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Cerebro

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Cerebro
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El cerebro (del latín cerebrum, con su raíz indoeuropea «ker», cabeza, en lo alto de la cabeza y «brum», llevar; teniendo el significado arcaico de lo que se lleva en la cabeza) es un término muy general y se entiende como el proceso de centralización y cefalización del sistema nervioso de mayor complejidad del reino animal.

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Contenido

El cerebro se encuentra situado en la cabeza; por lo general, cerca de los principales órganos de los sentidos como la visión, audición, equilibrio, gusto y olfato. Corresponde, por tanto, al encéfalo de humanos y otros vertebrados y se subdivide en cerebro anterior, medio y posterior. En otros animales, como los invertebrados bilaterales, se entiende como cerebro a una serie de ganglios alrededor del esófago en la parte más anterior del cuerpo (véase protóstomos e hiponeuros) comprendidos por el protocerebro, deutocerebro y tritocerebro en artrópodos, ganglios cerebral, pleural y pedial en moluscos gasterópodos y masas supraesofágica y subesofágica en moluscos cefalópodos. También poseen cerebros muy arcaicos o simples bilaterales como platelmintos, nemátodos o hemicordados. Sin embargo, hay bilaterales que muestran muy pocos rasgos distintivos de cefalización como los bivalvos o briozoos. En algunas especies de invertebrados no existe un cerebro por carecer completamente de sistema nervioso, como los poríferos, placozoos y mesozoos, y otros, aunque poseen un sistema nervioso, carecen de rasgos definidos de centralización o cefalización al mostrar simetrías no bilaterales como los cnidarios, ctenóforos o equinodermos.

Desde un punto de vista evolutivo y biológico, la función del cerebro como órgano, es ejercer un control centralizado sobre los demás órganos del cuerpo. El cerebro actúa sobre el resto del organismo por la generación de patrones de actividad muscular o por la producción y secreción de sustancias químicas llamadas hormonas. Este control centralizado permite respuestas rápidas y coordinadas ante los cambios que se presenten en el medio ambiente. Algunos tipos básicos de respuesta tales como los reflejos pueden estar mediados por la médula espinal o los ganglios periféricos, pero un sofisticado control intencional de la conducta sobre la base de la información sensorial compleja requiere la capacidad de integrar la información de un cerebro centralizado.

El cerebro de los vertebrados es el órgano más complejo del cuerpo. En un humano típico, la corteza cerebral (la parte más grande) se estima que contiene entre 15 y 33 mil millones de neuronas, transmitiendo sus mensajes a otras neuronas mediante la sinapsis. Estas neuronas se comunican con otras a través de fibras largas de protoplasma llamadas axones, las cuales llevan trenes de impulsos eléctricos denominados potenciales de acción a partes distantes del cerebro o del cuerpo teniendo como blanco receptores específicos.

Desde una perspectiva filosófica, lo que hace al cerebro especial en comparación con los otros órganos, es que forma la estructura física que genera la mente. Como Hipócrates argumentaba: «Los hombres deberían saber que del cerebro y nada más que del cerebro vienen las alegrías, el placer, la risa, el ocio, las penas, el dolor, el abatimiento y las lamentaciones.» Sin embargo del corazón figurado y de sus emociones proceden ciertas sensaciones concretas como el gozo, el amor y el contentamiento.[1]

Una nueva estimación eleva 10 veces la capacidad de memoria del cerebro humano

La capacidad de almacenamiento del cerebro humano es de un orden de magnitud mayor de lo que se pensaba, informaron investigadores del Instituto Salk de Estudios Biológicos la semana pasada. Los hallazgos, recientemente detallados en eLife, son importantes no solo por lo que dicen sobre el espacio de almacenamiento, pero de forma más importante porque nos llevan hacia una mejor comprensión de cómo, exactamente, se codifica la información en nuestros cerebros.

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La pregunta de cuanta información pueden albergar nuestros cerebros es antigua. Sabemos que el cerebro humano se compone de alrededor de 100.000 millones de neuronas, y que cada una realiza 1.000 o más conexiones con otras neuronas, lo que resulta en unos 100 billones de conexiones en total. También sabemos que la fortaleza de estas conexiones, o sinapsis, están reguladas por la experiencia. Cuando las dos neuronas a cada lado de una sinapsis están activas simultáneamente, la sinapsis se hace más robusta; la espina dendrítica (la antena en la neurona receptora) también se hace más grande para soportar el aumento en la intensidad de la señal. Se cree que estos cambios en la fuerza y ​​el tamaño son las correlaciones moleculares de la memoria. Los diferentes tamaños de antena a menudo se comparan con los bits de código de una computadora, solo que en lugar de únicamente los valores de 1 y 0, estos pueden asumir un rango más amplio de valores. Hasta la semana pasada los científicos no tenían idea exactamente de hasta cuantos valores. Basándose en mediciones preliminares, identificaron solo tres valores: pequeño, mediano y grande.

