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Alice Meyer Abel

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Alice Meyer Abel
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Presentación

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Alice Meyer Abel (Santiago, -† 15 de diciembre de 1985) una bella joven de 25 años de edad, de ascendencia alemana, deportista y de clase alta, fue hallada sin vida en un canal de regadío en la comuna de Lo Barnechea.

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Contenido

El miércoles 18 de diciembre de 1985 las páginas policiales de los diarios de la capital informaron de un alevoso crimen cometido en el solitario sector rural de Lo Barnechea. El día anterior, los policías habían descubierto en un canal de regadío el cuerpo sin vida de Alice Meyer Abel, una joven de 24 años de ascendencia alemana, hija del dueño del restaurant “Munchen”, ubicado en el sector alto de Santiago.

Las primeras indagaciones establecieron que la muchacha, cuyas ropas interiores estaban desgarradas, había fallecido por un fuerte golpe en el cráneo. Las pesquisas se inclinaron entonces por lo más obvio, es decir, que se trataba de un robo con violación, algo bastante extraño tomando en cuenta que Alice Meyer fue encontrada con todos sus objetos de valor, incluida la moto en la que se movilizaba.

Los interrogatorios de los policías a varios testigos establecieron posterior y fehacientemente que la joven había sido vista por última vez con vida acompañada de un hombre fornido y de bigotes. Sin embargo, el 26 de diciembre de 1985, sería encontrado un segundo cadáver en los mismos cerros de Lo Barnechea, también relacionado con el caso. Se trataba de Delfín Díaz, un flaco y joven drogadicto asiduo a esos solitarios parajes, quien fue encontrado ahorcado pendiendo de un árbol y, casualmente, portando un reloj de la víctima. La Brigada de Homicidios de Investigaciones, encabezada por su director Fernando Paredes, aseguró entonces que el caso estaba resuelto y que Díaz era el supuesto asesino de la muchacha (los detectives aseguraron que éste se había suicidado al no poder soportar el cargo de conciencia por haber matado a la joven).

Familia niega la versión

La familia de Díaz negó enfáticamente esta versión, al igual que el juez del 12º Juzgado del Crimen, Fernando Soto Arenas, quien ordenó proseguir las diligencias. El OS-7 de Carabineros, tras mucho investigar, dio por fin con el misterioso hombre fornido de bigotes que acompañó a Alice Meyer antes de su muerte. Se trataba de Mario Santander Infante, un próspero empresario conocido de la familia Meyer y quien además fue reconocido en la rueda de testigos. En abril de 1986 Santander fue encargado reo como presunto autor de la muerte de la joven, y encerrado en la ex Penitenciaría.

En el intertanto apareció en escena otro actor: José Contreras Araya, amigo del fallecido Delfín Díaz y conocido como “Topo Gigio”. Contreras, quien solía aspirar neoprén con Díaz en los cerros y descampados de Barnechea y junto al mismo Díaz acostumbraban espiar desde los arbustos a las parejas de enamorados que llegaban al lugar en busca de intimidad, relató que había visto cómo supuestamente Santander había intentando abusar sexualmente de Alice Meyer y, al no conseguirlo, la había golpeado hasta hacerla perder el conocimiento. Este hecho, según Contreras, llevó a su amigo a extorsionar al empresario, descartando su suicidio, aunque su relato nunca convenció del todo a la justicia.

Luego de varias pericias a las que el juez Soto Arenas se negó, la defensa de Santander acusó al magistrado de prevaricación. Esto significó que el caso pasara a la ministra en visita Raquel Camposano, quien el 24 de junio de 1987, en un fallo que sorprendió a todo el mundo, concedió la libertad al único sospechoso del homicidio, Mario Santander, previo pago de 100 mil pesos. El 3 de julio de 1987 se revocó la decisión pero, posteriormente, después de pasar 19 meses en prisión preventiva, Santander fue liberado definitivamente, por lo que el crimen de Alice Meyer se cerró sin culpables. Semanas después, el propio “Topo Gigio” ratificaría en la prensa capitalina que “vi a Santander con Alice Meyer”.

Este año, a casi tres décadas de cometido el alevoso asesinato, el ministro en visita, Mario Carroza, decidió reabrir la investigación por el crimen de Alice Meyer. Ante el mismo magistrado, la familia de Delfín Díaz también presentó una querella, afirmando que los médicos legistas de la Brigada de Homicidios y del Servicio Médico Legal de la época habían respaldado la tesis del “ahorcamiento de tipo suicida” de Díaz mediante informes de autopsias falsas. El abogado de la familia Díaz, Álvaro González, manifestó que “a casi treinta años de ocurrido los hechos es una oportunidad única para que se conozca toda la verdad, tanto de la muerte de mi defendido como de la misma Alice Meyer”.

