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Huachuchero

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Huachuchero
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El Huachuchero era contrabandista de alcohol entre los años 1920 y 1930

1920-1930 “Huachuchero” o Guachuchero, contrabandista de alcohol hacia los minerales cercados por la Ley Seca.

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Contenido

El guachuchero, uno más de los personajes populares de nuestro país, nació al alero de la necesidad y la prohibición, se ganó la vida llevando un contrabando que no le reportó mayor ganancia. Pero, con sacrificio, logró lo que siempre buscó, sobrevivir. guachuchero. El nombre procede del último aguardiente extraído del orujo, un alcohol bastardo o “guacho”, que también significa “borracho”. Los guachucheros, traficantes que normalmente trabajaban solos, aprovechaban las zonas secas de las mineras, para llegar hasta allí transportando alcohol dentro de un cuero de cabro. Para hacerlo, primero cortaban el cuello al animal y luego lo iban enrollando al revés, como una camiseta, hasta extraerlo. Así, el cuero quedaba completo. Antes que se secara, cerraban los extremos amarrando las patas con un correón, y también instalaban en el cuello un tubo a modo de “cogote de chuico”, para verter el alcohol. Asimismo, usaban cámaras de neumáticos. Las lavaban para que no quedaran pasás a goma y se las ponían en la espalda como mochila, o sobre la mula, única compañera de viaje. Iban siempre armados, puesto que eran prófugos de la vigilancia policial y de los serenos de las compañías. También debían defenderse de otros guachucheros, ya que se disputaban entre ellos quitándose el guachucho. Se dice que no mataban por profesión, pero que la ocasión o la necesidad solía tornarlos asesinos. Fueron caracterizados como pendencieros, hábiles, cínicos, testarudos y valientes. El oficio los hacía hoscos y cuidadosos, cualquier error les podía costar la vida. Circulaban por ignorados senderos del valle central, por abruptos flancos de cordillera y sólo después de varios días de camino llegaban a la cima de los cerros que sellaban los minerales casi inaccesibles. La nieve era su peor enemiga, la noche su aliada, aunque muchas veces les jugó una mala pasada, puesto que a menudo, sobre todo en verano, cuando se derretía la nieve, se encontraban en el fondo de las quebradas restos anónimos de osamentas humanas junto a un guachucho enmohecido.

La venta al detalle y en plena noche, una de las características de la vida urbana de la ciudad antigua y particularmente de la hispanoamericana, puede ser estudiada desde la perspectiva de la historia de los marginados, de la historia social urbana o de las mentalidades. Sería interesante reconstruir su modo de vida, así como la percepción que de ellos tenía (y tiene) la sociedad. Es la historia de hombres y mujeres que participan en los beneficios y en los pesares de la modernidad en el borde de la escala social. No son proletarios, por cuanto no son obreros, sino que viven como trabajadores independientes. Una forma de ganarse la vida


ERA LA ÉPOCA en que el Chile oficial se mostraba más huevón que hoy…lo que ya es mucho decir. De Doñihue salía el mejor aguardiente del país, pero las autoridades consideraban que esa actividad era ilegal porque competía severamente con las producciones vitivinícolas de las grandes empresas agrícolas de la zona central, mismas que pertenecían a familias de añosos apellidos cuyos componentes ocupaban las oficinas gubernamentales y los regimientos militares.

Pero el pueblo es quien siempre decide, y el aguardiente doñihuano llegó a ser más apetecido que cualquier botellón de tinto o blanco etiquetado en las viñas de enriquecidos chilenos. El aguardiente, porque suena a vocablo popular, resulta ser un gallo de muchos ‘alias’.

El más ordinario era conocido como ‘guarisnaqui’, leche de tigre, guachucho, que es el último aguardiente que se saca del orujo, y como no nace de modo natural, sino como simple bastardo, se le llama guachucho, derivado de guacho (huacho). De este nombre se desprende el adjetivo guachuchero, que designa al aficionado a los tragos muy fuertes, y que también es sinónimo de ebrio o de borracho.

En Doñihue, por ahí cerca del sector Cerrillos y también hacia la Rinconada, escondidos tras viejos galpones, se encontraban muy fondeados los alambiques milagrosos. Durante las noches, gota a gota, destilaba el maravilloso brebaje que se depositaba luego en las ‘cutras’ (cámaras de neumáticos de tractores y camiones) que viajarían –ocultas por cierto- en los estrechos pasillos del tren ramal Coltauco-Rancagua.

El negocio era ‘redondo’ cuando las cutras lograban ser introducidas clandestinamente al campamento de Sewell, en las alturas del mineral El Teniente, donde su valor se multiplicaba por tres y por cuatro. Pero, había que avivar el seso y agudizar el ingenio para llegar con las ‘cutras’ hasta Rancagua sin que los carabineros –tan inoportunos como siempre- confiscaran la carga y llevaran al pasajero detenido a la comisaría.