Pero una observación curiosa llevó al equipo del Instituto Salk a perfeccionar esas mediciones. En el proceso de reconstrucción de un hipocampo de rata, un área del cerebro de los mamíferos que participa en el almacenamiento de memoria, notaron que algunas neuronas formaban dos conexiones entre sí: el axón (o cable de envío) de una neurona conectaba con dos espinas dendríticas (o antenas de recepción) en la misma neurona vecina, lo que sugiere que se pasan mensajes duplicados del emisor al receptor. Como ambas dendritas estaban recibiendo información idéntica, los investigadores sospecharon que serían similares en tamaño y fuerza. Pero también se dieron cuenta de que si hubiese diferencias significativas entre las dos, esto apuntaría a un nivel totalmente nuevo de complejidad. Si las espinas fuesen de un tamaño o forma diferente, razonaron, el mensaje que difundirían también sería ligeramente diferente, aunque ese mensaje viniese del mismo axón.

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Así que decidieron medir los pares sinápticos. Y, efectivamente, encontraron una diferencia del 8 por ciento en el tamaño de las espinas dendríticas conectadas al mismo axón de una neurona de señalización. Esa diferencia puede parecer pequeña, pero cuando incluyeron el valor en sus algoritmos, calcularon un total de 26 tamaños de sinapsis únicas. Un mayor número de tamaños de sinapsis significa más capacidad de almacenamiento de información, que en este caso se traduce en una capacidad de almacenamiento en el hipocampo en su conjunto 10 veces mayor de lo que el modelo anterior, de tres tamaños, había indicado. "Es un orden de magnitud mayor en la capacidad de lo que sabíamos que estaba allí", dice Tom Bartol, científico del Instituto Salk y autor principal del estudio.

Pero si nuestra capacidad de memoria es tan grande, ¿por qué nos olvidamos de las cosas? Porque, realmente, la capacidad no es el problema, dice Paul Reber, un investigador de la memoria en la Universidad del Northwestern que no participó en el estudio, "cualquier análisis del número de neuronas dará lugar a una idea de la enorme capacidad del cerebro humano. Pero no importa porque nuestro proceso de almacenamiento es más lento que nuestra experiencia del mundo. Imagínese un iPod con capacidad de almacenamiento infinita. Incluso pudiendo almacenar cada canción jamás escrita, usted todavía tendría que comprar y cargar toda esa música y luego escoger canciones individuales cuando quiera escucharlas”.

Reber dice que es casi imposible cuantificar la cantidad de información en el cerebro humano, en parte porque consiste en mucha más información de la que somos conscientes: no solo hechos y caras y habilidades medibles, sino también funciones básicas tales cuales cómo hablar y moverse y otras de orden superior como la forma de sentir y expresar emociones. "Recogemos mucha más información del mundo que '¿qué es lo que recuerdo de ayer?'" ,dice Reber. "Y todavía no sabemos realmente como escalar de la computación la fuerza sináptica a mapear estos procesos complejos”.

Aunque el estudio de Salk nos acerca un poco. "Han hecho una reconstrucción increíble", dice Reber. "Y añade significativamente a nuestra comprensión no solo de la capacidad de memoria pero de manera más importante a lo compleja que es en realidad la forma de almacenamiento de la memoria". Eventualmente los hallazgos podrían allanar el camino hacia toda clase de avances: ordenadores de bajo consumo que imiten las estrategias de transmisión de datos del cerebro humano, por ejemplo, o una mejor comprensión de las enfermedades cerebrales en las que están implicadas sinapsis disfuncionales.