Los hechos

Rosa Araya , la testigo

Rosa Jara de 35 años ya tenía 4 hijos, mujer esforzada, trabajadora y reconocida como fiel creyente en la fe que ya llevaba un par de años practicando como Testigo de Jehová, llevaba poco viviendo junto a su familia en uno de los lugares con vegetación más privilegiada de la comuna de Lo Barnechea, El Arrayán.

El domingo se levanto temprano como todos los domingos para asistir a la reunión en el Salón del Reino para escuchar una conferencia bíblica y luego el estudio de la revista La Atalaya. Un día soleado y caluroso se asomaba cuando Rosita, como le dicen quienes la conocen, se encontraba en el paradero de la salida de su casa esperando la locomoción que la dejaría en la plaza San Enrique para luego dirigirse al pueblito de Lo Barnechea cuando escucha un fuerte ruido que la obligó casi por inercia a dirigir su atención en sentido contrario de donde buscaba ansiosa la aparición del transporte público. Le llamó la atención lo que vio, pero jamás imaginó que aquellos segundos cambiarían para siempre su vida y sería una imagen que jamás podría borrar de sus recuerdos.

Observó con detenimiento como se acercaba una motocicleta que parecía de montaña, era una Kawasaki azul de 250 cc de esas que ocupaban los Carabineros que constantemente vigilaban las calles del país y con las que ya Rosita como la mayoría de la población estaban acostumbrados a convivir debido al turbulento momento político y social que enfrentaba el país bajo la dictadura militar.

Pero esto era distinto, en la moto no venía un hostil funcionario policial, más bien conducía una bella joven que evidenciaba su clase alta con su espigada figura y su fina ropa blanca que la hacían lucir aún más distinguida. Rosita pudo examinar con más detalle la escena mientras esperaba la llegada de su micro debido a que la joven motociclista se detuvo justo frente a ella, en el quiosco de su vecina Ruth Molina. Fue ahí donde pudo observar a su acompañante, un joven que también le pareció de clase alta, con físico de deportista, pelo oscuro y frondoso. Miró atentamente como el joven se bajaba del asiento del acompañante y se dirigía donde la señora Ruth a comprar, siguió observando y vio como la joven esperaba paciente a su compañero quien a su llegada traía consigo una cajetilla de cigarrillos para luego ambos emprender de nuevo el viaje, Rosita vio como se perdieron en aquel camino de tierra que conducía al santuario de la naturaleza y como posteriormente transcurrido un minuto volvían por el mismo camino, como si la idea del santuario de la naturaleza hubiese sido descartada.

El cuidador Pedro Tudela encuentra el cuerpo

17 de diciembre de 1985: un martes, cuando el celador Pedro Tudela encuentra la motocicleta propiedad de Alice Meyer abandonada en los cerros de Huinganal, la misma que dos días antes Rosa Jara vio con dos personas a bordo, sin embargo el hallazgo posterior fue el más macabro y el que obligó a el humilde lugareño a pedir ayuda, el cuerpo de Alice Meyer se encontraba sin vida a las orillas del canal y la mitad sumergido en el agua.

Rosita escuchó de sus vecinos la noticia de la muerte de la joven Alice Meyer y supo por la prensa que el cuerpo sin vida fue encontrado en Camino del Sol sin siquiera asociar que fue ella precisamente una de las últimas personas en verla con vida y la testigo clave que identificaría más tarde al empresario Mario Santander Infante como el acompañante de Alice esa mañana de domingo, versión que el empresario negaría insistentenmente hasta finalmente ser declarado inocente el año 1991, seis años después del asesinato en donde resultó ser el único reo de la causa en un engorroso proceso marcado por las irregularidades cometidas tanto por el poder judicial como por la PDI.

Más tarde Rosita se iba enterando de los pormenores del hallazgo mediante los medios de comunicación que conmocionados informaban sobre la muerte de la joven Alice Meyer de 24 años, mirando la televisión se enteraba que era una joven de ascendencia alemana, que practicaba gimnasia, atletismo, motocross, esquí y windsurf, hija de José Meyer Gar empresario gastronómico dueño del restaurante Muchen. Pero cuando vio por televisión aquella Kawasaki azul un congelamiento desde los pies hasta el cuello se apoderó de ella. Sintió latir su corazón en sus oídos y supo que aquella motocicleta era exactamente la que ella tan solo unos días antes había visto y en la que esa joven tan fina y distinguida que observó era nada menos que Alice Meyer, aquella niña que aparecía riéndose con su familia en las fotografías que ahora mostraban en todos los noticiarios.