Sin embargo, los funcionarios de ferrocarriles ayudaban, y mucho, al contrabando hormiga de aguardiente, pues detenían el tren un par de cuadras antes de que este arribara la estación terminal, permitiendo que los guachucheros descendieran de los vagones y huyesen con su mercadería alcohólica perdiéndose en las calles de la ciudad. De esa laya evitaban la inspección policial que aguardaba implacable en los andenes de la estación para revisar maletas, cajones y bolsos que llevaban los pasajeros rurales.

Hubo anécdotas geniales en esos tiempos. Imposible no mencionar la martingala utilizada por una dama doñihuana que, cada día lunes, descendía del tren en plena estación rancagüina empujando un cochecito de bebé “rumbo al Hospital, al control médico de mi niñita”.

No había niñita, ni control médico ni nada parecido. Al interior del cochecito, cubierta por gruesas frazadas iba la ‘criaturita’ enfermiza. Si los policías hubiesen revisado cada lunes el coche en cuestión, se habrían topado de narices con tres y cuatro ‘cutras’ repletas de sabroso y embriagador aguardiente.

Otra mujer, llamada ‘la gitana’, viajaba en el ramal Coltauco-Rancagua cada quince días. ¿Cómo podrían haber sospechado los carabineros que bajo el par de largos vestidos la hembra portaba –atadas a sus cintura- una o dos ‘cutras’? A esta señora le acompañaba un tipo apodado ‘el Pajarito’, conocido animador de fiestas criollas y buen guitarrero. Dentro de la guitarra misma, otra ‘cutra’. El ingenio era la única forma de evadir el control y hacer próspero el negocio.

Cuentan los viejos doñihuanos que uno de ellos logró pasar múltiples ‘cutras’ hasta Santiago, llegando a la Estación Central con dos ataúdes en el vagón de carga. Ningún policía le molestó, ya que la cara de acongojado (y de luto absoluto) que el paisano mostraba a quien quisiese verlo, bastaba y sobraba para no importunarlo y asociarse a él en el pésame por “el fallecimiento de sus dos hermanos menores en el incendio que destruyó la humilde vivienda campesina donde moraban”.

Los cajones funerarios fueron subidos a un camión que esperaba en calle Meiggs y descargados en las cercanías del Mercado Central –en la Vega, propiamente- donde los dueños de cuchitriles formaron parte del verdadero ‘remate’ que el doñihuano realizó con el aguardiente.

Hay, eso sí, una variación en este asunto, ya que no falta el ex-guachuchero asegurando otra cosa: uno de los ataúdes fue transportado hasta el Cementerio General, donde el dueño del Bar ‘Quitapenas’ compró rápidamente la mercadería.

Además, muchos automóviles llegaban a Doñihue en procura del sacro líquido, y retornaban a las ciudades principales aprovechando la baja presencia policial después de medianoche en la única vía que comunicaba a la ‘comuna del chamanto’ con la ciudad heroica (Rancagua) y la Panamericana Sur (hoy Ruta Cinco).

¿Cuántas de las actuales familias doñihuanas, propietarias de hermosas y productivas parcelas, comenzaron su prosperidad con el contrabando de aguardiente? No se obtiene mucha información preguntando hoy día respecto de este asunto, pues las respuestas son idénticas en todo el territorio ubicado al oeste de Rancagua: “¿Nosotros? Nooo…jamás ‘trabajamos’ el aguardiente”.

Sin embargo, apenas se les pregunta cómo se obtiene el maravilloso líquido, cambian el semblante y se transforman en excelentes profesores indicando, paso a paso, la forma de destilar y producir y envasar ‘el juguito de orujo’. Insisten, eso sí, en que nunca prepararon aguardiente en el pasado, pero todos conocen perfectamente la técnica para armar un alambique y desarrollar el proceso de producción.

Un día cualquiera, hace ya una punta de años, el gobierno de turno determinó que la única forma de detener el contrabando de aguardiente -que salía no sólo desde Doñihue, sino también desde Malloa y San Javier (en la Región del Maule)-, era ‘legalizando’ su producción. A partir de ese momento, el brebaje perdió su encanto y en el gusto popular fue superado por otros tragos, como el pisco y el ron.

Tuve en suerte conocer los ‘dos aguardientes’: el ilícito y el legal. Confieso honestamente que el primero era mucho más sabroso, más embriagador y más criollo que el segundo. Además, traía en su cuerpo una historia de audacia y aventura que hoy es solamente leyenda.

Si desea reencontrarse con ese brebaje preparado al viejo estilo, péguese una vueltecita por la ciudad del chamanto, busque el sector de Cerrillos, o el de la Rinconada, pregunte y pregunte hasta encontrar el lugar donde todavía algunos viejos producen aguardiente respetando los antiguos sistemas.

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