Pero primero los científicos tendrán que ver si los patrones que hallados en el hipocampo son válidos también para otras regiones del cerebro. El equipo de Bartol ya trabaja para responder a esta pregunta. Tienen la esperanza de mapear los productos químicos, que pasan de neurona a neurona, que tienen una capacidad aún mayor que las sinapsis variables para almacenar y transmitir información. Por lo que a una medición precisa de la capacidad total del cerebro se refiere, "estamos todavía muy lejos", dice Bartol. "El cerebro todavía nos esconde muchos, muchos misterios por descubrir".[2]

Articulos

Una sola conmoción cerebral puede triplicar el riesgo de suicidio a largo plazo

Un nuevo estudio que analizó conmociones cerebrales leves en adultos canadienses sugiere que los riesgos son aún más altos en el caso de lesiones en actividades recreativas.

Mientras que las Panteras de Carolina y los Broncos de Denver se enfrentaban en el tercer cuarto del reciente Super Bowl, el receptor abierto Philly Brown sufrió una posible conmoción cerebral y, para desilusión de los fanáticos de las Panteras, no volvió al juego. Pero fue por una buena razón: ahora se sabe que estos traumatismos son lesiones mucho más serias de lo que se creía. Y el peligro puede no estar limitado a las repercusiones inmediatas. Los investigadores ya han vinculado el suicidio con lesiones cerebrales más severas — en particular en veteranos militares y atletas profesionales— y más recientemente han explorado la conexión entre conmociones cerebrales y depresión.

Ahora, un nuevo estudio publicado en el Canadian Medical Association Journal muestra que aún las conmociones leves ocurridas en situaciones cotidianas podrían serían más perjudiciales de lo que se pensaba; el riesgo de suicidio a largo plazo se triplica en adultos que han experimentado incluso una conmoción cerebral. Este riesgo aumenta un tercio si el golpe ocurre un fin de semana en vez de un día de semana —lo que sugiere que los traumatismos en situaciones recreativas son más riesgosos a largo plazo que aquellos ocurridos en el trabajo. “El paciente típico que veo es un adulto de mediana edad, que no es un atleta de elite”, dice Donald Redelmeier, científico de la Universidad de Toronto y uno de los autores principales del estudio. “Y las circunstancias habituales par sufrir una conmoción cerebral no son durante un partido de fútbol; ocurren al conducir y tener un accidente de tráfico, al trastabillar y caerse en una escalera, o intentando reparar algo complicado en la casa, esto es, en actividades de la vida cotidiana”.

Redelmeier y su equipo quisieron examinar los riesgos de conmociones cerebrales ocurridas bajo esas circunstancias. Identificaron casi un cuarto de millón de adultos en Ontario que fueron diagnosticados con un traumatismo leve en un período de 20 años —casos severos que resultaron en una internación hospitalaria fueron excluidos del estudio— y los siguieron hasta una posterior muerte por suicidio. Resultó que entre esos pacientes hubo más de 660 suicidios, lo que equivale a 31 muertes cada 100.000 pacientes anualmente: tres veces lo registrado en la población general. En promedio, los suicidios ocurrieron casi seis años después del traumatismo. Hallaron también que el riesgo fue independiente de las características demográficas o condiciones psiquiátricas previas, y aumentó con conmociones cerebrales adicionales.

Para los traumatismos ocurridos durante un fin de semana, el riesgo de suicidio posterior fue cuatro veces mayor a lo habitual. Redelmeier y sus colegas se preguntaron si el riesgo sería diferente entre conmociones cerebrales ocurridas en el trabajo o en actividades recreativas. Sin embargo, como no tenían información sobre dónde los pacientes sufrieron el traumatismo decidieron usar el día de la semana en que ocurrió, como modo de aproximarse. Aunque no saben por qué el riesgo durante los fines de semana es más alto, sospechan que puede ser porque en esos días el personal médico no está tan disponible o accesible, o la gente no busca atención de inmediato.

Pese a que las causas subyacentes de la conexión entre conmoción y suicidio aún no se conocen, Redelmeier dice que hubo al menos tres posibles explicaciones. Un traumatismo puede ser un marcador pero no necesariamente un mecanismo de problemas posteriores, o en otras palabras, las personas que sufren estos golpes ya podrían tener, originalmente, un desequilibrio que aumenta su riesgo de depresión y suicidio. “Pero también observamos al subgrupo de pacientes que no tenía una historia psiquiátrica pasada, ni problemas anteriores, y aún así encontramos un aumento significativo en el riesgo. Por lo que no creo que eso sea todo”, detalla el experto. Una de las explicaciones más plausibles, dice, es que el traumatismo cause una lesión cerebral, como una inflamación (como se halló en algunos estudios), de la cual los pacientes nunca se recuperan totalmente. De hecho, un estudio realizado en 2014 encontró que la repetición de una lesión en la cabeza lleva a un mayor riesgo de enfermedades mentales más adelante en la vida. La otra posibilidad es que algunos pacientes no se tomen el tiempo suficiente para recuperarse antes de volver a la rutina diaria, lo que conduce a tensión, frustración y decepción— y, en definitiva, puede resultar en depresión y, por último, incluso suicidio.