Esos días Rosita sintió un pesar que no pudo despojar de su corazón ni con las mejores sonrisas fingidas, sentía como si un pariente querido se hubiese ido, creía que debería contarle a alguna persona, al menos a algún familiar de Alice y que su testimonio era clave para poder armar aquel puzzle del crimen, sabía que tenía información importante para esclarecer el misterio del asesino que todo un país comentaba.

Los días pasaban y la incertidumbre por saber quién mató a Alice Meyer era un tema obligado nacional, periódicos titulaban sobre las pericias de la PDI que resultaban infructíferas al mando del juez Fernando Soto Arenas. Era pleno verano en Santiago y comenzaba un año nuevo (el 86`) y la gente acostumbrada a los asesinatos y desapariciones de gente humilde no podía entender como una joven del barrio alto pudo haber sido brutalmente violada y asesinada.

Mientras tanto Rosita se enteraba por la prensa de que el caso por fin ya tenía culpable, sintió un alivio y alegría al imaginarse que ese misterioso joven robusto que acompañaba a Alice por fin era encontrado. Sin embargo, su alegría se transformaba en asombro e incredulidad al mismo tiempo que el periodista narraba como en un cerro de la comuna pendía de un árbol el asesino, era un joven drogadicto, algo desnutrido y de contextura delgada, se trataba Delfín Díaz de 19 años quien como única prueba de su culpabilidad portaba en su brazo izquierdo el reloj de Alice Meyer, el mismo con el que ese domingo encontró su fatídico destino.

El Delfín NO es el culpable

Sabía que se estaba cometiendo un error, el joven que acusaban de asesino y suicida no era el que ella había visto, de eso tenía certeza, la misma certeza que su vecina Rut Molina tuvo cuando haciendo sus compras en el pueblo de Lo Barnechea se enteró de la muerte de Delfín, ella estaba pasando por el mismo calvario que Rosita, pero al igual que ella sentía miedo de hablar y contar que ella le vendió una cajetilla de cigarrillos a otro joven, no el que se acusaba de asesinato y que ahora ya no se podía defender. Así Policías de Investigaciones daba por cerrado el caso con Delfín Díaz como el único responsable de la violación y asesinato de Alice Meyer.

La confusión se intensificó al hacerse públicas partes del proceso que tendían a descartar la autoría de Delfín Díaz.

16 de enero de 1985: El abogado que tuvo en ese entonces la familia de Díaz, José Galiano, aseguró a “El Sábado”: “logré conseguir en el proceso que se exhumara su cadáver (ello se produjo el 16 de enero de 1985) y se le practicara una segunda autopsia, que dejó claramente establecido que no calzaba el suicidio y que lo mataron”.

Brígida Díaz, hermana de Delfín recuerda: “Mi hermano volvió a la casa para Navidad. Al día siguiente, estuvo hasta tarde con nosotros. Nada hacía presagiar que podía suicidarse. Mi madre, a pesar de que era analfabeta y de nuestra falta de recursos, agotó todas las posibilidades de dar con la verdad. Incluso visitó a los padres de Alice en su restaurant. Ellos le dijeron que estaban convencidos de que Delfín no había sido el asesino”.

El OS7 en tanto filtró a la prensa un informe con las declaraciones de las diez últimas personas que vieron con vida a Delfín. El documento revelaba que había sido visto en la tarde merodeando una elegante residencia del sector; que posteriormente llegó con unos amigos al restaurant “El Pollo chico”, donde ordenó bebidas alcohólicas y comida. Uno de los declarantes hizo notar que portaba algún dinero y estaba ebrio. Pasada la medianoche según el informe tres individuos sacaron a Delfín sin que opusiera mayor resistencia, lo instaron a subir a una camioneta celeste y se retiraron del lugar.

Rosita tenía miedo de hablar, un miedo propio de la época que sentía incrustado en su piel junto con su nacionalidad, sabía que no era asunto suyo, ella debía velar por sus 4 hijos y su esposo, no por asuntos ajenos, pero sabía en su interior que su deber moral la estaba obligando, no podía callar…. y no lo haría. Decidió dirigirse donde el juez a cargo del caso, Fernando Soto Arenas, quien nunca creyó en las conclusiones de la PDI y tras escuchar el testimonio de Rosa Jara decidió ignorar las suposiciones de Policía de Investigaciones y entregar el caso al OS7 quienes descubrieron el sinfín de irregularidades cometidos por sus predecesores.

