que ni para navegar un corcho era suficiente». «Viendo inmóviles a los españoles, refiere Córdoba y Figueroa, se vinieron los indios (que los seguían desde Nacimiento) al abordaje a caballo por su izquierda y derecha. Defendíanse aquéllos; y para recrecer su turbación, se pegó fuego una botija de pólvora. Por fin, de muertos y prisioneros no se exceptuó ninguno de doscientos cuarenta hombres que venían. El cobarde peruano y sargento mayor, mal herido, se echó al río, donde se ahogó con el capellán»[12].

Esto me parece dudoso pues, los cronistas relatan que "el rio no traía agua ni para hacer flotar un corcho", entonces diganme ustedes, ¿como se pudieron ahogar el cobarde sargento mayor Salazar y el capellán?[13].

El resto de la zona

Algunos de los otros establecimientos españoles del distrito de Concepción fueron igualmente abandonados por sus defensores, venciendo éstos dificultades más o menos considerables y, aun, con algunas desgracias, sobre todo el Talcamávida y el Colcura; pero sin experimentar en ninguna parte desastres semejantes al que acabamos de referir. Los más importantes de esos establecimientos eran la ciudad de Chillán y la plaza de Arauco, y ambos habían sido atacados en los primeros días de la insurrección.

El capitán Tomás Ríos y Villalobos, corregidor de Chillán, puso sobre las armas la gente de que podía disponer, y resistió del mejor modo posible el primer asalto que dieron los indios una mañana al amanecer. Pero confiando más en la protección del cielo que en el poder de sus soldados, y viendo que los ataques del enemigo se repetían sin cesar, hizo colocar en la plazuela de San Francisco, y a corta distancia de sus trincheras, una imagen de la Virgen María, de la cual se esperaba que operaría un milagro. Mas, cuando vieron que los indios, más arrogantes a cada momento, dirigían sus flechas contra la sagrada imagen sin que se verificasen los prodigios que se aguardaban, los pobladores de Chillán se creyeron abandonados por el cielo, persuadiéndose de que eran impotentes para sobreponerse a los bárbaros que los atacaban.

La plaza de Arauco se halló en una situación más aflictiva todavía. El capitán don Pedro Bolea, que mandaba en ella, fue estrechamente sitiado por numerosos cuerpos de indios, contra los cuales apenas podía mantenerse a la defensiva. Sus víveres, además, eran escasos, y antes de mucho tiempo estaban a punto de agotarse. Su situación llegó a hacerse tanto más difícil y angustiada cuanto que sólo un socorro venido de lejos podía salvarlo a él y a los suyos de un espantoso desastre.

Deposición del gobernador Acuña y Cabrera, y elección del veedor Francisco de la Fuente Villalobos

A Concepción llegaban hora a hora las noticias de estas desgracias llevadas por los mismos fugitivos que iban a buscar asilo contra la saña implacable de los indios. Esta misma ciudad se vio antes de muchos días seriamente amenazada por la general sublevación de toda la comarca. Partidas de indios tan insolentes como resueltos, practicaban sus correrías en las inmediaciones, y a veces penetraban por las calles hasta dos cuadras de la plaza, apresando como cautivas a las mujeres que encontraban a su paso, y ejerciendo otras depredaciones. Era tal el estado de alarma de sus pobladores, que abandonando todas las habitaciones que no estaban en el centro de la ciudad, se redujeron a vivir en la plaza y en los edificios de sus contornos, construyendo, además, chozas provisorias para albergarse.

En medio de las angustias de aquella situación, se oían por todas partes las quejas mal encubiertas contra el gobernador Acuña y contra los Salazar, a quienes el pueblo acusaba de ser los verdaderos autores de tantas desgracias. Se les atribuía el haber provocado por su codicia el levantamiento de los indígenas, y se les reprochaba el no haber tomado ninguna medida oportuna para evitarlo o para reprimirlo. El abandono de la plaza de Buena Esperanza, que había enorgullecido a los indios y dejádolos en estado de caer con mayores fuerzas sobre Concepción, era considerado un acto de culpable cobardía del Gobernador. Pero el desastre de las fuerzas que se retiraban de la plaza de Nacimiento produjo una indignación mucho mayor. Con razón o sin ella, se forjaban los más terribles cargos contra el jefe de esas fuerzas. Contábase, dice el cronista Córdoba y Figueroa, «que don José de Salazar distribuyó porción de dinero entre varios soldados para que se lo trajesen, y que esto estorbó la ofensa y defensa por estar gravados de su peso». La excitación era más violenta cada hora no sólo contra el Gobernador y su familia sino contra sus parciales y consejeros, y en particular contra el doctor don Juan de la Huerta Gutiérrez, oidor de la audiencia de Santiago, que se hallaba en Concepción desempeñando una visita judicial. El sargento mayor don José Cerdán, que mandaba las tropas de la ciudad, conoció el peligro de una conmoción popular, y por medio de un religioso franciscano trató de dar aviso de todo al gobernador Acuña para que se pusiera en guardia[14].