Lea Alhilali, médica e investigadora del Instituto Neurológico Barrow, que no participó en este estudio, usa imágenes con tensor de difusión (una técnica de resonancia magnética) para medir la integridad de la sustancia blanca en el cerebro. Su equipo halló similitudes entre los patrones de degeneración de la sustancia blanca en pacientes con depresión vinculada con traumatismos y pacientes que no tenían lesiones con un desorden depresivo importante, particularmente en el núcleo accumbens, o el “centro de recompensas” del cerebro. “Puede ser difícil determinar qué está relacionado con una lesión y qué se vincula con las circunstancias que rodean a la conmoción cerebral, dice Alhilali. “Podría ser trastorno de estrés postraumático (PTSD), la pérdida de un trabajo, lesiones ortopédicas que puedan influir en la depresión. Pero yo creo que probablemente hay una lesión cerebral orgánica”.

Alhilali hace referencia a estudios recientes sobre encefalopatías traumáticas crónicas (ETC), una enfermedad cerebral degenerativa y gradual asociada con golpes en la cabeza a repetición. A menudo vinculada a la demencia, la depresión, la pérdida del control y el suicidio, la ETC fue diagnosticada recientemente en 87 de 91 jugadores de la NFL fallecidos. ¿Por qué, dice Alhilali, no sospecharíamos de que las conmociones cerebrales también causen otros daños en el cerebro?

Puede que este nuevo estudio solo represente la punta del iceberg. “Solo estamos mirando las consecuencias más extremas, que es quitarse la propia vida”, dice Redelmeier. “Pero por cada persona que se suicida, hay muchas otras que lo intentan, y cientos que piensan en hacerlo y miles que sufren depresión”.

Es necesario hacer más investigaciones; este estudio no logró tomar en cuenta las circunstancias exactas bajo las cuales ocurrió el traumatismo. La investigación de Redelmeier analizó solo los registros de adultos que buscaron atención médica, ni incluyó lesiones de cabeza más severas que necesitaron hospitalización o una mayor atención de emergencia. En ese sentido, sus resultados pueden haber subestimado la magnitud de los riesgos absolutos en cuestión.

Aún muchas personas no son concientes de estos riesgos.

Redelmeier es categórico en cuanto a que la gente debería tomar conciencia seriamente. “Necesitamos hacer más investigación sobre la prevención y la recuperación”, señala. “Pero déjeme expresar al menos tres cosas: Una, permítase descansar. Dos, cuando empiece a sentirse mejor, no intente volver con vehemencia. Y tres, incluso después de que se sienta bien, y de que haya descansado adecuadamente, no se olvide completamente del tema. Si tuvo una reacción alérgica a la penicilina hace 15 años, seguro se lo diría a su doctor y lo tendría presente en su historial médico. Entonces, hágalo también si tuvo una conmoción cerebral hace 15 años”.[3]

Seis mitos sobre nuestro cerebro y por qué son falsos

Usamos 10% de nuestro cerebro

La idea de que podemos ser hasta 10 veces más inteligentes es atractiva y tentadora. Pero es falsa. Como explica Lifehacker, estudios de imágenes cerebrales muestran que la vida cotidiana exige mucho de nuestro cerebro, y de hecho, “casi todo el cerebro recibe al menos un poco de ejercicio en un día” común y corriente.

Esto es así porque cada cosa que hacemos requiere habilidades distintas, y algunas cosas que nos parecen fáciles porque las hacemos todo el tiempo en realidad requieren de procesos mentales complejos. “Buena parte del cerebro está involucrada aun en tareas simples”, según Scientific American.

Pero tampoco es cierto que siempre empleemos el máximo de nuestra capacidad cerebral. Hay estudios que sugieren que los adultos mayores que se mantienen más activos mentalmente –por medio de rutinas como leer con frecuencia o jugar ajedrez– sufren menos deterioro cognitivo que otros cuando sufren las consecuencias físicas del alzhéimer. Y también está documentado que el estado de ánimo influye en los resultados de los exámenes de coeficiente intelectual: una persona saca un mejor puntaje si está más motivada.