El verdadero culpable según las pruebas fue el empresario Mario Santander Infante

Así los testigos llegaban uno a uno a presentarse ante el juez Soto Arenas con la misma versión, el sujeto que habían visto con Alice el día de su muerte no era Delfín Díaz, así fue como también llegó Ruth Molina. Pero las cosas se tendrían que esclarecer aún más y mientras Rosita leía las noticias del caso se dio cuenta que apareció un testigo nuevo, el mejor amigo de Delfín, en la comuna lo conocían como el “Topo Gigio”, y así José Contreras Araya (su verdadero nombre) se convertiría en el único testigo ocular del asesinato, ya que el otro su amigo Delfín había fallecido. De esta manera, gracias a las pericias realizadas el juez Soto Arenas llegó al empresario Mario Santander Infante de 30 años de edad. Ese día y al ver su fotografía Rosita supo el nombre de aquel hombre que había visto ese domingo de Diciembre, lo que no sabía era que debido a ese nombre las próximas décadas de su vida estarían privadas de paz.

Los cabos sueltos del caso Meyer

El 22 de agosto Alice Meyer Abel habría cumplido 55 años. Si viviera, probablemente haría una gran fiesta con sus amigas de la schule (Colegio Alemán de Santiago). De haber prosperado su romance con Luis —un buenmozo dentista colombiano que conoció en Miami apenas tres meses antes de morir— estaría en Estados Unidos y tendría varios hijos. Pero nada de eso sucedió: el 17 de diciembre de 1985 fue encontrada muerta en el sector Parque del Sol en Lo Barnechea, brutalmente asesinada y con señas de haber sido ultrajada. A unos metros, su moto Kawasaki azul permanecía estacionada como silencioso testigo de un crimen que remeció al país y golpeó a toda una generación.

¿Qué pasó esa tarde? ¿Quién mató a Alice Meyer?

“Se encontró al interior del canal, a unos tres metros bajo el nivel del camino, el cuerpo de Alice Meyer Abel, 25 años, soltera, secretaria. Vestía polera verde. Y a la altura del tobillo izquierdo tenía solamente un pantalón blanco. A cuatro metros se encontraron esparcidos los calzones, un casco rojo, una piedra de aproximadamente 13 por siete centímetros con manchas de sangre. Golpes de puño en el ojo derecho, dos golpes en el parietal izquierdo con fractura, lo que le habría causado la muerte”, informó en su parte policial el subcomisario de la Brigada de Homicidios Luis Opazo Quiroz. De acuerdo a la autopsia, el deceso fue por un traumatismo faceo cráneo encefálico, “lesiones necesariamente mortales”, estampó José Luis Vásquez en su informe del Servicio Médico Legal.

Las pesquisas estuvieron a cargo de la Brigada de Homicidios de la Policía de Investigaciones, liderada por Juan Fieldhouse, que intentaron reconstruir los pasos de la joven a través de su círculo íntimo y también de quienes estaban cerca del sitio del suceso.

De acuerdo a las versiones de su familia y amigos, ese fin de semana Alice estaba triste, se sentía sola. Recién llevaba una semana saliendo con Javier Flores, empresario, dueño de una constructora y socio del tenista Hans Gildemeister. Habían quedado de verse. Pero él no llamó, pese a que durante la investigación declaró haber intentado contactarse con ella dos veces el sábado 14, el día antes de su muerte. Sin noticias suyas, la joven tomó su moto y partió rumbo a Lo Barnechea. En el trayecto pasó por el departamento de Javier: “No me gusta que jueguen con mi tiempo”, le dejó escrito en una nota.

Más de una decena de testigos admitieron haber visto a Alice aquella tarde; la acompañaba un hombre de contextura mediana, alto, de unos 30 años, moreno, con bigotes y pelo crespo. Rosa Jara esperaba micro a las 15:10 horas en la calle Camino el Cajón, en El Arrayán, cuando a escasos metros vio a una joven rubia, en una moto azul. Del negocio de su vecina, Ruth Molina —quien también declaró en la investigación— vio a un sujeto montarse al asiento del pasajero. La pareja pasó frente a ella hasta desaparecer rumbo al Santuario de la Naturaleza. El ruido del motor alertó a Yolanda Nahuelpán, quien esa tarde cuidaba al hijo de sus patrones y se asomó a ver qué pasaba.

En el Santuario de la Naturaleza, Claudio Joaquín Argomedo, 14 años, ayudante del portero, vio a la pareja llegar en la moto a eso de las 16:00. Pero en el lugar no se permitían motoristas y debieron regresar. En el camino fueron nuevamente vistos por Rosa Jara. Cada uno de estos testigos identificó —sin ninguna duda— a Alice Meyer y a Mario Santander Infante como los tripulantes de la moto. A ellos se sumaron los testimonios de otras nueve personas que esa tarde se encontraban en el Parque del Sol, y que advirtieron a una pareja de las mismas características muy cerca de donde se encontraba estacionada una moto azul. Entre ellos dos personas que casualmente conocían a Alice Meyer: Mikel Ugarte (padre de una ex compañera de ella) y Patricio Santelices (ex pololo), quienes junto al empresario Jorge Rabié paseaban en auto; entre unos arbustos, divisaron a un hombre sobre el cuerpo de una mujer. Al sentir el ruido del vehículo, el sujeto los miró y se cubrió parte de la cara con el antebrazo. Lo identificaron como un tipo moreno de pelo oscuro, contextura media, con jeans azules con las bastillas dobladas hacia arriba.