20 de febrero de 1655: Pero no había remedio posible contra la efervescencia general de los ánimos. El sábado 20 de febrero, el Cabildo y el pueblo de Concepción acudían en tumultuoso tropel a la casa en que tenía su residencia el Gobernador, llevando casi todos las espadas desnudas, y lanzando los gritos alarmantes y amenazadores de: ¡viva el Rey!, ¡muera el mal Gobernador!

Don Antonio de Acuña, favorecido en esos momentos por uno de los oficiales reales, don Miguel de Cárcamo y Lastra, apenas tuvo tiempo para retraerse al fondo de su casa; y saliendo por una puerta excusada, pasó a buscar un asilo en el vecino convento de jesuitas. Uno de los cuñados, el clérigo Salazar, llegó a reunírsele poco más tarde, saltando unas tapias y huyendo también del odio popular contra toda su familia. El doctor don Juan de la Huerta Gutiérrez, amenazado igualmente por la insurrección, había encontrado su salvación en el convento de San Juan de Dios. El pueblo habría querido arrancarlos de esos asilos; pero los fugitivos hallaron en ellos protectores decididos que supieron ocultarlos hábilmente en los momentos más críticos de la excitación revolucionaria.

Renuncia al mando

Instalados en la casa del Gobernador el Cabildo y los vecinos más caracterizados de Concepción, y habiendo enarbolado el estandarte real, para que se entendiese que obraban en servicio del Rey, se trató de designar la persona que debiera tomar el mando. Aquella asamblea pudo resolver este negocio sin desorden y sin grandes dificultades. La intervención de algunos clérigos y frailes para evitar los excesos de la irritación popular, había tranquilizado un poco los ánimos. Los padres jesuitas, por su parte, redujeron al gobernador Acuña a hacer por escrito la renuncia del mando, como el único medio de salvar su vida.

Simplificada así la situación, los capitulares y vecinos de Concepción, proclamaron Gobernador al veedor general del ejército, Francisco de la Fuente Villalobos, uno de los vecinos más respetables y acaudalados de la ciudad, y muy conocedor de los negocios administrativos y militares de Chile por servir en este país desde 1605. Muchas personas deseaban que el elegido fuera el maestre de campo Juan Fernández de Rebolledo, militar de gran experiencia y de notorio prestigio, que, sin embargo, vivía en Concepción alejado del servicio; pero la mayoría prefirió a De la Fuente Villalobos por razones que explican el abatimiento de los ánimos y la poca confianza que los españoles tenían en su poder militar.

«El Gobernador designado era, dice el cronista Olivares, hombre tenido por todos por de gran celo del servicio de su Rey, que había trabajado mucho en la pacificación y de quien esperaban que por el amor que todos le tenían, se aquietasen los indios, viendo que quien tanto los había agasajado, era Gobernador, y dejarían el proseguir el alzamiento que todavía tenía mucho remedio».

El veedor general aceptó el mando con repugnancia. Su edad avanzada, el quebrantamiento de su salud y, más que todo, el religioso respeto que profesaba a la autoridad del Rey y de sus delegados, lo habían mantenido lejos de las maquinaciones que produjeron la deposición del Gobernador; pero aclamado por el pueblo, y persuadido de que era un deber de leal vasallo del soberano el contribuir al restablecimiento del orden y a la recuperación del reino, aceptó el difícil puesto que se le ofrecía. Su primer acto fue el comunicar a la audiencia de Santiago los graves sucesos que acababan de tener lugar, y su elevación al mando.