El cerebro está ‘cableado’ de cierta manera

Ha hecho cierta carrera un mito que asimila al cerebro a algo parecido a una fábrica bien organizada, en la que cada área se especializa algunas funciones. Si eso fuera cierto, las personas que por alguna razón pierden alguna parte de su cerebro siempre perderían la capacidad en la que esa porción estaba especializada. Afortunadamente, eso no ocurre en todos los casos, y a menudo el daño es recuperable.

El cerebro es flexible

Aunque hay zonas que sí se concentran en tareas, en realidad el cerebro es flexible. “Las personas con lesiones cerebrales pueden reclutar otras partes del cerebro para compensar el tejido perdido”, dice la revista del Smithsonian Institute. Y de hecho, cuando se aprende una nueva habilidad o se conoce un lugar nuevo, a menudo se ‘recablea’ parte del cerebro. Esa es la razón por la que, a menudo, se recomienda tener nuevas experiencias para estimular la creatividad: las conexiones entre diferentes ideas probablemente ocurren a nivel cerebral.

Izquierdo = creativo; derecho = lógico

Tiene mucho sentido: algunas personas tienen mentes más creativas, y otras más lógicas y ‘racionales’. Nuestra experiencia cotidiana parece indicar que es difícil que alguien tenga la inmensa suerte de contar en abundancia con las dos clases de habilidades, entonces algo debe haber en el cerebro que ‘separe’ las dos cosas, ¿cierto? No.

El mito de que el lado derecho del cerebro es más ‘lógico’ se debe, según Scientific American, al “hallazgo de que muchas (aunque no todas) las personas procesan el lenguaje más en el hemisferio derecho y las habilidades espaciales y la expresión de emociones más en el izquierdo”. Pero estudios hechos con imágenes cerebrales muestran que esa diferenciación no tiene sentido, pues tanto en las tareas ‘lógicas’ como en las emocionales se activan zonas en los dos hemisferios.

Hay habilidades ‘de mujeres’ y ‘de hombres’

Una de las ideas científicas no solo más malinterpretadas, sino peor utilizadas en el discurso cotidiano, es esa de que los cerebros de las mujeres y de los hombres son muy diferentes, lo que implica que unas y otros tienen habilidades diferentes. Se han dicho muchas estupideces al respecto, como que ‘las mujeres son de Venus y los hombres de Marte’, o que un género u otro es peor en matemáticas, o está ‘cableado’ para que sus emociones sean diferentes.

Eso es mentira. Si bien hay algunas diferencias anatómicas entre los cerebros de las mujeres y de los hombres, no está para nada claro que estas diferencias tengan alguna implicación en las habilidades o en los procesos cognitivos.

Aunque estas distinciones a menudo sí aparecen, se deben a otros factores. Por ejemplo, en un artículo de la revista del Smithsonian Institute se describe que, a menudo, esas diferencias se comportan como una especie de ‘profecías autocumplidas’: “entre más se cree que los hombres son mejores que las mujeres en matemáticas, la diferencia entre los puntajes en matemáticas de los niños y las niñas es mayor”. Lo mismo ocurre con las pruebas de empatía o de razonamiento espacial, áreas en las que –se supone– que un género es mejor que otro.

Internet te vuelve estúpido

El mito dice que tener toda la información del mundo, o todas las citas del día en un calendario, o las indicaciones para llegar a cualquier lugar en un par de segundos, hace que nuestro cerebro pierda cierta práctica. Pero, por el contrario, algunos psicólogos consideran que nos hace más eficientes.

En lugar de tener que recordar los datos, solo tenemos que recordar cómo encontrarlos. Eso es lo que psicólogos como Daniel Wagner llaman ‘memoria transactiva’. La ventaja, según Lifehacker, es que gracias a esto “podemos almacenar más datos en menos espacio”. Pero la desventaja es que dependemos de la conectividad, y cuando no está, tenemos la impresión de que no somos tan inteligentes.

Si lo quieren ver así, no es un problema de procesador, sino de disco. Nuestro cerebro es más eficiente gracias a internet porque los datos ingresan más rápido al ‘sistema’, pero su poder de cómputo es el mismo con o sin acceso a la red.