Esa tarde Joseph De Raucourt y Verónica Vivanco también declararon haber visto a Alice y Santander en el mismo sector.

Aunque los testimonios más potentes fueron los de los dos testigos que habrían presenciado el crimen: Delfín Díaz, el Coco, y su amigo José Antonio Contreras, más conocido como el Topo Gigio, cuya declaración más tarde sería clave. Delfín era un conocido personaje del barrio, adicto al neoprén, solía cometer algunos delitos menores. Iba a los cerros del sector a cazar conejos, consumir marihuana, beber alcohol y observar a las parejas que iban a tener relaciones sexuales. Esa tarde habrían presenciado una fuerte discusión, seguida por un forcejeo y al hombre ya sobre el cuerpo de la mujer intentando reducirla mediante reiterados golpes de puño en la cara. Cuando ella quedó inconsciente el sujeto concretó el abuso. Acto seguido tomó el cuerpo inerte en sus brazos y lo arrojó a un canal donde se habría golpeado la cabeza. Las autopsias no coincidieron en si las causas de muerte fueron los golpes en la cara, la lesión cerebral o una muerte por inmersión.

Delfín Díaz y José Antonio Contreras, aún ocultos tras los arbustos, vieron al hombre lanzar el casco y los anteojos de sol, y huir a pie mirando reiteradamente hacia atrás. Aterrados, tras esperar casi una hora, fueron al lugar donde yacía el cuerpo de Alice Meyer. Delfín Díaz tomó en sus manos a la joven y comenzó a manosearla, siendo increpado por su compañero. Luego partieron, jurando que jamás dirían una palabra. “A ese yo lo conozco”, le dijo Delfín Díaz a Contreras. A los diez días, el 26 de diciembre, el cuerpo de Delfín apareció colgado de un eucalipto en el Cerro 18, muy cerca de donde todo pasó, tenía puesto en su muñeca el reloj de Alice Meyer.

Los últimos que vieron con vida a Delfín, en el restorán el Pollo Chico, dijeron que a eso de las dos de la madrugada unos hombres —que se identificaron como policías— ingresaron abruptamente al lugar y se llevaron a Díaz, quien se encontraba bajo los efectos de alcohol. “Ando dulce”, le habría dicho esa tarde a su amigo el Topo Gigio. A las pocas horas apareció muerto. Según su hermana, Brígida Díaz, había sangre en sus pantalones, a la altura de la entrepierna. Pero en la primera autopsia —del doctor José Dote— la causa había sido el suicidio. En una segunda necropsia la tanatóloga América González señaló que el joven fue ahorcado primero con otro tipo de soporte (y no con la manga del chaleco con el que se lo encontró) y con signos de haber sido golpeado en los testículos hasta dejarlo inconsciente. “Simularon una asfixia por ahorcamiento, pero es una suspensión por terceros estando vivo, en condiciones de pérdida de consciencia y con alcohol en la sangre, lo que actúa como un depresor del sistema nervioso. El cuerpo presentaba lesiones sugerentes de acción de terceros. Todo era compatible con un asesinato”, aseguró la especialista para este reportaje.

Con la muerte de Díaz, Investigaciones dio por cerrado el caso. Pasado a llevar, el juez Fernando Soto Arenas traspasó la causa al OS7 y también les ordenó indagar a la policía civil.

La noticia de la muerte de su amigo habría aterrado al Topo Gigio, quien en los interrogatorios jamás hizo mención a lo que habían visto. Sólo con el caso en manos de Carabineros, en abril de 1986, contó su verdad y sindicó a Mario Santander como el hombre que asesinó a Meyer.

Delfín Díaz conocía a Mario Santander. El joven había trabajado como caddie suplente del Club de Golf de La Dehesa, donde la familia figuraba entre los miembros fundadores. Ese 15 de diciembre —el día del asesinato de Alice Meyer— Santander hijo reconoció que entre las 09:00 y las 14:00 horas había participado de las laguneadas —encuentro anual donde los socios jugaban con el personal— y luego se habría ido a su casa —en un amplio condominio familiar en Raúl Labbé—, donde habría almorzado con su familia y dormido una larga siesta. Aunque, cuando su defensa pasó a manos del abogado Sergio Miranda Carrington (ligado a la dictadura y que defendió al jefe de la CNI, Manuel Contreras) cambió su versión y aparecieron una decena de testigos que habrían participado en el cumpleaños de una amiga de la familia (ver ítem número 2 más abajo).