Sin descuidar las providencias militares para la defensa de la ciudad, se contrajo a entablar negociaciones con los indios sublevados, profundamente persuadido de que la bondad que siempre había demostrado por ellos les haría comprender ahora que debían tener confianza en el cumplimiento de las promesas que se les hiciesen. «Mas como estaban tan encarnizados y tan recelosos del perdón por los muchos daños y atrocidades que se habían cometido, agrega el cronista Olivares, no vino el remedio que se deseaba, y prosiguió la guerra»[15]. Las inútiles diligencias que hizo el veedor Villalobos para apaciguar a los indios, fueron censuradas por los militares más experimentados de Concepción, y más tarde dieron origen a serias acusaciones contra su conducta.

† Su muerte en 1662

El causante del desastre, Acuña y Cabrera, retirado en Lima, falleció en 1662.

Precedido por: Alonso de Figueroa y Córdoba Gobernador del Reino de Chile 1650-1656 Sucedido por: Pedro Porter Casanate


Fuentes y Enlaces de Interés

  1. Carta de González Montero al gobernador Acuña, Valdivia, julio 10 de 1650, insertada por el padre Rosales, en el libro X, capítulo 3 de su Historia jeneral.
  2. El padre Rosales ha contado prolijamente este viaje y todos sus accidentes en el libro X, capítulo 4 de su obra.
  3. Rosales, obra citada, libro X, capítulo 5. Allí ha reproducido extensamente las bases de esta negociación, que por el ningún resultado que dieron no vale la pena que las detallemos con mayor amplitud.
  4. Don Miguel Luis Amunátegui ha publicado en las pp. 425-428 de La cuestión de límites, el acta del recibimiento del gobernador Acuña. Como las casas reales habían sido destruidas por el terremoto, la Audiencia había preparado para hospedarlo convenientemente la casa de una señora principal llamada doña Antonia Aguilera y Estrada.
  5. Rosales, Historia jeneral, libro X, capítulo 10 y 11. Con estos sucesos se termina la parte que se conserva de la obra del padre Rosales, mutilada, al parecer, de los últimos capítulos en que el autor debía contar los graves sucesos en cuya narración vamos a entrar nosotros, y acerca de los cuales recogió, sin duda, como contemporáneo, noticias que habría sido útil conocer. Limitándonos a recordar aquí la falta de este guía en la relación de los hechos que siguen, dejamos para un capítulo especial sobre los escritores de esta época, la apreciación de la obra del padre Rosales y de los servicios que puede prestar al historiador.
  6. Don Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, Cautiverio feliz, disc. IV, capítulo 13, p. 343. El Virrey, conde de Salvatierra, tuvo informes de los procedimientos de los cuñados del gobernador de Chile, y en dos ocasiones escribió a éste que los enviara al Perú, ofreciéndose a acomodarlos ventajosamente en aquel país. Los hermanos Salazar prefirieron quedarse en Chile, donde esperaban enriquecerse en poco tiempo.
  7. El historiador don José Pérez García, de quien copiamos estas últimas palabras, Historia de Chile (inédita) libro XIX, capítulo 5, cita en su apoyo en este pasaje la historia manuscrita de don Antonio García, que no ha llegado hasta nosotros. A juzgar por las citaciones que allí hallamos, parece que este último estaba muy bien informado sobre esos sucesos. Por lo demás, el resultado de la información mandada levantar por el Gobernador, ha sido referido por los otros cronistas.
  8. Acerca de los productos pecuniarios de estas expediciones, hallamos las siguientes noticias en un curioso informe dado en Lima en octubre de 1656 por el capitán Diego de Vivanco. «Desde luego, dice, conviene mucho quitar los abusos que tiene establecido aquella guerra en la esclavitud de los indios en que mayormente ha consistido su duración por el gran interés que se les ha seguido y sigue a las cabezas que gobiernan, que son las del Gobernador, maestre de campo general y sargento mayor, porque de las corredurías y malocas que se hacen al enemigo es mucha la codicia de las piezas (cautivos) que se cogen en ellas; y las que menos valor tienen, que son los indios, se venden por más de cien pesos, y cada mujer y muchacho a más de doscientos, y los que no llegan a diez años, que llaman de servidumbre, también a más de cien; y mayormente acontece cogerlos nuestros indios amigos, porque van por guías y llevan la vanguardia, y así hacen más presto la presa que los españoles, y se les paga a veinte pesos cada una, sin poderlas vender a otras personas que las referidas; y del número de estas piezas le toca al maestre de campo y sargento mayor a veinte por ciento de ellas y los demás restantes al Gobernador, con que clara y advertidamente se verifica que estando este gran interés de por medio, no se ha de tener otro fin más que el pretender que dure la guerra».