El alcohol ‘mata neuronas’

Ese trago de más que sueles tomarte cada viernes no te va a hacer estúpido. Al menos, no en el largo plazo. El cerebro no mata a las células cerebrales, sino que las adormece porque cambia el comportamiento de algunos de los neurorreceptores y hace que las neuronas no puedan comunicarse bien entre sí. Eso siempre es temporal.

Los tres cerebros: reptiliano, límbico y neocórtex

En esencia, el cerebro humano consta de tres formaciones o cerebros independientes. Cada uno de estos cerebros posee su propia inteligencia, su propia subjetividad individual, su propio sentido del tiempo y el espacio y su propia memoria, además de otras funciones*. Estos tres cerebros son, en orden de evolución, el cerebro reptiliano, el límbico y el neocórtex. Los tres cerebros están interconectados a nivel neuronal y bioquímico y cada uno controla distintas funciones de nuestro cuerpo, afectando directamente a nuestra salud, bienestar y rendimiento personal, profesional o académico.

El reptiliano regula las funciones fisiológicas involuntarias de nuestro cuerpo y es el responsable de la parte más primitiva de reflejo-respuesta. No piensa ni siente emociones, sólo actua cuando nuestro cuerpo se lo pide: control hormonal y de la temperatura, hambre, sed, motivación reproductiva, respiración…

Por encima del reptiliano, tenemos el sistema límbico, almacén de nuestras emociones y recuerdos. En él se encuentra la amígdala, considerada la base de la memoria afectiva. Entre las funciones y las motivaciones del límbico están el miedo, la rabia, el amor maternal, las relaciones sociales, los celos… Por último, tenemos el neocórtex o cerebro racional, que es quien permite tener conciencia y controla las emociones, a la vez que desarrolla las capacidades cognitivas: memorización, concentración, autoreflexión, resolución de problemas, habilidad de escoger el comportamiento adecuado… es la parte consciente de la persona, tanto a nivel fisiológico como emocional. Para hacerlo más fácil y comprensible, agruparemos el primer y el segundo cerebro y lo llamaremos cerebro emocional inconsciente; y al tercero, lo llamaremos cerebro racional consciente.

Buena parte de responsabilidad en conseguir este estado de salud integral recae en la estructura llamada amígdala del sistema límbico, que condiciona nuestros sistemas ejecutivos y de autocontrol emocional (neocórtex), a la vez que condiciona nuestra salud física (reptiliano). Cuando el estrés se apodera de nosotros, la amígdala se activa, no funciona con normalidad y esta alteración provoca que el cerebro no procese adecuadamente la información sensorial que le llega a través, principalmente, del oído, y de otros sentidos. Es entonces cuando la persona reacciona con impulsividad y se bloquean las funciones del neocórtex: los sistemas ejecutivos y de autocontrol emocional, que influye negativamente en nuestro bienestar y, en consecuencia, en nuestro rendimiento.

Por qué los medios nos ocultan las buenas noticias

Cuando se piensa en el estado actual del mundo, posiblemente surjan pensamientos de negatividad sobre la manera en que nos pinta el futuro. Esta forma de pensar no es enteramente culpa tuya pues lo que acostumbras a leer y escuchar es, en su gran mayoría, bastante desalentador.

Los reportajes periodísticos suelen inclinarse por las guerras, los escándalos de corrupción, los crímenes en masa, los desastres naturales, pero no ponen el mismo énfasis en las noticias buenas y alentadoras. Frecuentemente, los reporteros reciben codiciados premios gracias a las coberturas que hacen de los grandes desastres humanos.

La tragedia es el tema que masifica a la audiencia para un medio de comunicación y mientras más audiencia se tenga, mayor es la cantidad de dinero en juego, por lo que la lógica es muy sencilla: + Temor + Audiencia + Dinero.

Siempre hay algo malo de lo que enterarse. Difícilmente encenderás el televisor y encontrarás buenas noticias. Como siempre que vas a la carnicería hay carne, siempre que enciendas la televisión habrá una mala noticia, pues las malas noticias son el producto.

Los grandes medios de comunicación han notado que nuestro cerebro se encuentra programado para permanecer más alerta a las cosas que nos sitúan en peligro que a aquellas cosas que nos hacen felices. A esta región cerebral se le conoce como Complejo Reptiliano (o Complejo-R) y se encarga de regular elementos básicos de la supervivencia. Imagina que observas un hermoso tucán en las ramas de los árboles y de repente aparece una serpiente. La evolución nos ha enseñado que lo que merece más atención en este escenario para poder sobrevivir es la serpiente.

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