Mario Santander conoció a Alice Meyer a través de su amigo Patrick Hurley. Llegó al restorán München —propiedad de los Meyer— en 1982 cuando el local se había trasladado a Lo Barnechea. Aunque era casado y padre de dos niños, solía pasar casi a diario a comer un sándwich o a tomar una cerveza y aprovechaba de coquetear con Alice. No se cansaba de invitarla a salir. Decía: ‘¿Oye, salgamos?, ¿vamos al teatro?, ¿te invito a bailar? Y ella respondía siempre que no”, recuerda Patricia Marsh, amiga de Alice (ver ítem número 4 más abajo).

El juez Soto Arenas llegó a procesar a Santander, quien estuvo un año y nueve meses encarcelado. Hasta que se inició un juicio de prevaricación que lo dejó fuera del caso. “El ya tenía aclaradas, tanto la muerte de Alice Meyer como la de Delfín Díaz. Sin embargo, se le tendió una trampa y se le acusó de haber pedido coima para sacar a Santander bajo fianza. No obstante, la Corte Suprema lo eximió de culpa y rechazó la querella de capítulos, acogiendo una solicitud del juez quien estaba defendiendo su honor y probidad”, explica Alvaro González, abogado de la familia de Delfín Díaz.

El abogado asegura que se trató de un “montaje procesal muy bien armado, con gente experta en tribunales, que lograron su objetivo: sacar al juez del caso y se designó a doña Raquel Camposano (interinamente al juez Carlos Cerda), para que siguiera investigando ambas muertes. Lo primero que hizo fue devolver la investigación a la Policía de Investigaciones, de esta manera los investigados se transformaron en investigadores nuevamente… Ella puso en duda todos los elementos probatorios. Mario Santander salió bajo fianza y con el cambio de juez y los nuevos investigadores, los testigos cambiaron las versiones. Entre ellos, el Topo Giogio, quien finalmente terminó diciendo que había mentido”.

La periodista Zayda Cataldo, de las pocas que reporteó a fondo el caso (ver ítem número 2 más abajo) cuenta que lo vio años más tarde. “Estaba sentado en la puerta de un boliche en Lo Barnechea, con los ojos enrojecidos, como inyectados. Lo primero que me dijo fue ‘no doy entrevistas’. Me llamó la atención que estuviese vestido con una parka de marca. No quería hablar, decía que no se acordaba de nada. Le pregunté quién había matado a Alice Meyer y me dijo: ‘Si todos saben, pero no fue mi amigo… Para qué le voy a contar si aquí todos saben…’”.

En vista de estos antecedentes, la causa fue cerrada en 1991 por la jueza Camposano, sin culpables. Hoy defiende su resolución aunque reconoce que pasó la segunda autopsia por alto, lo que podría implicar un vuelco en el caso (ver más abajo ítem número 1).

Después de casi 30 años una especie de shock colectivo enmudeció a los hermanos, amigos y conocidos de Alice. Su habitación permaneció intacta durante años y cada una de sus fotos fueron guardadas para no seguir recordando. En 2012 la casa en que vivía la familia, en calle Carlos Antúnez, fue vendida a una constructora y posteriormente demolida. A comienzos de este año el padre de Alice, José Meyer, murió sin jamás ver que se hiciera justicia. Su muerte golpeó fuertemente a sus dos hijos, Erika y Joseph, quienes pese a nuestras insistencias no quisieron hablar. El ex juez Soto Arenas, que ejerce como abogado en Valparaíso, se disculpó diciendo: “Es preferible no recordar estos temas”.

Hoy Mario Santander García sigue como accionista de Sigdo Koppers; su hijo es dueño de la empresa de factoring Incofin. Ninguno quiso hablar para este reportaje.

Jacqueline Shöngut, una de las mejores amigas de Alice, quien estuvo con ella en su última noche —luego de asistir juntas a una fiesta en Isla de Maipo y considerada una de las figuras clave—, no se refirió más al tema. Hoy vive en Caleu. Solicitada para este artículo, argumentó que no se sentía capaz: “Hablar de Alice es algo que todavía me duele”.

El ex cuñado de Santander, Jaime Didier se separó de María Irene Santander y hoy vive en Villarrica. “Quiero olvidar esa etapa”, respondió molesto. El ex subcomisario Luis Gilberto Opazo esquivó los llamados. Y el ex detective Alvaro Mena, también se excusó: “Cuando todo esto termine podremos hablar”.

La causa de Alice Meyer prescribió. Sin embargo, la de Delfín Díaz fue reabierta a mediados del 2014 tras una querella del abogado Alvaro González, en representación de la familia Díaz. El profesional la compara con causas emblemáticas de Derechos Humanos, como el Caso Quemados, donde el juez Mario Carroza acaba de procesar a varios ex integrantes del Ejército como autores, cómplices y encubridores. “Existe un pacto de silencio al cual esperamos poner término. Hacemos un llamado a quienes tienen información para que esto termine”.