  9. Los cronistas de la Compañía de Jesús, al contar estos sucesos, refieren que la gran insurrección de los indios en 1655, fue anunciada por fenómenos prodigiosos y sobrenaturales, pero que el Gobernador y sus consejeros no se aprovecharon de estos avisos del cielo. El padre Miguel de Olivares enumera estos portentos en los términos que siguen: «Envidioso el demonio de la guerra que los ministros del Señor le hacían en las reducciones de Buena Esperanza (Rere), comenzó a sembrar la discordia trazando el que los indios se alzasen para estorbar el fruto que los indios iban cogiendo... No faltaron avisos del cielo con que parece quiso avisarnos guardásemos y previniésemos los daños y aplacásemos la justa indignación de Aquél a quien teníamos ofendido. Lo primero, se vio aquí un cometa que no dio poco que discurrir; pero no quisieron dar en el punto o no acertaron, porque eran muchos los pecados que Dios quería castigar. Viéronse en este partido tanta infinidad de papagayos que destruyeron las sementeras, cosa que nunca se había visto, que aunque siempre los hay, mas con tanta abundancia y multitud y con tanto daño de los panes bien se conoció que era plaga. Viose también venir de la tierra del enemigo un culebrón de notable grandeza y figura, que se encaminaba a las nuestras, que sin duda sería el demonio que mostraba que él había de capitanear a todos los indios contra los españoles, como contra las iglesias y cosas sagradas». Olivares, Historia de los jesuitas en Chile, pág. 103.
  10. Entre los documentos relativos a estos sucesos enviados a España por el virrey del Perú en 1658, encontré una exposición de los jesuitas de Chile en que asientan que el levantamiento de los indios en 1655, les irrogó una pérdida de 224.000 pesos, por la destrucción de los edificios, plantaciones y ganados que tenían en sus estancias de aquella parte del territorio de Chile. Es posible que en esta cifra haya alguna exageración; pero de todas maneras, ella nos da una idea de las inmensas riquezas que los jesuitas habían acumulado en los primeros sesenta años de su establecimiento en Chile.
  11. El padre Olivares que con más extensión y con mejores datos que los otros cronistas, ha contado todos estos hechos en el capítulo 2 de su Historia de los jesuitas, ha destinado el § 6 a referir el saqueo e incendio de la plaza de Buena Esperanza. Cuenta allí con un candor admirable los más sorprendentes prodigios. Un crucifijo de madera, herido en el costado por la lanza de un indio, arrojó un torrente de sangre. Una imagen de la Virgen dirigió palabras de suave reproche a un indio que quería derribarla del altar; y como otro indio diese una bofetada a aquella imagen, Dios le secó inmediatamente el brazo. El padre Olivares refiere que sobre todos estos prodigios se levantaron informaciones, por lo cual quedaron reconocidos como verdad incuestionable.
  12. Córdoba y Figueroa, Historia de Chile, libro V, capítulo 15.
  13. Historiador y escritor M. A. Ducci
  14. cervantesvirtual/Historia General de Chile /Tomo IV
  15. Olivares, Historia de los jesuitas, p. 215.
  • D. Rosales, Historia General del Reino de Chile. Flandes Indiano, Valparaíso, 1877.
  • J. T. Medina, Diccionario Biográfico Colonial, Santiago, Imprenta Elzebiariana, 1906
  • F. A. Encina, Historia de Chile, Santiago, Ed. Nascimento, 1940
  • J. L. Espejo, Nobiliario de la Capitanía General de Chile, Santiago, Ed. Andrés Bello, 1956
  • A. Ovalle, Histórica Relación del Reyno de Chile, Santiago, 1969
  • S. Villalobos, Historia del pueblo chileno, tomo IV, Santiago, ed. Universitaria, 2000
  • Diego Barros Arana, Historia General de Chile, Santiago, Editorial Universitaria/Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2000.
  • Presidentes de Chile
  • Parlamento de Boroa 1651
  • Pedro de Valdivia
  • Pedro Porter Casanate

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