Hoy el juez Mario Carroza investiga la arista que involucra a Delfín Díaz. El proceso está en marcha y promete resultados muy pronto.

1. Las razones de Raquel Camposano

“Siempre tuve el convencimiento de que Mario Santander había sido inculpado y que Delfín Díaz y José Antonio Contreras (El Topo Gigio) eran los culpables”, sostiene la ex jueza Raquel Camposano, a quien le tocó dictar sentencia. Al leer el expediente y tomar nuevas declaraciones creí que no había mérito para considerar culpable a Santander. Revisé una a una las versiones de los testigos, algunas muy poco consistentes. “Una mujer dijo que vio pasar a Alice con el tipo detrás. Y dice que llevaba un cortaviento rojo cuando en realidad andaba de blanco… Los horarios tampoco coincidían: uno era después de almuerzo, otro era más tarde, como a las seis o siete…”.

–¿Qué opinión tuvo del Topo Gigio como testigo del crimen?

–Para mí él fue el directo causante de que Santander estuviera preso. Ese proceso fue muy mal llevado, muy tramitado, horrible. El juez Soto le prohibió a Investigaciones que siguiera y se confió plenamente en el OS7 de Carabineros. Y cuando Delfín Díaz aparece colgado en un árbol y se dice que no se suicidó, sino que lo mataron, el OS7 le pidió al juez que le prestara protección al Topo Gigio durante varios meses; se lo llevaron y lo mantuvieron encerrado en una casa. Luego lo presentan ante el juez. Ahí cuenta que había visto a Santander (asesinar a Alice Meyer) al que reconoció como el autor después de ver una foto suya en el diario.

–¿Lo indujeron?

–No, pienso que él fue el autor junto con Delfín.

–¿Cree que Delfín Díaz se suicidó? Una segunda autopsia de la tanatóloga del SML, América González, señala lesiones por acción de terceros y pone en duda el suicidio…

–¿Cuándo se hizo esa autopsia, hace poco?

–No, a menos de un mes de la primera.

–Yo no conozco eso… No he visto esa autopsia que dice todas esas cosas. Mire, en aquel entonces tenía harta pega, no como ahora que leo hasta la última página en el diario, y a lo mejor todo eso me lo pasé.

2. Las dudas de Zayda

Durante los años que duró el proceso, Zayda Cataldo entrevistó a gran parte de los protagonistas esenciales. Uno de sus golpes fue la entrevista a la señora de Santander Infante, María Angélica Vargas Serrano, en revista Alternativa (abril 1986) realizada en las oficinas del abogado Sergio Miranda Carrington.

En ella se refiere a la visita de Investigaciones a la casa de los Santander el 24 de diciembre de 1985, dos días antes de la muerte de Delfín.

“María Angélica dice que los policías hablaron con los padres de su marido porque este no estaba. Los atendieron muy bien con cafecito y bebidas. Cuando llegó Santander Infante se fue con su padre al cuartel de General Mackenna, donde prestó declaraciones todo el día. Ella dice frases como: ‘Mario aportó mucho más de lo que tú te puedas imaginar’”.

Lo más revelador es que a través de la entrevista de Cataldo el juez Soto Arenas se enteró de esa diligencia.

“Aquí hubo tráfico de influencias, me refiero a la policía civil de la época. ¿Con qué atribuciones Investigaciones da por cerrado el caso con la muerte de Delfín Díaz? ¿Por qué se pierde la declaración de Santander Infante el 24 de diciembre en el mismo cuartel de Borgoño? Y cuando el juez Soto se entera por mi reportaje de la entrevista y pide verla, le dicen que el libro de novedades fue incinerado. ¿Cómo se hace desaparecer una evidencia tan grande y se le niega al propio juez de la causa?”, se pregunta hoy Zayda.

Agrega que durante la entrevista a Angélica Vargas, Miranda Carrington tuvo activa participación. “Muchas veces ella estaba dando una respuesta coherente, muy clara y él interrumpía. También le sugería cosas al oído. Uno de los puntos más redundantes de esa conversación es cuando el abogado dice: ‘Mire, ese día se celebraba el cumpleaños de Adriana Figueroa Tocornal –la defensa se basó en los testigos que estuvieron en ese cumpleaños–, yo lo voy a demostrar’ y con mucha parsimonia saca un certificado de nacimiento. Y la señora de Santander agrega: ‘Sí pues, el cumpleaños era para ella, lástima que no fue’. La impresión que me dio es que Angélica Vargas tenía algo que la hacía refutar en cierta medida a su abogado, porque cuando él decía una cosa ella lo contradecía”.

Zayda contrastó esta información con Adriana Figueroa, la cumpleañera. “Le pedí una entrevista y ella se negó. Entonces le pregunté la razón de su inasistencia, y ella dijo: ‘Pero si eso la Gaby (Gabriela Infante) lo sabía desde antes porque también cumplía años mi nieto’”.

Y agrega otra duda: “Según el expediente hubo varios testigos que reconocen a Santander, y lo identifican en la rueda de reconocimiento. Luego con el cambio de juez, modificaron sus versiones. ¿Por qué pasó esto?”.

3. La defensa de Mario Santander

Asesinos y encubridores

Luis Ortiz Quiroga, del estudio Puga, Ortiz y Cía. representa hoy a los Santander ante la querella de la familia de Delfín Díaz, que investiga el juez Mario Carroza. Según ésta, Mario Santander Infante (60) y su padre, Mario Santander García (88), serían los autores intelectuales. Como responsables materiales, menciona a cuatro ex funcionarios de Investigaciones: el subcomisario Luis Gilberto Opazo, el inspector Juan Fernando Jiménez y los detectives Patricio Lobos y Alvaro Mena. Como cómplices o encubridores, los médicos José Dote (ex SML) y Mario Darrigrandi (ex forense de la Brigada de Homicidios), quienes habrían adulterado la autopsia para ocultar la verdadera naturaleza de la muerte: tortura y estrangulamiento.

Aunque el caso no se vincula estrechamente con el asesinato de Alice Meyer, de prosperar la querella sería una manera indirecta de hacer justicia. Ante el escritorio del juez Carroza, se han ido presentando los querellados del caso. Acompañados por el penalista Luis Ortiz, Mario Santander padre reconoció que el 24 de diciembre, antes de la muerte de Delfín, fueron a su casa cuatro funcionarios de investigaciones para hablar de Alice Meyer. Pero dijo desconocer si hubo otra reunión en la Brigada. Esto fue ratificado por su hijo, quien no descartó haber conocido a Díaz en el club de golf de La Dehesa.

La estrategia de la defensa es probar que la supuesta conspiración nunca existió.

“El fundamento de la querella son sólo afirmaciones, no hay antecedentes”, asegura una fuente en el off. Hoy buscan demostrar que Santander Infante nunca fue interrogado en la Brigada, pese a que su mujer María Angélica Vargas lo mencionó en una entrevista.

4. La certeza de las amigas

Por casi tres décadas no se habló de Alice. “Era tabú. Pero en 2013 celebramos sus 52 años y fue maravilloso. Hicimos una torta, le cantamos, bailamos y fue súper catártico; un alivio tremendo; logramos sacarle la cosa oscura, horrorosa”, cuenta Carola Gálvez, la amiga a quien Alice le confiaba los asuntos ‘del corazón’.

“Ella me contó que un tipo –Santander– iba siempre al restorán y que la estaba molestando; se habían juntado un par de veces por las motos, que a él también le gustaban. El era casado. Así que en el restorán le decían: ‘Oye, ven con tu señora, ¿por qué siempre andas solo?’. Ese día, Alice se lo debe haber encontrado de casualidad. Ella no habría subido jamás a un desconocido a la moto. Quizás él se entusiasmó y ella le opuso una resistencia brutal”.

–¿Cree que hayan tenido una relación?

–No, conversé con ella un tiempo antes y estaba cabreada con este asunto.

Patricia Marsh, su amiga y casi una hermana, se enteró a los dos meses de la muerte de Alice. Vivía en EE.UU. y estaba embarazada, por eso su familia prefirió no contarle. “Para ahorrame el sufrimiento”, dice entre lágrimas. Al volver declaró ante el juez Soto. “El quería saber si Alice era capaz de llevar a alguien en la parte trasera de su moto. Ella manejaba desde los ocho años, podía llevar un elefante. Después lo sacaron del caso, y partió otra vez todo. Fue realmente desgastador. En un minuto el tío José dijo: ‘No quiero más’. El sufrió grandes pérdidas económicas por el juicio.”

–¿Usted vio a Santander en el restorán?

–Sí. Era bien entrador, se hizo amigo de los papás, se sentaba con ellos a comer.

–¿Los padres de Alice sabían de sus intenciones?

–Creo que sí, pero nunca pensaron que era acoso.

–¿Usted lo consideraba como acoso?

–Sí. Hoy lo hubiera sido, antes no se hablaba de eso. El era muy insistente. Además, Alice había vuelto hace poco de EE.UU., donde conoció a un colombiano que vivía en Miami. Cuando viajé para allá, me pasó un regalo de Navidad: “dáselo a mi pololo”, dijo. Lo envié; debe haberlo recibido cuando Alice ya estaba muerta[1].

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